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Las razones políticas y morales
de la misión de la ONU en Haití
por el general de Brigada
Eduardo Aldunate Herman
Los violentos disturbios en
Haití generados por un aumento en el precio de los
alimentos, provocaron en estos días la caída del
primer ministro Jacques Edouard Alexis.
Días pasado diversas
organizaciones sociales responsabilizaron a las
tropas uruguayas de matar a tres haitianos durante
los disturbios. El viceministro de Defensa, Jorge
Menéndez, dijo a la prensa que ese extremo no está
comprobado y que actualmente se está investigando.
Las tropas uruguayas forman
parte de una misión integrada por 7.060 militares y
2.091 policías bajo bandera de las Naciones Unidas.
En el trabajo que sigue a continuación se analiza
por parte de un militar chileno el contexto de
Haití en que deben actuar los soldados de la ONU
Hasta hoy varias generaciones
de haitianos no han conocido más que pobreza y
violencia, Haití es constantemente citado entre los
países más pobres en términos de desarrollo social y
económico. Durante décadas, los 8,3 millones de
habitantes de este problemático Estado caribeño han
vivido en el caos y la anarquía, con violencia
creciente, pobreza, cortes de agua, SIDA,
analfabetismo y desempleo como parte de su
cotidiano.
En este comentario, el general
de Brigada Eduardo Aldunate Herman, ex Segundo
Comandante Militar de la Misión de Estabilización de
las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH), examina esa
realidad enfatizando los progresos hechos en algunas
áreas, subraya sin embargo que los problemas son tan
profundos como complejos y que mucho queda por
hacer.

Existen muy buenas razones para
que los latinoamericanos se interesen por Haití, el
primer país de la región en lograr la independencia
en 1804 después de Estados Unidos. Temas como la
seguridad y la defensa, la ingobernabilidad, el
SIDA, la miseria, el tráfico de armas y de droga,
entre otros, son argumentos suficientes para
intentar ayudar a ese país.
Lamentablemente, pese a contar
con un pueblo rico en cultura y tradiciones, en los
estudios especializados en desarrollo humano Haití
ocupa un lugar muy bajo. Esto no es un tema menor,
más bien se trata de una tragedia inaceptable en el
nuevo siglo. Probablemente para algunos no sea un
argumento suficiente como para justificar una
presencia internacional.
Según fuentes estadounidenses,
el 8% de la droga que ingresa en Norteamérica viene
de Haití, que actúa como un país de tránsito, sin un
control relevante que evite esta situación de
importantes consecuencias. Otras fuentes justifican
la presencia internacional por diferentes razones
que también inciden en la seguridad hemisférica.
Igualmente podría ser un buen argumento el actual
clima de ingobernabilidad, que puede llegar a
influir negativamente en la democracia y estabilidad
de la región.
Todo lo anterior es cierto. Sin
embargo, no es sólo por esas razones por las que
debemos ayudar a Haití con fuerza y entusiasmo.
Considerar la actuación exclusivamente por razones
de seguridad hemisférica es una visión
reduccionista. No es sólo una cuestión de
conveniencia.
Muchas vidas han sido mutiladas
y esto no nos puede dejar impávidos, como
espectadores ante una masacre. Varias generaciones
de haitianos sólo han conocido la miseria y la
violencia. Esta realidad es un fundamento más que
aceptable para nuestra inquietud y esfuerzo por
hacer algo en beneficio de ellos y la esperanza que
han puesto en los cascos azules por un mañana mejor,
así lo demanda..
Hay que estar presentes porque
no se puede tolerar que la globalización y la
creciente integración se restrinjan únicamente a
materias económicas o administrativas. El proceso de
mundialización también nos hace ser más cercanos,
más hermanos los unos con los otros, y eso implica
actuar solidariamente, en particular cuando uno de
los nuestros resulta gravemente afectado. Además, en
cuanto a sufrimiento, la historia de Haití es
demasiado larga. Vivimos un momento de avanzado
desarrollo científico y tecnológico al servicio de
las personas que no se compadece ante esta
situación.
Si no lo ayudamos, seremos en
parte responsables de su tragedia. Además, estoy
completamente seguro de que eso depende en gran
medida de lo que las fuerzas de Naciones Unidas
puedan hacer. Por esta razón, Haití debe ser visto
desde un punto de vista humano y no sólo de
seguridad. Los problemas de ese país son muy
profundos y complejos. Algunos piensan que, ante una
situación como esta, se trata de llegar e imponer
una democracia, diseñar una estructura académica y
todo estará arreglado. Pero eso es no entender nada.
Otros sugieren soluciones sorprendentes, como abrir
el país al turismo y construir resorts en las playas
al estilo de la República Dominicana.
El problema no se soluciona con
ideas mágicas alejadas de la realidad, ni mucho
menos con solo evitar una masacre humanitaria,
como demanda la resolución del Consejo de Seguridad
de Naciones Unidas que género la Misión, y después
retirarse para que todo comience de nuevo. Estamos
ante una situación muy seria que no se limita
únicamente a la corrupción y la violencia endémica.
Si realmente se quiere aportar una solución al
problema, debe cambiarse el enfoque y aceptar que
será con la propia sociedad haitiana donde se
encuentre el camino a la solución de sus problemas.
Si se miran los datos
disponibles sobre Haití, lo más probable que suceda
es que no se entienda lo que está ocurriendo. Se
puede mirar la superficie de la situación, pero no
el fondo. Ver es algo más sutil: se trata de sumar
los hechos y entender las causas del problema.
Cuando se enfrentan situaciones
tan complejas sobre el terreno, las malas ideas
abundan. Tiempo atrás, hablando sobre cómo abordar
el problema de la violencia, una alta autoridad
extranjera me dijo: Mire, lo que tiene que hacer es
entrar en (la barriada pobre y marginada de) Cite
Soleil, ubicar donde están los bandidos y actuar,
porque aquí no hay otra solución posible. Yo
acababa de regresar de ahí, me metí la mano en el
bolsillo, saqué una bala de 5.56 milímetros y le
pregunté: ¿Usted cree que con esto se solucionan
los problemas? El guardó silencio. ¿Alguien
sensatamente- puede creer que con balas 5.56 vamos
a arreglar el problema en Haití? Eso es no entender
nada y es un buen ejemplo de cómo ese funcionario
internacional miraba, pero no veía.
Durante mi estancia en Haití, a
veces daba la sensación de que algunas autoridades
pensaban que por el hecho de ser militar, y de las
fuerzas especiales, uno es proclive a solucionar
todo con balas. Pobre idea de lo que somos los
militares. Pero, además, esa no es la solución.
Haití, una dura realidad
Haití ocupa la mitad de la Isla
la Española que comparte con la República
Dominicana. Estos dos países representan la cara y
la cruz de una misma moneda. Por un lado, un país
que se desarrolla en orden, con los problemas
propios de su realidad. En el otro, uno que lleva
más tiempo del conveniente en una situación de caos
e ingobernabilidad, aparte de otras situaciones que
afectan negativamente a su desarrollo.
Haití cuenta con 8,3 millones
de habitantes. Entre los muchos problemas que
atraviesa se encuentran la deforestación, la
erosión, la falta de agua, el SIDA, el analfabetismo
y la desocupación laboral. El país se divide
administrativamente en 10 departamentos. Las
distancias no son grandes. Desde la capital hay 255
kilómetros a Cap Haitien. Sin embargo, se precisan
nueve horas para recorrer esa distancia en coche. En
la zona sur, los soldados uruguayos tardaban siete
horas en llegar desde Les Cayes hasta Puerto
Príncipe, una distancia de tan solo 194 kilómetros,
debido a las malas condiciones de la red vial. Este
factor no influye sólo en los desplazamientos de los
soldados, sino que afecta al desarrollo del país. Se
trata de un problema muy urgente. Sin conectividad
terrestre, no hay desarrollo.
El sistema de locomoción son
los Tap-Tap, camionetas adornadas con leyendas
religiosas y festivas que no cumplen las mínimas
condiciones de seguridad. En toda la capital sólo
funcionan dos semáforos, mientras las calles están
atestadas de puestos de alimentos y todo tipo de
productos sin condiciones de salubridad.
Es interesante destacar que no
existe control fronterizo ni control de puertos. La
razón es sencilla. En todo el país apenas hay 10
botes tripulados por personal de la Policía Nacional
de Haití para controlar los casi 4.000 kilómetros de
costa y, además, hace seis meses no tenían
combustible.1 Éste lo proporciona Naciones Unidas y
en la zona norte lo aporta Estados Unidos.
A nivel de fronteras
terrestres, el tema es más dramático, ya que se
encuentran en una zona baja y sin obstáculos
naturales. Es fácil pasar de un país a otro y la
presencia de autoridades del Estado es limitada. El
control aéreo también es prácticamente nulo, a pesar
de estar a una hora y media de vuelo de Miami y
media hora de Cuba. Algunas veces se encuentran
restos de aviones que supuestamente habían traído
droga, sin que se sepa su destino final. En resumen,
con este tipo de control de fronteras, el tránsito
de armas, municiones y drogas es muy sencillo.
Los informes del Programa de
Naciones Unidas para el Desarrollo y del
International Crisis Group, entre otros, ofrecen una
visión detallada de los alarmantes niveles de
pobreza y miseria que vive el país. La temporada de
huracanes, aproximadamente cinco al año, causa
estragos en lugares donde las condiciones sanitarias
y de habitabilidad son ya de por sí precarias.
Cuando llueve, se inunda todo. El corte de los
puentes y caminos es habitual en muchas zonas del
país. La zona de Gonaives, inmediatamente al norte
de Puerto Príncipe, sufrió en el año 2005 un huracán
que causó la muerte de alrededor de 3.000 personas.
La situación de la calidad de
las viviendas es deplorable y en las calles se
encuentra apilada la basura. En no pocos lugares
conviven animales y personas a la vez. La población
vive principalmente de una economía básica con pocas
industrias, sólo hay luz eléctrica en algunos
lugares y momentos y el agua potable no existe. El
tema del agua merece especial atención, ya que en
los próximos años se convertirá sin duda en un grave
problema. El país produce muy poco y básicamente
son las remesas de compatriotas desde el extranjero
lo que les permite subsistir.
Las misiones internacionales en
Haití
La presencia internacional en
Haití es un hecho recurrente. En la historia
reciente del país ha habido varias misiones
internacionales e incluso intervenciones de países
específicos que han llegado a durar varios años. Sin
embargo, parece que en ninguna de ellas se
consiguieron solucionar los problemas de fondo. La
diferencia de la actual Misión con empresas
anteriores es que la Misión Internacional de
Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH,
por sus siglas en inglés) es un proyecto
eminentemente latinoamericano, pese al aporte de
muchos países y de la propia ONU. La jefatura de la
Misión estuvo a cargo de un chileno y luego de
Guatemala, el mando de la fuerza militar es de
Brasil, el segundo jefe era de Chile y actualmente
de Uruguay, y la mayoría de los contingentes son de
países americanos.
No es una cuestión de orgullo
chovinista, más bien al contrario, es expresión de
un compromiso con nuestros orígenes y cultura. Por
esta razón, esta no puede ser otra misión fallida.
Debe ser exitosa por nuestros muertos y heridos y,
sobre todo, por el pueblo haitiano que aprecia que,
entre otros, sean personas de su propio continente
las que se preocupan por ellos.
Una de las cuestiones clave en
el país de la que se debe ocupar la Misión de la ONU
es la seguridad. Y para ello se precisa, en primer
lugar, un cuerpo eficaz de policía. La Policía
Nacional de Haití es un elemento interesante en este
cuadro, ya que es una de las escasas presencias del
Estado que abarca todo el país. Aunque este dato es
algo virtual dadas las profundas falencias de la
estructura estatal en todos los sentidos. Esta
fuerza cuenta con alrededor de 5.000 hombres para
una población de 8,3 millones de personas. Nueva
York tiene, para la misma cantidad de habitantes,
más de 30.000 policías. En el año 2011 se espera
llegar a 14.000, bastantes menos de los que
realmente se necesitan. En reiteradas oportunidades
se planificaron operativos con la policía nacional y
las tropas de la ONU. En esas situaciones, la
policía haitiana, si es que llegaba al lugar
indicado, se presentaba provista de una pistola o
con un revólver con tres tiros, sin chalecos
antibalas ni cascos, es decir, con un equipamiento
realmente pobre. En los lugares donde había más
problemas de seguridad, la presencia de la policía
era nula.
La policía, todavía en
formación, presenta una evidente falta de
equipamiento. Al igual que el antiguo Ejército,
disuelto en el año 1994 por el entonces presidente
Aristide, el cuerpo policial también estaba
tradicionalmente intervenido políticamente a favor
de uno u otro sector. Esto hace pensar que se
necesitará mucho tiempo en lograr la necesaria
autosostenibilidad de la seguridad del país.
El Director General de la
Policía ha advertido de que una parte importante de
los casos de corrupción y violencia han sido
provocados por agentes policiales. Yo mismo percibí
que hay una desconfianza enorme por parte de la
población hacia los policías. Esto explica
parcialmente la ausencia de denuncias contra los
agentes corruptos. Las demás razones derivan del
sistema judicial haitiano.
Pero en términos de seguridad,
no es suficiente con tener una policía eficaz.
Además, es muy importante contar con un sistema
judicial eficiente al que tenga acceso toda la
población por igual. Ambos elementos están ausentes
en la actualidad, y de estas carencias derivan
muchos de los problemas de seguridad actuales.
En Haití hay más de 3.000
presos en las cárceles y el 90% de ellos no han sido
todavía condenados. Están retenidos en calidad de
detención preventiva, sin ninguna acusación o
investigación en curso.
A estos presos hay que añadir
una incalculable cifra de detenidos en los recintos
policiales. En ambas situaciones, los derechos
fundamentales de las personas están siendo violados.
Los responsables son tanto el débil sistema judicial
como la actuación de la propia policía, muchas veces
en situación de conflicto entre ellos. Por esta
razón se debe insistir con firmeza en demandar mucho
más que sólo policías para enfrentar el tema de la
violencia. Proclamar que Haití es un tema policial
es un grave error. Una de las principales
necesidades de la sociedad haitiana es que la
ciudadanía sienta que todos están sometidos al
imperio de la ley y que sus derechos son respetados,
en especial por el propio Estado.
Evidentemente, es necesario un
Estado que funcione y un programa de educación
general a largo plazo para afrontar este problema,
pero hablar de tiempo y largo plazo es un lujo que
Haití no se puede permitir en estos momentos.
En Haití hay un tema mucho más
profundo y estructural sobre la concepción del
Estado y su sociedad. Falta construir unas
instituciones acordes a la realidad del país y que
funcionen. Para lograr este objetivo, es
imprescindible que haya un consenso entre los
actores implicados y generar las condiciones
necesarias para que la población pueda acceder a
trabajo, educación y salud. Además, se debe definir
qué tipo de ayuda se necesita de la comunidad
internacional. En un escenario donde ha habido tanta
ineficiencia y corrupción, el problema no es la
falta de recursos, sino su orientación hacia obras y
necesidades reales con el objetivo de construir
bases sólidas para el futuro del país.
Respecto a la seguridad, la
violencia debe ser enfrentada decididamente,
valorando bien cuándo aplicar la fuerza, pero
siempre enmarcada en lo que corresponde a un Estado
Derecho. Si no se afrontan los problemas de fondo,
donde la violencia es solamente una demostración de
algo más profundo, estaremos actuando como un mal
médico que trata los síntomas y no la causa de la
enfermedad.
Orígenes de MINUSTAH
En febrero de 2004 culminó una
crisis generalizada y el presidente Jean-Bertrand
Aristide salió del país. Los orígenes de este
conflicto son anteriores a su Gobierno, debido a
problemas estructurales, pero su presidencia
contribuyó al agravamiento de la situación. El
Consejo de Seguridad de la ONU autorizó entonces el
envío de una Fuerza Interina Multinacional (MIF, en
sus siglas en inglés) liderada por Estados Unidos,
Francia, Canadá y Chile, con el objetivo de detener
el clima de caos y violencia e impedir una matanza.
Pienso que su envío fue adecuado, pese a que hay
voces que se opusieron, dado los altos niveles de
violencia que se vivían. Sin la MIF es muy probable
que hubiese habido una masacre en el país.
El mando de estas fuerzas fue
asumido por el General Ronald Coleman de Estados
Unidos de febrero a julio de 2004, tiempo que duró
la MIF. En ese período se logró detener una masacre
y la entrega de algunas armas. Los ex FAdH (Fuerza
Armada de Haití) habían sido desmovilizados en el
año 1994 y sus integrantes se organizaron como
grupos políticos, con alianzas o relaciones con
algunos grupos y sectores, para demandar que se les
restituyesen sus derechos y se les pagase sueldos y
jubilación.
De la disolución de la Fuerza
Armada surgió un grave problema. Al parecer, las
armas del antiguo ejército fueron entregadas a la
población sin ningún control y sin establecer los
procedimientos pertinentes para su recogida y
reasignación. El resultado fue la desaparición de
las armas sin que haya ningún registro sobre dónde
acabaron. Después de cuatro meses, la ONU reconoció
que la situación era más
compleja y que excedía el mandato de la fuerza
transitoria. De este modo, el 1 de junio de 2004 se
aprobó la Resolución 1542 que da origen a la actual
Misión internacional. En julio de ese año, el
General Coleman traspasó el mando al General Augusto
Heleno Ribeira Pereira de Brasil y comenzó la Misión
de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH).
Esta Resolución encargó a la
fuerza de la ONU varias misiones, aparte de evitar
una masacre y otorgar seguridad al país. Entre
ellas, la de apoyar al gobierno de transición y
asistir en la celebración de elecciones, que
supondrían el inicio del camino a la estabilidad y
desarrollo de Haití con autoridades legítimas.
Muchas veces, por lo difícil de
la situación en cuanto a seguridad, se sugería el
empleo de operaciones militares más ofensivas.
Incluso las propias autoridades civiles nos pedían
actuar de forma más decidida. Ante la escalada de
secuestros y muertes, todos eran rápidos en pedirles
a los militares mano dura.
En esos momentos, no se deben
olvidar los objetivos de las misiones. Antes de
comenzar las reuniones en las que se adoptaban las
decisiones, recordábamos a las autoridades que
ciertas operaciones podían ocasionar muertes de
civiles y que eso afectaría a la Misión. Junto al
general Urano Teixeira Da Matta Bacellar y
posteriormente el general Elito Carvalho Siqueira,
dos grandes comandantes, insistíamos en que se podía
lesionar gravemente el proceso político y las
futuras elecciones y que esto podía ser
contraproducente con el objetivo de la Misión y,
afortunadamente, fuimos escuchados.
En ocasiones, nos miraban con
escepticismo. Sin embargo, quien ocupa un cargo
superior en una misión no debe confundir nunca la
táctica con la estrategia. Tener un éxito táctico
pero un desastre en lo estratégico, supondría una
suerte de victoria pírrica que, en Haití, se debía
evitar. En cambio, es muy conveniente que los altos
mandos tengan sensibilidad política. En ese sentido,
el jefe de la Misión, el embajador Juan Gabriel
Valdés y posteriormente su sucesor, Edmond Mulet,
cumplieron un excelente papel de liderazgo y
prudencia política.
La estructura de la Misión
Así se configuró una misión que
tenía mucho más de político que de seguridad, en un
sentido estricto. No existía un ejército al que
derrotar, sino una sociedad a la que se debía ayudar
a vivir en paz y orden cumpliendo el mandato de la
ONU. La Organización de Naciones Unidas quedó
reflejada en el mandato. Esto supuso, entre otros,
dos obstáculos que dificultaron el desarrollo. En
primer lugar, el mando militar estaba situado de
forma paralela al mando policial.
Ambos compartían
responsabilidades de seguridad. Por esta razón, las
operaciones debían ser coordinadas con anterioridad.
Pero, en operaciones reales y ante decisiones a vida
o muerte, tener mandos paralelos en una zona de
operaciones es un error.
Donde transcurran las
operaciones debe haber sólo un mando que planifique
y ordene. Su labor puede haber sido coordinada en
reuniones anteriores pero, en el momento de actuar,
debe ser un único cuerpo el que asuma el liderazgo
de la operación Naciones Unidas corrigió este error
después de un año y, desde junio de 2006, en las
zonas de operaciones había un único mando. En
segundo lugar, en el mandato de estructura de la
Misión no había un organismo de inteligencia o
informaciones. En esas condiciones, la obtención de
información útil para el mando militar o para el
nivel político era muy difícil. Ningún contingente
hablaba el idioma del país. Muchos creían que con
hablar francés sería suficiente. Pero en Haití se
habla creole, un dialecto que mezcla francés y
lenguas del África Occidental.
La policía haitiana, a la que
se suponía un amplio conocimiento de la situación
del país, estaba ausente o no se podía confiar en la
información que proporcionaba. También podía
ocurrir que no contase con las bases de datos
necesarias o que no estuvieran bien estructuradas.
Naciones Unidas creó dieciséis meses después de
iniciada la Misión, en octubre de 2006, un organismo
de análisis de inteligencia, la Joint Mission
Analysis Cell (JMAC). Sin embargo, se ocupaba
básicamente análisis de informaciones para asesorar
al jefe de la Misión y no producía informes
relevantes en el plano militar. La solución que
nosotros establecimos junto al General Elito fue
fortalecer la función de inteligencia en el cuartel
general para el servicio y uso de los contingentes.
La fuerza militar existente
hasta el momento era de 6.638 hombres, aunque llegó
a 7.500 durante el período electoral, provenientes
de Uruguay, Sri Lanka, Perú, Brasil, Jordania,
Uruguay, Bolivia, Argentina y Chile. Anteriormente,
hubo también contingentes de España y Marruecos pero
se retiraron en marzo de 2006, algo que sorprendió,
sobre todo por el momento elegido
(un mes después de las
elecciones). Además, había fuerzas de Filipinas y
Guatemala cumpliendo funciones administrativas.
¿Quién genera inseguridad en
Haití?
Las elecciones de febrero de
2006 estuvieron a cargo de MINUSTAH apoyada por la
Organización de Estados Americanos (OEA). La fuerza
militar debía, entre otras funciones, custodiar los
locales donde se votaba, trasladar las urnas de
votos de forma segura y ayudar en los conteos,
tareas que supusieron un gran esfuerzo logístico y
humano. El proceso electoral se realizó de forma
transparente y tuvo una altísima participación, algo
inusual en el pasado. Por primera vez, la población
haitiana contó con un documento o cédula electoral.
Sorprendentemente, después de
finalizadas las elecciones y elegido el nuevo
Gobierno, muchos indicaron que se había cumplido el
objetivo y que era el momento de concluir la Misión,
pero no comprendían que las causas de los altos
niveles de inseguridad que todavía persistían
continuaban vigentes. La paz y tranquilidad eran
volátiles Las elecciones suponían el punto de
partida, no la meta. La legitimidad del nuevo
gobierno permitiría emprender las acciones
necesarias para afrontar los problemas de fondo del
país.
Cualquier análisis sobre
situaciones de violencia debe diferenciar entre
percepción y realidad. La percepción es que hay
cientos de secuestros diarios, numerosos muertos y
caos generalizado. Según esta percepción, la Misión
de Naciones Unidas es ineficiente y no ha logrado
todos sus objetivos. La situación real es que el
país ha estado bajo el control de MINUSTAH desde el
comienzo de la Misión. La violencia está focalizada
en dos zonas específicas de la capital, Cite Soleil,
y en el sector Martissant. En el tiempo en que
estuve en la Misión, ninguna situación fuera de la
capital llegó a inquietar a los mandos en cuanto a
seguridad.
Las elecciones dieron paso a un
nuevo gobierno legítimo y aceptado por la mayoría de
la población. Dar credibilidad a la percepción de
que Haití es sólo violencia, es como si la situación
de seguridad de los Estados Unidos se midiese según
los niveles de violencia del peor barrio de una
ciudad. Es como si las favelas de Río de Janeiro
fueran el sinónimo de la seguridad en todo Brasil.
La prensa internacional
destacaba únicamente lo que acontecía en Cite Soleil
y eso repercutía en la percepción que llegaba a
nuestros países. Sin embargo, las personas al frente
de la Misión teníamos que distinguir muy bien entre
ambas visiones para adoptar las decisiones
adecuadas. Porque, si el mando se preocupa sólo de
la realidad, perderá la guerra.
En un mundo donde las
comunicaciones tienen tanta importancia, hay que
atender también a las percepciones para evitar
ciertas presiones que pueden hacer caer cualquier
organización. Por esta razón, dimos prioridad a la
situación en Cite Soleil.
Algunos embajadores sugerían
que los mandos militares proporcionáramos la
seguridad necesaria para después poder llevar la
ayuda económica. La máxima es primero seguridad y
luego desarrollo. Pero, por razonable que parezca,
esto no siempre ocurre en la realidad, ni ocurrió en
Haití. En todas las zonas a las que llegaron los
cascos azules en 2004 (Puerto Príncipe, Les Cayes,
Gonaives, etcétera) se procedió de la misma forma.
Primero, se aseguró el área y luego se establecieron
lazos con la población hasta que ésta empezó a
confiar en las tropas y retomó su vida cotidiana en
las calles. Hoy no hay casos de violencia grave, el
ambiente está tranquilo y no se oyen tantos
disparos. Sin embargo, la ayuda económica no ha
llegado a estos lugares en los que hay seguridad.
Paradójicamente, los proyectos de ayuda, en su
inmensa mayoría, no se dirigían hacia las áreas más
estables.
La ayuda económica debe llegar
cuanto antes, prácticamente a la par que la acción
militar. La paciencia de la población tiene un
límite y si percibe que una misión sólo está para
asegurar el orden, mientras persisten sus miserias y
problemas, estamos ante un grave problema. Muchos
estudios, muchos proyectos, pero poca acción
concreta. El prestigioso economista Jeffrey Sachs
visitó al presidente Preval un día antes de que
asumiera el poder para hacerle una serie de
recomendaciones sobre desarrollo. Preval lo escuchó
interesado y luego contestó de esta manera:
Yo mañana asumo y van a venir
los profesores, la policía, los de salud y me van a
decir, Presidente, páguenos el sueldo. Yo me voy a
meter la mano en el bolsillo, voy a seguir buscando
tratando de encontrar alguna monedita y no la tengo.
Se necesitan proyectos, sí, pero ahora no tengo
dinero con que pagar los sueldos y hacer funcionar
el Estado.
Durante el tiempo que duró mi
mandato, normalmente había problemas de disparos
contra nuestro personal en la capital y secuestros y
asesinatos de haitianos en su mayoría. La violencia
aumentó en diciembre de 2006, coincidiendo con la
lamentable muerte del general Bacellar. Los niveles
de inseguridad en términos estadísticos escalaron y
llegamos a sufrir 260 secuestros en un mes,
comparados con la anterior media de 60.
Todos los meses encontrábamos
alrededor de 20 cuerpos en las calles, producto de
linchamientos o asesinatos. En un mes sufrimos tres
muertes de cascos azules por parte de las gangs
además de un agente de la policía de Naciones Unidas
(UNPOL). (A todos ellos, por cierto, los despedí sin
que hubiera presente ni una autoridad del gobierno
provisional haitiano, algo que sin duda me molestó
ya que lo encontré injustificado y ofensivo hacia
mis soldados).
Todos los hechos de violencia
se producían en la capital. Entonces, ¿cuál es el
problema real de seguridad que se debe enfrentar?
Primero, en Haití no hay grupos armados, no hay
diferentes ejércitos ni un movimiento de liberación.
Lo que hay son bandas de delincuentes armados.
Informes de inteligencia de algunos sectores
aseguraban que en la zona norte estaba actuando el
llamado Ejército Dessalines formado por alrededor de
300 o 400 hombres. Inspeccioné el territorio
completo y me preguntaba dónde podrían esconderse si
no hay ni árboles ni selva. Entonces me percaté de
que los informes de inteligencia habían reflejado
simples rumores de la calle, tan típicos de la
cultura haitiana. Nuestro problema de seguridad era
básicamente de delincuencia, de grupos armados en la
capital de 20 a 60 personas, aún cuando al parecer
había algunos con más integrantes.
Los líderes de los grupos
armados tienen apariencia de rock stars, pero no lo
son. En realidad, son fríos asesinos que llegaron a
matar, por ejemplo, a varios soldados mientras
repartían cubos para la recolección de agua a la
población. En marzo de 2006, uno de los jefes de una
gang, Evans Ti Kouto, que significa pequeño
cortaplumas, capturó a dos policías y los recluyó en
una zona de Cite Soleil que él controlaba. El grado
de demencia y violencia de estos delincuentes llegó
hasta el extremo de que, antes que liberarlos,
prefirieron cortarlos en pedazos, quemarlos y echar
sus restos de comer a los perros. Con este tipo de
bandas es difícil buscar soluciones pacíficas, pero
la prudencia nos demandaba cumplir con las normas
del Derecho Internacional y en especial, las reglas
de enfrentamiento de la propia ONU.
Una estrategia para Cite Soleil
Puerto Príncipe es una ciudad
donde viven casi cuatro millones de habitantes. Cite
Soleil es una barriada de cuatro kilómetros en la
que habitan alrededor de 200.000 personas. Las
razones de su fama violenta y de miseria proceden de
la falta de inversión y ayuda significativas. La
policía haitiana no se atrevía a entrar a pesar de
ser el lugar donde se originan la mayoría de los
hechos violentos. Muchas escuelas están cerradas y
no existe un hospital público. Las palabras justicia
y derecho son sólo una anécdota en este lugar.
Paradójicamente, Cite Soleil está situado junto a la
zona industrial más rica de Haití.
Las gangs secuestran a sus
víctimas en otros sectores de la capital y las
llevan a la barriada. Más del 90% son haitianos. Los
secuestros son un negocio rentable a pesar de la
inmensa pobreza de un país donde la mayoría de la
población subsiste con un salario de dos dólares
diarios. Esto se debe a las cuantiosas remesas
procedentes de inmigrantes residentes en Canadá y
Estados Unidos.
Las bandas son extremadamente
violentas, estaban enfrentadas entre sí y decididas
a todo. Las dos más importantes estaban lideradas
por Amaral en Belekoú y por Evans, que opera en
Boston, ambos sectores de Cite Soleil. Cuando los
oficiales de MINUSTAH preguntaban a la policía
haitiana por las órdenes de detención existentes
contra los jefes de las gangs, ésta respondía con
silencio o alegaban su extravío, lo que supone un
ejemplo del funcionamiento de la justicia en el
país.
Había tropas desplegadas en
todo Cite Soleil: cascos azules uruguayos,
brasileños, chilenos, peruanos, srilankeses y
bolivianos desplazándose por sus calles, que eran
atacados con armas de fuego. Aunque hoy los niveles
de violencia general hayan descendido, los planes
del presidente Preval para que las bandas abandonen
sus actividades criminales no estaban dando el
resultado esperado. Los delincuentes más buscados no
se iban a entregar. La mayoría de ellos, como
Amaral y otros, quieren asegurarse un pasaporte a
Estados Unidos, Canadá o México, u otro país que los
quiera recibir. Sin embargo, aunque se vaya el
cabecilla, habría otros 20 más esperando ocupar su
puesto. Los criminales cuentan con una eficiente
estructura que dificultaba mucho la entrada a Cite
Soleil.
Allí donde las calles no
estaban patrulladas por los soldados de MINUSTAH,
los miembros de las gangs andaban con fusiles.
Tenían sus propios vigías sobre los techos de las
casas que controlaban permanentemente la zona y
habían construido trampas para los vehículos. Todas
las casas estaban conectadas y los delincuentes
usaban celulares para comunicarse, ya que en Haití
cuesta poco conseguirlos.
Especialmente grave era el
hecho que las mujeres y los niños estaban siendo
usados de escudos y parece que muchas de ellas se
habían integrado en las gangs de forma voluntaria.
Cuando una patrulla era atacada, las bandas los
utilizaban como escudos humanos para protegerse de
los posibles disparos de los soldados. Siempre se
tuvo cuidado de no caer en la trampa de dispararles
y ocasionar, como se dice, daños colaterales. Eso
hubiera ido contra el objetivo político de la
Misión.
En cambio, se decidió ir
entrando poco a poco en Cite Soleil, mejorando la
información y aumentando la presión. En la
actualidad están controladas las zonas de Pele y
Simón. Nuestros esfuerzos se concentraron en ganar
el apoyo y confianza de la gente. Para lograrlo, los
soldados brasileños construyeron caminos dentro de
la barriada; los ingenieros chilenos aportaron
soluciones como la reconstrucción de la escuela
principal, entre otras tareas de desarrollo y
mejora. El objetivo era reorientar el apoyo de la
gente decente a los delincuentes hacia nuestra
fuerza.
El único incidente que casi se
suscitó con la población civil, y esto no es una
broma, fue que Brasil no ganase el mundial de
fútbol. En Haití existe auténtica euforia por el
fútbol brasilero. Todo el mundo anda con camisetas
verde y amarillas, las fotos de Ronaldinho están en
la mayoría de los Tap-Tap y, pese a los esfuerzos de
los soldados brasileños que llevaron miles de
camisetas y pelotas de fútbol de regalo, Brasil no
ganó el campeonato. Es totalmente cierto que
durante el mundial de fútbol, y especialmente cuando
jugaba Brasil, no tuvimos problemas de seguridad. La
batalla se da también entre las mismas bandas por
lograr el control de un territorio, y muchas veces
las ONG, que realizan una extraordinaria función,
acusaban a los soldados de ser los causantes de
tiros contra sus instalaciones. El siete de julio de
2006, encabecé personalmente una acción en la que
encontramos 22 cadáveres en Martissant, entre ellos,
tres niños y varias mujeres. Las investigaciones
efectuadas concluyeron que había sido una lucha
entre gangs por el control de una zona. Pero en
ningún momento se presentó la policía. Mientras
tanto, los asesinos estaban cerca del lugar mirando
y atemorizando a la gente. Este hecho es otra prueba
de que el problema es estructural, de largo plazo y
que el modelo de uso indiscriminado de la fuerza no
sirve. En estas situaciones es incluso
contraproducente.
Esto no quiere decir que haya
que evitar sistemáticamente el uso de la fuerza,
sino que hay que utilizarla siempre de acuerdo a las
leyes y sin olvidar que no debe afectar a la Misión.
Si hay que disparar, se hace. A las gangs lo que más
les sobra es munición. No se puede hablar de control
de munición donde no hay control de fronteras.
También resulta evidente que parte del 8% de la
droga que pasa por Haití camino de Norteamérica
sirve para la financiación de las bandas. Además,
existen curiosas relaciones entre ellas y algunos
sectores de la política y burguesía haitiana.
Mi recomendación a algunos de
los embajadores de países importantes era que, si no
querían o no podían aportar tropas a MINUSTAH, por
lo menos buscasen otras formas de cooperación como
el envío de buques, información sobre aviones
sobrevolando la isla, apoyo en inteligencia,
etcétera. Una vez, conversando con el presidente
Preval, me indicaba lo que había que hacer respecto
al empleo de las tropas. Yo le respondí:
Si, Presidente, tiene toda la
razón, pero tengo otra idea. Aquí hay que abrir la
escuela, hay que abrir el hospital, hay que darle
trabajo a la gente y, ¿sabe una cosa muy
importante?, hay que poner por lo menos un policía,
pues acá no hay ninguno. Con esta ausencia del
Estado, francamente, se hace un poco difícil que los
cascos azules arreglen los temas.
El precio de usar la fuerza
La miseria es impactante y
resulta sorprendente que, ante tanta pobreza, no
hubiera más acciones violentas. Es altamente
preocupante la posibilidad de una vuelta de la
violencia extrema si no se avanza más rápido en la
solución de los problemas de fondo. Cada vez que la
Misión enfrentaba alguna situación, se pedía a los
militares que empleáramos mano dura. Esto, sin tener
la información adecuada, sin el apoyo del Estado y
mientras los delincuentes actuaban con protección de
la propia la población, ¡menuda tarea!
En otras palabras, querían que
los militares fuéramos a Cite Soleil y rodeáramos la
zona, desplegáramos los vehículos blindados y
algunos incluso nos sugerían apoyarnos con buques
-no sé que buques eran- y así se acabaría el tema de
la violencia.
En esas ocasiones, nos
preguntábamos junto al general Bacellar y después
con el general Elito, ¿así vamos a solucionar el
problema?, ¿cuánta gente va a morir en esta
operación? ¿Quién va a pagar el costo? ¿Quién va a
ser llamado al tribunal internacional? ¿Van a ser
los militares o los civiles los que van a responder
después? Y, lo que es más importante, ¿es esto
posible sin ninguna participación de las autoridades
y del gobierno haitiano?
Siempre supimos cómo
distanciarnos de estos finos estrategas de salón que
no iban a pagar ningún costo por sus consejos y
peticiones. Para ello, nuevamente destacó el apoyo
del Embajador Valdés y posteriormente del Embajador
Mulet. Junto a ellos, los mandos militares estábamos
totalmente de acuerdo en que este tipo de operación
de gatillo fácil perjudicaría gravemente el proceso
político, las elecciones y el próximo gobierno de
Preval. Con estas soluciones, la Misión sería un
fracaso: nadie resistiría una masacre de personas
inocentes, por positivo que fuera para algunos
mejorar la seguridad.
Una vez más, confundir los
síntomas con la enfermedad sólo provoca confusión y
empeora la situación. Ver y mirar sigue siendo
nuestro desafío.
La falta de Estado
Parece que la verdadera
justicia, la democracia y el Estado de Derecho son
algo virtual en ese país. Es probable que un
análisis sobre el sistema judicial y electoral,
entre otros, nos muestre que sobran las buenas ideas
e instituciones si no están ajustadas a la realidad.
El proceso de desarme es otro
tema complejo. En dos años tan solo se habían
recolectado 150 armas, una cifra irrisoria. Sin
embargo, ante la inseguridad, la falta de policía y
el mal funcionamiento del sistema judicial, resulta
lógico que la población no entregue las armas. Si
nosotros estuviéramos metidos en esta situación,
viviendo en ese país, en esa ciudad, ¿entregaríamos
las armas? Algunos aseguran que hay que comprarles
las armas a los delincuentes. Algo así como ofrecer
300 dólares americanos por arma. Semejante idea no
tiene ningún sentido. Al no haber prácticamente
control fronterizo, sería una lotería, un gran
negocio: alentamos la compra de armas y luego las
recompramos, todo un absurdo. Haití es un tema de
largo plazo y no se deben aceptar soluciones
simplonas y fuera del contexto global. Una solución
parcial, si no está inscrita en una estrategia
mayor, puede resultar ineficiente y creo
sinceramente que en esa idea están los esfuerzos del
valeroso presidente Preval.
Otro ejemplo de una situación
que refleja los problemas de fondo de Haití fueron
las elecciones municipales y locales celebradas el 3
de diciembre de 2006. Se presentaron 29.000
candidatos y el costo total de las elecciones,
financiadas por la comunidad internacional, fue de
14 millones de dólares. Resultaron elegidos 10.000
candidatos que cobran sueldos del Estado. Además,
hubo una segunda vuelta para completar los cargos
vacantes, según prevé la Constitución. Este proceso
fue muy costoso, no sólo a efectos económicos, sino
también en cuanto a recursos y logística. Resulta
ilógico tener un sistema electoral que implica una
enorme cifra de recursos y tan altos costos en un
país donde hay tanta pobreza y donde el Estado
difícilmente podrá pagar esos sueldos si no es con
ayuda externa.
En realidad, lo que está en
juego, el problema de fondo, es algo que la propia
sociedad haitiana y los organismos internacionales
debieran preguntarse: ¿qué tipo de sociedad se
quiere construir? ¿Qué tipo de estructura? ¿Qué es
lo adecuado para este país? Estas cuestiones son las
que requieren el mayor esfuerzo. Los pasos dados en
esta dirección por el presidente Preval, junto con
MINUSTAH, tienden a concretar estas cuestiones. Las
intenciones del presidente son buenas pero es
indudable que necesita mucha más ayuda.
Las razones de la Misión
Las tropas de una Misión
siempre deben ser percibidas como legítimas Si no es
así, no hay nada que hacer: ni cascos azules ni un
mago podrán ayudar a que la Misión sea cumplida.
Este tipo de misiones requiere el concurso de la
sociedad para que constate que las tropas actúan en
beneficio de la población y con procedimientos
éticos y legales. La regla de oro es ganarse el
corazón de la población. Los efectivos
internacionales deben tener una excelente formación,
y son muy importantes los oficiales medios que
trabajan sobre el terreno.
Para llegar a la población, uno
de los principales objetivos que deben cumplir los
soldados es la ayuda humanitaria. Se realiza
mediante la entrega de alimentos, asistencia
sanitaria, agua potable, cursos laborales,
construcción de caminos, reconstrucción y reparación
de escuelas, etcétera. Estas acciones han permitido
que la gente nos sienta a su lado. Incluso entre las
gangs el impacto positivo de estas medidas ha
generado algún problema a sus líderes.
MINUSTAH ha tenido 14 muertos y
más de 100 heridos entre sus contingentes. Entre los
policías haitianos, la cifra de bajas llega al
centenar. La comunidad internacional y la propia
sociedad haitiana deberían rendir un homenaje a
estos policías y reconocerles como héroes, algo que
no ha ocurrido hasta el momento. El primer mandato
de la ONU implicaba tres misiones: proveer un
ambiente seguro, supervisar el respeto de los
derechos humanos y apoyar el proceso político. Estos
objetivos se están alcanzando. Su cumplimiento
debiera dar lugar a una reflexión y a la
articulación de otro tipo de apoyos, sin descuidar
los aspectos de seguridad, para afrontar las causas
de la violencia que siguen vigentes.
Es difícil prever hasta cuándo
hará falta la presencia de las tropas
internacionales. Pero son necesarias, por lo menos,
hasta que la fuerza policial haitiana sea segura,
autosostenible y hasta que la amenaza esté
totalmente bajo control. En el futuro, puede que se
precisen otros esfuerzos y apoyos adicionales que
supongan una reducción de efectivos, pero
actualmente es impensable la salida de las tropas.
Cuando se habla de dejar a la fuerza policial a
cargo de la seguridad y relevar a las tropas
militares, se está insistiendo en una idea
equivocada sobre la situación que se vive en el país
y sobre la complejidad del escenario. La amenaza
actual no puede ser neutralizada con policías. Las
lecciones aprendidas hasta ahora sirven para
realizar un mejor trabajo.
Por otro lado, hay que tener en
cuenta que en las operaciones de paz, la sola acción
militar no basta. Se necesita actuar conjuntamente
con otras instancias que generen acciones políticas,
sociales, económicas, humanitarias, pero, sobre
todo, que promuevan la participación de la propia
sociedad. Sin ella, todos los esfuerzos serán
inútiles.
Además, es importante no
confundir jamás la fiebre con la enfermedad y esto
conduce a la necesidad de una mirada mas profunda
del problema. Es necesario conocer la historia y
cultura del país y alejarse de soluciones mágicas y
rápidas. Las palabras perseverancia y ayuda
inteligente son clave para no errar el camino. Junto
a ello, se debe prestar especial atención a mantener
la legitimidad de las tropas: cumplir las reglas de
enfrentamiento y que todo su trabajo se realice de
acuerdo a la ley.
Haití necesita volar más
alto. Esto implica pensar un nuevo esquema
de sociedad y la estructuración de un Estado más
eficiente y sólido. Para ello, es necesario el
concurso de los propios haitianos y el apoyo de la
comunidad internacional. No es tanto una cuestión de
ayuda material, por supuesto necesaria, sino más
bien de esfuerzo intelectual maduro y de proyectos
viables para un país culturalmente complejo. En esta
idea, se trata de un esfuerzo en paralelo por
conseguir las mínimas condiciones de seguridad junto
a trabajar por superar los problemas estructurales
existentes.
Se debe apoyar al presidente
Preval y a su gobierno, pero pensar que saldrán por
si mismos de la crisis es nuevamente no entender el
problema. Éste no es solamente un asunto de
seguridad hemisférica o un tema geopolítico. Es una
empresa difícil que debe convocarnos a todos, sin
más intenciones que la de ayudar a un pueblo
hermano.
Es más numerosa la cantidad y
calidad de haitianos serios y decentes que nos piden
que los acompañemos en este desafío que aquellos que
propician la violencia y la anarquía. Son tantas las
esperanzas que ellos tienen depositadas en nosotros,
es tan grande la magnitud de sus necesidades, que
creo sinceramente que ayudarlos constituye una
empresa para toda persona de bien y para todos los
países que pregonan la unidad y la solidaridad.
El Soldado que participa en
estas misiones debe ser polivalente, un buen
policía, constructor, asistente social, entre otras
dimensiones, pero sobre todo, un buen combatiente,
bien instruido y entrenado ya que sobre esta base,
se puede trabajar con la confianza de que los
procedimientos y normas serán bien cumplidos. La
fuerza militar del siglo XXI incorporará sin duda
alguna estas facetas a sus ya tradicionales
funciones como lo hemos hecho en el Ejército de
Chile y otros. Pese a todo lo que viví y enfrenté,
que no fue poco, sé que valió la pena para mí y
todos nuestros soldados, y para los efectivos que
están todavía ahí. La Misión en Haití es una empresa
de bien que merece toda nuestra atención como
americanos y como comunidad internacional. Sin
nuestra presencia, la larga y oscura noche que ha
vivido el pueblo haitiano nunca vería ni un atisbo
de luz y esperanza, ni menos aún, la salida hacia un
nuevo y mejor día.
Esta misión renovó en mí la
certeza de que el siglo XXI requerirá de muchos
Einstein, pero también de muchos Quijotes.
Fuente: Revista Fride
General de Brigada Eduardo
Aldunate Herman
Ejército de Chile Ex Segundo
Comandante Militar de Minustah
Esta es una versión resumida y
editada, autorizada por el autor, de la conferencia
ofrecida el 11 de diciembre de 2006 en el Colegio
Interamericano de Defensa en Washington D.C. La
conferencia refleja las opiniones personales del
General Aldunate y no representan la posición de
ningún organismo civil o militar.
LA
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