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Cuba, el
objeto del deseo
por José Luís Fiori
Fue
inmediatamente después de la conquista de la
Florida, en 1819. Los Estados Unidos sólo tenían 40
años de edad, y su territorio no iba más allá del
Río Mississipi. James Monroe era el presidente de
los Estados Unidos, pero fue su Secretario de
Estado, John Quincy Adams, quien habló, por primera
vez, de la atracción norteamericana por Cuba. Cuando
dijo, en una reunión ministerial del gobierno
Monroe, que existen leyes en la vida política que
son iguales a las de la física gravitacional: y por
esto, si una manzana es cortada de su árbol nativo -
por la tempestad - no tendrá otra elección que caer
al suelo; de la misma forma que Cuba, cuando se
separe de España, no tendrá otra alternativa sino
gravitar en la dirección de la Unión Norteamericana.
Y por esta misma ley de la naturaleza, los
americanos no podrán apartarla de su pecho[i].
En aquel momento, el
deseo de Quincy Adams no era aún el de conquistar la
isla, sino preservarla, y por esto dio orden a su
embajador en Madrid, que comunicase al gobierno
español la repugnancia americana a cualquier tipo
de transferencia de Cuba hacia las manos de otra
Potencia.
En 1819, la capacidad
americana de proyectar su poder hacia afuera de sus
fronteras nacionales, todavía era muy pequeña, pero
la declaración de Quincy Adams explicitó un deseo y
anticipó un proyecto, que se realizaría
plenamente, a partir de 1890. Enseguida de comienzos
de la década, el almirante Alfred Thayer Mahan,
publicó un libro clásico[ii],
que ejerció una inmensa influencia sobre la elite
dirigente norteamericana. Sobre la importancia del
poder naval, y de las islas del Caribe y del
Pacífico para el control de los océanos y la
expansión de las grandes potencias. Inmediatamente,
los Estados Unidos anexaron Hawai, en 1897, y
vencieron la Guerra Hispano-americana, en 1898,
conquistando Cuba, Filipinas y algunas otras islas
caribeñas, donde establecieron un sistema de
protectorados, como forma de gobierno compartido
de estos territorios.
Inmediatamente
después de su victoria contra España, el presidente
William McKinley repitió, frente al Congreso
Americano, en diciembre de 1989, la vieja tesis de
Quincy Adams: la nueva Cuba precisa estar ligada
a nosotros, los americanos, por lazos de
particular intimidad y fuerza, para asegurar de
forma duradera, su bienestar[iii].
Y esto fue lo que sucedió: los cubanos aprobaron su
primera Constitución independiente, en 1902, pero
tuvieron que anexar a su texto, una ley aprobada
por el Congreso Americano e impuesta a los cubanos,
en 1901 The Platt Amendement que definía
los limites y las condiciones de ejercicio de la
independencia de los isleños.
Los Estados Unidos
mantenían bajo su control la política externa y la
política económica de Cuba, y quedaba asegurado el
derecho de intervención de los norteamericanos en la
isla, en caso de amenaza a la vida, la propiedad y
la libertad individual de los cubanos[iv].
En 1934, la Enmienda Platt fue abolida, y fue
sustituida por un nuevo tratado entre los dos
países, que aseguró el control americano de la Base
Naval de Guantánamo, y garantizó la tutela de los
Estados Unidos sobre el largo período de poder de
Fulgencio Batista, que asumió el gobierno de Cuba,
en 1933, a bordo de un cruzado norteamericano, y
después gobernó Cuba, de forma directa o
indirecta, hasta 1959.
Después de la
Revolución Cubana de 1959, entre
tanto, la isla dejó de ser la manzana de Quincy
Adams, sin dejar de ser el objeto del deseo
de los norteamericanos. El nuevo gobierno
revolucionario asumió el comando de su economía y de
su política externa, y provocó la reacción inmediata
y violenta de los Estados Unidos. Primero fue el
embargo económico, impuesto por la administración
Eisenhower, en 1960, e inmediatamente después, la
ruptura de las relaciones diplomáticas, en 1961.
Enseguida, fue la administración Kennedy, que
promovió y apoyó la frustrada invasión de la Bahía
de Cochinos, la expulsión cubana de la Organización
de los Estados Americanos, y varios atentados contra
dirigentes cubanos. Al principio, los Estados Unidos
justificaron su reacción, como defensa de las
propiedades norteamericanas expropiadas por el
gobierno cubano, en 1960, y como contención de la
amenaza comunista, situada a 145 kilómetros de su
territorio. Pero después de 1991, y del fin de la
URSS y de la Guerra Fría, los Estados Unidos
mantuvieron y ampliaron su ofensiva contra Cuba,
sólo que ahora, en nombre de la democracia, a pesar
de que mantenían relaciones amistosas con Vietnam y
China.
En el auge de la crisis económica
provocada por el fin de sus relaciones
preferenciales con la economía soviética, entre 1989
y 1993, los gobiernos de George Bush y Bill Clinton,
intentaron un jaque-mate contra Cuba, prohibiendo a
las empresas transnacionales norteamericanas,
instaladas en el exterior, negociar con los cubanos,
y después, imponiendo penalidades, a las empresas
extranjeras que tuviesen negocios con la isla, a
través de la Ley Helas-Burton, de 1966.
Esta atracción precoz y obsesión
permanente de los Estados Unidos, no permiten
hacerse grandes ilusiones, en este momento de
cambios en los dos países.
Del punto de vista americano, Cuba les pertenece, y
está incluida en su zona de seguridad. Más allá de
esto, desde su punto de vista, la posición soberana
de los cubanos transforma a la isla en un aliado
potencial de los países que se proponen ejercer
influencia en el continente americano, de forma
competitiva con los Estados Unidos.
Finalmente, Cuba ya
se transformó en un símbolo y en una resistencia que
es intolerable por sí misma, para sus vecinos
norteamericanos. Por esto, el objetivo principal de
los Estados Unidos, en cualquier negociación futura,
será siempre el de fragilizar y destruir el núcleo
duro del poder cubano. Por su parte, Cuba no tiene
como renunciar al poder que acumuló a partir de su
posición defensiva, y de su resistencia victoriosa.
La hipótesis de una salida china para Cuba, es
improbable, porque se trata de un país pequeño, con
baja densidad demográfica, y con una economía
que no dispone de la masa crítica indispensable para
una relación complementaria y competitiva, con los
norteamericanos.
Por esto, a pesar de
la movilización internacional a favor de cambios en
las relaciones entre los dos países, lo más probable
es que los Estados Unidos mantengan su obsesión de
castigar y encuadrar a Cuba; y que Cuba se mantenga
en la defensiva y luchando contra la ley de la
gravedad, formulada por John Quincy Adams, en 1819.
Traducido para LA ONDA digital
por Cristina Iriarte
[i]
W.C. Ford (ed), The Writings of John Quincy
Adamas, , Mac Millan, New York , vol VII, P:
372-373
[ii]
Mahan, A.T. (1890/1987) The Influence of
Sea Power upon History 1660-1873, Dover
Publication, New York
[iii]
Pratt, J. la (1955) History of United States
Foreign Policy, The University of Buffalo,
p:414
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