La paz, construcción del hombre
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Si la paz es un don de Dios, la guerra es su pecado, su lacerante debilidad.

 

Ahora que si la obtención de la paz o, digámoslo con mayor precisión, su construcción, su búsqueda firme y sincera, es competencia del hombre, su logro es manifestación misma de la trascendencia que el hombre tiene y despliega desde sí y por su libre albedrío, alimentado y dirigido por una voluntad de ser y hacer superior, lo que a la vez y como contrapartida o contra cara, mejor dicho, tiene su lado oscuro no ya en la no obtención de la paz sino en la exteriorización misma de la guerra, de la violencia, en cualesquiera de las formas y llegadas, en grado y tenor, con que la misma se manifieste.

 

El problema, en suma, no es Dios o no Dios, sino de los que dicen ser intermediarios entre El y los hombres.

 

La tercerización del poder divino, de existir éste, hace a la manipulación, benéfica o maléfica, pero manipulación al fin, de un hombre para con otro hombre. Y a esto es a lo que apuntamos: al cuidado extremo que debemos tener ante quienes se esconden tras las máscaras de lo divino.

 

¿Qué hombre, qué mujer, en un momento de turbación extrema, no lanza su mirada hacia el firmamento y exclama con profunda angustia: ¡Dios, ayúdame!, mientras abre sus brazos y se coloca en posición de apertura mental y espiritual hacia la Otredad que quizá pueda venir en nuestro auxilio?

 

Ciertamente, nos sabemos solos. Pero siempre hay en el horizonte cercano, la llegada de esa otra persona que nos convoca al encuentro, solidario y responsable, en busca de una síntesis de vida que diga relación a la humanización, creciente y por ende superior, de nosotros, hombres y mujeres que, paso a paso, transitamos por esta vida, nuestra vida y así,  nuestro instante de eternidad.

 

El problema siempre refiere a nuestro encuentro o desencuentro interior. Es decir, a si nos atrevemos, pero ante todo, si advertimos que sólo del proceso que conlleve al conocimiento –y aceptación- de nosotros mismos, es que habremos de entender la diferencia que hay entre vida viviente y vida sintiente, inteligente, trascendente.

 

La vida, enmarcada en el tránsito de aquel proceso de autoconocimiento, que sabemos es demorado, doloroso pero alumbrador de mejores estadios de conciencia, nos sabrá más vívida, más cercana, porque habremos, con nuestros claroscuros, con nuestras vacilaciones, también, comenzado a amar al otro, sea en amor fraterno, sea en amor erótico, una vez que no hay zonas oscuras, frías y fantasmales de las que huir en nuestra propia interioridad.


Que las miserias primeras que debemos saber oler y tratar, son las nuestras, propias e interiores. Y tratar no implica convalidad, pasar por alto, sino llevarlas, en su percepción, en su tratamiento, a esa cámara vasta y elevada, de nuestro juicio interior, para que una vez conocidas, y justipreciadas, en mérito a la escala de valores éticos y morales que nuestra comunidad y nuestra civilización, toman por centrales, arribemos a un conocimiento de qué es lo que podemos mejorar, qué lo que debe ser erradicado y qué, digámoslo también, lo que debemos relegar con una pizca de misericordia incluso para con nosotros mismos. Y a partir de ahí, vivir, pero vivir en comunidad que es, ciertamente, vivir responsable y solidariamente.

 

Vida solidaria y responsable, atenta a la escucha del otro hombre, de la otra mujer, desde una posición personal que, estando erguidos, y dando la cara al viento, nos permita construir un mundo, una circunstancia orteguiana de vida, en donde la razón tenga también el aditamento, en profundidad y sensibilidad, de un hombre que ha aprendido a quererse, con mesura y así pueda amar, sin tapujos y a corazón abierto, al otro humano que está y, aun más, mucho más, al que no está, pero puede llegar, bien como al diferente; es decir, al desconocido.

 

En este contexto, entonces, un hombre, una mujer, con conocimiento de sí mismo, con afectividad, manifiesta así un sentido de trascendencia, una atmósfera de religiosidad que lo aproxima y compromete con la suerte del resto de los humanos.

 

Somos, pues, convengamos sin alardes de ninguna especie, constructores de nuestro destino, hacedores de nuestro mundo.

 

Qué pena y qué lejos está, por ejemplo, el primado de la Iglesia Católica al haber afirmado que una de las características específicas del hombre, el construir su circunstancia, y así arribar a un estado de paz, no le es propia sino que refiere a una gracia de la Otredad.

 

Veamos qué dijo, específicamente, el Papa Benedicto XVI, al celebrar la misa por la XLI Jornada Mundial de la Paz, el  martes 1 de enero de 2008, en la homilía.

 

Dijo el Pontífice, entre otros conceptos, lo siguiente: “La paz. En la primera lectura, tomada del libro de los Números, hemos escuchado la invocación: “El Señor te conceda la paz” (Nm 6,26). El Señor conceda la paz a cada uno de vosotros, a vuestras familias y al mundo entero. Todos aspiramos a vivir en paz, pero la paz verdadera, la que anunciaron los ángeles en la noche de Navidad, no es conquista del hombre o fruto de acuerdos políticos, es ante todo don divino, que es preciso implorar constantemente y, al mismo tiempo, compromiso que es necesario realizar con paciencia, siempre dóciles a los mandatos del Señor.

 

Y sigue, su Santidad, en un texto que invitamos a leer íntegramente, por su inocultable relevancia social. Naturalmente, tanto el subrayado como el resaltar en negritas algunas palabras, son de mi exclusiva responsabilidad.

 

Disentimos con el Papa, disiento con él, serena, respetuosa pero firmemente.

 

Reniego -en dignidad a la augusta disposición de un hombre a ser humano, luego a ser responsable con el otro humano y así ser protagonista de una vida vivida con sentido y proyección-, a admitir, consentir y convenir cualquier esbozo, amague o dádiva de una graciosa servidumbre voluntaria que refiere a otorgarle mi independencia de criterio, mi libertad interior y manifestarla exteriormente, con autenticidad y en acuerdo con la ética trascendente, a un supuesto representante de una Otredad que, en caso de convenir en la creencia en la misma, se manifestará en y desde nuestra catedral interior, ese otro templo que sólo un hombre responsable y misericordioso puede construir en sí mismo y desde sí, toda vez que haya aprendido a conocerse, es decir, y repito, a permitirse ser junto a los otros, en autenticidad manifiesta, un humano entre humanos.

 

Advierto –y en primer lugar, conmigo mismo- que es del caso apaciguar todo atisbo de vanidad y/o de supuesta sapiencia, porque en toda cuestión, pero en esta en particular, uno siempre debe buscar la palabra complementaria del otro, para lograr una frase con sentido y posibilidad de realización humana y así, construir, codo a codo, un porvenir mejor, desde un presente activo, crítico y liberador.

 

Denuncio la hipocresía latente, con su carga de peligrosidad social, de toda aquella persona que se diga o presente como interlocutora válida de la divinidad, y también voz infalible, para determinar lo que está bien o lo que está mal.

 

El hombre es una construcción social.

El hombre se realiza toda vez que va en procura, en escucha atenta y constructiva del otro hombre, de la otra mujer. De esa relación superior y trascendente, aquella que el Maestro de Vida Martín Buber llamara “Yo y Tú”, deviene el primer hombre en humano y así cada uno de los otros y otras que en una relación tan vital, y por ende dialéctica, construyan sus sendas de vida, siempre emparentadas y enmarcadas en un plan humano de construcción y elevación, en este, nuestro, instante de vida, nuestro espacio donde dar cabida y cielo a la religiosidad.

 

El hombre tiene en sí mismo, en su diferencia con la animalidad, que es la razón, su posibilidad de divinizar su existencia. La razón, pero no cualquier razón sino una “razón sensible”, esa que el Fausto sólo pudo captar en su último instante de vida, y así redimirse a sí mismo, es la manifestación de la trascendencia del hombre y en el hombre.

 

Sé que en cualquier recodo de mi camino de vida, no faltará ocasión para que, sorprendido en mi desnudez ante los hechos que la vida nos presenta, y que como tantas otras veces, no sabemos cómo enfrentar y qué reacción tomar, levantaré los brazos al cielo, rogando el auxilio divino.


Sé, también, y lo digo desde la humildad que un hombre común sabe lo viste, por ser imperfecto y jamás totalizador de nada, sé, digo, que habré de buscar que tal actitud cada vez sea más distante con la anterior. Buscaré, por tanto, atender los asuntos de mi vida, luego de mi circunstancia, luego de mi responsabilidad, desde mí mismo y en armonía con los míos, en los diversos y sensibles círculos de mi vida activa.

 

Apelo, por tanto, a que el hombre, cualquier hombre, cualquier mujer, construyan desde sí y junto a los otros, un hoy creador de un porvenir superior.

 

En esa construcción, reafirmo con serena convicción y apertura, yacerá la paz que, una vez levantados los pilares del hacer humano, habremos alcanzado, como lo vamos haciendo día a día, imperfectamente sí, pero lográndolo cada vez con mayor consciencia crítica.

 

La paz, por tanto, es una construcción del hombre. Y así, y a partir de la inigualable claridad que nos concede ser conscientes de nuestra potencialidad como humanos, permaneceremos, desde el llano, codo a codo, buscando el progreso del hombre.

 

Progreso éste que no es otro que el ser, cada día más, poseedores de una razón sensible que nos permita asumir, críticamente, que la suerte de los destinos del hombre está, pura y exclusivamente, el la determinación de un hombre común y corriente en saberse a sí mismo, conocerse y así, sin relegar ni huir de su comunidad, mientras procura tal conocimiento, ir en pos del otro hombre, de la otra mujer.

 

Humanos, pues, constructores, artífices de nuestro destino, manifiestamente trascendente, decididamente crítico. Y que sople el viento en nuestro rostro.

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