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La era de Lula, Brasil
y el sistema-mundo (II)
Las continuidades
evolutivas en la Historia
por Héctor Valle
Creemos
del caso observar, desde este presente fugaz, un
pasado diverso pero nuestro visto por los ojos de
otros y así, paulatina y sistemáticamente, poder
ofrecer nuestra propia reflexión sobre la proyección
y aliento que aquella historia da a nuestro presente
activo en el que laboramos por un porvenir
pretendidamente mejor.
Estas miradas
reflexivas tienen como finalidad, entonces, recrear
una atmósfera que dé mayor claridad tanto a la
exposición cuanto al sentido mismo de la potencia
que creemos irá teniendo este ensayo a lo largo de
su desarrollo, y en pos de ello es que laboramos con
ahínco.
En
este sentido, es el propio historiador Fernand
Braudel desde su obra Gramática de las
civilizaciones, quien nos advierte que: (
) No
hay, ciertamente, civilización actual que sea que
sea verdaderamente comprensible sin un conocimiento
de itinerarios ya recorridos, de valores antiguos,
de experiencias vividas. Una civilización es siempre
un pasado, cierto pasado vivo. Dice esto desde
un capítulo (el tercero) que lleva por título Las
civilizaciones son continuidades.
Y sobre esta supuesta potencia
que nos viene de lejos, es sobre la que Braudel
continúa explicando a renglón seguido: La
historia de una civilización, por consiguiente, es
la búsqueda, entre coordenadas antiguas, de aquellas
que permanecen válidas aun hoy. A lo que añade,
desde su cosmovisión europea, este otro pensamiento:
No se trata de
decirnos todo o lo que se puede saber a propósito o
de la civilización griega, o de la Edad Media china,
sino todo lo que, desde esa vida de otrora, continúa
siendo eficaz aun hoy, en Europa Occidental o en la
China de Mao Tse-tung. Todo aquello por lo cual
pasado y presente se interpenetran, muchas veces a
siglos y siglos de distancias.[i]
Ahora bien, nosotros
consideramos, en una consideración de un alumno un
tanto irreverente para con tan gran maestro, pero
válida por serle propia, que tan cierto es cuanto
alega como el que las civilizaciones son
continuidades, pero continuidades evolutivas, es
decir, que asimilan, comprenden y van tomando de
cada generación, o grupos de generaciones si lo que
estamos considerando no son los tiempos cortos o
cronológicos pero sí los largos o sociales.
Dice Braudel y
repetimos: Una civilización es siempre un
pasado, cierto pasado vivo. Vivo sí,
ciertamente, pero por la latencia que hay en el
inconsciente colectivo de pueblos que, como los
nuestros, sudamericanos todos, desde un crisol de
identidades, mantienen despierta la llama de un
fuego interior en busca de luz en lo abierto del
presente.
Un tiempo presente
que, hasta ahora, venía mostrándose aparentemente
esquivo pero que en el último lustro en grado
creciente y desde el hinterland (o área de
mayor influencia) de nuestra región, asoma recibir
tal llama y así dotar de mejor luz el porvenir de la
América del sur.
Estudiar, pues, el
modo de evolución de tal hinterland parece
ser de una obviedad tal que nosotros no intentaremos
siquiera esquivar. Afrontar lo obvio puede
representar, no pocas veces, atreverse a ser
auténtico y así, con una identidad propia, definida
y señaladota de una libertad responsable que se
ejercita, por ejemplo, en tales intelecciones.
No pocas veces en
nuestro pasado, hemos visto cómo las mentes, incluso
las nuestras, se dejaban colonizar desde la propia
reflexión histórica o filosófica. Así, se elucubraba
desde una realidad ajena a la propia -la de nuestra
circunstancia de vida, hablo de la sudamericana,
luego de la particular de cada quien en nuestra
región-.
El asumir un pensar
desde un lugar es, además de digno, imprescindible.
Cuánto y de qué forma reflexionó y hasta teorizó en
este sentido, el mayor geógrafo sudamericano, el
brasileño Milton Santos.
Hacer cesar,
primeramente en nosotros, todo vestigio de
servidumbre voluntaria, permitirá que podamos
atender el hoy desde el reconocimiento de nuestro
lugar en el mundo.
Continuidad evolutiva
Desde un punto de
vista histórico y existencial a la vez, América del
Sur presenta dos miradas o modos de pararse y ver la
vida: la hispánica y la portuguesa.
Tanto la una como la
otra han tenido sus propias trayectorias a lo largo
de nuestra propia historia, a lo largo de un tiempo
medido en siglos-, casi igual al de la vigencia del
capitalismo en el mundo.
Militares y
mercaderes, bastardos y delincuentes, clérigos
varios y algunos eruditos, dieron inicialmente con
sus cuerpos y sus espíritus en esta tierra habitadas
por otros. Al paso del tiempo, otros -y diversos a
los primeros-, fueron llegando, no por su voluntad
sino como factores de producción: los negros
africanos.
Este mundo diverso,
especialmente con la venida del africano a la
región, ciertamente en mayor medida al Brasil, hizo
conque en el largo tiempo, medido en varios tiempos
sociales, la región se viera enriquecida de un modo
singular y propio.
América del sur tomó
de la negritud, en el sentido de incorporar, de
hacerlos propios, valores esenciales. Así, la
oralidad, como sus cosmovisiones, bien como su
gastronomía, y ciertamente su musicalidad, tiñeron
con colores tan vivos como diversos a nuestra
civilización, la sudamericana.
Por ello, y al cabo
de los siglos, como nos recordara el gran
antropólogo argentino Rodolfo Kusch, uno mismo no
puede escapar vano sería el intentarlo- a estar
impregnado de una atmósfera tan rica como cargada
que ha signado un modo de ser, el sudamericano, que
se traduce en una postura ante la vida y el mundo
entero. Esto no es, entonces, una cuestión de
pigmentación de la piel de cada uno, no. Es una
cuestión del lugar, la circunstancia en la que hemos
nacido y con ella hemos recibido e incorporado su
atmósfera.
Aquí no hay, nunca la
hubo, una Europa trasplantada, salvo en las mentes
colonizadas de unos pocos y tristes parias,
renuentes a saber ver y entender tanto su suelo como
su cielo, abarcando en una mirada abierta a las
gentes que nos comprenden. Y signan.
Aquí hay, cada día
con mayor conciencia -y ahora sí, parafraseando a
nuestro maestro Braudel-, una civilización que
presenta una continuidad aunque mejor sería hablar
de continuidades, para dar cabida a un espectro
más amplio y profundo de realidades- evolutiva(s).
El
magisterio de la Historia y su proceso
Si de lo nuestro
queremos, y debemos, referirnos, no veo cómo
soslayar a nuestro mayor historiador sudamericano
vivo y actuante: el brasileño Luiz Alberto Moniz
Bandeira.
El Maestro Moniz
Bandeira, de quien nos hacemos cargo de una deuda
que oportunamente saldaremos: la de recrear tanto su
vida como su obra -diversa, profunda y esencial-, en
una biografía histórica que las comprenderá, dice
qué es para él lo histórico y cómo, a su criterio,
el criterio de un magíster, debe ser
comprendido y así procesado.
Como buen hegeliano,
él se permite tales licencias sólo y apenas en las
introducciones de sus obras. Es, pues, en estos
lugares donde podemos beber del mejor licor de
sabiduría respecto de cómo ver y encarar el hecho
histórico.
Manifiesta, por
ejemplo, en la introducción a su obra De Martí a
Fidel A Revolução Cubana e a América Latina lo
siguiente: (
)
Empleé, como siempre, el método histórico,
hegeliano, para la evaluación de los factores
económicos, sociales y políticos que determinan el
desarrollo de la revolución cubana, y adopté como
procedimiento de investigación no sólo la lectura de
la más amplia bibliografía en relación con el tema,
existente en los EUA, como también en Cuba, y en
otros países, pero, sobre todo, la consulta a la
documentación original, tanto impresa como inédita,
depositada en varios archivos, principalmente en el
Brasil.[ii]
Asimismo, citaré,
para una mejor comprensión de lo que busco explicar,
algunos pasajes de la introducción a su obra, aun no
superada: La Formación de los Estados en la Cuenca
del Plata Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay.
Dice el Maestro: No
se puede comprender lo que son la Argentina, el
Uruguay, el Paraguay y el Brasil, así como otros
estados, sin conocer su pasado, sus orígenes, y cómo
evolucionaron a lo largo de los siglos. El
conocimiento histórico, como acto cognoscitivo
concreto, permite una mejor comprensión de los
fenómenos, resultantes siempre de un proceso de
desarrollo, en medio de contradicciones que surgen y
se solucionan en la interacción de fuerzas
económicas, sociales, políticas y culturales.
Es necesario que la ciencia política, fundada en la
historia, demuestre la condicionalidad esencial del
fenómeno, no solamente su accidentalidad, para que
no configure un mero ejercicio impresionista, más
periodístico que académico y científico.
Y por esta razón, por entender
que el pasado, como sustancia real del presente,
modela el devenir y que los fenómenos económicos,
sociales, políticos y culturales surgen de
mutaciones cuantitativas y cualitativas de
tendencias históricas que se despliegan[iii],
fue que busqué estudiar las cuestiones de la cuenca
del Plata, sobre todo, las relaciones de la
Argentina con el Brasil, en su encadenamiento
mediato, en su condicionalidad esencial, y
comprender el proceso de su evolución histórica
como totalidad, profundizando la investigación
hasta los comienzos de la colonización y la
formación de los Estados en aquella región.[iv]
Por último, en cuanto
al historiador brasileño y su modo de encarar la
historia, quiero destacar el siguiente pensamiento,
ubicado en la misma obra e inmediatamente después
del que acabo de citar.
Dice
Moniz Bandeira: Los
Estados, aunque reflejen las necesidades inmediatas
de organizar el proceso social de producción y
funcionen como instrumentos de dominación de clase,
son organismos vivos, que se relacionan como los
individuos y expresan el espíritu, o sea, la cultura
de sus pueblos (arte, religión, filosofía, etc.), el
espíritu objetivo como unidad de conciencia y de
objeto.
Y
agrega: Esa cultura es condicionada directa e
inmediatamente por las relaciones económicas y
sociales del pueblo, así como la moral, el derecho y
el régimen político. Si el desarrollo de las fuerzas
productivas determina un cambio en la estructura
económica de la sociedad, el espíritu de un pueblo,
entendido como su mentalidad y cultura, también se
modifica y se manifiesta como el Zeitgeist,
el espíritu de la época. Así los Estados
adquieren un carácter, según las circunstancias en
que se formaron y se desarrollaron. Y los fenómenos
políticos, cuando ocurren, obedecen a razones, que
muchas veces son desconocidas, pero no son
contingentes. Representan mutaciones cualitativas
de tendencias que se acumulan cuantitativamente en
la sociedad. Así, del mismo modo que nada es
absolutamente deliberado, tampoco nada es
absolutamente accidental. Hay una determinación.
Y el desconocimiento de la historia en su realidad y
racionalidad es lo que impide una comprensión más
correcta de los fenómenos políticos. Eso se
aplica, e.g., al proceso de integración entre la
Argentina y el Brasil, al cual se sumaron el Uruguay
y el Paraguay, para la formación del MERCOSUR.
Antes de proseguir,
en el sentido de comprender mejor lo evolutivo de
las continuidades de nuestra civilización, vale el
referir, respecto del historiador Moniz Bandeira,
apenas un rasgo de un hombre superior.
En oportunidad de
verle y entrevistarle en un histórico recinto de la
amable Río de Janeiro, casi al finalizar el
encuentro, y a sabiendas del fuerte compromiso
político que siempre modeló el carácter y el
espíritu de nuestro historiador, le consulté
respecto de qué pendencias mantenía o dejaba de
mantener con aquellos que, en el pasado, le habían
perseguido, apresado y dejado en condiciones penosas
de cautiverio.
Recibí antes que una
lección de Historia, una de vida buena: Moniz
Bandeira sin perder la compostura, adujo que eso
correspondía a un pasado, intenso y vital que lo
tuvo como protagonista, pero que la evolución de la
vida y el curso mismo de su país, le hacía buscar
mejores instancias en las que desarrollar su faena
como pensador e historiador.
Es decir, y según
entendí, se salteaba lo personal y anecdótico, para
resaltar el centro mismo de su ocupación, ocupación
ésta que debiera signar la vida de todo sudamericano
comprometido con su lugar y su circunstancia: el
logro de mejores horizontes para su país y la región
sin que lo personal opaque y desvíe la meta a
alcanzar.
Sortear lo
anecdótico, cuando lo anecdótico es la vida misma de
uno, en uno de sus momentos, pero propios, es algo
reservado para unos pocos. Hay muchos, y de esas
legiones no precisamos dar nombres, que a diario
luchan por la bandera de su vanidad y así, relegan y
hasta pisan la de los ideales superiores de su
comunidad.
Poco a poco, pues,
vamos sin prisa alguna, enmarcando la senda de un
camino que, a lo largo de este ensayo, buscará
aproximar la mirada para una realidad que usualmente
no nos atrevemos a ver directamente: cómo ha ido
procesándose la vida, luego la historia, de nuestra
América del Sur. Y hacerlo, repito, desde su
hinterland, el Brasil.
Iremos encastrando
las diferentes y complementarias realidades, por
ejemplo la de mi país, el Uruguay, hasta conformar
el mosaico sudamericano, ese mosaico que a veces
parece ser un suelo ajedrezado, cuando dejamos de
percibir los matices, apegándonos, dogmática y
erradamente a mi criterio- en colores primarios y
opuestos, dando curso así a valoraciones emotivas
que nos distraen de la esencialidad de los procesos
evolutivos.
Es dable,
seguidamente, explicar el por qué de citaciones tan
vitales como extensas, en algunos casos: resultan
ser, a mi modesto entender, la nutriente, el
basamento desde el cual podremos levantar el
edificio de nuestro pensamiento.
Nada se construye
desde la mera y propia reflexividad que no tenga en
cuenta la geohistoria de la argumentación en curso
y, menos que menos, desde la liviandad de efímeras
reflexiones a modo de salutación a poderosos y
entenados. No.
Lo que aquí buscamos
es, repito, el permitirnos vernos como región, luego
como una unidad en lo diverso de nuestras
complementarias identidades, a partir de la cual
surge o, quizá sea mejor decirlo así: va surgiendo,
un mejor estadio de vida que si hoy es para unos,
toda vez que otros lo vayamos conociendo y así,
asumiendo, lo será para más de nosotros en el mañana
cercano.
¿Hacia dónde apunto?
Hacia el dogma. Porque lo que entiendo debe
ocuparnos es la perentoriedad de saber conocer los
factores que, dentro de nuestras coordenadas
espacio-temporales, van dando forma a algo que viene
de lejos. Y el dogma es no sólo lo opuesto sino el
escollo mayor para asumir lo propio. Me explico.
Si aun hay unos pocos
o unos muchos, peor aun, que miran embelezados a un
centro de poder que mantiene encendida la luz azul,
con la que cazar mosquitos es dable el mostrarles a
tales gentes que aquí y ahora hay una circunstancia
que merece ser conocida, asumida y así, vivida por
todos sin necesidad de clavar rodilla al piso y
mirada al barro.
No nos asusta pisar
el barro, en modo alguno. Más aun: sabemos que aun
hay muchas mujeres y muchos hombres de nuestra
circunstancia, la América del Sur, que caminan
descalzos por los senderos perdidos sin un aliento
de esperanza que de calor a sus pechos.
Es por ellos,
también, por lo que se está peleando, en una pelea
sin puños, sin crispaciones pero con determinación,
histórica y pragmática: porque los más comiencen a
tener lo digno y natural para todo humano. Y eso -el
lograrlo-, creo yo, comienza a ser posible, cuando
primero asumimos nuestra condición que es la que
signa nuestra geohistoria.
Y al hacerlo iremos
descubriendo que tenemos muchas y mejores
posibilidades de lograrlo que la triste faena del
mirar cipayamente a un centro imperial que
nos ignora y que además padece los dolores propios
de un resquebrajamiento estructural de cuya suerte
aun es muy temprano hablar.
Lo
que una revolución es
Respecto de lo
evolutivo de las civilizaciones, de sus
continuidades, y siguiendo nuestra idea de hacerlo
junto con pensadores nuestros, qué mejor que dar
paso a un hombre que supo ser, y en pensamiento
crítico y vital lo seguirá siendo por mucho tiempo,
un gran teórico: el brasileño Caio Prado Júnior.
Este historiador
brasileño, de importante y extensa obra, supo
merecer también la distinción al intelectual del año
en su país como lo recibiera hace poco el
historiador Moniz Bandeira-, en el año de 1966,
justamente por la obra de la que extraeremos un
párrafo, pero uno esencial: La Revolución Brasileña.
Dice
Caio Prado Jr., casi al comenzar: (
)
Revolución, en su sentido real y profundo, significa
el proceso histórico signado por reformas y
modificaciones económicas, sociales y políticas
sucesivas que, concentradas en el período histórico
relativamente corto, van a dar en transformaciones
estructurales de la sociedad, y en especial de las
relaciones económicas y del equilibrio recíproco de
las diferentes clases y categorías sociales.
El ritmo de la Historia no es
uniforme. En él se alternan períodos o fases de
relativa estabilidad y aparente inmovilidad, con
momentos de activación de la vida político-social y
bruscos cambios en que se alteran profunda y
aceleradamente las relaciones sociales. O más
precisamente, en que las instituciones políticas,
económicas y sociales se remodelan a fin de mejor
ajustarse y mejor atender las necesidades
generalizadas que antes no encontraban debida
satisfacción. Son esos
momentos históricos de brusca transición de una
situación económica, social y política para otra, y
las transformaciones que entonces se verifican, que
constituyen lo que propiamente se ha de entender por
revolución.
Con toda esta batería
bibliográfica, iremos dando soporte académico y vivo
a lo que buscamos dar a entender: quien vea en el
proceso brasileño, de creciente y abierta expansión
comercial, industrial y social, abierta al mundo, un
modo operativo más en o desde mentes pragmáticas, no
habrá entendido nada.
Hay
algo que viene de lejos y evolucionando en el
sentido de la gente, en el respeto para con el
otro, que es también el respeto para
con lo diverso.
Y será en ese
sentido, entonces, en que nos dirigiremos al hablar
de la era Lula, como aquella era en
la que el Brasil plasmó en realidad primera lo que
hace más de cuarenta años teorizara Caio Prado
Júnior.
Pues es ahora, en un
ahora de la era Lula ya mensurable en años,
en el que se van pudiendo aquilatar mejoras
sustantivas antes que en los modos de producción, en
las condiciones de las gentes de a pie, en el
respeto irrestricto a las potencialidades que todo
humano tiene y merece.
Pero veamos cómo
redondea su pensamiento el brasileño Caio Prado
Júnior: Es en ese sentido que el término
revolución es empleado en el título del presente
libro. Lo que se objetiva en él es
esencialmente el mostrar que el Brasil se encuentra
en la actualidad en fase o en la inminencia de uno
de aquellos momentos antes señalados en que se
imponen de pronto reformas y transformaciones
capaces de reestructurar la vida del país de manera
adecuada con sus necesidades más generales y
profundas, y las aspiraciones de la gran masa de su
población que, en el estado actual, no son
debidamente atendidas.
[v]
Hemos recorrido en
esta segunda estación pensamientos puntuales de tres
grandes historiadores: Braudel, Moniz Bandeira y
Prado Júnior.
Nos proponemos,
ahora, aproximarnos aun más en la consideración de
la temática tratada a través de sucesivas
reflexiones que irán enmarcando un presente tan
dinámico como esperanzador.
Todo ello, es preciso
señalarlo, dentro de la comprensión de que estamos
tratando de una geohistoria de humanos y en modo
alguno buscamos construir la apología de otra virtud
que no sea la del deber ser desde una asunción de la
realidad que tenga en cuenta las cuestiones
directamente ligadas con la obtención de una vida
digna para la existencia de las gentes de nuestra
región, luego del mundo.
Que nada parte hacia
la estratosfera y todo camina desde la asunción de
nuestro suelo, erguidos y con la mirada hacia el
horizonte cercano, en busca del otro, de quien nos
sabemos corresponsables.
Es tiempo, a su vez,
que nos atrevamos a hablar de nosotros mismos,
incluso para destacar lo bueno; incluso para esto. Y
hacerlo con dignidad, como corresponde.
Aun no hemos arribado
siquiera al pórtico de nuestro pensar.
Hacia allí vamos.
[i]
Braudel, Fernand, Gramática de las
civilizaciones, Martin Fontes, São Paulo,
año 2004, pág. 44.
[ii]
Moniz Bandeira, Luiz Alberto,De Martí a
Fidel A Revolução Cubana e a América
Latina, Civilização Brasileira, Rio de
Janeiro, año 1998, pág.6.
[iii]
Tanto las negritas cuanto el subrayado son
de mi exclusiva responsabilidad.
[iv]
Moniz Bandeira, Luiz Alberto, La Formación
de los Estados en la Cuenca del
Plata-Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay,
Editorial Norma, Buenos Aires, año 2006,
págs. 22 y ss.
[v]
Prado Júnior, Caio, A Revolução Brasileira,
editora brasiliense, São Paulo, año 2004,
pág. 12.
LA
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