Que Fidel esté presente
por Ernesto Piazza

Es difícil la valentía de condenar lo

inadmisible sin herir sueños

 

Fidel es el máximo referente para varias generaciones que se involucraron en la lucha por un cambio social y político. Fidel simboliza ese sueño de justicia en pos del cual miles de jóvenes durante las décadas del 60’ y 70’ estuvieron dispuestos a jugarse la libertad personal y la vida. En Fidel pensaron, para no claudicar, los torturados, los presos, los exiliados, los militantes clandestinos, los proscriptos, los perseguidos durante los años de plomo en nuestro continente. Fidel estuvo presente en las opciones de vida que hicieron millones de mujeres y hombres para que no se padecieran tantas injusticias sobre la tierra.

 

Esa presencia de Fidel en la subjetividad de la izquierda, de los seres de carne y hueso que con aciertos y errores se jugaron por una sociedad más justa y solidaria, es inseparable del juicio político que esas personas, compañeras y compañeros de Fidel, después de todo, puedan hacer sobre su larga trayectoria de gobernante.

 

Para muchos de ellos no es fácil opinar sobre Fidel. Mejor dicho, es fácil cuando se trata de reconocer su valentía, su dignidad, su inteligencia, la consecuente defensa de sus ideales, su papel en los logros de Cuba: esa inmensa obra social que, aunque no logró desterrar la pobreza, ha hecho que los pobres de Cuba sean menos pobres que sus pares del resto de esta América Latina llena de pobres. Los de Cuba no se morirán de hambre, ni por falta de asistencia a su salud, ni por analfabetismo, que también mata.

 

En cambio es difícil, para muchos de los que se formaron política y humanamente con la referencia de Fidel, hablar sobre lo que a los pobres de Cuba y a los que no lo son les falta. Es difícil explicar todas las carencias por el bloqueo, que existe, que es inhumano y que ha tenido un alto costo para el pueblo de la isla; es difícil, al menos para quienes han luchado por la democracia en países como el nuestro, para los que se jugaron por las libertades para todas las personas, de todos los partidos y de todas las ideas. Es difícil justificar, entender la parte dolorosa de la realidad cubana que no puede explicarse por el bloqueo ni por las debilidades intrínsecas de un pequeño país asediado por la potencia más poderosa del planeta.

 

Es difícil para muchos leales admiradores de Fidel entender la muerte de un héroe como Ochoa, que seguramente no se equivocó solo, y que si traicionó, tampoco lo pudo haber hecho solo.

 

Cuba admira y duele; convoca a la solidaridad y a la duda; al apoyo y a la preocupación; al elogio y a la crítica. Es difícil condenar a Cuba, y ojalá todos entendieran por qué es tan doloroso y difícil para quienes tienen con Cuba y con Fidel una deuda de gratitud forjada durante años, en tiempos de pruebas y de esperanzas compartidas.

 

Es difícil la valentía de condenar lo inadmisible sin herir sueños, recuerdos, compromisos. Es difícil también hacerlo sin darle pretextos a los que quieren una Cuba postrada, renegada, derrotada; a los que les importa un bledo la democracia y la suerte del pueblo cubano y sólo actúan, como algunos políticos uruguayos, por pequeños cálculos para buscar réditos domésticos.

 

Ojalá que todos puedan aceptar desde el respeto por qué a veces es tan difícil para la izquierda, para muchos frenteamplistas, para los que en horas oscuras en nuestro país fueron acogidos por la solidaridad de Cuba, expresar lo que no se entiende de su realidad política; o, lisa y llanamente, lo que no se comparte. Lo que duele.

 

El problema democrático

No concebimos la democracia sin un sistema de partidos políticos. Es una lástima que algunos de los que reclaman el pluripartidismo en la isla no hayan denunciado con la misma vehemencia la ausencia de partidos y de libertad política en varios países del mundo, incluyendo, por supuesto, algunos de los más fieles aliados de Estados Unidos.

 

También fue una lástima las justificaciones del “socialismo real”. De todos modos, volviendo a la situación de Cuba, que, dicho sea de paso, no es ajena a ese “socialismo real”, no se puede obviar que el partido único está en la tradición de ese país. Martí era partidario de un solo partido. La revolución que derrocó a Batista caminó rápidamente hacia la constitución de un partido único. En el otro extremo, los opositores a la revolución jamás han logrado ponerse de acuerdo para constituir un partido. No obstante, los cubanos no han de opinar todos de la misma manera sobre cómo hacer avanzar a su patria. De ellos dependerá cómo procesar sus debates y resolver lo que, en nuestra opinión, podría caracterizarse como “el problema democrático” de Cuba.

 

De nosotros, de todos los pueblos y países, dependerá que se respete su derecho a la autodeterminación, y que en la izquierda –más allá de las discrepancias con el gobierno que hasta hace poco encabezó Fidel– la solidaridad permanezca presente como en las horas de Playa Girón.

 

Nuestro país y nuestra historia son diferentes. Y son diferentes las sensibilidades, las formas de hacer política y muchos de los contenidos de la política nacional en cada país. Hay que respetar las peculiaridades de las naciones, sin dejar de reflexionar, criticar y rechazar cuando en algún rincón de la tierra, por entrañable que sea, la justicia y la libertad no se conjugan como principios universales y complementarios. Es muy fácil decirlo. Es muy difícil lograrlo: el mundo está lleno de países donde la justicia o la libertad faltan; o donde faltan ambas. Pero lograr esa conjunción debe ser siempre el objetivo de la izquierda. La revolución cubana, que con Fidel al frente ha sido capaz de tantas hazañas, tiene también, como cualquier país, ese desafío universal. No está mal que a Cuba se le exija más. La dignidad de su pueblo es lo suficientemente grande como para que aspiremos a que también gane esa batalla. Y que Fidel esté presente.

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