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La rebelión
de la alegría
por Jorge Majfud
Si hiciéramos una exposición
fotográfica de los años de la Guerra caliente en
América Latina, veríamos la insistencia de la risa
joven en sus revolucionarios contrastando con los
rostros adustos y envejecidos de las fuerzas
conservadoras de la reacción.
Fue
una tradición de la cultura ilustrada criolla asumir
que el carácter del indio era incapaz de las
emociones, de alguna sensibilidad estética y de
cualquier hábito racional para las ciencias o para
el trabajo. Si en los comienzos del Renacimiento
europeo Américo Vespucio y Tomás Moro pudieron
sospechar con admiración el desinterés de los
nativos del Nuevo Mundo por las riquezas materiales,
la ausencia de la codicia europea por tener y por
reinar como un atributo de virtud, en el apogeo de
la Era Moderna esas carencias pasaron a
significar defectos, pecados contra el progreso.
La tristeza del indio, la melancolía del gaucho, el
carácter sufriente del hombre y la mujer de las
clases media y baja en América Latina coincidía con
el precepto tradicional del cristiano sufriente que
Nietzsche y Antonio Machado criticaron en Europa. No
coincide con el carácter epicúreo atribuido por
Américo Vespucio a los pueblos que encontró en sus
cuatro viajes (1500-1504) antes de la colonización.
En la cultura popular del Río de la
Plata, la clausura existencial está definida por el
tango. No es un problema político sino existencial:
el mundo fue y será una porquería, ya lo sé en
el quinientos seis y en el dos mil también (Discépolo).
Su icono principal, Carlos Gardel, fue definido por
el poeta militante Francisco Urondo como loco de
la noche, despreocupado amigo del alba, señor
de los tristes. Casi el
mismo año que Jean-Paul Sartre publica La Nausée
(1938) en Francia, el alter ego de Juan Carlos
Onetti, en su célebre novela El pozo (1939),
reconoce su incapacidad para la fe en el pueblo, su
alienación y soledad existencialista: Me acuerdo
que sentí una tristeza cómica por mi falta de
espíritu popular. No poder divertirme con las
leyendas de los carteles, saber que había allí una
forma de alegría, y saberlo, nada más. Luego
reconoce la diferencia entre su compañero de
habitación y él mismo semejante a la diferencia
entre Antoine Roquentin y el Autodidacto: es él el
poeta y el soñador. Yo soy un pobre hombre que se
vuelve por las noches hacia la sombra de la pared
para pensar cosas disparatadas y fantásticas. Lázaro
es un cretino pero tiene fe, cree en algo. Sin
embargo ama la vida y sólo así es posible ser un
poeta.
En el arte y la literatura el dolor y la tristeza
continúan gozando de más prestigio que la alegría.
Pero el yo existencialista del siglo XX era
el yo romántico del siglo XIX que ya no
encontraba ni en la muerte ni en el amor la comunión
posible. Por el contrario, buscaba desesperadamente
la comunicación. Mataba o se suicidaba, pero no
encontraba el amor ni la muerte sino el sexo y la
nada.
Pero hubo un tiempo
en que todo cambió. Octavio Paz, refiriéndose a las
revueltas de 1968 y, por extensión a la década de
los 60, había observado que la irrupción del
ahora significa la aparición, en el centro de la
vida contemporánea, de la palabra prohibida, la
palabra maldita: el placer (Posdata,
1969). Mucho antes la alegría se había convertido en
el gesto revolucionario. Si hiciéramos una
exposición fotográfica de los años de la Guerra
caliente en América Latina, veríamos la insistencia
de la risa joven en sus revolucionarios
contrastando con los rostros adustos y envejecidos
de las fuerzas conservadoras de la reacción. Así
tendríamos, de un lado, colecciones de retratos
sonrientes de Ernesto Che Guevara, Camilo
Cienfuegos, Roque Dalton, Francisco Urondo, entre
otros, y del otro, las mandíbulas erguidas y los
labios apretados de Augusto Pinochet, Rafael Videla,
Emilio Masera, Gregorio Álvarez, etc.
Por aquellos años,
Mario Benedetti decía ver en la Revolución cubana un
estilo joven, lo que también recuerda al espíritu
joven de Grecia,
según F. Nietzsche. No obstante, como veremos más
adelante, este epicureismo revolucionario se opondrá
al hedonismo, que será identificado insistentemente
con el vacío del mundo materialista, el imperio del
oro, de la risa artificial de Hollywood. Por
ejemplo, Eduardo Galeano recuerda una experiencia
personal que es la encarnación de este problema
histórico. Había bajado a unas tumbas etruscas sobre
cuyas paredes no había representaciones de dolor y
sufrimiento sino de placer y alegría. Varios siglos
antes de Cristo, los etruscos enterraban a sus
muertos entre paredes que cantaban al júbilo de
vivir. Entonces, Galeano redescubre el antagónico
cristiano, que es permanentemente identificado con
la rebeldía ante la opresión de la cultura católica
primero y protestante después, la cultura del
conquistador: yo había sido amaestrado
católicamente para el dolor y me quedé bizco ante
ese cementerio que era un placer. Es la historia,
sus creencias y prejuicios, sus paradigmas y tabúes,
la que ha modelado la emoción, el dolor y la alegría
en el individuo. Es decir, la clausura no es
inmanente a la existencia humana. Es una clausura
política cultural, religiosa y se puede ver una
fisura en ella usando el lente de la historia.
Refiriéndose al contexto
latinoamericano, el peruano Manuel Burga observa que
la risa, la fiesta popular, la alegría profana,
como lo ha demostrado Bakhtin para la Europa
renacentista, también tuvieron en los Andes un valor
semejante para enfrentar la cultura impuesta por el
sistema colonial.
Años después, Mario Benedetti, analizando Memoria
del fuego (1982-86) de Eduardo Galeano, insiste
en el valor revolucionario de la alegría, atribuido
ahora a la metafísica amerindia, significativamente
integrada y opuesta a la tradición cristiana:
cuando lejos de Cuzco, la tristeza de Jesús
preocupa a los indios tepehuas, y entonces inventan
la danza de los viejos, y cuando Jesús vio a la
Vieja y al Viejo haciendo el amor, levantó la
frente y rió por primera vez. Por la misma época,
Umberto Eco recordaba la tradición del sufrimiento
como valor superior. En Il nome della rosa
(1980) creó un monje malhumorado que insiste que
Jesús nunca se rió, de donde se deduce la naturaleza
diabólica de la risa. Ocho años más tarde, adentrado
en el género de la novela histórica, Tomás de
Mattos, desde su mirada revisionista de un período
que se cerraba en el Río de la Plata, expone en
Bernabé, Bernabé! (1988) el drama del genocidio
de los indios charrúas en un país que históricamente
se había considerado blanco, europeísta y
civilizado. La narradora principal, Josefina Péguy,
analiza en una de sus cartas la etimología del
nombre del último cacique sobreviviente: Sepé
quiere decir, en charrúa, sabio. Me parece que fue
un nombre bien escogido o adoptado porque el
cacique era dueño de una risa verdadera, de la que
nace del jubiloso goce de las cosas cotidianas.
Josefina Péguy agregaba que ello se debía a que el
cacique Sepé no estaba contaminado con el mito del
progreso, pero bien se podía entender, según nuestro
análisis, que tampoco estaba marcado por la
tradición del cristianismo que en su versión
católica condenó el oro mientras toleraba su
extracción americana y en su versión calvinista
simplemente lo legitimizó, al tiempo que condenaba
todo epicureismo y sensualidad.
Parte 2
A la clausura existencial, marcada
por la angustia, el dolor y el pesimismo del
individuo perdido en su propio yo, súbitamente le
surge en los 60 un temeroso rival: la alegría de la
revolución, la comunión del yo con el pueblo. Paso a
paso se irá confirmando la voluntad de revisión
moral.
En 1973 Benedetti
alude directamente a Jorge Luis Borges: por eso en
este jardín no hay senderos que se bifurquen [
]
adiós al laberinto adiós al dédalo / adiós al relajo
de antiguas lenguas germánicas / este camino es
recto / el pueblo avanza puteando alegremente / y
las puteadas tampoco se bifurcan / dan en el
blanco
.
La misma reacción es
la de Francisco Urondo, una especie de deliberado
antivalor nietzscheano que no se corresponde con el
canon tradicional del poeta ensimismado sino
precisamente lo contrario: No tengo / vida
interior: afuera / está todo lo que amo y todo / lo
que acobarda.
El tradicional dolor
del pueblo bajo la opresión es repetidas veces
revertido en alegría vinculada a una posible
liberación, nunca desprendida de la imagen fuerte y
redentora de un individuo, casi siempre de un
antagónico. De ese mismo año, 1973, es el recuerdo
de Eduardo Galeano para los momentos previos al
regreso de Juan D. Perón a Argentina. Antes de la
tragedia, Galeano recuerda en Días y noches de
amor y de guerra (1978) que había un clima de
fiesta. La alegría popular, hermosura contagiosa, me
abrazaba, me levantaba, me regalaba fe. Pero el
mismo Galeano recuerda otra anécdota que revela la
contracara artificial y demagógica de este gesto:
Una mañana, en los primeros tiempos del exilio, el
caudillo [Perón] había explicado a su anfitrión, en
Asunción, del Paraguay, la importancia política de
la sonrisa y para mostrársela le puso la dentadura
postiza en la palma de la mano.
Otras veces, la
alegría se convierte en una profesión de fe, aún
cuando el individuo ha dejado por momentos de creer
(la fe humanística y el carácter sagrado del texto
son los dos pilares centrales de la literatura del
compromiso). Bajo el título de Introducción a la
literatura, Galeano se desdobla en yo y en
Eduardo; el primero estuvo unos días
escribiendo tristezas que una noche Eduardo
rechaza con una mueca: No tenés derecho, le dice
Eduardo a la voz narrativa y le cuenta que días
atrás bajó a comprar fiambres y la mujer que atendía
tenía debajo del mostrador uno de sus libros, que
lee todos los días. Ya lo leí varias veces dijo la
fiambrera. Lo leo porque me hace bien. Yo soy
uruguaya, ¿sabe?. Por lo que Eduardo insiste: no
tenés derecho, mientras hace a un lado las cositas
lastimeras, quizás mariconas, que yo escribí en esos
días. La opción recuerda al cura de
San Manuel Bueno mártir
(1930) de
Unamuno, quien
predicaba ya sin fe en Dios pero por fe en el pueblo
que necesita creer. La diferencia radica, tal vez,
en que aquí es la vendedora, el pueblo, quien
devuelve la fe al escritor comprometido, renovándole
los votos del compromiso.
Más tarde, luego de
la derrota, el exilio y el regreso de la clausura
política, Galeano escapa a la clausura existencial
radicalizando su regreso al origen amerindio o a una
de sus representaciones. Casi como un creyente,
recoge la mitología dispersa y desestimada y le da
nueva vida. En el principio de Memoria del fuego
(1982) el mito de la creación de los maquiritari es
fundamental. No sólo recuerda que la muerte es
mentira sino que la alegría original vence al dolor
occidental.
Los indios
makiritare saben que si Dios sueña con comida,
fructifica y da de comer. Si Dios sueña con la vida,
nace y da nacimiento. La primer mujer y el primer
hombre soñaban que en el sueño de Dios la alegría
era más fuerte que la duda y el misterio. Y al
soñar con la alegría Dios o la humanidad, es lo
mismo, la alegría era realizada. Tiempo después,
debido a la muerte de un hombre de la tribu kayapó
que se rió por la caricia de un murciélago y murió,
los guerreros resolvieron que la risa fuera usada
solamente por las mujeres y los niños. Así la risa
y la alegría vuelven a ser secuestradas por el poder
y pierden su valor original.
En
Centroamérica, un Roque Dalton desafiante acusaba:
yo sé que odiáis la risa, pero bajo las sábanas
me río. En Taberna (1966) confiesa su lucha
para tener fe tan sólo en el deseo / y en el amor
de quienes no olvidaron / el amor y la risa. Pero
Dalton también es consciente del doble filo de este
gesto, un signo secuestrado. Desde la conquista
española mi pueblo ríe idiotamente por una gran
herida. Casi siempre es de noche y por eso no se
mira sangrar. En la tradición, la mera risa no es
subversiva sino un narcótico que impide la toma de
conciencia. Sólo la alegría es revolucionaria,
camaradas, / como el trabajo y la paz. Este
estímulo se convierte en una razón de la literatura.
En Por qué escribimos, reconoce que uno hace
versos y ama / la extraña risa de los niños / el
subsuelo del hombre / que en las ciudades ácidas
disfraza su leyenda, / la instauración de la alegría
/ que profetiza el humo de las fábricas. Alegría y
liberación conforman una alianza recurrente.
Según Benedetti en
Haroldo Conti: un
militante de la vida (1976),
la novela Mascaró en lo más hondo
es una metáfora de la
liberación, pero expresada sin retórica, narrada con
fruición, atravesada de humor (Crítica cómplice,
1988). En la
parábola de Mascaró campea un gusto por la
vida, una espléndida gana de reír, como si quisiera
indicarnos que las instancias liberadoras no son
palabras ni posturas resecas sino actitudes
naturales, flexibles, creadoras.
El carácter de la
alegría no es revindicado sólo en la literatura
comprometida sino también en sus propios autores.
Muerte y alegría alcanzan aquí una conjugación
particular. Como hiciera Eduardo Galeano en 1978,
Mario Benedetti recuerda en El humor poético de
Roque Dalton (1981) que el salvadoreño en el trato
personal era un fabuloso narrador de chistes (los
coleccionaba, casi como un filatélico), nunca llevó
a su poesía la broma en bruto, sino la metáfora
humorística. Refiriéndose a Urondo, el mismo
Benedetti señalaba su optimismo era incurable,
pues: Nada hay más hermoso que vivir, aunque sea
perdiendo. Y tenía razón. Luego, con un guiño que
es difícil separar de Ernesto Sábato, continúa:
quede el pesimismo para los esclavos de su propia
pesadilla, para los que sobrevuelan como buitres su
catástrofe privada. Sólo quien alcance un colmo de
optimismo tendrá fuerzas para ofrendar la vida. Más
tarde en Paco Urondo, constructor de optimismos
(1977), el mismo Benedetti completa el retrato y la
valoración de este motor anímico: en él la risa era
algo así como su identidad. Siempre pensé que Paco [Urondo],
cuando debía llevar una vida ilegal, no tenía más
remedio que ponerse serio, ya que en él reírse era
como decir su nombre. También Juan Gelman recordará
a su amigo poeta años después en Hechos y
relaciones (1980) por el mismo rasgo:
andás / en la sonrisa estruendo pólvora /
que atacan cada día al enemigo? / ¿Volvieron
/ feroz a la alegría que caía de vos?.
El sacrificio y la
muerte son entendidos, como en la tradición
cristiana, como requisitos de renacimiento. Pero el
Hombre nuevo que pregonaron los intelectuales
comprometidos no renace en la utopía del Paraíso
celestial sino en la utopía de la humanidad futura.
Su martirio no pretende ser asumido con el verdadero
dolor de la tortura y la crucifixión sino con la
alegría de quien no teme ningún infierno eterno.
Parte 3
Rodolfo Walsh, con
motivo de la muerte de Francisco Urondo, escribió en
su obituario: Mi querido Paco: [
] lo primero que
me acude a la memoria es la frase del poeta
guerrillero checo, al que mataron los nazis, que
dejó escrito: recuérdenme siempre en nombre de la
alegría. El mismo Walsh, un día después de la
muerte de Ernesto Che Guevara, bajó a comprar
el diario y lo primero que vio y recordó luego
fueron esos ojos abiertos, rompiendo el porvenir y
esa especie de sonrisa con la boca fuerte, pero
muerta. Aunque otras fotografías no dejan ver con
la misma claridad esta expresión viva pero ambigua
del muerto, es la sonrisa lo que ven los escritores
del compromiso.
El nicaragüense Ernesto Cardenal en
Canto nacional (1973) poetizaba que
el Che después de muerto sonreía
como recién salido del hades. Tampoco
Eduardo Galeano puede dejar de
observar lo mismo: le miré largamente la sonrisa, a
la vez irónica y tierna [
] Pensé: Ha fracasado.
Está muerto. Y pensé: No fracasará nunca. No
morirá jamás, y con los ojos fijos en esa cara de
Jesucristo rioplatense me vinieron ganas de
felicitarlo. Pero Jesús nunca es representado con
una sonrisa sino, por el contrario, la tradición
cristiana ha consagrado todas las variaciones del
dolor en sus retratos imaginados por Europa.
Pablo Neruda, otro
ejemplo del poeta celebrado por su compromiso
político, poetizó el problema ideológico de la
alegría de una forma que resume su tiempo: Cuando
yo escribía versos de amor, que me brotaban / todas
partes, y me moría de tristeza todos me aplaudían.
Hasta que me fui por los callejones de las minas /
a ver cómo vivían otros hombres, y por eso
cambiaron los aplausos por la policía, porque no
seguía preocupado exclusivamente / de asuntos
metafísicos / pero yo había conquistado la alegría.
La política militante aparece junto con este factor
de la alegría, que se expresa por la vitalidad de la
sonrisa o del cuerpo. La reivindicación del oprimido
o del marginado, es motivo de esta celebración: me
voy a bailar por los caminos / con mis hermanos
negros de la Habana.
En la misma dirección
apunta un discurso de otro intelectual militante,
Ernesto Guevara, en el acto de entrega de
Certificados de Trabajo, el 15 de agosto de 1964.
Guevara recita un poema del republicano español León
Felipe, exiliado en México. Este instante, captado
en una breve película, insiste en la necesidad de un
cambio de actitud ante el trabajo, el valor nuevo de
la alegría despojada del interés material, y lo hace
recurriendo a un pasado mítico, a la corrupción de
la historia por ese interés material, denunciado en
la ficción de Tomás Moro: Pero el hombre es un niño
laborioso y estúpido que ha convertido el trabajo en
una sudorosa jornada, convirtió el palo del tambor
en una azada y en vez de tocar sobre la tierra una
canción de júbilo, se puso a cavar [
] quiero decir
que nadie ha podido cavar al ritmo del sol, y que
nadie todavía ha cortado una espiga con amor y con
gracia. / Es precisamente la actitud de los
derrotados, dentro de otro mundo, de otro mundo que
nosotros ya hemos dejado afuera frente al trabajo;
en todo caso, la aspiración de volver a la
naturaleza, de convertir en un juego el vivir
cotidiano.
Jorge Edwards,
reconocido crítico de la Revolución cubana, reconoce
de su experiencia como embajador en La Habana a
finales de los 60 que a pesar de las frustraciones,
había en ciertos sectores de la Revolución,
también, una alegría, una especie de gratitud que
sobrepasaba los esquemas (Persona non grata,
1973). La idea del héroe, de la vanguardia, es la
misma para el militante, el guerrillero o el poeta:
el poeta es un optimista, pero no un iluso. [
]
Paso a paso, poema a poema, riesgo a riesgo, ese
poeta construye su optimismo (Benedetti, Crítica
cómplice, 1988).
Pero la alegría no
sólo tiene por enemigo a la tristeza y la tradición
del martirio sino, también, sus falsos sustitutos:
Benedetti y Viglietti entendían la necesidad de
defender la alegría como destino / de las
vacaciones y del agobio / de la obligación de estar
alegres (A dos voces, 1994). Pero es Eduardo
Galeano quien más claramente sintetiza, en un relato
de El libro de los abrazos (1989), el valor
de la risa y la alegría y la desacralización del oro
capitalista, el cadáver, la máscara vacía de la
emoción. Con el título de El vendedor de risas
anota su paso por la playa de Malibú, frente a la
casa donde vivía el hombre que abastecía de risas a
Hollywood. Este mercader de la alegría se había
vuelto rico grabando y vendiendo risas de todo tipo
y género para el cine y la televisión, pero él era
un hombre más bien melancólico, y tenía una mujer
que de una mirada quitaba a cualquiera las ganas de
reír. Es la misma observación que Cardenal y
Nicolás Guillén hacen de la sonriente Marilyn
Monroe, suicidándose en un mundo perfecto. Al igual
que Benedetti ve en 1959 en los negros de Estados
Unidos las tres clases de seres más vivos de este
Norte / quiero decir los negros / las negras / los
negritos (Hasta aquí, 1974), Galeano anota
la diferencia entre la risa artificial, hecha para
el beneficio capitalista, y la risa espontánea,
verdadera, producto de la alegría de lo vital del
latino: Ella y él se fueron de su casa de la playa
de Malibú, y nunca más volvieron. Se fueron huyendo
de los mexicanos que comen comida picante y tienen
la maldita costumbre de reír a las carcajadas (Libro
d e los abrazos, 1989).
Se entiende que con
la alegría ha nacido la rebelión y con ella nacerá
la nueva sociedad en sus orígenes heroicos. La
palabra revolución, dice Benedetti, no es sólo
alude a un concepto abstracto de la historia, sino
que se encuentra encarnada: además tiene músculos y
brazos y piernas y pulmones y corazón y ojos que
esperan y confían. Es el rostro de un pueblo que
sufre y aprende, que traga amargura y sin embargo
propone una alegría tangible. Este reconocimiento
del escritor, la alegría, se produce cuando el
político o el intelectual descienden al pueblo
para transmitirle su fórmula infalible, entonces
sí la vanidad puede significar un seguro de
incomunicación que a algunos escritores les resulta
por cierto muy confortable, quizás porque no tienen
nada que comunicar.
Todavía a fines de
los 70, con las renovadas esperanzas
revolucionarias provenientes de la Revolución
sandinista, Benedetti insistía con el valor de la
alegría: después vino el futuro y vendrán otros /
pero no volverá el pasado inmundo / nicaragua ha
sido esta vez invadida / por su rotunda gana de ser
pueblo. Lo que significa, que en algunas diáfanas
temporadas, la realidad se convierte en alegría de
un hombre / y de una suma de hombres (Vientos
del exilio, 1981). Junto con Viglietti
identificó, otra vez, los dos elementos de la
ecuación de la psicología militante: defender la
alegría como una trinchera.
Pero el destino de la
historia, la liberación del pueblo oprimido, debe
frustrarse: Canté como si supiera, / con el aire de
mi pueblo / y al borde de la alegría / la muerte nos
quitó el sueño (A dos voces, 1994).
En los 80 y 90 la
clausura política se convierte otra vez en clausura
existencial. La posmodernidad impone un nihilismo
hedonista que revive la risa de plástico de la
cultura del consumo durante un par de décadas. Se
promueve el deseo y se castiga el placer para que la
ansiedad lubrique la gran maquinaria. Hasta que el
humanismo moderno reaparece en el nuevo siglo, con
su paso lento y casi siempre imperceptible desde el
siglo XIV. Entonces, la alegría epicúrea vuelve a
disputarle un espacio a los paraísos alucinógenos
del consumismo suicida.
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