FARC: “la perversión de
no aspirar al poder

Ernesto Piazza

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Crónica de Agencias

Las FARC y “la perversión
de no aspirar al poder”
por Ernesto Piazza

 

Tiene razón la escritora Laura Restrepo: las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) no quieren el poder y, por lo tanto, no son una fuerza beligerante. “Cuando hay una organización rebelde que se olvida de tomarse el poder, se va despeñando hacia el vandalismo, y si a eso le sumas el volumen de negocios que mueve las FARC con el tráfico de vidas humanas que implica el secuestro y su participación en el narcotráfico, pues eso no hay quién lo ataje, porque desde luego la perversión de no aspirar al poder es muy grande. Yo me imagino como una serie de señores de la guerra que se conforman con mantener su territorio, con enriquecerse, con fortalecerse localmente”, afirma Restrepo(1). Para la escritora colombiana, “las FARC no tienen deseos de serles simpáticas ni de ser amadas por nadie, que es una cosa fundamental para un ejército beligerante: si tú quieres arrastrar a la población, tienes que enamorarla. Las FARC ni encantan, ni enamoran, ni simpatizan y no les importa”. Creemos que todo ello es cierto, y que lo último es aterrador: que no les importe. Los sondeos de opinión pública les dan en torno al uno por ciento de apoyo entre los colombianos, lo cual contrasta con su volumen militar, compuesto por decenas de miles de hombres (incluidos niños) y un aparato logístico que no guarda proporción con su casi inexistente apoyo social.

 

Además de no ser beligerante, la organización guerrillera tampoco cumple los requisitos para ser considerada una fuerza de izquierda, como se la suele encasillar. Su concepción “política” es funcional a los intereses de la ultraderecha, al militarismo de los Estados Unidos y a los paramilitares. Ha dificultado el crecimiento de la izquierda y los sectores progresistas en los planos político y social, y ha tenido una cuota grande de responsabilidad en la debilidad histórica de la izquierda colombiana, lo que contribuyó al asesinato por los paramilitares de gran cantidad de dirigentes progresistas, ambientado en el clima de violencia del país.

 

El presidente Alvaro Uribe –que tiene una gran responsabilidad en el mantenimiento y profundización de dicho clima– debe la actual aceptación a su gestión que reflejan las encuestas a una situación en la que las fuerzas represivas del Estado, los paramilitares, el Plan Colombia y las FARC se complementan objetivamente. Estas hacen lo que siempre ha perjudicado a la izquierda: apartarse de las masas y desarrollar una línea de acción que, con métodos como el secuestro y el terrorismo, siempre terminan perjudicando a los pueblos y facilitándole las cosas a los sectores más regresivos. No son comparables las FARC que hoy operan en Colombia con los movimientos insurgentes que a lo largo de la historia de nuestro continente han luchado por la independencia y la libertad de los pueblos.

 

Las FARC no son una izquierda que comete errores. Hace años que ya no son izquierda. Se han apartado de la política de izquierda, es decir, de la acción que se desarrolla en base a determinados principios y objetivos. A veces se hacen análisis desde una visión de izquierda en los que se condena, con razón, a la ultraderecha, a la ingerencia de EEUU y a los paramilitares, pero se omite toda crítica a las FARC. Aunque no sean expresamente justificadas en sus acciones de secuestro y atentados, las FARC aparecen en esos análisis sólo como una consecuencia de la terrible situación colombiana, como un dato casi “natural” de la realidad de ese castigado país. No se habla de su responsabilidad, como si el hecho de que haya varios responsables de la violencia las eximiera de culpa. Creemos que en algunos de esos análisis sesgados, que arrastran como inercia del mundo bipolar una tendencia al maniqueísmo al pronunciarse sobre cada tema, subyace una visión ideológica que paga tributo a errores de la izquierda del siglo pasado.

 

La izquierda que en nuestra época se empeña en transitar nuevos caminos pero sin dejar de lado sus valores esenciales de justicia y libertad, no tiene, no podría tener puntos de contactos con organizaciones como las FARC, aunque en sus orígenes y durante algunas décadas éstas hayan constituido una expresión de la izquierda enmarcada en las peculiares condiciones políticas y sociales de Colombia. Las FARC surgieron a partir de movimientos de autodefensa campesina contra la prepotencia de los terratenientes y la represión, y se constituyeron, en un complejo proceso, en el brazo armado del Partido Comunista de Colombia, que actuaba en la legalidad y tenía representantes en el parlamento. Es difícil de entenderlo desde la óptica uruguaya, pero fue así. Aquel movimiento armado que buscaba arraigarse en el campesinado y concitar el respaldo de los trabajadores y el pueblo fue transformándose en lo que es hoy.

 

Por eso desde la izquierda se incurriría en una contradicción si al analizar la realidad colombiana no se realizara un claro deslinde ideológico y político con relación a las FARC. Como dice Restrepo, se trata de “una especie de enanito en lo político, con una cabeza gigantesca que es financiera y militar". La omisión de la condena o cierta modalidad de crítica vergonzante a las FARC y a todos los movimientos con características similares es incompatible con las fuerzas de izquierda que, como el Frente Amplio, encaran en nuestro continente nuevas búsquedas y asumen renovados desafíos junto a sus pueblos. La izquierda es la profundización de la democracia para trasformar la sociedad en un sentido progresivo. Es, por lo tanto, profundamente política, democrática, solidaria y pacifista. Reivindica los derechos humanos de todas las personas independientemente de los hechos que lleven a su violación. La izquierda tiene un compromiso con la nación y con el pueblo, y es ajena a todo movimiento que se desvíe de esos principios.

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