Historiadores al ring
por Joselo González Olascuaga

Mario Cayota, actual embajador uruguayo en el Vaticano, ha usado convenientemente su tiempo al escribir el libro “Artigas y su derrota, ¿frustración o desafío?”. No había leído nada del autor, pero sí conocí bien al fraile al que le dedica el libro, el hermano Jeremías de los Conventuales de la calle Canelones. Es mi ídolo, con su hábito arremangado para pedalear su triciclo con sidecar, requecheando para los pobres del barrio. Recuerdo su sonrisa espléndida bajo el armazón antiguo de sus lentes de aumento y que entre las cosas que recaudaba en su peregrinar ciclístico, los domingos llevaba en el sidecar una pelota de cinco litros de tinto grignolino y una botella de vino de misa. La suya es toda sangre de Cristo.

 

Mario Cayota parece haber querido llenar con la sonrisa del hermano Jeremías todos los silencios que han acompañado las investigaciones sobre Artigas en cuanto se refiere a su impronta franciscana. Si esa fue su intención, lo logró con creces. Ciertamente pobló de voces todas las ausencias de rigor que adolecieron los historiadores para reconocer el aporte católico en la historia artiguista.

 

Por calidad literaria, Cayota remata su desafío polemista a toda la historiografía nacional, definiendo en match de fondo con Carlos Maggi y sorprendentemente, sin cambiar mi opinión de que Maggi es el investigador más importante en cuanto al artiguismo se refiere, debo reconocer que en calidad literaria esa pelea por puntos la ganaba Cayota, porque la prosa de Maggi cuando se trata de Artigas es muy despareja. Pero cuando Carlos Maggi saca las manos, su pegada es tan categórica como la de su homónimo Monzón. Así cuando demuestra la preponderante influencia charrúa en Artigas, esencia de todo su ideario y explicación de su poder.

 

Cayota hace algo distinto a la ecuanimidad científica. Para que el bastón quede enderezado, lo dobla hacia el extremo opuesto. Niega casi todas las influencias que los autores liberales han adjudicado a filósofos de la ilustración en el pensamiento artiguista para colocar en primerísimo plano los aportes del filósofo jesuita Francisco Suárez y los del fraile José Monterroso, con justicia, con precisión operativa. Si Maggi es la reivindicación de lo charrúa, Cayota lo es de lo guaraní misionero, de lo jesuita y de lo franciscano, en definitiva de lo católico en la doctrina y la acción de Artigas. Así, resulta el suyo un libro de izquierdas que se proclama expresamente político e inmerso en un debate con amplias connotaciones de actualidad en la lucha de nuestros pueblos.

 

A la derecha “apoliticista” de Ana Ribeiro por ejemplo, le gana por knock-out en el primer round desde el prólogo. Y luego deshace completamente la tesis de esta autora de que la de Artigas no fue una revolución indigenista. Si hubo un solo indigenista entre los llamados libertadores de América, fue José Artigas. Cayota dedica setecientas cincuenta páginas a demostrarlo fehacientemente.

 

También es implacable contra Ribeiro y otros autores en cuanto a la importancia del reglamento de tierras del año 15. Cayota dedica buena parte de su libro a señalar el nudo de toda la revolución agraria, la cuestión social y económica de la lucha de Artigas, plasmada en el reglamento.

 

Nuestro embajador en el Vaticano hace, desde luego, sus trampas. Como buen polemista habituado al debate político (que desde su actual cargo debe ser especialmente cuidadoso), sabe pasar con velocidad por los crímenes de los invasores con el rápido argumento de que eran hombres de su época si de la iglesia se trata, pero rechaza ese mismo argumento si los liberales defienden a los censistas de entonces. En cualquiera otra geografía, el asunto no pasaría de un intercambio de contemporizaciones, pero Artigas contemporizaba tan poco como Rousseau (que no era centralista como lo descalifica Cayota, sino radical y genuinamente universalista, “católico” en sentido literal).

 

Quien por momentos resulta demasiado puritano para ser católico es Cayota; en cuestiones amorosas más parece calvinista (no mojigato; aborda el tema. Pero lo hace con severidad inquisitorial. A varios amores de Artigas los cataloga como “aventuras”, cuando son amor puro y duro, y a la sonrisa con que los contemplamos la califica de “mordaz”, cuando es sonrisa nada más, si no divina.

 

Al fin y al cabo, la libertad en toda su extensión imaginable, incluso en el amor, también es una herencia franciscana, si no olvidamos que el Vaticano persiguió a insignes franciscanos como fray Mella y fray Guillén, entre otros, quienes por vivir en multitudinarias comunidades de cuerpos y de bienes fueron condenados por la iglesia romana.

 

Parece que, como en Durango, también en el Ayuí había brujas en el campamento franciscano a los ojos del Vaticano. Mario Cayota desacredita la importancia de Melchora Cuenta. “Finalmente –escribe–, ya en Purificación, el prócer entabló relaciones con Melchora Cuenca, que por entonces, se afirma, se encontraba en Entre Ríos. De éste idilio nacieron sus dos últimos hijos (de Artigas): Santiago, en 1816, y María, en 1819.

 

Algunos escritores que han abordado este tema aseguran que, con Melchora Cuenca, Artigas habría contraído nuevas y segundas nupcias. Se basan para afirmarlo en que la partida de matrimonio de su hijo Santiango menciona a este como hijo legítimo de don José Artigas y de su esposa Melchora Cuenca. (...)

 

La imaginación convenientemente ejercitada puede alcanzar alturas prodigiosas. Tal lo que ocurre al referirse a varias de las compañeras de Artigas, sobre las que se han escrito cosas hermosísimas, pero que, lástima grande, no tienen asidero alguno. En especial, Melchora Cuenca ha excitado la fecunda imaginación de muchos de los que sobre ella escribieron. Así, por ejemplo, ya es un lugar común, de verdad indiscutible, referirse a ella como la lancera paraguaya, que valientemente acompañara al prócer en sus patriadas. Atreverse a poner en duda la pertinencia de este título reviste casi carácter de sacrilegio. Y sin embargo debe hacerse. Es más, su condición de lancera ha de rechazarse de plano. No existe un solo documento ni testimonio fidedigno que así lo demuestre. Así mismo, se alude a su juncal belleza mestiza y a su atesada piel, cuando se carece en este sentido de toda referencia real. Incluso se le define de estampa gallarda y talle elevado y esbelto, dando como razón de ello que esto caracteriza a la mujer guaranítica, cuando cualquier persona apenas iniciada en la antropología o simplemente observadora sabe que la mujer guaraní, más allá de su atractivo y hermosura, carece de dichas características. Es más, si se recurre a la foto que de Melchora se ha publicado en varias oportunidades, al observarla, poco de guaraní se encuentra en sus facciones. Labios finos, no carnosos, ojos y nariz hispánica. Confesamos que nos preocupa este tipo de abordaje de la historia, ya que es riesgoso no deslindar géneros. Sin duda que es legítimo escribir una buena novela histórica, pero también, ciertamente, que esta no puede confundirse con el trabajo historiográfico, que es de naturaleza diversa y tiene otras reglas.

 

Como si todo esto fuera poco, los escasos elementos documentales sobre la relación de Artigas con Melchora distan mucho de ser propicios para hacer pensar en una romántica y pasional relación amorosa. Las cartas a su hijo mayor Juan Manuel, como luego se comprobará, expresan gran ternura para con sus hijos menores, pero para Melchora sólo una respetuosa preocupación por no desampararla. En Artigas no se trasluce una furiosa pasión por Melchora y en ningún momento se muestra un amante desesperado obligado a dejar a su compañera, al estilo de aquellos personajes descritos por Stendhal en sus novelas, y que algunos biógrafos del prócer parecen querer reeditar al hablar de sus compañeras y en especial de Melchora.”

 

Me pongo el sayo (franciscano, talar y de novelista al desnudo) porque este pasaje me toca en prenda (aunque sospecho que antes que a mí, alude a Gonzalo Abella, a Aníbal Sampayo o a su amonestado, reconvenido y finalmente bien recomendado Nelson Caula). Escribí y publiqué sobre Melchora y Artigas en una novela donde aclaro la cuestión del fenotipo guaraní en los mismos términos que Cayota. Pero la importancia que le atribuyo al personaje de Melchora en la vida de Artigas, no responde a la intención de darle al héroe la funcionalidad para la trama de un Stendhal ni eso que Hollywoood llama “the romantic interest”.

 

Da el caso que Melchora convivió varios años con Artigas, formó con él una familia (casada por iglesia o no; probablemente no), y tenía una fuerte personalidad, era capaz de enfrentarlo y en definitiva desobedecerle, como surge de los documentos, desobedecerle por defender el destino de sus hijos en la guerra. A la larga volvió a casarse (aunque eso tras una muy definitiva separación) y siguió la guerra desde un punto de vista que Artigas no compartía. Y tuvo el doble interés de ser paraguaya (ni el único retrato de que disponemos ni los testimonios disímiles alcanzan para catalogar su raza) y ella misma guerrillera (era muy raro en su situación no empuñar armas, casi tanto como no aplicar severos dogmas desde el Vaticano; que a Cayota los testimonios no le parezcan fidedignos no permite rechazar de plano nada sobre la condición de lancera de Melchora).

 

Equivocada o no, ella siguió a Rivera y en la guerra la sucedió su hijo. Sabemos que vivió en Purificación, donde era “la mujer de Artigas” en aquellos años, donde luchaba con un pueblo en armas (no sabemos mucho más de las otras mujeres del prócer), podemos suponerle, sin mucho riesgo de error, encuentros con Artigas, quizás fugaces, en el Ayuí, cuando era una adolescente aún y ayudaba a su padre, proveedor de vituallas para el campamento oriental del Éxodo, donde tantas madres habían llevado sus hijos a la guerra. Se separó de Artigas en Mandisoví en 1819, cuando acató la orden de no seguirlo con el hijo de ambos en la casi imposible intentona de atravesar las Misiones en la huída de un ejército derrotado (pudo haber sido el momento más apasionado en la vida de Artigas; no está documentado que él se haya mostrado de ningún modo, ni a favor ni en contra de ninguna hipótesis y las palabras hacia Melchora en que Cayota encuentra “respetuosa preocupación”, si expresan preocupación no traslucen respeto; al contrario, “si Melchora se aburre se puede ir”, dice Artigas, como si la guerra fuese una diversión para Melchora. Más probablemente traslucen rencor, despecho y algo más que más que machismo cuando agrega: “pero no dejes que se lleve al niño”. Es la única instancia en que a nuestro prócer lo veo como a un déspota, sin arreglo a ninguna justicia -aunque las intenciones de Artigas para con el niño pudieran ser mejores que las de Melchora, ella era la madre-). Cayota lo excusa diciendo que se comportó como un hombre de su época. No es verdad. Artigas pudo actuar en este caso, cegado como nunca por la pasión, como un déspota. Pero no era un hombre de su época. A la época de Artigas, si es que llegamos, todavía no hemos arribado.

 

Se puede asegurar que Melchora fue la mujer de Artigas durante sus años de gobierno, de mayor poder, de decisiones históricas y no era una mujer pusilánime. Sin duda tuvo más incidencia política en él que su prima Rosalía, aunque con ésta se haya casado por iglesia.

 

Melchora aparte, ya centrándonos en la esencia de Artigas y su derrota, en el tratamiento de la cuestión social, Mario Cayota se cobra todas las concesiones que pudiera haber hecho en el resto del libro. Es comprensible que desde su cargo, Cayota no pueda hacer argumento de las contradicciones históricas entre los tan “herejes” franciscanos y los papistas. Pero si Ratzinger lee la cuestión social con atención y conoce los antecedentes del autor, sabe que Tabaré Vázquez le ha enviado a un epígono fraticello de íntimo enemigo, por mucho que cuide las formas en ciertos temas y se guarde la cita a Helder Cámara para la última frase del libro.

 

Sintentizando, una atractiva operación cultural y política con una altura intelectual admirable, que consigue, de paso, plasmar la visión más integral de Artigas que se haya construido hasta el momento en un solo libro. Quien quiera saber quién fue Artigas, sin agujeros negros ni silencios capciosos, de principio a fin y en todos los aspectos de su personalidad histórica, lo más útil que puede hacer es leer Artigas y su derrota de Mario Cayota, una obra digna del hermano Jeremías.

 

P.S.: El hermano y compañero Mario se queja de que José Monterroso, el verdadero cerebro de la revolución oriental, que fue leal a José Artigas aún en la peor derrota, no tiene en el nomenclator capitalino más que un callejón de media cuadra y difícil ubicación. Tampoco Andresito Guacurari tiene más que un callejón sin salida de media cuadra en mi barrio, donde funciona una distribuidora de super gas y no siempre el olor es agradable (a flores del monte olía su pueblo, a hierva mojada olía su pueblo, que hoy se asina mayormente en villas miserias y cárceles). Acaso sea la prueba irrefutable de que fueron lo más digno de nuestra historia, viendo las avenidas que nombran a Venancio Flores y a Fructuoso Rivera o todo el nomenclator de Pocitos. Pero es curioso que la queja provenga de un jerarca frenteamplista a dieciocho años de gobierno municipal de la coalición.

LA ONDA® DIGITAL

© Copyright 
Revista
LA ONDA digital