Las razones políticas y morales
de la misión de la ONU en Haití
por el general de Brigada Eduardo Aldunate Herman

Los violentos disturbios en Haití generados por un aumento en el precio de los alimentos, provocaron en estos días la caída del primer ministro Jacques Edouard Alexis.

Días pasado diversas organizaciones sociales responsabilizaron  a las tropas uruguayas de matar a tres haitianos durante los disturbios. El viceministro de Defensa, Jorge Menéndez, dijo a la prensa que ese extremo no está comprobado y que actualmente se está investigando.

Las tropas uruguayas forman parte de una misión integrada por 7.060 militares y 2.091 policías bajo bandera de las Naciones Unidas. En el trabajo que sigue a continuación se analiza por  parte de un militar chileno el contexto de Haití en que deben  actuar los soldados de la ONU

Hasta hoy varias generaciones de haitianos no han conocido más que pobreza y violencia, Haití es constantemente citado entre los países más pobres en términos de desarrollo social y económico. Durante décadas, los 8,3 millones de habitantes de este problemático Estado caribeño han vivido en el caos y la anarquía, con violencia creciente, pobreza, cortes de agua, SIDA, analfabetismo y desempleo como parte de su cotidiano.

En este comentario, el general de Brigada Eduardo Aldunate Herman, ex Segundo Comandante Militar de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH), examina esa realidad enfatizando los progresos hechos en algunas áreas, subraya sin embargo que los problemas son tan profundos como complejos y que mucho queda por hacer.

 

Existen muy buenas razones para que los latinoamericanos se interesen por Haití, el primer país de la región en lograr la independencia en 1804 después de Estados Unidos. Temas como la seguridad y la defensa, la ingobernabilidad, el SIDA, la miseria, el tráfico de armas y de droga, entre otros, son argumentos suficientes para intentar ayudar a ese país.

 

Lamentablemente, pese a contar con un pueblo rico en cultura y tradiciones, en los estudios especializados en desarrollo humano Haití ocupa un lugar muy bajo. Esto no es un tema menor, más bien se trata de una tragedia inaceptable en el nuevo siglo. Probablemente para algunos no sea un argumento suficiente como para justificar una presencia internacional.

 

Según fuentes estadounidenses, el 8% de la droga que ingresa en Norteamérica viene de Haití, que actúa como un país de tránsito, sin un control relevante que evite esta situación de importantes consecuencias. Otras fuentes justifican la presencia internacional por diferentes razones que también inciden en la seguridad hemisférica. Igualmente podría ser un buen argumento el actual clima de ingobernabilidad, que puede llegar a influir negativamente en la democracia y estabilidad de la región.

 

Todo lo anterior es cierto. Sin embargo, no es sólo por esas razones por las que debemos ayudar a Haití con fuerza y entusiasmo. Considerar la actuación exclusivamente por razones de seguridad hemisférica es una visión reduccionista. No es sólo una cuestión de conveniencia.

 

Muchas vidas han sido mutiladas y esto no nos puede dejar impávidos, como espectadores ante una masacre. Varias generaciones de haitianos sólo han conocido la miseria y la violencia. Esta realidad es un fundamento más que aceptable para nuestra inquietud y esfuerzo por hacer algo en beneficio de ellos y la esperanza que han puesto en los cascos azules por un mañana mejor, así lo demanda..

 

Hay que estar presentes porque no se puede tolerar que la globalización y la creciente integración se restrinjan únicamente a materias económicas o administrativas. El proceso de mundialización también nos hace ser más cercanos, más hermanos los unos con los otros, y eso implica actuar solidariamente, en particular cuando uno de los nuestros resulta gravemente afectado. Además, en cuanto a sufrimiento, la historia de Haití es demasiado larga. Vivimos un momento de avanzado desarrollo científico y tecnológico al servicio de las personas que no se compadece ante esta situación.

 

Si no lo ayudamos, seremos en parte responsables de su tragedia. Además, estoy completamente seguro de que eso depende en gran medida de lo que las fuerzas de Naciones Unidas puedan hacer. Por esta razón, Haití debe ser visto desde un punto de vista humano y no sólo de seguridad. Los problemas de ese país son muy profundos y complejos. Algunos piensan que, ante una situación como esta, se trata de llegar e imponer una democracia, diseñar una estructura académica y todo estará arreglado. Pero eso es no entender nada. Otros sugieren soluciones sorprendentes, como abrir el país al turismo y construir resorts en las playas al estilo de la República Dominicana.

 

El problema no se soluciona con ideas mágicas alejadas de la realidad, ni mucho menos con solo evitar una masacre humanitaria, como demanda la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que género la Misión, y después retirarse para que todo comience de nuevo. Estamos ante una situación muy seria que no se limita únicamente a la corrupción y la violencia endémica. Si realmente se quiere aportar una solución al problema, debe cambiarse el enfoque y aceptar que será con la propia sociedad haitiana donde se encuentre el camino a la solución de sus problemas.

 

Si se miran los datos disponibles sobre Haití, lo más probable que suceda es que no se entienda lo que está ocurriendo. Se puede mirar  la superficie de la situación, pero no el fondo. Ver es algo más sutil: se trata de sumar los hechos y entender las causas del problema.

 

Cuando se enfrentan situaciones tan complejas sobre el terreno, las malas ideas abundan. Tiempo atrás, hablando sobre cómo abordar el problema de la violencia, una alta autoridad extranjera me dijo: “Mire, lo que tiene que hacer es entrar en (la barriada pobre y marginada de) Cite Soleil, ubicar donde están los bandidos y actuar, porque aquí no hay otra solución posible.” Yo acababa de regresar de ahí, me metí la mano en el bolsillo, saqué una bala de 5.56 milímetros y le pregunté: “¿Usted cree que con esto se solucionan los problemas?” El guardó silencio. ¿Alguien –sensatamente- puede creer que con balas 5.56 vamos a arreglar el problema en Haití? Eso es no entender nada y es un buen  ejemplo de cómo ese funcionario internacional miraba, pero no veía.

 

Durante mi estancia en Haití, a veces daba la sensación de que algunas autoridades pensaban que por el hecho de ser militar, y de las fuerzas especiales, uno es proclive a solucionar todo con balas. Pobre idea de lo que somos los militares. Pero, además, esa no es la solución.

 

Haití, una dura realidad

Haití ocupa la mitad de la Isla la Española que comparte con la República Dominicana. Estos dos países representan la cara y la cruz de una misma moneda. Por un lado, un país que se desarrolla en orden, con los problemas propios de su realidad. En el otro, uno que lleva más tiempo del conveniente en una situación de caos e ingobernabilidad, aparte de otras situaciones que afectan negativamente a su desarrollo.

 

Haití cuenta con 8,3 millones de habitantes. Entre los muchos problemas que atraviesa se encuentran la deforestación, la erosión, la falta de agua, el SIDA, el analfabetismo y la desocupación laboral. El país se divide administrativamente en 10 departamentos. Las distancias no son grandes. Desde la capital hay 255 kilómetros a Cap Haitien. Sin embargo, se precisan nueve horas para recorrer esa distancia en coche. En la zona sur, los soldados uruguayos tardaban siete horas en llegar desde Les Cayes hasta Puerto Príncipe, una distancia de tan solo 194 kilómetros, debido a las malas condiciones de la red vial. Este factor no influye sólo en los desplazamientos de los soldados, sino que afecta al desarrollo del país. Se trata de un problema muy urgente. Sin conectividad terrestre, no hay desarrollo.

 

El sistema de locomoción son los  Tap-Tap, camionetas adornadas con leyendas religiosas y festivas que no cumplen las mínimas condiciones de seguridad. En toda la capital sólo funcionan dos semáforos, mientras las calles están atestadas de puestos de alimentos y todo tipo de productos sin condiciones de salubridad.

Es interesante destacar que no existe control fronterizo ni control de puertos. La razón es sencilla. En todo el país apenas hay 10 botes tripulados por personal de la Policía Nacional de Haití para controlar los casi 4.000 kilómetros de costa y, además, hace seis meses no tenían combustible.1 Éste lo proporciona Naciones Unidas y en la zona norte lo aporta Estados Unidos.

 

A nivel de fronteras terrestres, el tema es más dramático, ya que se encuentran en una zona baja y sin obstáculos naturales. Es fácil pasar de un país a otro y la presencia de autoridades del Estado es limitada. El control aéreo también es prácticamente nulo, a pesar de estar a una hora y media de vuelo de Miami y media hora de Cuba. Algunas veces se encuentran restos de aviones que supuestamente habían traído droga, sin que se sepa su destino final. En resumen, con este tipo de control de fronteras, el tránsito de armas, municiones y drogas es muy sencillo.

 

Los informes del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo y del International Crisis Group, entre otros, ofrecen una visión detallada de los alarmantes niveles de pobreza y miseria que vive el país. La temporada de huracanes, aproximadamente cinco al año, causa estragos en lugares donde las condiciones sanitarias y de habitabilidad son ya de por sí precarias. Cuando llueve, se inunda todo. El corte de los puentes y caminos es habitual en muchas zonas del país. La zona de Gonaives, inmediatamente al norte de Puerto Príncipe, sufrió en el año 2005 un huracán que causó la muerte de alrededor de 3.000 personas.

 

La situación de la calidad de las viviendas es deplorable y en las calles se encuentra apilada la basura. En no pocos lugares conviven animales y personas a la vez. La población vive principalmente de una economía básica con pocas industrias, sólo hay luz eléctrica en algunos lugares y momentos y el agua potable no existe. El tema del agua merece especial atención, ya que en los próximos años se convertirá sin duda en un grave problema. El país  produce muy poco y básicamente son las remesas de compatriotas desde el extranjero lo que les permite subsistir.

 

Las misiones internacionales en Haití

La presencia internacional en Haití es un hecho recurrente. En la historia reciente del país ha habido varias misiones internacionales e incluso intervenciones de países específicos que han llegado a durar varios años. Sin embargo, parece que en ninguna de ellas se consiguieron solucionar los problemas de fondo. La diferencia de la actual Misión con empresas anteriores es que la Misión Internacional de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH, por sus siglas en inglés) es un proyecto eminentemente latinoamericano, pese al aporte de muchos países y de la propia ONU. La jefatura de la Misión estuvo a cargo de un chileno y luego de Guatemala, el mando  de la fuerza militar es de Brasil, el segundo jefe era de Chile y actualmente de Uruguay, y la mayoría de los contingentes son de países americanos.

 

No es una cuestión de orgullo chovinista, más bien al contrario, es expresión de un compromiso con nuestros orígenes y cultura. Por esta razón, esta no puede ser otra misión fallida. Debe ser exitosa por nuestros muertos y heridos y, sobre todo, por el pueblo haitiano que aprecia que, entre otros, sean personas de su propio continente las que se preocupan por ellos.

 

Una de las cuestiones clave en el país de la que se debe ocupar la Misión de la ONU es la seguridad. Y para ello se precisa, en primer lugar, un cuerpo eficaz de policía. La Policía Nacional de Haití es un elemento interesante en este cuadro, ya que es una de las escasas presencias del Estado que abarca todo el país. Aunque este dato es algo virtual dadas las profundas falencias de la estructura estatal en todos los sentidos. Esta fuerza cuenta con alrededor de 5.000 hombres para una población de 8,3 millones de personas. Nueva York tiene, para la misma cantidad de habitantes, más de 30.000 policías. En el año 2011 se espera llegar a 14.000, bastantes menos de los que realmente se necesitan. En reiteradas oportunidades se planificaron operativos con la policía nacional y las tropas de la ONU. En esas situaciones, la policía haitiana, si es que llegaba al lugar indicado, se presentaba provista de una pistola o con un revólver con tres tiros, sin chalecos antibalas ni cascos, es decir, con un equipamiento realmente pobre. En los lugares donde había más problemas de seguridad, la presencia de la policía era nula.

 

La policía, todavía en formación, presenta una evidente falta de equipamiento. Al igual que el antiguo Ejército, disuelto en el año 1994 por el entonces presidente Aristide, el cuerpo policial también estaba tradicionalmente intervenido políticamente a favor de uno u otro sector. Esto hace pensar que se necesitará mucho tiempo en lograr la necesaria autosostenibilidad de la seguridad del país.

El Director General de la Policía ha advertido de que una parte importante de los casos de corrupción y violencia han sido provocados por agentes policiales. Yo mismo percibí que hay una desconfianza enorme por parte de la población hacia los policías. Esto explica parcialmente la ausencia de denuncias contra los agentes corruptos. Las demás razones derivan del sistema judicial haitiano.

 

Pero en términos de seguridad, no es suficiente con tener una policía eficaz. Además, es muy importante contar con un sistema judicial eficiente al que tenga acceso toda la población por igual. Ambos elementos están ausentes en la actualidad, y de estas carencias derivan muchos de los problemas de seguridad actuales.

En Haití hay más de 3.000 presos en las cárceles y el 90% de ellos no han sido todavía condenados. Están retenidos en calidad de detención preventiva, sin ninguna acusación o investigación en curso.

 

A estos presos hay que añadir una incalculable cifra de detenidos en los recintos policiales. En ambas situaciones, los derechos fundamentales de las personas están siendo violados. Los responsables son tanto el débil sistema judicial como la actuación de la propia policía, muchas veces en situación de conflicto entre ellos. Por esta razón se debe insistir con firmeza en demandar mucho más que sólo policías para enfrentar el tema de la violencia. Proclamar que Haití es un tema policial es un grave error. Una de las principales necesidades de la sociedad haitiana es que la ciudadanía sienta que todos están sometidos al imperio de la ley y que sus derechos son respetados, en especial por el propio Estado.

Evidentemente, es necesario un Estado que funcione y un programa de educación general a largo plazo para afrontar este problema, pero hablar de tiempo y largo plazo es un lujo que Haití no se puede permitir en estos momentos.

 

En Haití hay un tema mucho más profundo y estructural sobre la concepción del Estado y su sociedad. Falta construir unas instituciones acordes a la realidad del país y que funcionen. Para lograr este objetivo, es imprescindible que haya un consenso entre los actores implicados y generar las condiciones necesarias para que la población pueda acceder a trabajo, educación y salud. Además, se debe definir qué tipo de ayuda se necesita de la comunidad internacional. En un escenario donde ha habido tanta ineficiencia y corrupción, el problema no es la falta de recursos, sino su orientación hacia obras y necesidades reales con el objetivo de construir bases sólidas para el futuro del país.

 

Respecto a la seguridad, la violencia debe ser enfrentada decididamente, valorando bien cuándo aplicar la fuerza, pero siempre enmarcada en lo que corresponde a un Estado Derecho. Si no se afrontan los problemas de fondo, donde la violencia es solamente una demostración de algo más profundo, estaremos actuando como un mal médico que trata los síntomas y no la causa de la enfermedad.

 

Orígenes de MINUSTAH

En febrero de 2004 culminó una crisis generalizada y el presidente Jean-Bertrand  Aristide salió del país. Los orígenes de este conflicto son anteriores a su Gobierno, debido a problemas estructurales, pero su presidencia contribuyó al agravamiento de la situación. El Consejo de Seguridad de la ONU autorizó entonces el envío de una Fuerza Interina Multinacional (MIF, en sus siglas en inglés) liderada por Estados Unidos, Francia, Canadá y Chile, con el objetivo de detener el clima de caos y violencia e impedir una matanza. Pienso que su envío fue adecuado, pese a que hay voces que se opusieron, dado los altos niveles de violencia que se vivían. Sin la MIF es muy probable que hubiese habido una masacre en el país.

 

El mando de estas fuerzas fue asumido por el General Ronald Coleman de Estados Unidos de febrero a julio de 2004, tiempo que duró la MIF. En ese período se logró detener una masacre y la entrega de algunas armas. Los ex FAdH (Fuerza Armada de Haití) habían sido desmovilizados en el año 1994 y sus integrantes se organizaron como grupos políticos, con alianzas o relaciones con algunos grupos y sectores, para demandar que se les restituyesen sus derechos y se les pagase sueldos y jubilación.

 

De la disolución de la Fuerza Armada surgió un grave problema. Al parecer, las armas del antiguo ejército fueron entregadas a la población sin ningún control y sin establecer los procedimientos pertinentes para su recogida y reasignación. El resultado fue la desaparición de las armas sin que haya ningún registro sobre dónde acabaron. Después de cuatro meses, la ONU reconoció

que la situación era más compleja y que excedía el mandato de la fuerza transitoria. De este modo, el 1 de junio de 2004 se aprobó la Resolución 1542 que da origen a la actual Misión internacional. En julio de ese año, el General Coleman traspasó el mando al General Augusto Heleno Ribeira Pereira de Brasil y comenzó la Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH).

 

Esta Resolución encargó a la fuerza de la ONU varias misiones, aparte de evitar una masacre y otorgar seguridad al país. Entre ellas, la de apoyar al gobierno de transición y asistir en la celebración de elecciones, que supondrían el inicio del camino a la estabilidad y desarrollo de Haití con autoridades legítimas.

 

Muchas veces, por lo difícil de la situación en cuanto a seguridad, se sugería el empleo de operaciones militares más ofensivas. Incluso las propias autoridades civiles nos pedían actuar de forma más decidida. Ante la escalada de secuestros y muertes, todos eran rápidos en pedirles a los militares “mano dura”.

 

En esos momentos, no se deben olvidar los objetivos de las misiones. Antes de comenzar las reuniones en las que se adoptaban las decisiones, recordábamos a las autoridades que ciertas operaciones podían ocasionar muertes de civiles y que eso afectaría a la Misión. Junto al general Urano Teixeira Da Matta Bacellar y posteriormente el general Elito Carvalho Siqueira, dos grandes comandantes, insistíamos en que se podía lesionar gravemente el proceso político y las futuras elecciones y que esto podía ser contraproducente con el objetivo de la Misión y, afortunadamente, fuimos escuchados.

 

En ocasiones, nos miraban con escepticismo. Sin embargo, quien ocupa un cargo superior en una misión no debe confundir nunca la táctica con la estrategia. Tener un éxito táctico pero un desastre en lo estratégico, supondría una suerte de victoria pírrica que, en Haití, se debía evitar. En cambio, es muy conveniente que los altos mandos tengan sensibilidad política. En ese sentido, el jefe de la Misión, el embajador Juan Gabriel Valdés y posteriormente su sucesor, Edmond Mulet, cumplieron un excelente papel de liderazgo y prudencia política.

 

La estructura de la Misión

Así se configuró una misión que tenía mucho más de político que de seguridad, en un sentido estricto. No existía un ejército al que derrotar, sino una sociedad a la que se debía ayudar a vivir en paz y orden cumpliendo el mandato de la ONU. La Organización de Naciones Unidas quedó reflejada en el mandato. Esto supuso, entre otros, dos obstáculos que dificultaron el desarrollo. En primer lugar, el mando militar estaba situado de forma paralela al mando policial.

 

Ambos compartían responsabilidades de seguridad. Por esta razón, las operaciones debían ser coordinadas con anterioridad. Pero, en operaciones reales y ante decisiones a vida o muerte, tener mandos paralelos en una zona de operaciones es un error.

Donde transcurran las operaciones debe haber sólo un mando que planifique y ordene. Su labor puede haber sido coordinada en reuniones anteriores pero, en el momento de actuar, debe ser un único cuerpo el que asuma el liderazgo de la operación Naciones Unidas corrigió este error después de un año y, desde junio de 2006, en las zonas de operaciones había un único mando. En segundo lugar, en el mandato de estructura de la Misión no había un organismo de inteligencia o informaciones. En esas condiciones, la obtención de información útil para el mando militar o para el nivel político era muy difícil. Ningún contingente hablaba el idioma del país. Muchos creían que con hablar francés sería suficiente. Pero en Haití se habla creole, un dialecto que mezcla francés y lenguas del África Occidental.

 

La policía haitiana, a la que se suponía un amplio conocimiento de la situación del país, estaba ausente o no se podía confiar en la información que proporcionaba.  También podía ocurrir que no contase con las bases de datos necesarias o que no estuvieran bien estructuradas. Naciones Unidas creó dieciséis meses después de iniciada la Misión, en octubre de 2006, un organismo de análisis de inteligencia, la Joint Mission Analysis Cell (JMAC). Sin embargo, se ocupaba básicamente análisis de informaciones para asesorar al jefe de la Misión y no producía informes relevantes en el plano militar. La solución que nosotros establecimos junto al General Elito fue fortalecer la función de inteligencia en el cuartel general para el servicio y uso de los contingentes.

 

La fuerza militar existente hasta el momento era de 6.638 hombres, aunque llegó a 7.500 durante el período electoral, provenientes de Uruguay, Sri Lanka, Perú, Brasil, Jordania, Uruguay, Bolivia, Argentina y Chile. Anteriormente, hubo también contingentes de España y Marruecos pero se retiraron en marzo de 2006, algo que sorprendió, sobre todo por el momento elegido

(un mes después de las elecciones). Además, había fuerzas de Filipinas y Guatemala cumpliendo funciones administrativas.

 

¿Quién genera inseguridad en Haití?

Las elecciones de febrero de 2006 estuvieron a cargo de MINUSTAH apoyada por la Organización de Estados Americanos (OEA). La fuerza militar debía, entre otras funciones, custodiar los locales donde se votaba, trasladar las urnas de votos de forma segura y ayudar en los conteos, tareas que supusieron un gran esfuerzo logístico y humano. El proceso electoral se realizó de forma transparente y tuvo una altísima participación, algo inusual en el pasado.  Por primera vez, la población haitiana contó con un documento o cédula electoral.

 

Sorprendentemente, después de finalizadas las elecciones y elegido el nuevo Gobierno, muchos indicaron que se había cumplido el objetivo y que era el momento de concluir la Misión, pero no comprendían que las causas de los altos niveles de inseguridad que todavía persistían continuaban vigentes. La paz y tranquilidad eran volátiles Las elecciones suponían el punto de partida, no la meta. La legitimidad del nuevo gobierno permitiría emprender las acciones necesarias para afrontar los problemas de fondo del país.

Cualquier análisis sobre situaciones de violencia debe diferenciar entre percepción y realidad. La percepción es que hay cientos de secuestros diarios, numerosos muertos y caos generalizado. Según esta percepción, la Misión de Naciones Unidas es ineficiente y no ha logrado todos sus objetivos. La situación real es que el país ha estado bajo el control de MINUSTAH desde el comienzo de la Misión. La violencia está focalizada en dos zonas específicas de la capital, Cite Soleil, y en el sector Martissant. En el tiempo en que estuve en la Misión, ninguna situación fuera de la capital llegó a inquietar a los mandos en cuanto a seguridad.

 

Las elecciones dieron paso a un nuevo gobierno legítimo y aceptado por la mayoría de la población. Dar credibilidad a la percepción de que Haití es sólo violencia, es como si la situación de seguridad de los Estados Unidos se midiese según los niveles de violencia del peor barrio de una ciudad. Es como si las favelas de Río de Janeiro fueran el sinónimo de la seguridad en todo Brasil.

 

La prensa internacional destacaba únicamente lo que acontecía en Cite Soleil y eso repercutía en la percepción que llegaba a nuestros países. Sin embargo, las personas al frente de la Misión teníamos que distinguir muy bien entre ambas visiones para adoptar las decisiones adecuadas. Porque, si el mando se preocupa sólo de la realidad, perderá la guerra.

 

En un mundo donde las comunicaciones tienen tanta importancia, hay que atender también a las percepciones para evitar ciertas presiones que pueden hacer caer cualquier organización. Por esta razón, dimos prioridad a la situación en Cite Soleil.

 

Algunos embajadores sugerían que los mandos militares proporcionáramos la seguridad necesaria para después poder llevar la ayuda económica. La máxima es primero seguridad y luego desarrollo. Pero, por razonable que parezca, esto no siempre ocurre en la realidad, ni ocurrió en Haití. En todas las zonas a las que llegaron los cascos azules en 2004 (Puerto Príncipe, Les Cayes, Gonaives, etcétera) se procedió de la misma forma. Primero, se aseguró el área y luego se establecieron lazos con la población hasta que ésta empezó a confiar en las tropas y retomó su vida cotidiana en las calles. Hoy no hay casos de violencia grave, el ambiente está tranquilo y no se oyen tantos disparos. Sin embargo, la ayuda económica no ha llegado a estos lugares en los que hay seguridad. Paradójicamente, los proyectos de ayuda, en su inmensa mayoría, no se dirigían hacia las áreas más estables.

 

La ayuda económica debe llegar cuanto antes, prácticamente a la par que la acción militar. La paciencia de la población tiene un límite y si percibe que una misión sólo está para asegurar el orden, mientras persisten sus miserias y problemas, estamos ante un grave problema. Muchos estudios, muchos proyectos, pero poca acción concreta. El prestigioso economista Jeffrey Sachs visitó al presidente Preval un día antes de que asumiera el poder para hacerle una serie de recomendaciones sobre desarrollo. Preval lo escuchó interesado y luego contestó de esta manera:

 

“Yo mañana asumo y van a venir los profesores, la policía, los de salud y me van a decir, Presidente, páguenos el sueldo. Yo me voy a meter la mano en el bolsillo, voy a seguir buscando tratando de encontrar alguna monedita y no la tengo. Se necesitan proyectos, sí, pero ahora no tengo dinero con que pagar los sueldos y hacer funcionar el Estado.”

 

Durante el tiempo que duró mi mandato, normalmente había problemas de disparos contra nuestro personal en la capital y secuestros y asesinatos de haitianos en su mayoría. La violencia aumentó en diciembre de 2006, coincidiendo con la lamentable muerte del general Bacellar. Los niveles de inseguridad en términos estadísticos escalaron y llegamos a sufrir 260 secuestros en un mes, comparados con la anterior media de 60.

 

Todos los meses encontrábamos alrededor de 20 cuerpos en las calles, producto de linchamientos o asesinatos. En un mes sufrimos tres muertes de cascos azules por parte de las gangs además de un agente de la policía de Naciones Unidas (UNPOL). (A todos ellos, por cierto, los despedí sin que hubiera presente ni una autoridad del gobierno provisional haitiano, algo que sin duda me molestó ya que lo encontré injustificado y ofensivo hacia mis soldados).

 

Todos los hechos de violencia se producían en la capital. Entonces, ¿cuál es el problema real de seguridad que se debe enfrentar? Primero, en Haití no hay grupos armados, no hay diferentes ejércitos ni un movimiento de liberación. Lo que hay son bandas de delincuentes armados. Informes de inteligencia de algunos sectores aseguraban que en la zona norte estaba actuando el llamado Ejército Dessalines formado por alrededor de 300 o 400 hombres. Inspeccioné el territorio completo y me preguntaba dónde podrían esconderse si no hay ni árboles ni selva. Entonces me percaté de que los informes de inteligencia habían reflejado simples rumores de la calle, tan típicos de la cultura haitiana. Nuestro problema de seguridad era básicamente de delincuencia, de grupos armados en la capital de 20 a 60 personas, aún cuando al parecer había algunos con más integrantes.

 

Los líderes de los grupos armados tienen apariencia de rock stars, pero no lo son. En realidad, son fríos asesinos que llegaron a matar, por ejemplo, a varios soldados mientras repartían cubos para la recolección de agua a la población. En marzo de 2006, uno de los jefes de una gang, Evans Ti Kouto, que significa pequeño cortaplumas, capturó a dos policías y los recluyó en una zona de Cite Soleil que él controlaba.  El grado de demencia y violencia de estos delincuentes llegó hasta el extremo de que, antes que liberarlos, prefirieron cortarlos en pedazos, quemarlos y echar sus restos de comer a los perros. Con este tipo de bandas es difícil buscar soluciones pacíficas, pero la prudencia nos demandaba cumplir con las normas del Derecho Internacional y en especial, las reglas de enfrentamiento de la propia ONU.

 

Una estrategia para Cite Soleil

Puerto Príncipe es una ciudad donde viven casi cuatro millones de habitantes. Cite Soleil es una barriada de cuatro kilómetros en la que habitan alrededor de 200.000 personas. Las razones de su fama violenta y de miseria proceden de la falta de inversión y ayuda significativas. La policía haitiana no se atrevía a entrar a pesar de ser el lugar donde se originan la mayoría de los hechos violentos. Muchas escuelas están cerradas y no existe un hospital público. Las palabras justicia y derecho son sólo una anécdota en este lugar. Paradójicamente, Cite Soleil está situado junto a la zona industrial más rica de Haití.

 

Las gangs secuestran a sus víctimas en otros sectores de la capital y las llevan a la barriada. Más del 90% son haitianos. Los secuestros son un negocio rentable a pesar de la inmensa pobreza de un país donde la mayoría de la población subsiste con un salario de dos dólares diarios. Esto se debe a las cuantiosas remesas procedentes de inmigrantes residentes en Canadá y Estados Unidos.

 

Las bandas son extremadamente violentas, estaban enfrentadas entre sí y decididas a todo. Las dos más importantes estaban lideradas por Amaral en Belekoú y por Evans, que opera en Boston, ambos sectores de Cite Soleil. Cuando los oficiales de MINUSTAH preguntaban a la policía haitiana por las órdenes de detención existentes contra los jefes de las gangs, ésta respondía con silencio o alegaban su “extravío”, lo que supone un ejemplo del funcionamiento de la justicia en el país.

 

Había tropas desplegadas en todo Cite Soleil: cascos azules uruguayos, brasileños, chilenos, peruanos, srilankeses y bolivianos desplazándose por sus calles, que eran atacados con armas de fuego. Aunque hoy los niveles de violencia general hayan descendido, los planes del presidente Preval para que las bandas abandonen sus actividades criminales no estaban dando el resultado esperado. Los delincuentes más buscados no se iban a entregar.  La mayoría de ellos, como Amaral y otros, quieren asegurarse un pasaporte a Estados Unidos, Canadá o México, u otro país que los quiera recibir. Sin embargo, aunque se vaya el cabecilla, habría otros 20 más esperando ocupar su puesto. Los criminales cuentan con una eficiente estructura que dificultaba mucho la entrada a Cite Soleil.

 

Allí donde las calles no estaban patrulladas por los soldados de MINUSTAH, los miembros de las gangs andaban con fusiles.  Tenían sus propios vigías sobre los techos de las casas que controlaban permanentemente la zona y habían construido trampas para los vehículos. Todas las casas estaban conectadas y los delincuentes usaban celulares para comunicarse, ya que en Haití cuesta poco conseguirlos.

 

Especialmente grave era el hecho que las mujeres y los niños estaban siendo usados de escudos y parece que muchas de ellas se habían integrado en las gangs de forma voluntaria. Cuando una patrulla era atacada, las bandas los utilizaban como escudos humanos para protegerse de los posibles disparos de los soldados. Siempre se tuvo cuidado de no caer en la trampa de dispararles y ocasionar, como se dice, daños colaterales. Eso hubiera ido contra el objetivo político de la Misión.

 

En cambio, se decidió ir entrando poco a poco en Cite Soleil, mejorando la información y aumentando la presión. En la actualidad están controladas las zonas de Pele y Simón. Nuestros esfuerzos se concentraron en ganar el apoyo y confianza de la gente. Para lograrlo, los soldados brasileños construyeron caminos dentro de la barriada; los ingenieros chilenos aportaron soluciones como la reconstrucción de la escuela principal, entre otras tareas de desarrollo y mejora. El objetivo era reorientar el apoyo de la gente decente a los delincuentes hacia nuestra fuerza.

 

El único incidente que casi se suscitó con la población civil, y esto no es una broma, fue que Brasil no ganase el mundial de fútbol. En Haití existe auténtica euforia por el fútbol brasilero. Todo el mundo anda con camisetas verde y amarillas, las fotos de Ronaldinho están en la mayoría de los Tap-Tap y, pese a los esfuerzos de los soldados brasileños que llevaron miles de camisetas y pelotas de fútbol de regalo, Brasil no ganó el campeonato.  Es totalmente cierto que durante el mundial de fútbol, y especialmente cuando jugaba Brasil, no tuvimos problemas de seguridad. La batalla se da también entre las mismas bandas por lograr el control de un territorio, y muchas veces las ONG, que realizan una extraordinaria función, acusaban a los soldados de ser los causantes de tiros contra sus instalaciones. El siete de julio de 2006, encabecé personalmente una acción en la que encontramos 22 cadáveres en Martissant, entre ellos, tres niños y varias mujeres. Las investigaciones efectuadas concluyeron que había sido una lucha entre gangs por el control de una zona. Pero en ningún momento se presentó la policía. Mientras tanto, los asesinos estaban cerca del lugar mirando y atemorizando a la gente. Este hecho es otra prueba de que el problema es estructural, de largo plazo y que el modelo de uso indiscriminado de la fuerza no sirve. En estas situaciones es incluso contraproducente.

 

Esto no quiere decir que haya que evitar sistemáticamente el uso de la fuerza, sino que hay que utilizarla siempre de acuerdo a las leyes y sin olvidar que no debe afectar a la Misión. Si hay que disparar, se hace. A las gangs lo que más les sobra es munición. No se puede hablar de control de munición donde no hay control de fronteras. También resulta evidente que parte del 8% de la droga que pasa por Haití camino de Norteamérica sirve para la financiación de las bandas. Además, existen curiosas relaciones entre ellas y algunos sectores de la política y burguesía haitiana.

 

Mi recomendación a algunos de los embajadores de países importantes era que, si no querían o no podían aportar tropas a MINUSTAH, por lo menos buscasen otras formas de cooperación como el envío de buques, información sobre aviones sobrevolando la isla, apoyo en inteligencia, etcétera. Una vez, conversando con el presidente Preval, me indicaba lo que había que hacer respecto al empleo de las tropas. Yo le respondí:

 

“Si, Presidente, tiene toda la razón, pero tengo otra idea. Aquí hay que abrir la escuela, hay que abrir el hospital, hay que darle trabajo a la gente y, ¿sabe una cosa muy importante?, hay que poner por lo menos un policía, pues acá no hay ninguno. Con esta ausencia del Estado, francamente, se hace un poco difícil que los cascos azules arreglen los temas.”

El precio de usar la fuerza

La miseria es impactante y resulta sorprendente que, ante tanta pobreza, no hubiera más acciones violentas. Es altamente preocupante la posibilidad de una vuelta de la violencia extrema si no se avanza más rápido en la solución de los problemas de fondo. Cada vez que la Misión enfrentaba alguna situación, se pedía a los militares que empleáramos mano dura. Esto, sin tener la información adecuada, sin el apoyo del Estado y mientras los delincuentes actuaban con protección de la propia la población, ¡menuda tarea!

 

En otras palabras, querían que los militares fuéramos a Cite Soleil y rodeáramos la zona, desplegáramos los vehículos blindados y algunos incluso nos sugerían apoyarnos con buques -no sé que buques eran- y así se acabaría el tema de la violencia.

En esas ocasiones, nos preguntábamos junto al general Bacellar y después con el general Elito, ¿así vamos a solucionar el problema?, ¿cuánta gente va a morir en esta operación? ¿Quién va a pagar el costo? ¿Quién va a ser llamado al tribunal internacional? ¿Van a ser los militares o los civiles los que van a responder después? Y, lo que es más importante, ¿es esto posible sin ninguna participación de las autoridades y del gobierno haitiano?

 

Siempre supimos cómo distanciarnos de estos finos estrategas de salón que no iban a pagar ningún costo por sus consejos y peticiones. Para ello, nuevamente destacó el apoyo del Embajador Valdés y posteriormente del Embajador Mulet. Junto a ellos, los mandos militares estábamos totalmente de acuerdo en que este tipo de operación de gatillo fácil perjudicaría gravemente el proceso político, las elecciones y el próximo gobierno de Preval. Con estas soluciones, la Misión sería un fracaso: nadie resistiría una masacre de personas inocentes, por positivo que fuera para algunos mejorar la seguridad.

 

Una vez más, confundir los síntomas con la enfermedad sólo provoca confusión y empeora la situación. Ver y mirar sigue siendo nuestro desafío.

 

La falta de Estado

Parece que la verdadera justicia, la democracia y el Estado de Derecho son algo virtual en ese país. Es probable que un análisis sobre el sistema judicial y electoral, entre otros, nos muestre que sobran las buenas ideas e instituciones si no están ajustadas a la realidad.

 

El proceso de desarme es otro tema complejo. En dos años tan solo se habían recolectado 150 armas, una cifra irrisoria. Sin embargo, ante la inseguridad, la falta de policía y el mal funcionamiento del sistema judicial, resulta lógico que la población no entregue las armas. Si nosotros estuviéramos metidos en esta situación, viviendo en ese país, en esa ciudad, ¿entregaríamos las armas? Algunos aseguran que hay que comprarles las armas a los delincuentes. Algo así como ofrecer 300 dólares americanos por arma. Semejante idea no tiene ningún sentido. Al no haber prácticamente control fronterizo, sería una lotería, un gran negocio: alentamos la compra de armas y luego las recompramos, todo un absurdo. Haití es un tema de largo plazo y no se deben aceptar soluciones simplonas y fuera del contexto global. Una solución parcial, si no está inscrita en una estrategia mayor, puede resultar ineficiente y creo sinceramente que en esa idea están los esfuerzos del valeroso presidente Preval.

Otro ejemplo de una situación que refleja los problemas de fondo de Haití fueron las elecciones municipales y locales celebradas el 3 de diciembre de 2006. Se presentaron 29.000 candidatos y el costo total de las elecciones, financiadas por la comunidad internacional, fue de 14 millones de dólares. Resultaron elegidos 10.000 candidatos que cobran sueldos del Estado. Además, hubo una segunda vuelta para completar los cargos vacantes, según prevé la Constitución. Este proceso fue muy costoso, no sólo a efectos económicos, sino también en cuanto a recursos y logística. Resulta ilógico tener un sistema electoral que implica una enorme cifra de recursos y tan altos costos en un país donde hay tanta pobreza y donde el Estado difícilmente podrá pagar esos sueldos si no es con ayuda externa.

 

En realidad, lo que está en juego, el problema de fondo, es algo que la propia sociedad haitiana y los organismos internacionales debieran preguntarse: ¿qué tipo de sociedad se quiere construir? ¿Qué tipo de estructura? ¿Qué es lo adecuado para este país? Estas cuestiones son las que requieren el mayor esfuerzo. Los pasos dados en esta dirección por el presidente Preval, junto con MINUSTAH, tienden a concretar estas cuestiones.  Las intenciones del presidente son buenas pero es indudable que necesita mucha más ayuda.

 

Las razones de la Misión

Las tropas de una Misión siempre deben ser percibidas como legítimas Si no es así, no hay nada que hacer: ni cascos azules ni un mago podrán ayudar a que la Misión sea cumplida. Este tipo de misiones requiere el concurso de la sociedad para que constate que las tropas actúan en beneficio de la población y con procedimientos éticos y legales. La regla de oro es ganarse el corazón de la población. Los efectivos internacionales deben tener una excelente formación, y son muy importantes los oficiales medios que trabajan sobre el terreno.

 

Para llegar a la población, uno de los principales objetivos que deben cumplir los soldados es la ayuda humanitaria. Se realiza mediante la entrega de alimentos, asistencia sanitaria, agua potable, cursos laborales, construcción de caminos, reconstrucción y reparación de escuelas, etcétera. Estas acciones han permitido que la gente nos sienta a su lado. Incluso entre las gangs el impacto positivo de estas medidas ha generado algún problema a sus líderes.

 

MINUSTAH ha tenido 14 muertos y más de 100 heridos entre sus contingentes. Entre los policías haitianos, la cifra de bajas llega al centenar. La comunidad internacional y la propia sociedad haitiana deberían rendir un homenaje a estos policías y reconocerles como héroes, algo que no ha ocurrido hasta el momento. El primer mandato de la ONU implicaba tres misiones: proveer un ambiente seguro, supervisar el respeto de los derechos humanos y apoyar el proceso político. Estos objetivos se están alcanzando. Su cumplimiento debiera dar lugar a una reflexión y a la articulación de otro tipo de apoyos, sin descuidar los aspectos de seguridad, para afrontar las causas de la violencia que siguen vigentes.

Es difícil prever hasta cuándo hará falta la presencia de las tropas internacionales. Pero son necesarias, por lo menos, hasta que la fuerza policial haitiana sea segura, autosostenible y hasta que la amenaza esté totalmente bajo control. En el futuro, puede que se precisen otros esfuerzos y apoyos adicionales que supongan una reducción de efectivos, pero actualmente es impensable la salida de las tropas. Cuando se habla de dejar a la fuerza policial a cargo de la seguridad y relevar a las tropas militares, se está insistiendo en una idea equivocada sobre la situación que se vive en el país y sobre la complejidad del escenario. La amenaza actual no puede ser neutralizada con policías. Las lecciones aprendidas hasta ahora sirven para realizar un mejor trabajo.

 

Por otro lado, hay que tener en cuenta que en las operaciones de paz, la sola acción militar no basta.  Se necesita actuar conjuntamente con otras instancias que generen acciones políticas, sociales, económicas, humanitarias, pero, sobre todo, que promuevan la participación de la propia sociedad. Sin ella, todos los esfuerzos serán inútiles.

 

Además, es importante no confundir jamás la  fiebre con la enfermedad y esto conduce a la necesidad de una mirada mas profunda del problema. Es necesario conocer la historia y cultura del país y alejarse de soluciones mágicas y rápidas. Las palabras perseverancia y ayuda inteligente son clave para no errar el camino. Junto a ello, se debe prestar especial atención a mantener la legitimidad de las tropas: cumplir las reglas de enfrentamiento y que todo su trabajo se realice de acuerdo a la ley.

 

Haití  necesita  volar  más  alto.  Esto  implica  pensar  un  nuevo  esquema  de  sociedad  y  la estructuración de un Estado más eficiente y sólido. Para ello, es necesario el concurso de los propios haitianos y el apoyo de la comunidad internacional. No es tanto una cuestión de ayuda material, por supuesto necesaria, sino más bien de esfuerzo intelectual maduro y de proyectos viables para un país culturalmente complejo. En esta idea, se trata de un esfuerzo en paralelo por conseguir las mínimas condiciones de seguridad junto a trabajar por superar los problemas estructurales existentes.

 

Se debe apoyar al presidente Preval y a su gobierno, pero pensar que saldrán por si mismos de la crisis es nuevamente no entender el problema. Éste no es solamente un asunto de seguridad hemisférica o un tema geopolítico. Es una empresa difícil que debe convocarnos a todos, sin más intenciones que la de ayudar a un pueblo hermano.

 

Es más numerosa la cantidad y calidad de haitianos serios y decentes que nos piden que los acompañemos en este desafío que aquellos que propician la violencia y la anarquía. Son tantas las esperanzas que ellos tienen depositadas en nosotros, es tan grande la magnitud de sus necesidades, que creo sinceramente que ayudarlos constituye una empresa para toda persona de bien y para todos los países que pregonan la unidad y la solidaridad.

El Soldado que participa en estas misiones debe ser polivalente, un buen policía, constructor, asistente social, entre otras dimensiones, pero sobre todo, un buen combatiente, bien instruido y entrenado ya que sobre esta base, se puede trabajar con la confianza de que los procedimientos y normas serán bien cumplidos. La fuerza militar del siglo XXI incorporará sin duda alguna estas facetas a sus ya tradicionales funciones como lo hemos hecho en el Ejército de Chile y otros. Pese a todo lo que viví y enfrenté, que no fue poco, sé que valió la pena para mí y todos nuestros soldados, y para los efectivos que están todavía ahí. La Misión en Haití es una empresa de bien que merece toda nuestra atención como americanos y como comunidad internacional. Sin nuestra presencia, la larga y oscura noche que ha vivido el pueblo haitiano nunca vería ni un atisbo de luz y esperanza, ni menos aún, la salida hacia un nuevo y mejor día.

Esta misión renovó en mí la certeza de que el siglo XXI requerirá de muchos Einstein, pero también de muchos Quijotes.

 

Fuente: Revista Fride

General de Brigada Eduardo Aldunate Herman

Ejército de Chile Ex Segundo Comandante Militar de Minustah

Esta es una versión resumida y editada, autorizada por el autor, de la conferencia ofrecida el 11 de diciembre de 2006 en el Colegio Interamericano de Defensa en Washington D.C. La conferencia refleja las opiniones personales del General Aldunate y no representan la posición de ningún organismo civil o militar.

LA ONDA® DIGITAL

© Copyright 
Revista
LA ONDA digital