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EEUU. ¿Por qué
Barack Obama?
por Jorge Medina
Viedas

Dejemos un poco la
Babel política nacional. Volvamos al tema de la
sucesión presidencial en Estados Unidos y, en lo
particular, a la contienda en el Partido Demócrata,
más cerca ideológicamente de los sectores
progresistas mexicanos, aunque más lejos, dicen
algunos, de los intereses nacionales.
Y empecemos por lo
evidente: el asunto del género y de la raza parece
latir con fuerza en el corazón de las elecciones del
Partido Demócrata, en esta batalla sin tregua por la
candidatura a la presidencia. Lo puso en evidencia
en la primera fase de la campaña electoral interna
la propia Hillary Clinton, con sus lágrimas de rabia
al verse, inopinadamente, opacada en el firmamento
por la estrella de Barack Obama.
Luego hizo renunciar
en el mejor estilo de los Clinton a Geraldine
Ferraro en su puesto honorífico en la campaña, para
evitar que sus declaraciones aquellas en el sentido
de que la obamamanía era por cuestiones de género,
más que por cuestiones de raza le afectaran entre
la opinión pública, cuando todo mundo supo que tal
creencia provenía de la misma candidata.
Pero con todo lo
importante y cierto que puede ser este asunto, la
batalla en el Partido Demócrata es una cuestión que
va mucho más allá del género y de la raza, y además,
rebasa las fronteras partisanas.
Por una parte, tiene
que ver con la bélica e histórica agenda de Estados
Unidos, y, por otra, con un clima cultural resultado
de una coyuntura larga que viene desde la guerra de
Vietnam hasta la guerra de Irak. Una coyuntura en la
que los problemas externos y domésticos han ido
escindiendo de manera cada vez más grave al país.
En efecto, la actual
contienda electoral confluye en un momento en el que
la sociedad hereda una serie de problemas derivados
de las guerras en las que se han visto involucrados,
por asuntos de tipo religioso y de orden cultural y,
por supuesto, por cuestiones raciales. Todo ello, en
un entorno de estulticia de la política y de
corrupción del discurso de los actores de la vida
pública.
Como es sabido, en la
sociedad estadounidense, el argumento de su vocación
belicista suele ser moneda corriente. Pero como toda
moneda, tiene dos caras. Aunque haya la idea
arraigada de que en cada ciudadano de aquel país
encontramos un adorador de Marte, puede que tal
sentimiento no sea totalmente exacto. Más bien en la
sociedad hay al respecto una extrapolación entre
aquellos que no quieren que Estados Unidos siga
siendo el guardián del mundo, por no decir que el
policía por antonomasia del planeta; y quienes creen
que, justamente, por esta conducta viven bajo la
amenaza latente de los ataques terroristas y, por lo
mismo, apelan a la reducción de esa beligerancia,
que a toda costa pretende imponerse como el sello de
herrar en la mentalidad colectiva de la sociedad.
No es casual que tal
condicionamiento colectivo, moral o cultural lleve a
parte de ella a ver la guerra de Vietnam, por lejana
que pueda parecer, como un espejo donde se reflejan
todos los efectos perniciosos que ahora empieza a
producir crecientemente la invasión en Irak. Un
dato: John Kerry, ex combatiente de Vietnam, siendo
un mejor candidato que George Bush, debió en parte
su derrota a que su discurso político y su propia
biografía tocaron los nervios colectivos de una
sociedad marcada por una guerra que en Estados
Unidos pocos quieren recordar, y que, sin duda, ha
mantenido a esa nación en un largo cisma.
Como ha escrito el
editor de The Atlantic, Andrew Sullivan, con el 11
de septiembre, Bush desperdició la oportunidad de
unir al país. Por el contrario, con la guerra de
Irak lo que ha hecho durante estos años ha sido
polarizar a la sociedad y establecer en perspectiva
un escenario como el que se vivió durante la guerra
de Vietnam.
Los estadounidenses,
las nuevas generaciones, evidentemente no quieren
eso. Escribió Sullivan que los resultados de estas
elecciones podrían potenciar ese ciclo largo de
división en el país, y lo que es más grave,
heredarlo a las nuevas generaciones.
Se trata, por lo
tanto, de que el país entienda bien la disyuntiva a
la que se enfrenta, y seleccione quién, en la
presidencia de Estados Unidos, puede acabar con este
antagonismo que concentra rencores, diferencias,
temas y personajes de la vida política más reciente,
y que, de regresar a ellos, las llamas se avivarían.
Un país que ha vuelto
vulnerable su sistema constitucional, que pasa por
uno de los momentos de mayor desprestigio como
modelo cultural y político, cuyo conservadurismo y
beligerancia concita el odio y la amenaza de
numerosos enemigos, necesita, creo yo, una
personalidad como la de Barack Obama, que muestre el
lado moderado y apacible de la sociedad
estadounidense, de una sociedad que valora y respeta
la integración racial en un hombre blanco-negro, de
origen musulmán; una figura con el liderazgo de
Barack Obama, capaz de tender los puentes que sitúen
a Estados Unidos de cara al futuro, resolviendo los
conflictos que enfrenta su país, sin rencores ni
resentimientos, sin los prejuicios, sin las
flaquezas y sin las actitudes inconsistentes de los
gobernantes más recientes.
Fuente Milenio.com
jmedina@milenio.com
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