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Discurso de Benedicto XVI ante
la Asamblea General de las
Naciones Unidas
El Papa
Benedicto XVI visitó EEUU durante seis días (15 al
21 de abril). Esta es la primera visita del Papa
Benedicto XVI a Estados Unidos, durante la cual se
dirigió a las Naciones Unidas e intentó sanar las
heridas provocadas por el escándalo de abusos por
parte de sacerdotes de su iglesia, reuniéndose con
las victimas.
El programa del Papa en Estados Unidos incluyó,
además, una reunión con el presidente George W. Bush
en la Casa Blanca, un encuentro con obispos de
Estados Unidos y una misa en un estadio de béisbol.
Al comenzar mi
intervención en esta Asamblea, deseo ante todo
expresarle a usted, Señor Presidente, mi sincera
gratitud por sus amables palabras. Quiero agradecer
también al Secretario General, el Señor Ban Ki-moon,
por su invitación a visitar la Sede central de la
Organización y por su cordial bienvenida. Saludo a
los Embajadores y a los Diplomáticos de los Estados
Miembros, así como a todos los presentes: a través
de ustedes, saludo a los pueblos que representan
aquí. Ellos esperan de esta Institución que lleve
adelante la inspiración que condujo a su fundación,
la de ser un «centro que armonice los esfuerzos de
las Naciones por alcanzar los fines comunes», de la
paz y el desarrollo (cf. Carta de las Naciones
Unidas, art. 1.2-1.4). Como dijo el Papa Juan Pablo
II en 1995, la Organización debería ser "centro
moral, en el que todas las naciones del mundo se
sientan como en su casa, desarrollando la conciencia
común de ser, por así decir, una familia de
naciones" (Discurso ante la Asamblea General de las
Naciones Unidas, Nueva York, 5 de octubre de 1995,
14).
A través de las
Naciones Unidas, los Estados han establecido
objetivos universales que, aunque no coincidan con
el bien común total de la familia humana,
representan sin duda una parte fundamental de este
mismo bien. Los principios fundacionales de la
Organización el deseo de la paz, la búsqueda de la
justicia, el respeto de la dignidad de la persona,
la cooperación y la asistencia humanitaria expresan
las justas aspiraciones del espíritu humano y
constituyen los ideales que deberían estar
subyacentes en las relaciones internacionales. Como
mis predecesores Pablo VI y Juan Pablo II han hecho
notar desde esta misma tribuna, se trata de
cuestiones que la Iglesia Católica y la Santa Sede
siguen con atención e interés, pues ven en vuestra
actividad un ejemplo de cómo los problemas y
conflictos relativos a la comunidad mundial pueden
estar sujetos a una reglamentación común. Las
Naciones Unidas encarnan la aspiración a "un grado
superior de ordenamiento internacional" Juan Pablo
II, Sollicitudo rei socialis, 43), inspirado y
gobernado por el principio de subsidiaridad y, por
tanto, capaz de responder a las demandas de la
familia humana mediante reglas internacionales
vinculantes y estructuras capaces de armonizar el
desarrollo cotidiano de la vida de los pueblos. Esto
es más necesario aún en un tiempo en el que
experimentamos la manifiesta paradoja de un consenso
multilateral que sigue padeciendo una crisis a causa
de su subordinación a las decisiones de unos pocos,
mientras que los problemas del mundo exigen
intervenciones conjuntas por parte de la comunidad
internacional.
Ciertamente,
cuestiones de seguridad, los objetivos del
desarrollo, la reducción de las desigualdades
locales y globales, la protección del entorno, de
los recursos y del clima, requieren que todos los
responsables internacionales actúen conjuntamente y
demuestren una disponibilidad para actuar de buena
fe, respetando la ley y promoviendo la solidaridad
con las regiones más débiles del planeta. Pienso
particularmente en aquellos Países de África y de
otras partes del mundo que permanecen al margen de
un auténtico desarrollo integral, y corren por tanto
el riesgo de experimentar sólo los efectos negativos
de la globalización. En el contexto de las
relaciones internacionales, es necesario reconocer
el papel superior que desempeñan las reglas y las
estructuras intrínsecamente ordenadas a promover el
bien común y, por tanto, a defender la libertad
humana. Dichas reglas no limitan la libertad. Por el
contrario, la promueven cuando prohíben
comportamientos y actos que van contra el bien
común, obstaculizan su realización efectiva y, por
tanto, comprometen la dignidad de toda persona
humana. En nombre de la libertad debe haber una
correlación entre derechos y deberes, por la cual
cada persona está llamada a asumir la
responsabilidad de sus opciones, tomadas al entrar
en relación con los otros. Aquí, nuestro pensamiento
se dirige al modo en que a veces se han aplicado los
resultados de los descubrimientos de la
investigación científica y tecnológica. No obstante
los enormes beneficios que la humanidad puede
recabar de ellos, algunos aspectos de dicha
aplicación representan una clara violación del orden
de la creación, hasta el punto en que no solamente
se contradice el carácter sagrado de la vida, sino
que la persona humana misma y la familia se ven
despojadas de su identidad natural. Del mismo modo,
la acción internacional dirigida a preservar el
entorno y a proteger las diversas formas de vida
sobre la tierra no ha de garantizar solamente un
empleo racional de la tecnología y de la ciencia,
sino que debe redescubrir también la auténtica
imagen de la creación. Esto nunca requiere optar
entre ciencia y ética: se trata más bien de adoptar
un método científico que respete realmente los
imperativos éticos.
El reconocimiento de
la unidad de la familia humana y la atención a la
dignidad innata de cada hombre y mujer adquiere hoy
un nuevo énfasis con el principio de la
responsabilidad de proteger. Este principio ha sido
definido sólo recientemente, pero ya estaba
implícitamente presente en los orígenes de las
Naciones Unidas y ahora se ha convertido cada vez
más en una característica de la actividad de la
Organización. Todo Estado tiene el deber primario de
proteger a la propia población de violaciones graves
y continuas de los derechos humanos, como también de
las consecuencias de las crisis humanitarias, ya
sean provocadas por la naturaleza o por el hombre.
Si los Estados no son capaces de garantizar esta
protección, la comunidad internacional ha de
intervenir con los medios jurídicos previstos por la
Carta de las Naciones Unidas y por otros
instrumentos internacionales. La acción de la
comunidad internacional y de sus instituciones,
dando por sentado el respeto de los principios que
están a la base del orden internacional, no tiene
por qué ser interpretada nunca como una imposición
injustificada y una limitación de soberanía. Al
contrario, es la indiferencia o la falta de
intervención lo que causa un daño real. Lo que se
necesita es una búsqueda más profunda de los medios
para prevenir y controlar los conflictos, explorando
cualquier vía diplomática posible y prestando
atención y estímulo también a las más tenues señales
de diálogo o deseo de reconciliación.
El
principio de la "responsabilidad de proteger" fue
considerado por el antiguo ius gentium como el
fundamento de toda actuación de los gobernadores
hacia los gobernados: en tiempos en que se estaba
desarrollando el concepto de Estados nacionales
soberanos, el fraile dominico Francisco de Vitoria,
calificado con razón como precursor de la idea de
las Naciones Unidas, describió dicha responsabilidad
como un aspecto de la razón natural compartida por
todas las Naciones, y como el resultado de un orden
internacional cuya tarea era regular las relaciones
entre los pueblos. Hoy como entonces, este principio
ha de hacer referencia a la idea de la persona como
imagen del Creador, al deseo de una absoluta y
esencial libertad. Como sabemos, la fundación de las
Naciones Unidas coincidió con la profunda conmoción
experimentada por la humanidad cuando se abandonó la
referencia al sentido de la trascendencia y de la
razón natural y, en consecuencia, se violaron
gravemente la libertad y la dignidad del hombre.
Cuando eso ocurre, los fundamentos objetivos de los
valores que inspiran y gobiernan el orden
internacional se ven amenazados, y minados en su
base los principios inderogables e inviolables
formulados y consolidados por las Naciones Unidas.
Cuando se está ante nuevos e insistentes desafíos,
es un error retroceder hacia un planteamiento
pragmático, limitado a determinar "un terreno
común", minimalista en los contenidos y débil en su
efectividad.
La referencia a la
dignidad humana, que es el fundamento y el objetivo
de la responsabilidad de proteger, nos lleva al tema
sobre el cual hemos sido invitados a centrarnos este
año, en el que se cumple el 60° aniversario de la
Declaración Universal de los Derechos del Hombre. El
documento fue el resultado de una convergencia de
tradiciones religiosas y culturales, todas ellas
motivadas por el deseo común de poner a la persona
humana en el corazón de las instituciones, leyes y
actuaciones de la sociedad, y de considerar a la
persona humana esencial para el mundo de la cultura,
de la religión y de la ciencia. Los derechos humanos
son presentados cada vez más como el lenguaje común
y el sustrato ético de las relaciones
internacionales. Al mismo tiempo, la universalidad,
la indivisibilidad y la interdependencia de los
derechos humanos sirven como garantía para la
salvaguardia de la dignidad humana. Sin embargo, es
evidente que los derechos reconocidos y enunciados
en la Declaración se aplican a cada uno en virtud
del origen común de la persona, la cual sigue siendo
el punto más alto del designio creador de Dios para
el mundo y la historia. Estos derechos se basan en
la ley natural inscrita en el corazón del hombre y
presente en las diferentes culturas y
civilizaciones.
Arrancar los derechos
humanos de este contexto significaría restringir su
ámbito y ceder a una concepción relativista, según
la cual el sentido y la interpretación de los
derechos podrían variar, negando su universalidad en
nombre de los diferentes contextos culturales,
políticos, sociales e incluso religiosos. Así pues,
no se debe permitir que esta vasta variedad de
puntos de vista oscurezca no sólo el hecho de que
los derechos son universales, sino que también lo es
la persona humana, sujeto de estos derechos.
La vida de la
comunidad, tanto en el ámbito interior como en el
internacional, muestra claramente cómo el respeto de
los derechos y las garantías que se derivan de ellos
son las medidas del bien común que sirven para
valorar la relación entre justicia e injusticia,
desarrollo y pobreza, seguridad y conflicto. La
promoción de los derechos humanos sigue siendo la
estrategia más eficaz para extirpar las
desigualdades entre Países y grupos sociales, así
como para aumentar la seguridad. Es cierto que las
víctimas de la opresión y la desesperación, cuya
dignidad humana se ve impunemente violada, pueden
ceder fácilmente al impulso de la violencia y
convertirse ellas mismas en transgresoras de la paz.
Sin embargo, el bien común que los derechos humanos
permiten conseguir no puede lograrse simplemente con
la aplicación de procedimientos correctos ni tampoco
a través de un simple equilibrio entre derechos
contrapuestos. La Declaración Universal tiene el
mérito de haber permitido confluir en un núcleo
fundamental de valores y, por lo tanto, de derechos,
a diferentes culturas, expresiones jurídicas y
modelos institucionales. No obstante, hoy es preciso
redoblar los esfuerzos ante las presiones para
reinterpretar los fundamentos de la Declaración y
comprometer con ello su íntima unidad, facilitando
así su alejamiento de la protección de la dignidad
humana para satisfacer meros intereses, con
frecuencia particulares. La Declaración fue adoptada
como un "ideal común" (preámbulo) y no puede ser
aplicada por partes separadas, según tendencias u
opciones selectivas que corren simplemente el riesgo
de contradecir la unidad de la persona humana y por
tanto la indivisibilidad de los derechos humanos.
La experiencia nos
enseña que a menudo la legalidad prevalece sobre la
justicia cuando la insistencia sobre los derechos
humanos los hace aparecer como resultado exclusivo
de medidas legislativas o decisiones normativas
tomadas por las diversas agencias de los que están
en el poder. Cuando se presentan simplemente en
términos de legalidad, los derechos corren el riesgo
de convertirse en proposiciones frágiles, separadas
de la dimensión ética y racional, que es su
fundamento y su fin. Por el contrario, la
Declaración Universal ha reforzado la convicción de
que el respeto de los derechos humanos está
enraizado principalmente en la justicia que no
cambia, sobre la cual se basa también la fuerza
vinculante de las proclamaciones internacionales.
Este aspecto se ve frecuentemente desatendido cuando
se intenta privar a los derechos de su verdadera
función en nombre de una mísera perspectiva
utilitarista. Puesto que los derechos y los
consiguientes deberes provienen naturalmente de la
interacción humana, es fácil olvidar que son el
fruto de un sentido común de la justicia, basado
principalmente sobre la solidaridad entre los
miembros de la sociedad y, por tanto, válidos para
todos los tiempos y todos los pueblos. Esta
intuición fue expresada ya muy pronto, en el siglo
V, por Agustín de Hipona, uno de los maestros de
nuestra herencia intelectual. Decía que la máxima no
hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti
"en modo alguno puede variar, por mucha que sea la
diversidad de las naciones" (De doctrina christiana,
III, 14). Por tanto, los derechos humanos han de ser
respetados como expresión de justicia, y no
simplemente porque pueden hacerse respetar mediante
la voluntad de los legisladores.
Señoras y Señores,
con el transcurrir de
la historia surgen situaciones nuevas y se intenta
conectarlas a nuevos derechos. El discernimiento, es
decir, la capacidad de distinguir el bien del mal,
se hace más esencial en el contexto de exigencias
que conciernen a la vida misma y al comportamiento
de las personas, de las comunidades y de los
pueblos. Al afrontar el tema de los derechos, puesto
que en él están implicadas situaciones importantes y
realidades profundas, el discernimiento es al mismo
tiempo una virtud indispensable y fructuosa.
Así, el
discernimiento muestra cómo el confiar de manera
exclusiva a cada Estado, con sus leyes e
instituciones, la responsabilidad última de conjugar
las aspiraciones de personas, comunidades y pueblos
enteros puede tener a veces consecuencias que
excluyen la posibilidad de un orden social
respetuoso de la dignidad y los derechos de la
persona. Por otra parte, una visión de la vida
enraizada firmemente en la dimensión religiosa puede
ayudar a conseguir dichos fines, puesto que el
reconocimiento del valor trascendente de todo hombre
y toda mujer favorece la conversión del corazón, que
lleva al compromiso de resistir a la violencia, al
terrorismo y a la guerra, y de promover la justicia
y la paz. Además, esto proporciona el contexto
apropiado para ese diálogo interreligioso que las
Naciones Unidas están llamadas a apoyar, del mismo
modo que apoyan el diálogo en otros campos de la
actividad humana. El diálogo debería ser reconocido
como el medio a través del cual los diversos
sectores de la sociedad pueden articular su propio
punto de vista y construir el consenso sobre la
verdad en relación a los valores u objetivos
particulares. Pertenece a la naturaleza de las
religiones, libremente practicadas, el que puedan
entablar autónomamente un diálogo de pensamiento y
de vida. Si también a este nivel la esfera religiosa
se mantiene separada de la acción política, se
producirán grandes beneficios para las personas y
las comunidades. Por otra parte, las Naciones Unidas
pueden contar con los resultados del diálogo entre
las religiones y beneficiarse de la disponibilidad
de los creyentes para poner sus propias experiencias
al servicio del bien común. Su cometido es proponer
una visión de la fe, no en términos de intolerancia,
discriminación y conflicto, sino de total respeto de
la verdad, la coexistencia, los derechos y la
reconciliación.
Obviamente, los
derechos humanos deben incluir el derecho a la
libertad religiosa, entendido como expresión de una
dimensión que es al mismo tiempo individual y
comunitaria, una visión que manifiesta la unidad de
la persona, aun distinguiendo claramente entre la
dimensión de ciudadano y la de creyente. La
actividad de las Naciones Unidas en los años
recientes ha asegurado que el debate público ofrezca
espacio a puntos de vista inspirados en una visión
religiosa en todas sus dimensiones, incluyendo la de
rito, culto, educación, difusión de informaciones,
así como la libertad de profesar o elegir una
religión. Es inconcebible, por tanto, que los
creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos
su fe para ser ciudadanos activos. Nunca debería
ser necesario renegar de Dios para poder gozar de
los propios derechos. Los derechos asociados con la
religión necesitan protección sobre todo si se los
considera en conflicto con la ideología secular
predominante o con posiciones de una mayoría
religiosa de naturaleza exclusiva. No se puede
limitar la plena garantía de la libertad religiosa
al libre ejercicio del culto, sino que se ha de
tener en la debida consideración la dimensión
pública de la religión y, por tanto, la posibilidad
de que los creyentes contribuyan la construcción del
orden social. A decir verdad, ya lo están haciendo,
por ejemplo, a través de su implicación influyente y
generosa en una amplia red de iniciativas, que van
desde las universidades a las instituciones
científicas, escuelas, centros de atención médica y
a organizaciones caritativas al servicio de los más
pobres y marginados. El rechazo a reconocer la
contribución a la sociedad que está enraizada en la
dimensión religiosa y en la búsqueda del Absoluto
expresión por su propia naturaleza de la comunión
entre personas privilegiaría efectivamente un
planteamiento individualista y fragmentaría la
unidad de la persona.
Mi presencia en esta
Asamblea es una muestra de estima por las Naciones
Unidas y es considerada como expresión de la
esperanza en que la Organización sirva cada vez más
como signo de unidad entre los Estados y como
instrumento al servicio de toda la familia humana.
Manifiesta también la voluntad de la Iglesia
Católica de ofrecer su propia aportación a la
construcción de relaciones internacionales en un
modo en que se permita a cada persona y a cada
pueblo percibir que son un elemento capaz de marcar
la diferencia. Además, la Iglesia trabaja para
obtener dichos objetivos a través de la actividad
internacional de la Santa Sede, de manera coherente
con la propia contribución en la esfera ética y
moral y con la libre actividad de los propios
fieles. Ciertamente, la Santa Sede ha tenido siempre
un puesto en las asambleas de las Naciones,
manifestando así el propio carácter específico en
cuanto sujeto en el ámbito internacional. Como han
confirmado recientemente las Naciones Unidas, la
Santa Sede ofrece así su propia contribución según
las disposiciones de la ley internacional, ayuda a
definirla y a ella se remite.
Las Naciones Unidas
siguen siendo un lugar privilegiado en el que la
Iglesia está comprometida a llevar su propia
experiencia "en humanidad", desarrollada a lo largo
de los siglos entre pueblos de toda raza y cultura,
y a ponerla a disposición de todos los miembros de
la comunidad internacional. Esta experiencia y
actividad, orientadas a obtener la libertad para
todo creyente, intentan aumentar también la
protección que se ofrece a los derechos de la
persona. Dichos derechos están basados y plasmados
en la naturaleza trascendente de la persona, que
permite a hombres y mujeres recorrer su camino de fe
y su búsqueda de Dios en este mundo. El
reconocimiento de esta dimensión debe ser reforzado
si queremos fomentar la esperanza de la humanidad en
un mundo mejor, y crear condiciones propicias para
la paz, el desarrollo, la cooperación y la garantía
de los derechos de las generaciones futuras.
En mi reciente
Encíclica Spe salvi, he subrayado "que la búsqueda,
siempre nueva y fatigosa, de rectos ordenamientos
para las realidades humanas es una tarea de cada
generación" (n. 25). Para los cristianos, esta tarea
está motivada por la esperanza que proviene de la
obra salvadora de Jesucristo.
Precisamente por eso
la Iglesia se alegra de estar asociada con la
actividad de esta ilustre Organización, a la cual
está confiada la responsabilidad de promover la paz
y la buena voluntad en todo el mundo. Queridos
amigos, os doy las gracias por la oportunidad de
dirigirme hoy a vosotros y prometo la ayuda de mis
oraciones para el desarrollo de vuestra noble tarea.
Antes de despedirme
de esta asamblea, deseo saludar a todas las naciones
aquí representadas en las lenguas oficiales.
¡Paz y prosperidad
con la ayuda de Dios!
LA
ONDA®
DIGITAL |
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