La crisis de América del Sur
y la solución diplomática
por el profesor Amado Luiz Cervo*

El primero de marzo de 2008, un ataque del ejército colombiano al campamento de las Farc situado en territorio de Ecuador, cerca de la frontera, arrojó 20 muertos, entre los cuales estaba el segundo hombre de la guerrilla, Raúl Reyes. Los ánimos se exaltaron y tres países cortaron relaciones diplomáticas con Álvaro Uribe, presidente de Colombia. El de Venezuela, Hugo Chávez, además, habló de guerra y posicionó tropas en la frontera con Colombia, al tiempo que el ecuatoriano, Rafael Correa, aunque exaltado, vino a buscar el apoyo de su colega brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva.

 

Para la resolución pacífica de la crisis contribuyeron dos iniciativas: por un lado, la rápida movida del canciller brasileño, Celso Amorim, que dialogaba con los involucrados directamente en conflicto, Colombia y Ecuador, y alejaba con insistencia a Venezuela, la voz de las armas; por otro, la desviación también rápida del problema hacia el ámbito de la OEA, cuyo Consejo Permanente, en la reunión de emergencia del día 5, emitió una resolución conciliadora, admitiendo la violación del territorio ecuatoriano, aunque sin condenar a Colombia, y nombrando una comisión de investigación, cuyo informe fue presentado el 17 de marzo.

 

La crisis fue superada de hecho, el día 7, durante la cúpula del Grupo de Río programada anteriormente para Santo Domingo. En ella los presidentes de Colombia, Ecuador y Venezuela, luego de exponer cada cual sus acusaciones, sellaron la paz con un resuelto apretón de manos y abrazos, frente a Daniel Ortega que declaró desenfrenado que Nicaragua estaba reanudando también sus relaciones diplomáticas con Colombia.

 

Esta descripción de los hechos requiere explicaciones tanto para la génesis de la crisis de seguridad en América del Sur como para su resolución diplomática. En este sentido, traemos a la consideración cuatro líneas de reflexión.

 

En primer lugar, cabe resaltar que Colombia se aisló en América del Sur. Para enfrentar su grave situación de inseguridad interna, que se remonta a 1964, fecha de creación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, el país de Álvaro Uribe no procuró apoyo, solidaridad y fuerza junto a los vecinos. Por el contrario, buscó un aliado externo, los Estados Unidos, que le proporcionan armas, equipamientos, especialistas y entrenamiento por medio del Plan Colombia, un plan que incluye inversiones de gran porte. Tanto Fernando Henrique Cardoso como Lula vieron esta alianza como algo espurio, convencidos de que América de Sur reúne las condiciones para resolver sus problemas de seguridad sin intervención externa.

 

Por otro lado, la alianza con los Estados Unidos suscita la animosidad de los gobiernos de izquierda que circundan el territorio colombiano, desde el cambio del milenio cuando sustituyeron por elecciones a los gobiernos neoliberales. Hay, por cierto, aversión política e ideológica oponiendo al conservador Álvaro Uribe a sus vecinos Rafael Correa y Hugo Chávez. Aunque se haya mantenido silencioso y observador durante la crisis, Evo Morales, de Bolivia, también integra el grupo de los vecinos desconfiados con esta alianza. ¿Como no decir lo mismo de Lula, a pesar de su papel de moderador?

 

Desde los años 1990, los países de América del Sur, especialmente el bloque del Mercosur, se vuelcan hacia la construcción de la llamada Zona de Paz. La seguridad regional se ha desviado de acciones militares propias de las fuerzas armadas tradicionales y se ha diluido en nuevas bases: la seguridad humana, el narcotráfico, las fronteras vivas y, sobre todo, la exclusión social como fuente de violencia. La diplomacia emerge en este contexto para asegurar la paz, sustituyendo a la acción directa de las fuerzas armadas, mientras el proceso de integración llama a la responsabilidad por el desarrollo.

 

En efecto, la integración de América del Sur se encuadra en un proyecto de desarrollo, de concepción brasileña, que aspira a construir la unidad regional en tres dimensiones: económica, política y de seguridad. Los dirigentes y las sociedades sudamericanos no son insensibles frente a la posibilidad de que América del Sur se alce como polo de poder. Esta filosofía de fondo, a la cual se aproximan los actores regionales, explica la resolución de la crisis. Por cierto, pensar América del Sur de esta forma, significa sobreponer los intereses de los países de la región a los intereses de los Estados Unidos. Y hace del Presidente francés, Nicolás Sarkozy, atento apenas a la liberación de la prisionera de las Farc, Ingrid Betancourt, un observador alienado. 

* Profesor Titular de Relaciones Internacionales de la Universidad de Brasilia   

Traducido para La  ONDA digital por Cristina Iriarte

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