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Entre curandero y terapeuta
o el miedo a la libertad
por Jorge Majfud
The Universtiy of Georgia
Una teoría razonable
dice que las mujeres viven veinte años más allá de
su última menstruación para poder criar a sus hijos.
La naturaleza les ha negado el privilegio de parir
un niño indefenso cuando su vida llegaba
estadísticamente al final. Por alguna razón, no por
piedad, esa misma naturaleza no les negó a las
mujeres el placer del sexo más allá de su utilidad
reproductiva. Por el contrario, se lo prolongó
veinte, cuarenta años para complicar la teología de
los conservadores ortodoxos que hablan a favor de la
vida y de la naturaleza cuando condenan el placer y
practican todo lo contrario a lo que conocía la
naturaleza antes de que llegaran sus defensores.
Excepto por este tipo
de compensaciones inútiles para la reproducción, es
como si a la naturaleza no le importásemos como
individuos sino sólo como especie. Por eso nos hemos
despegado de ella o nuestros artificios son producto
de su propia evolución que aspira a superarse a sí
misma, aún a riesgo de suicidarse por sus excesos.
Somos o nos creemos individuos libres, más allá de
la fatalidad de la biología. Pero esa libertad, por
mínima que sea, es en potencia una palanca de
Arquímedes, capaz de mover la Tierra. Por eso,
porque la libertad no es una condición abstracta
y absoluta y sólo se accede a través de la
liberación de las condiciones que nos limitan
(materiales y culturales), también se ha creado la
cultura opuesta: la cultura de la opresión, de la
opresión propia y de la opresión ajena.
En nuestro tiempo
histórico pueden reconocerse varios logros
humanistas en progreso, como la desobediencia de las
masas, la progresiva igualación de los derechos
humanos y la aceptación de la diversidad como
acompañante de esta igualdad radical entre
individuos. Pero también debe reconocerse la
progresión de otras taras. Por ejemplo, nuestra
cultura ha subestimado en una medida creciente e
insoportable la voluntad del individuo, al
mismo tiempo que ha hecho de la individualidad un
ilusorio ídolo de barro. Tal vez se trate de un
proceso dialéctico. Al mismo tiempo que la humanidad
puja por su liberación social, al mismo tiempo se
impone una idea panfletaria de la libertad. El
individuo se convierte en un ente individualista,
intoxicado por una sobredosis de discursos que
apelan a la idea de su libertad. Así nos creemos
libres, como un pájaro en el cielo que fatalmente
sigue las rutas magnéticas de la migración.
La política
partidaria en sus fines tradicionales tiende a eso.
Aunque puede ser un instrumento (provisorio) de
acción por la liberación, su constitución misma
procura y exige la obediencia y la renuncia de la
libertad del poder de los individuos que siguen a
sus líderes.
En muchos aspectos,
también la psicología dominante, la psicología
populista ha planteado el problema así. Un médico,
por lo general, no nos exige fe para curarnos una
fractura o bajarnos el colesterol. Un curandero o un
terapeuta sí (siempre habrá maravillosas
excepciones).
Si el curandero o el
terapeuta fracasan, no se hacen responsables: el
responsable es el paciente, el hombre o la mujer sin
fe, el enfermo que se resiste a la cura. Esto es
parte de una equívoca tradición cristiana. Lo cual,
en última instancia lleva su verdad: la revolución
interior, la cura final, radica en el individuo, en
su propia responsabilidad, en su voluntad de
libertad.
El problema es que la
misma cultura dominante ha hecho de la voluntad una
antigüedad. A los ladrones se los consideran
enfermos, como a los alcohólicos y a los fumadores.
Los enfermos o los diferentes que antes debían
sufrir la persecución y la hoguera ahora son,
indiscriminadamente víctimas, objetos o sujetos de
compasión. Una cultura que considera enfermedad a
cualquier conducta indeseada debería considerarse a
sí misma una cultura enferma.
Como parte de la
sociedad de consumo, proliferan las terapias para
todo tipo y gusto bajo la bendición de lo
políticamente correcto. Allí aparecen los Don
Francisco no niego su buen corazón hablando con un
señor que golpea a su mujer con tono compasivo:
Señor, usted está enfermo. Debe pedir ayuda. Debe
asistir a una terapia. Se dice en la televisión y
todos aplauden, incluso el hombre que ha golpeado a
su mujer por diez años, con lágrimas en los ojos. Si
el hombre reconoce que es malo y acepta el
disciplinamiento de una terapia, es redimido al
estatus de héroe moderno, ejemplo de civilización. Y
claro, en parte el método resulta. Lo bueno es que,
como en la curandería, esta superstición funciona
porque quien paga por el servicio siempre obtiene
algo a cambio. El dinero ha reemplazado las hojas de
tabaco y los sahumerios, y el señor o la señora
especialista en corazones, desde su impresionante
espacio chamánico, ha reemplazado al brujo o al cura
que aliviaba y curaba los pecados con cien avemarías
a cambio de la voluntad y la libertad del creyente.
Pero no importa.
Seamos prácticos mientras tanto. Terapia para
adelgazar, terapia para engordar, terapia de pareja
para no separarse, terapia de pareja para separarse,
terapia para sobrevivir a la terapia, terapias de
cuarenta y cinco minutos para ser feliz al contado.
Es nuestro tiempo y hay que jugar con las cartas que
están sobre la mesa.
El método resulta,
aunque la cura sea un síntoma de la enfermedad.
Resulta por lo mismo que fallamos todos: por
olvidarnos que más que enfermo somos apenas indignos
de un mínimo de voluntad para la libertad. Le
pagamos a un extraño para que nos resuelva los
problemas que no podemos resolver por falta de
voluntad. ¿Usted fuma y no puede dejar de hacerlo?
Mentira, señor, usted no quiere dejar de fumar y
punto. ¿Usted es infiel, violento, jugador,
ambicioso, avaro, sexomaníaco? Usted no está
enfermo, usted es un cretino según los estándares de
los últimos cinco mil años.
Claro que en un
límite de irracionalidad un individuo deja de ser
responsable de sus actos y se convierte en un
enfermo. En ese caso necesita ayuda. La víctima
suele compartir un grado de responsabilidad que
alimenta al opresor, aunque la responsabilidad del
opresor está multiplicada por la cuota de poder que
sustenta. El problema es cuando tenemos una sociedad
compuesta de entes que cada vez se declaran menos
responsables de sus actos. Otro síntoma de la
Sociedad Autista. Dividuos o individuos que
pretenden resolverlo todo pagándole a un tercero
para que alimente una enfermedad cultural con un
alivio a sus propias debilidades. Paradójicamente,
las nuestras son sociedades que se vanaglorian de
altos estándares de libertad.
Pero una sociedad que
niegue o subestime el valor de la voluntad del
individuo también está enferma. Como decía el indio
M. N. Roy (Radical Humanism, 1952), con un
tono existencialista, sólo la libertad individual es
real (freedom is real only as individual freedom).
No hay plena liberación individual sin la progresiva
liberación social, pero el objetivo de la sociedad y
de su liberación sigue siendo la libertad de
conciencia del individuo. Los humanistas no
apostamos por la liberación budista o la del
ermitaño, porque esa pretendida pureza del alma está
sucia de egoísmo. Pero entre otras piedras que
habrá que remover en el camino de la liberación
social e individual, están las superticiones
modernas que renuevan el disciplinamiento de los
individuos según opresivos clichés socialmente
consagrados por la pereza intelectual.
Es decir, dejar de
movernos como obedientes rebaños. La sociedad de
consumo le vende la idea de la libertad a cada oveja
al mismo tiempo que no cree en ella. Como decía un
personaje de Juan Goitisolo (Makbara, 1980),
avanzando un slogan publicitario: Confiar su poder
de decisión en nuestras propias manos será siempre
la forma más segura de decidir por usted mismo.
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