El futuro energético
genera debate mundial

por Jorge García Alberti

Este fin de semana finalizó en Bangkok, capital de Tailandia, la conferencia especial mundial sobre cambio climático. Como sucede desde hace décadas, quedaron allí de manifiesto las diferencias que existen entre los países desarrollados y los que pretenden ingresar al desarrollo sobre cómo enfrentar el futuro.

 

Los efectos que estamos apreciando en las modificaciones del clima del planeta, cada vez quedan menos dudas, se deben a la quema sin control de combustibles fósiles.

 

El protocolo de Kyoto, que intentaba reducir la emisión de gases causantes del recalentamiento de la tierra, fue boicoteado por algunos países, entre ellos Estados Unidos, principal emisor de los gases del llamado efecto invernadero.

 

Llegados a este punto, los países industrializados se dan cuenta que algo hay que hacer para mejorar la situación porque, de otra forma, ellos mismos perderán sus posiciones de liderazgo.

 

El cambio climático es un hecho, las catástrofes naturales, tanto cómo sequías o inundaciones, con costos incalculables para las naciones, están a la orden del día y nadie está a salvo de estos fenómenos.

 

Se introducen entonces nuevas variables, que impactan directamente en la discusión de cuál será la matriz energética que se debe elegir para que los países desarrollados sigan liderando o que los países en desarrollo encuentren caminos de crecimiento, sin afectar el futuro del planeta.

 

Además, el petróleo es un recurso finito y las reservas para el año 2070 estarán menguadas. Entonces, Europa tiene un gran dilema. Mientras Francia e Inglaterra parecen optar por desarrollar la energía nuclear, Alemania y España no ven con buenos ojos esa posibilidad e intentan que la apuesta pase por la energía eólica o solar. Esa decisión va de la mano a la presencia en estos países de una fuerte corriente política de partidos ecologistas o “verdes”.

 

Por su parte, los países de América Latina, se debaten entre todas las posibilidades, sin llegar a una conclusión definitiva. Mientras los productores de gas y petróleo, como es el caso de Venezuela, Bolivia y México, intentan que se mantenga por varios años la producción, porque en ello les va la vida de sus respectivas economías y el desarrollo y crecimiento de sus sociedades, los no productores buscan chances para definir una matriz energética que facilite ese crecimiento, sin depender de los demás.

 

Mientras tanto, Brasil, el gigante latinoamericano, recorre el camino de ambas alternativas. Pese a contar con el autoabastecimiento de petróleo, pero sabiendo que se va a agotar, intenta desarrollar otras fuentes de energía que lo mantengan a la vanguardia, no sólo de la región sino a nivel mundial. Allí aparece el etanol, los biocombustibles, la energía nuclear, entre otros.

 

De los que todos los países en el mundo parecen alejarse es de la producción exclusiva de energía hidroeléctrica.  Y es aquí dónde nos encontramos los uruguayos. En medio de un debate mundial sobre el futuro de la producción de energía, manteniendo aún una matriz energética definida en base al agua de los ríos. Somos firmantes del Protocolo de Kyoto, es decir que apostamos a reducir los efectos de los gases invernadero, pero tenemos  una ley vigente que nos limita el desarrollo de la investigación sobre la producción de energía nuclear. Dependemos de acuerdos con terceros países para el abastecimiento de petróleo y adoptamos tibias decisiones para apostar a las energías alternativas provenientes de los paneles solares o de los molinos de viento.

 

Sobre la base de todo este panorama, urge crear en el país un debate que delimite en serio una política de Estado sobre energía, con actores calificados de todos los sectores políticos y que permita proyectar a Uruguay en el mediano plazo. De no hacerlo, estaremos condenados a sufrir serias consecuencias y a condicionar el futuro de los uruguayos.

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