Cine: estreno de “4 meses, 3 semanas y 2 días”
El neorrealismo floree en Rumania
por Oribe Irigoyen

Si Ud. se entera del estreno de una película que se llama “4 meses, 3 semanas y  2 días” es bastante probable que, ya desde el llamador astuto de ese título, la curiosidad madre de tanta exultación humana y dedos cortados por el ventilador, lo lleve a verlo. Será recompensado con creces, esto es, si gusta del buen cine, del que nadie está libre. Porque la película no sólo trae consigo nada menos que el máximo galardón del Festival de Cannes del año pasado, que es el mayor evento mundial en el rubro celuloide a 24 cuadros por segundo, sino que sus imágenes alcanzan la jerarquía de una obra mayor, ejemplo de la admirable complejidad de lo sencillo en términos de comunicación y estética. A la vez que la visión de las mismas propone una serie de consideraciones ilustrativas acerca del 7º arte, a las que conviene echar un vistazo periodístico, acotado, claro, por la tiranía del espacio y los límites neuronales del suscritor.

 

Rumania neorrealista

Lo primero a tomar en consideración es que la película, titulada en idioma original “ 4 luni, 3 saptamani si 2 zeli”, es rumana, ha sido guionada y dirigida por el joven realizador Cristian Mungiu, quien suma esfuerzos y cosechas nuevos frutos para que la producción cinematográfica reciente de ese país sea considerada con toda justicia como una de las más interesantes y creativas del cine mundial. Montevideo puede dar fe de tal circunstancia al conocer otros dos films de autores rumanos coetáneos: “La noche del Sr. Lazarescu” ( 2006 ) de Cristi Puiu, una crónica kafkiana de lo que ocurre en la Rumania actual cuando un ciudadano se siente enfermo y cae en manos de la salud pública, o “Bucarest 12.08” ( 2006 ), en la cual el cineasta Corneliu Porumboiu construye una corrosiva comedia acerca de dos rumanos corrientes entrevistados por la televisión, que los interroga acerca de lo que hicieron y dónde estaban cuando cayó el régimen de Ceaucescu. También en 1987, tiempos finales de dicho régimen, transcurre la trama de “4 meses, 3 semanas y 2 días”, que es el tiempo que lleva embarazada una joven decidida a abortar en un país que desde 1966 ha prohibido el aborto por razones políticas y condena con graves penas de cárcel a quien lo practique.

   

Estos tres films concurren en su temática al tener por protagonistas a seres corrientes con problemas de distinta índole, tratados en lo cotidiano de la historia o la actualidad de una sociedad, para intentar auscultar hasta el razonamiento crítico o por lo menos la autorreflexión sobre situaciones acuciantes de los rumanos de a pie. La inmediata consideración es que existe otra comunidad entre los tres títulos, de particular vitalidad humana y artística que apela en su concepción estilística a la inagotable tradición del neorrealismo cinematográfico. Que se hizo escuela en Italia a partir de 1941-42 ( Visconti y Rossellini ), estalló conquistando al público  con “Roma, ciudad abierta” ( 1945, Rossellini ), alcanzó su auge mundial en la década de 1950 ( Rossellini, Zavatini, De Sica, Visconti, el primer Fellini, el Antonioni inicial ), comenzó su decadencia como movimiento unitario hacia 1960 o el simple ocurrir de que el cine italiano encontró caminos más prometedores en el estro variado y la experimentación  artística diversa en la trayectoria posterior de aquellos maestros. No hay por qué abundar en detalles históricos de lo que fue, pero sí destacar que esa evolución del cine italiano siguió fuertemente anclada en las constantes de la escuela neorrealista, su vocación por el realismo, por la veracidad de decorados, situaciones y personajes, por las preocupaciones sociales. Constantes que ha sabido transmitir a otras cinematografías, por lo general jóvenes e iniciales, como ocurriera en la década del 90 e inicios del tercer milenio con la producción de Irán ( Kiarostami, Malhbarat, Panahi ) y como ocurre con la presente producción rumana motivo de esta nota. En ambos ejemplos con la correspondiente renovación, apertura y tonalidad de la propia identidad sobre aquella postura creativa italiana, que también comprendió siempre una actitud ética ante el cine como comunicación y arte.

  

Lo prohibido, el miedo y la rebeldía

Entonces, volver a “4 meses, 3 semanas y 2 días”. En 1987, el régimen comunista de Ceaucescu languidece, en una ciudad de provincias, una estudiante universitaria ( Laura Vasiliu ) resuelve abortar y tiene la ayuda decisiva de su compañera de habitación escolar y amiga ( Anamaria Marinca ), quien se hace cargo de todos los detalles sórdidos y peligrosos  de esa operación clandestina. Reúne el dinero necesario para solventarla, encuentra a quien está dispuesto a correr el riesgo de cárcel al realizarla ( Vlad Ivanov ), alquila una habitación de un hotel donde llevarla a cabo, discute y regatea los términos económicos de la misma y una vez concluido el aborto, la misma joven amiga será la encargada de recorrer la tenebrosa y solitaria ciudad nocturna para desembarazarse del feto.

   

Esa trama directa y sencilla de riesgo y peligros se desarrolla en un contexto de opresión y vigilancia, no sólo por la clandestinidad de los hechos, sino por la omnipresencia de un régimen político que todo lo controla en la vida ciudadana – en 1989, a la caída de Ceaucescu, un de las primeras medidas de las nuevas autoridades fue legalizar el aborto -. Ese contexto aparece como uno de los rasgos de mayor valor dramático del film, en el cual una inteligencia magistral de realización hace que ese trasfondo condicionante de una peripecia humana se haga presente, sin que exista la menor referencia política expresa, y sólo ocurra como atmósfera asfixiante por el simple mecanismo de las conductas, gestos, miradas indiferentes aunque atentas de burócratas hoteleros y esbirros oficiales. Es el escenario dramático de una crónica, pensemos que cotidiana, de gente tomando decisiones y haciendo cosas terribles vistas con admirable sencillez y naturalidad de imágenes, subrayadas por el miedo y la osadía, a la vez, expresivas en el clima de temor a la vida y de rebeldía que envuelve a las dos jóvenes y al despiadado mercenario de la muerte.

 

Para dotar a esa sencillez argumental de una enorme riqueza de significados, sugerencias de un tema arraigado en el horror del pasado y proyectado a la realidad presente con un sentido universalista, el guionista y director Cristian Mungiu apela a un estilo neorrealista con criterio casi documental, en el cual la cámara invade la intimidad de los personajes. Para eso, parte primero de un notable libreto abarcador, que hace de las múltiples facetas de un tema complejo una precisa unidad dramática y la concreta en su realidad audiovisual a través de dos recursos estilísticos. La intimidad invadida es tratada en escenarios cerrados mediante tomar largas con la cámara fija – sólo ojos y oídos inmutables – donde en la puesta en escena ocurren muchos cosas, reveladoras de situaciones y de diseño profundo de los personajes, a través de sus movimientos, gestos, silencios y diálogos de una sorprendente fluidez y naturalidad, como improvisados por la propia vida.

 

El otro recurso estilístico, destinado a la filmación en exteriores,  se traduce en el intenso nerviosismo y vibración expresiva de tomas rodadas con la cámara en la mano, siguiendo, acosando, temblando de miedo si se quiere, en las recorridas enérgicas pero con aprensión y angustia de la joven amiga por la ciudad inquietante. De la combinación elocuente de ambos recursos formales, a los que se suma el rendimiento de excelente naturalidad y vivencia de todo el elenco, surge una formidable crónica de intensa humanidad, que transporta a la vez un llamado incentivador a la reflexión del espectador y una propuesta de compromiso moral que va más allá de la denuncia tácita del oprobio de un pasado signado por el miedo, al angustia civil y la precariedad de la vida ciudadana, para instalarse en la grave actualidad de un tema que involucra a todo espectador, sobre todo en países donde aún el aborto no está legalizado.

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