Dos nuevos estrenos
El cine uruguayo se mete
con la política
por Oribe Irigoyen

Dos largometrajes de ficción uruguayos,”Matar a todos” de Esteban Schroeder y “Polvo nuestro que estás en los cielos” de Beatriz Flores Silva, no sólo se aproximan por su fecha de estreno en el Uruguay, el cercano viernes 11 de abril para el primero, el 2 de mayo para el segundo, señalando de paso la pujanza creciente de la producción nacional en cine, sino que se acercan en sus propuestas temáticas. Ambos, con distintas ambiciones y estilos diferentes, hacen referencia a la historia reciente del país. Provocan por esta circunstancia resonancias de un viejo concepto de la crítica internacional, sobre todo italiana, que hablaba de “fanta política” como un sub género cinematográfico. La fanta política, que tuvo sus buenos cuartos de hora como tendencia fílmica en los años 60 y 70 del siglo pasado, comprendía a películas que tomaban datos y hechos precisos, a veces con nombre propio, de la historia y de la política reales, para inventar tramas o ficciones esclarecedoras, críticas o denunciatorias acerca de lo ocurrido en la sociedad. No se trataba, o integraban el fuero artístico de la fanta política, de recrear esos datos y hechos en forma más o menos documental, como sería el caso por ejemplo de “J:F:K” de Oliver Stone sobre el asesinato del presidente Kennedy, sino de hacer ficción o fantasía ( fanta ) en la creación de personajes y situaciones argumentales para dar paso a los datos de la realidad. Que es lo que ocurre con los largos uruguayos citados.

       

El caso Berrios como “thriller”

Con “Matar a todos”, coproducción de Chile, Argentina, Alemania con Uruguay, el realizador uruguayo Esteban Schroeder prosigue y mejora su tendencia estilística de apoyarse en el cine de géneros, para el caso el “thriller” policial, como hiciera en su anterior largometraje “El viñedo”, basado en un sonado caso criminal uruguayo. Sólo que esta vez el centro temático de la película es el asesinato, en Uruguay en la década del 90, de Berríos, conocido químico chileno, agente del servicio de inteligencia de Pinochet. El film, ambientado en esos comienzos de los 90, tiempos de la restauración todavía frágil de la democracia en Uruguay, tiene guión del escritor nacional Pablo Vierci, también libretista de “El viñedo”, con la colaboración en esta oportunidad de Alejandra Marino y Daniel Henríquez. Su trama muestra a un hombre ( Claudio Arredondo ) huyendo por el bosque de un balneario uruguayo, se refugia en la comisaría local, dice ser chileno, llamarse Berríos, haber sido secuestrado y denuncia que lo van a matar. La denuncia llega a la justicia uruguaya. El guión se centra en esa denuncia para procesar la ficción e inventa a una familia involucrada en el caso: una abogada fiscal ( Roxana Blanco ), con un pasado de víctima torturada por la dictadura militar uruguaya, quien es designada para investigar, descubre a lo largo del metraje, que el chileno ha desaparecido, que la policía ha intentado borrar todo rastro de la denuncia, que se trata en efecto de un ciudadano chileno llamado Berríos y bioquímico, que la embajada de Chile no tiene respuestas y que en esta oscura historia están involucrados el propio padre de la abogada ( Walter Reyno ), un general del ejército uruguayo y el hermano de ella ( César Troncoso ), también militar. El film culmina con la aparición del cuerpo de Berríos entre las dunas del balneario.

        

Con ese material, Esteban Schroeder arma un film policial en el cual demuestra su maduración creativa y un dominio tal de ese género tan fuertemente codificado, como para equiparar los resultados de su película con las mejores muestras internacionales del mismo, incluso de Hollywood. El pulso narrativo fluido, la pulcritud y variedad de los encuadres y movimientos de cámara, el boceto profundo y convincente de los personajes y la situaciones, el manejo de la intriga y la inteligencia sugerente de los diálogos, todo ese aparato audiovisual al servicio del elevado rendimiento del elenco, confluye con autoridad dramática  para hacer de “Matar a todos” un excelente film nacional, un “thriller” de cabal jerarquía, que por otra parte no hace ninguna concesión que impida el surgimiento natural, sugestivo de una visión crítica de la historia reciente, en sus rasgos de complicidades y otras yerbas de denuncia.

      

Ambicion alegórica

“Polvo nuestro que estás en los cielos” va por otro camino para describir o mejor, metaforizar, acerca  de la realidad política y social del Uruguay en los tiempos que van desde 1966, inicio de la presidencia de Gestido, hasta el 27 de junio de 1973, día del golpe de Estado militar, que cierra las imágenes de la película. Lo primero que demuestra este tercer largometraje de Beatriz Flores Silva es la pasión, coraje y ambición artísticos de la cineasta para rodar un largometraje de gran ambición temática y provocativa, que ha reunido para su hechura a un equipo de 600 personas entre actores, técnicos y extras. Lo segundo a considerar es que Flores Silva ha crecido en su dimensión creativa como para enfrentar un desafío muy riesgoso del punto de vista estilístico y da muestras en estas imágenes que está encontrando su universo estético. Porque, aquello que estaba insinuado en sus anteriores largos, “Pepita la pistolera” y “En la puta vida”, esto es, un singular manejo complementario o dialéctico del humor y el drama, desemboca en “Polvo nuestro…” en una notoria soltura expresiva para la tragicomedia, al construir una alegoría persuasiva y rica acerca de aquel Uruguay tradicional, pródigo en acontecimientos, dramas, risas, sangre, sudor y lágrimas que ya fue, lo mató la dictadura de 1973-1985.

       

La alegoría se concreta en una casona ( el Uruguay ) siempre en reparaciones y reformas para agrandarla, habitada por un familia disfuncional ( la sociedad ), compuesta por un político colorado de cuño tradicional ( Héctor Guido ), lleno de buenas intenciones y amante de los duelos en defensa del honor, su esposa ( Margarita Musto ) despreocupada de los gastos o falta de recursos de la familia y en continua agitación por abrir paredes, tapiar puertas o agregar nuevas construcciones incoherentes, una familiar madura ( Miriam Gleiger ) de ir a misa y caer en fuertes imprecaciones anticlericales, un hijo con ideales de justicia social que luego se une a la guerrilla, otros familiares, etc. La historia se inicia en 1966, cuando el político lleva a vivir con su familia a una hija ilegítima de 7 años, luego adolescente de 13, que es la testigo conductor del argumento y con él de los hechos que registra esa época tan rica en acontecimientos y duras confrontaciones, que incluyen la presencia de la guerrilla tupamara, la existencia de un túnel en la casona que conduce a una iglesia cercana y propicia la existencia de un refugio para guerrilleros, armas y dinero robado.

      

Mientras el film se mueve en los términos de la alegoría, se mantiene en el escenario de la casona y atiende las peculiaridades absurdas y dramáticas de la familia, con un sabio y prometedor manejo del realismo y el grotesco, las imágenes alcanzan un alto nivel persuasivo y seductor, por el uso afinado del humor, la riqueza de las situaciones absurdas y de los diálogos, la estupenda ambientación de la casona, los trazos seguros de la caricatura para perfilar los personajes, defendidos por otra parte con un gran rendimiento del elenco, en particular Héctor Guido y Margarita Musto. Hasta ese entonces la alegoría funciona a pleno y la pintura de aquel Uruguay tiene excelente sabor y colorido. Pero hacia el cuarto de hora final, la película hace prevalecer el factor realista, Beatriz Flores Silva, al igual que “En la puta vida”, quiere hacer explícito el contenido de su alegoría y manda su “mensaje a García” – el día del golpe de Estado con tanques en la calle, la resistencia popular, etc. – y empiezan los “peros” de la película.  Se pierde el estilo tragicómico, sin que lo nuevo lo sustituya con solvencia, que evidencia sus limitaciones políticas, porque en tren de “realismo” sobre aquellos tiempos, resulta absurda e imperdonable la total ausencia del Partido Nacional, la aparición del Frente Amplio y su movimiento se reducen a la imagen de una banderita alusiva y cuatro personas, la resistencia popular no va más allá de breves tomas de inconvincente lucha cuerpo a cuerpo. Un error, craso, el “mensaje a García” que no hace olvidar la indudable calidad tragicómica del film, aunque molesta bastante por lo que pudo ser una cabal redondez artística.

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