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1908 2008 Centenario
de Atahualpa Yupanqui,
un payador perseguido
por Martín Bentancor
Cuando el 23 de mayo de 1992,
Atahualpa Yupanqui moría en París, se terminó de
consolidar una leyenda que había crecido a lo largo
de los años, conformándose en uno de los mitos más
importantes del folklore sudamericano. Éste año, al
cumplirse el centenario de su nacimiento, la estela
de su arte permanece vigente y tan lúcida como el
momento en que vio la luz.
Los
principales elementos que compusieron la existencia
de Héctor Roberto Chavero nacido en el paraje
Campo de la Cruz, Pergamino, provincia de Buenos
Aires, el 31 de enero de 1908 están contenidos en
el poema que, ya bajo el nombre de Atahualpa
Yupanqui, dio a conocer como El payador
perseguido. La importancia de su ascendencia
para confeccionar su propia visión del mundo y la
presencia del canto y de la música como una forma de
entender la relación con sus semejantes, se refleja
en el extenso poema que el propio autor grabara en
1972:
...Gente de pata en
el suelo
fueron mis antepasaos;
criollos de cuatro provincias
y con indios misturaos.
Mi agüelo fue
carretero,
mi tata fue domador;
nunca se buscó dotor
pues se curaban con yuyos,
o escuchando los murmullos
de un estilo de mi flor.
Como buen rancho
paisano
nunca faltó una encordada,
de ésas que parecen nada
pero que son sonadoras.
Según el canto y la hora
quedaba el alma sobada.
El contacto con la
música, desde la primera infancia, intensificó a su
vez el acercamiento a la creación poética. Cuando la
familia se instala en Tafí Viejo, un pueblo de la
provincia de Tucumán, Atahualpa comenzó a estudiar
la ejecución del violín con el sacerdote Ricardo
Rosaenz. Pero el curso se vio bruscamente
interrumpido cuando el maestro descubrió a su
discípulo tocando una vidalita. Posteriormente,
cuando los Chavero se instalan en Junín, Atahualpa
comenzará a estudiar guitarra con Bautista Almirón y
a descubrir, entre las seis cuerdas del instrumento,
que su destino no es otro que el de convertirse en
cantor de los aires de su tierra.
En
los continuos desplazamientos de la familia por
distintos sitios de la geografía argentina, Yupanqui
entró en contacto con todas las variantes musicales
del folklore del país. Zambas, gatos, vidalas,
chayas y chacareras, encontraron en su atento
espíritu musical un cauce para convertirse en
creación propia. Ese sonido personal, que lo
convertiría en una de las voces más importantes de
América del Sur, se complementa a la perfección con
su poesía. Creaciones donde se descubre a un fino
observador de la realidad, cronista destacado de los
quehaceres del hombre de campo y las faenas
campesinas, crítico de los abusos de aquellos que
ostentan el poder para con los más desfavorecidos y
atento a su principal inspiración: el viento. En su
texto en prosa El canto del viento, Yupanqui
invoca a los jóvenes cantores, y en definitiva a
todos los jóvenes artistas, a lanzarse a la creación
personal: He escuchado a
jóvenes cantores de hermosa voz y simpática
apariencia entonando cantares de Brasil, de México,
de Chile. No está mal, pero está mal. Es que no se
han hecho amigos del Viento. No han aprendido la
gran lección de los desvelados. La urgencia de vivir
les va acortando la vida. Y han de pasar por la
tierra, sin haberla traducido.
El
payador perseguido
puede ser leído como una autobiografía detallada del
derrotero del hombre Atahualpa y, al mismo tiempo,
como una exposición pormenorizada de su pensamiento.
Así, lo vemos desfilar por una innumerable cantidad
de trabajos (peón en un salitral, cañero, panadero,
arriero, pinche de escribanía) y enfrentando una
realidad compleja que le permite constatar una
dolorosa verdad: el poderío del fuerte sobre el
débil. El análisis de los hechos que debe enfrentar
es explicado en su propia forma de pararse ante los
mismos:
Yo soy de los del
montón,
no soy flor de invernadero.
Soy como el trébol campero,
crezco sin hacer barullo.
Me aprieto contra los yuyos
y así lo aguanto al pampero...
A la forma de un
nuevo Martín Fierro, en su extenso poema
Yupanqui se vale del contexto histórico para definir
a su personaje y es en la voz de éste, donde se
encuentra el mayor logro de la obra. Entre las
descripciones de sus penurias y alegrías, el
payador perseguido va detallando una serie de
observaciones que, a modo de sentencias o refranes,
se han constituido, a lo largo del tiempo, en frases
con vida propia. Ejemplo de ello son versos como unos
trabajan de trueno y es pa otros la llovida...;
en todo puchero gordo, los choclos se vuelven
marlos...o aquella contenida en la primer
estrofa de la obra: en mi pago un asao, no es de
naides y es de todos....
Autor de innumerable
cantidad de canciones y de libros que mezclaban
poesía y reflexión en una delicada prosa poética,
Atahualpa Yupanqui fue más reconocido en el exterior
que en su Argentina natal. Supo actuar en muchos
países a lo largo de los cinco continentes y, en
1985, fue premiado en Alemania como autor del mejor
disco grabado por un artista extranjero.
Este 2008, año de su
centenario, Argentina celebra el Año Yupanquiano
con homenajes, discursos y revisiones de toda su
obra desde un montón de puntos de vista y
aproximaciones. Sus canciones han sido versionadas
por artistas de los mas variados géneros, desde el
cantor criollo Ignacio Corsini hasta el grupo de
rock Divididos. Su solitaria muerte en Paris, a
los ochenta y cuatro años de edad, luego de actuar
en un pequeño teatro, fue llorada por la comunidad
artística y comentada por aquellos que ven en la
muerte de un artista anciano una continuidad de los
procesos naturales de la existencia y su entrada al
panteón de la leyenda. Una leyenda que el propio
Atahualpa avizoró desde su obra y que nada tiene que
ver con los monumentos de bronces y los extensos y
sentidos homenajes que terminan sonando huecos. Al
final de El payador perseguido, el poeta les
deja un consejo a quienes le escuchan y atienden su
canto:
Y aunque me quiten
la vida
o engrillen mi libertad.
Y aunque chamusquen quizá
mi guitarra en los fogones,
han de vivir mis canciones
en el alma de los demás...
La vigencia de esas
canciones constituye, en si misma, un homenaje al
poeta y el cantor que pasó por la tierra con su
sensibilidad y su guitarra atentas al devenir de las
cosas para, finalmente, poder traducirlas y
cantarlas.
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