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La
sociedad en red y la lentitud
para hacer el tiempo
por Carlos Miguélez
Algunas
personas encabezan un movimiento para bajar
revoluciones al ritmo de vida de las ciudades, que
albergan ya a más de la mitad de la Humanidad según
informes recientes de Naciones Unidas. Carl Honoré,
periodista inglés, explica en su libro El elogio de
la lentitud los sucesos que le llevaron a
convertirse en un militante antiprisa.
Los medios de comunicación
comienzan a hablar de este regreso a los orígenes
del hombre, cuando asumía su pertenencia a la Tierra
y veneraba la vida y aquello que le rodeaba. Después
descubrió la agricultura, la desarrolló. Más tarde,
se concentró en ciudades y empezó a desarrollar una
vida industrial para la que eran necesarias las
riquezas naturales. Se lanzó a la conquista de estos
recursos y, aún hoy, ha sido incapaz de saciar esas
ansias.
Atrás han quedado los cadáveres
de las miles de especies de plantas y animales
extintos, la capa de ozono perforada, el calor
atrapado por los gases que produce el desarrollo,
los glaciares derretidos y desiertos con miles de
desplazados que buscan los recursos necesarios para
subsistir.
Contra el agobio, pereza,
dice uno de los slogans del triunfo de la lentitud.
No se trata de la desidia y el desinterés que
anquilosa a muchas personas en tiempos de una
deshumanización promovida por nuestros medios de
comunicación. Se trata de saber descansar, de frenar
el ritmo, de respirar, de observar lo que nos rodea
y de agudizar los sentidos para percibir lo
importante y no sólo lo urgente.
Si cada persona se detiene a
reflexionar, el ritmo de la vida cobrará la paz
necesaria para crear, para innovar y para inventar
aquellas cosas a las que, de no desacelerar, el
hombre continuará sometiéndose y acabará cediendo su
voluntad. Sobre todo, los pueblos y el planeta se
beneficiarán de la pérdida de ansiedad y de estrés
que alimentan el ritmo de consumo y la violencia
mundial en muchos de sus niveles.
En La resistencia, el escritor
argentino Ernesto Sábato nos recuerda algo que
podríamos repetirnos a nosotros mismos cada mañana,
ahora que se avecina un nuevo año lleno de buenos
propósitos: No hay otra manera de alcanzar la
eternidad que ahondando en el instante, ni otra
forma de llegar a la universalidad que a través de
la propia circunstancia: el hoy y aquí.
En la sociedad actual, es
posible ir de un continente a otro en cuestión de
horas y, al llegar al destino, conectarse a la red
para comunicarse con un ordenador que se encuentre
en un continente aún más remoto y, después, llamar a
casa para decir que volverás al día siguiente.
Gandhi lo adivinó en su tiempo.
En realidad, la revolución en las comunicaciones y
en el transporte no ha liberado el tiempo de las
personas. Hemos llenado el vacío con actividades o
con trabajo. Gracias a inventos como los portátiles,
los celulares modernos y la popular Blackberry, las
personas ya también trabajan en el tren de alta
velocidad que los transporta en sus viajes de
trabajo.
En los países desarrollados,
la gente trabaja 200 horas anuales más que en 1970,
según la asociación estadounidense Take Back Your
Time que, en una traducción que refela su verdadero
sentido, diría recupera el tiempo que te
pertenece. En México D.F, para muchos trabajadores
es habitual levantarse a las 5:00 para salir de casa
a las 6:00, meterse en el tráfico, y llegar a las
8:00 a la oficina. Nueve horas de trabajo y, a la
salida, de nuevo el tráfico para llegar a casa de
noche para ir a dormir.
En el fondo de todo está el
modelo de vivir para trabajar, vivir para el dinero,
vivir para el saber. Es decir, vivir en abstracto,
como dice Sábato, en lugar de darnos cuenta de que
la vida no es un medio sino un fin. Que el trabajo,
el dinero y el saber sirvan para vivir y no al
revés.
Periodista
español
ccs@solidarios.org.es
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