La moderna esclavitud o
la verdadera independencia
por Jorge García Alberti

Los países latinoamericanos han comenzado a transitar un camino de independencia económica tras la ratificación en Montevideo de la creación del Banco de Sur, que se estima que comience a operar este mismo año.

Con Venezuela a la vanguardia del proyecto y con el apoyo tácito de Brasil, Argentina, Paraguay, Ecuador, Bolivia y Uruguay, se pretende así lograr financiar los grandes proyectos de inversión, independizándose de los centros de poder de los organismos internacionales y de las potencias económicas mundiales, cuyas recetas han causado un enorme daño a las economías de los países en desarrollo en las últimas décadas.

 

Estos temas y la nueva relación de dependencia que se intenta aplicar mediante la firma de los Tratados de Libre Comercio han sido analizados en el VII Encuentro Hemisférico de Lucha contra los TLCs y por la integración de los pueblos, que tuvo lugar en La Habana a principios del mes de abril, con la participación de 31 países.

 

Hasta  el momento, en los países latinoamericanos, incluido Uruguay, no se ha llevado a cabo un debate a fondo sobre las bondades o las carencias que representa la firma de acuerdos comerciales tipo TLC.

 

A priori, la ciudadanía tiene la percepción que debería ser algo muy bueno porque  facilita vender a los países ricos la producción local, libre de aranceles. Poco se habla que también ingresarán productos manufacturados de los países desarrollados y que, si no existen cláusulas especiales de protección, estaremos condenados al subdesarrollo eterno, sólo limitados a producir materias primas que otros se encargarán de procesar.

 

Otro punto interesante que tiene poca difusión y escaso debate es el referido a los derechos de propiedad intelectual. Cuando se mencionan estos temas, el ciudadano común tiende a pensar que se trata solo de los derechos de autor de artistas y escritores y la realidad muestra que no es simplemente eso.

Los TLC incluyen cláusulas que alcanzan a la industria farmacéutica y también a la producción de semillas, base para la alimentación de los ciudadanos. Atrás de la buena intención, está la avidez de las grandes corporaciones multinacionales que pretenden controlar la producción en  origen, para continuar aumentando sus ganancias.

 

Para vender productos primarios, los países en desarrollo no necesitarían ningún tratado, simplemente porque los países desarrollados carecen de esa materia prima.

 

Sin embargo, un ejemplo de lo que está sucediendo lo encontramos en Irak.

La agencia de noticias argentina ArgenPress, informa que una de las primeras leyes que aprobó el Gobernador de Irak, L. Paul Bremen, que impuso EE.UU inmediatamente después de la invasión, fue la Orden 81. La misma establece que los derechos de propiedad intelectual de las semillas autóctonas, solo pueden ser reconocidos a sus legítimos dueños o sea a las compañías multinacionales que han reclamado y patentado las mismas.( Monsanto, Carhill o Sygenta). La patente se extiende a los productos nacidos de esas semillas. Esto significa que los productores irakíes están obligados a comprar las semillas a las empresas mencionadas, en lugar de utilizar las de sus propios cultivos o de producción local.

 

La agricultura del trigo apareció hace 19.000 años en Mesopotamia, es decir en Irak, pero la nueva generación de semillas de trigo genéticamente modificadas se ha impuesto y los irakíes son ahora dependientes de las multinacionales.

 

Eso trae aparejado la aparición de nuevas enfermedades agrícolas para lo cual son necesarios pesticidas y fertilizantes que son fabricados por las mismas corporaciones que son dueñas de las semillas. Un círculo vicioso que estrangula y que genera una forma de dependencia absoluta y se convierte en una rapiña a la historia de la Humanidad, sólo por el hecho de haber patentado la producción de semillas de trigo. En otras regiones del mundo, lo mismo ocurre con el maíz, las papas, el girasol, la soja, etc. La lista es interminable y lo que se afecta, en definitiva, es la soberanía de los países. Mediante el control de la producción y la propiedad intelectual pasamos a un moderno sistema de esclavitud de los pueblos.

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