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¿Se han olvidado de Vaz
Ferreira, o de la filosofía
?
Roberto Pereira

"No sé... No sé..."
Carlos Vaz Ferreira

Mauricio Langón

"No sé... No sé..."
Carlos Vaz Ferreira
por el profesor Mauricio Langón

(Charla en la Casa de Vaz Ferreira,

con alumnos de un grupo de la

Prof. Isabel González, el 17-10-02).

 

1. Creo que primero fue para mí un nombre o una imagen. No creo haberlo visto (aunque puede ser que, alguna vez, de lejos, alguien me lo haya señalado), más bien debo recordar una foto (¿o una escena filmada por mi padre?).

 

En todo caso recuerdo que papá y sus compañeros, que rindieron su "Examen de Ingreso" a la Universidad en 1905,[i] festejaron las Bodas de Oro de ese evento, creo que en la Granja Dominga. Invitaron a uno de sus profesores, el Dr. Carlos Vaz Ferreira, que en aquellos lejanos tiempos había sido "Decano de Preparatorios" y que en la fecha de la fiesta, era "Decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias", ideada por él. Recuerdo los comentarios admirativos de mi padre, pues para ellos fue muy importante que el viejo maestro los acompañara.

 

No tengo otros recuerdos de Vaz Ferreira en vida.[ii] Sí de los dolorosos comentarios por su muerte el 3 de enero de 1958. El año pasado, leyendo los "Últimos días de mi padre", de Matilde Vaz Ferreira de Durruty, me enteré que sus últimas palabras fueron: "No sé... No sé..."

2. Dicen que las últimas palabras de un sabio son su mensaje definitivo para el futuro; el fin de su obra, su terminación, su culminación. Así, por ejemplo, durante milenios los filósofos trataron de explicar qué quiso decir Sócrates con sus últimas palabras: "Critón, debemos un gallo a Esculapio;[iii] págalo, no lo olvides" (Platón: Fedón, 118.

 

Stéphane Douailler, filósofo francés que el año pasado visitó esta casa, critica esa visión que supone que enseñar filosofía consiste en transmitir fielmente el saber acabado de un maestro, conservarlo con naftalina del ataque de las polillas, protegerlo denodadamente del polvo, los ratones, los ladrones y los dragones... Tratando de mantener vivo algo muerto, sólo se logran momias que, a su vez, momifican el futuro.

 

Douailler llama la atención sobre la actitud de Platón ante la ejecución de Sócrates: no asistió, estaba enfermo. Mucho más tarde, escribe en el Fedón una explicación y un proyecto. Lo importante no es la repetición de la palabra del maestro. Lo importante está en la conmoción que el maestro es capaz de provocar en el discípulo; en la capacidad de despertar un asombro -a la vez maravilloso y terrible, a la vez doloroso y gozoso- que lo mueve a filosofar, que, al problematizarlo, pone en movimiento el "espíritu" del alumno, su capacidad de enfrentar por sí mismo las dificultades, de pensar radicalmente. Así Platón, discípulo que está tan afectado que no puede acompañar a Sócrates en sus últimos momentos, prefiere desarrollar otro modo de fidelidad que el de la mera repetición. Prefiere organizar su filosofar en torno a la reflexión sobre aquellas cosas que le conmovieron en la vida y la enseñanza del maestro.

 

Por ejemplo, sobre la paradoja del tirano injusto y dichoso y del sabio justo condenado a muerte. Pareciera que el primero vive y que el segundo muere, que el primero es feliz y el segundo desgraciado, que el primero triunfa y el segundo pierde. Pero Sócrates gana en la historia futura que obliga a todas las generaciones a discutir la cuestión, a cada tirano a sentirse débil en la defensa de su soberbia, ante tribunales cada vez más exigentes y numerosos. En todo caso, Sócrates y Platón "se reencarnan" en nosotros, en la discusión filosófica del problema en  "actualidades" que les eran futuras e inimaginables.[iv]

 

Es la muerte injusta de Sócrates que mueve a pensar y volver a pensar la injusticia y a rechazarla y a actuar contra ella, no sus últimas y oraculares palabras. Es el oráculo de Delfos, diciendo que el joven Sócrates era el más sabio de los hombres, lo que movió el filosofar socrático. Su conclusión confirmatoria, la verificación del docto saber del "Sólo sé que no sé nada", que funciona como cierre de un ciclo, es sin embargo oráculo problemático que mueve a pensar a otros.

3. Es distinta la ignorancia socrática de la vazferreiriana.

"A las dos menos veinte oí algo como un fuerte sollozo largo, otro gemido débil y corto. Al acudir inquieta e interrogarlo sobre lo que ocurría con un alarmado "¿Qué te pasa?"' sólo me respondió con un 'No sé... no sé...' tranquilo, sin angustia ni tragedia, algo perdido en lo ignoto que no me dejó saber si era un sueño que terminaba o la muerte que comenzaba. Llegó a encencer la luz, pero en su desesperado esfuerzo volcó un recipiente de vidrio cuyo contenido se derramó por el suelo. Con su mirada consternada contemplaba, él, tan limpio, tan ordenado, con desolación, el líquido vertido al tropezar en la oscuridad y el frasco roto en el piso". (Vaz Ferreira de Durruty, Matilde: Recuerdos de mi padre. Los últimos días de mi padre. Montevideo, Monteverde, 1981, p.43.

 

Vaz Ferreira manifestaba en su "No sé... No sé..." un "no saber" referido a una pregunta precisa y concreta: no sabía qué le estaba pasando. Y no dejaba saber a quien lo interrogaba si era un sueño o si era la muerte. Ante el pequeño desorden que provocaron sus movimientos, experimentaba un último asombro. La muerte, el último origen del filosofar. El último no sé, enfáticamente duplicado, "no sé... no sé”: no sé qué me pasa, no sé qué me espera. La última docta ignorancia; la última aseveración rotunda, la última negación del filósofo que pedía enseñar a dudar, enseñar a vacilar, enseñar a ignorar.

 

La última ignorancia es la primera. El "no sé... no sé" con que se cierra la vida de Vaz Ferreira, es la apertura a vidas futuras, es su enseñanza, la dirección a que apunta toda su obra.

4. Vaz Ferreira está antes y después que Sócrates. No concluye en un saber que no sabe, culmina en un mero no saber, al margen de toda sabiduría; en un no saber a secas, en un no saber absoluto, sin relación con cualquier saber. En esa ignorancia total, nos deja Vaz Ferreira en el no saber de todo saber; en el origen de todo. Nos deja, al término de los sueños y al comienzo de la muerte, en el principio de la vida. Nos deja en el inicio desnudo de la vida de cada filósofo, de cada hombre, en el no saber del moribundo que al afirmar su ignorancia genera un futuro que sabe para otros; en el no saber del recién nacido, con toda la vida por delante; en el no saber de cada uno de ustedes -jóvenes ignorantes- que están naciendo a la libertad, al incierto camino propio, a la vida desprotegida, a la intemperie, expuesta a todos los riesgos y abierta a todas las potencialidades. Vaz Ferreira, ante su muerte inminente; yo, ante los últimos años de mi vida, cada uno de ustedes, ante la vida que les espera. Todos, ante lo ignoto y lo incomprensible, ante lo terrible y lo maravilloso, con miedo y con esperanza, con angustia y con entusiasmo, compartiendo la com-pasión común de la vida y de la muerte con un "No sé... no sé..."

 

Que si supiera, entonces sí, estaría definitivamente muerto.

Página del autor remendada

[i] Lo que hoy llamamos "Educación Secundaria" integraba entonces la Universidad como su "Sección Preparatorios". El "examen de ingreso" era, pues, un requisito para acceder a la Universidad, o sea a los estudios secundarios. No sé si por entonces el requisito era para todos los egresados de la escuela, o sólo para quienes la habían hecho en instituciones "privadas", como lo fue después por más de medio siglo.

[ii] Aunque mucho después me enteré que era un apasionado del "sare" y practicaba ese deporte en el Círculo de Armas (club del que fui socio durante algunos años en mi juventud), no recuerdo haber escuchado nada sobre él allí.

[iii] Dios de la medicina.

[iv] Quizás haya que entender en esa línea la "doctrina de la reencarnación de las almas" de Platón. Y posiblemente se la pueda acercar, entonces, a la aparentemente opuesta "doctrina de la resurrección de los cuerpos", en San Pablo. Porque, basadas en antropologías distintas y reducida muchas veces la segunda a la primera (ocultando las afirmaciones paulinas de su convicción respecto a la realidad de la muerte y su temor ante ésta, como raíz de su lucha), se suele dejar pasar sin advertirla la preocupación común por volver a vivir de otra manera. Ya sea retomando la discusión filosófica en mundos futuros, como reformulando en el amor esos mundos.

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