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Hechos y teorías
por Jorge Majfud
Hace
un tiempo un legislador estadounidense, haciéndose
eco de la sabiduría popular de un grupo no
minoritario, propuso que debía estudiarse una ley
que impusiera a los profesores enseñar hechos y
no teorías. Concretamente se refería a su fobia
contra la teoría de la evolución. No se puso a
pensar que su propuesta sobre lo que debe ser la
enseñanza académica y sobre lo que de hecho es un
hecho, no son hechos sino pura y llana teoría.
Tampoco se puso a pensar qué quedaría de las
ciencias si quitásemos las teorías. Aún teorías
imperfectas y responsables de cosmovisiones hoy
rechazadas por la misma ciencia, como el modelo
geocéntrico de Ptolomeo o el universo tridimensional
de Galileo y de Newton tuvieron resultados prácticos
que beneficiaron el progreso de la técnica y del
conocimiento humano en general, sea científico o
humanístico.
En las radios del Sur
de Estados Unidos se suele escuchar con insistencia
programas infantiles didácticos en que se dramatiza
la iluminación de los niños recordándoles que la
teoría de la evolución es sólo una teoría. El dilema
preestablecido asume que si una posición, la
evolucionista, es sólo una teoría, la posición
contraria, la creacionista, es un hecho. Por
creacionismo se refieren sólo aquel que asume que el
mundo fue creado por Dios en siete días reales, hace
pocos miles de años. Como si Dios no aceptase la
costumbre de las metáforas y las parábolas, recurso
narrativo principal de su hijo Jesús. Según esta
teoría interpretativa usada por los creacionistas,
cuando Jesús hablaba del diferente uso de las
semillas, de facto estaría dando cátedra de
agronomía. Por otro lado, si una escritura debe ser
tomada al pié de la letra, ¿a qué tantos ríos de
tinta teológica tratando de explicar lo que no está
en la letra? ¿Por qué tantas leyes interpretativas?
Si fuese por las
pruebas o indicios, la teoría de la evolución ya le
habría ganado la disputa científica a la teoría del
creacionismo reciente. ¿Pero en qué cambia esto una
religión, toda una fe? Por alguna paradójica razón,
los religiosos más ortodoxos de nuestros tiempos no
se conforman con un enunciado arbitrario de las
Revelaciones sino que buscan obsesivamente
legitimarlo con recursos prestados de la odiada
ciencia. Cuando descubren un tarugo del arca de Noé
recurren entusiasmados a las evidencias de la
arqueología, pero si ese tarugo está rodeado de
toneladas de fósiles fantásticos, sólo ven allí
teorías.
Si hay una Ley y una
Revelación sagrada, ¿qué necesidad hay de
justificarla? Al fin al cabo sólo Dios tiene derecho
a ser arbitrario, aunque hay mucha gente que esté
decidida a imitarlo.
Otro tabú intelectual
es la reescritura de la historia, a pesar de que la
práctica más común de la historia es su propia
reescritura. Es común la idea de que la historia es
escrita por los vencedores de ayer, pero también es
reescrita por los vencedores de hoy. Esto no quiere
decir que no sea posible un cierto grado de
objetividad o que los hechos sean algo ajeno a las
teorías o que estén inmunes a los prejuicios
filosóficos, religiosos o cosmogónicos. La
definición de un hecho y la reconstrucción del mismo
es, en gran parte, una teoría.
Lo demuestra la
misma ciencia experimental; ni que hablar de los
hechos históricos.
No existe un solo
pueblo en ningún momento de la historia que no haya
reescrito la historia, por regla adaptándola a sus
propios intereses. Toda interpretación es como la
puesta en escena de un drama de Shakespeare en un
teatro de Broadway. Nunca podremos saber cómo fue el
drama original, ni cuales fueron estrictamente las
motivaciones del autor ni las lecturas que en el
siglo XVI hizo cada espectador inglés o italiano. Sí
podemos sospechar que no eran todas iguales como no
son las nuevas escenificaciones o interpretaciones
de un neoyorkino del siglo XXI.
Claro que detrás de
toda esta relatividad asumimos que existe algún tipo
de verdad o de verdades. Por ejemplo, no podemos
afirmar que Romeo y Julieta es una tragedia tomada
por Américo Vespucio en sus viajes por el Nuevo
Mundo, aunque podemos especular que aquellos
bárbaros eran capaces de experimentar amor y odio al
igual que un inglés o un italiano. Por lo menos no
hay pruebas ni indicios que indiquen lo contrario.
Es decir, hacemos un esfuerzo de renuncia a la
arbitrariedad: si algo nos confirma o nos siguiere
que nuestra teoría no funciona, debemos modificarla
o renunciar a ella.
Pero nadie renuncia a
una religión por razones factuales sino por razones
de fe. Por lo tanto, estamos hablando de
epistemologías diferentes y la confirmación de una
por los métodos y principios de la otra no sirve o
es pura manipulación a las órdenes de los intereses
del poder de turno.
Pero si en la
historia todo es tan relativo y al mismo tiempo es
posible algún tipo de verdad o de objetividad de
ciertos hechos, ¿cómo podemos acercarnos a este
último? Primero, el reconocimiento de aquella
relatividad (o pluralidad de la realidad) es parte
de esta verdad objetiva, hasta que se pruebe lo
contrario. Segundo, al menos desde los tiempos de
los antiguos griegos la crítica libre es el
principal instrumento de avance del conocimiento y,
en última instancia, de esa pretendida verdad. Cada
vez que cuestionamos la historia le hacemos un bien,
no a la historia sino a la objetividad histórica, no
a la arbitrariedad sino a la racionalidad.
La verdad histórica
nunca puede temerle al cuestionamiento. No podemos
cuestionar unos momentos históricos y condenar la
revisión de otros, sólo porque puede haber en esta
revisión intensiones que sospechamos perversas o
inconvenientes, como si estuviésemos cuidando a un
niño que no meta los dedos en el enchufe. La verdad
no necesita de la censura sino de coraje
intelectual, ese del que nadie puede vanagloriarse
de poseerlo absolutamente siempre que su
sobrevivencia física dependa de su lengua.
Por otro lado, nadie
puede erigirse como la policía del conocimiento ni
de la verdad, sea la verdad histórica, científica o
religiosa. Al menos que estemos pensando volver a
los tiempos de la Inquisición, cuando se quemaban
todas aquellas personas que se atrevían a dudar del
canon o a afirmar hechos o interpretaciones que
contradecían las versiones oficiales de la iglesia o
del Estado.
Aunque, como decía
Gramsci, todos somos intelectuales, unos funcionales
y otros críticos, el intelectual humanista es
siempre un radical, desde el momento en que busca y
propone ir a la raíz dejando de lado cualquier
legitimación o consenso social sobre el Bien y la
Realidad. Razón por la cual sus planteos serán, por
lo común, señalados como el Mal y la Fantasía. Es
parte de la estrategia de neutralización.
De cualquier forma,
toda tarea intelectual que no sea totalmente
funcional al poder en curso es siempre un
revisionismo.
Unas veces resulta en
una confirmación de los hechos oficiales o
políticamente correctos y otras veces los
contradice. Cuando ocurre lo primero, el
establishment premia al revisionista por su madurez
y equilibrio, por su sabio camino del medio. Cuando
ocurre lo segundo, el Aparato de Legitimación
Intelectual que, junto con los ejércitos es el
principal arma de cualquier poder instaurado en los
Estados y en la sociedad, recurren a una larga lista
de neutralizaciones que van desde el silencio hasta
la condena, desde la burla, el descrédito o la
demonización hasta el violento lenguaje de los
hechos: la pérdida de un trabajo, la negación de
acceso a determinados espacios públicos, sociales o
nacionales, cuando no directamente la desaparición y
la muerte.
Pero cuando una
verdad histórica comienza a ser defendida con
censuras y prohibiciones de revisión, comienza por
aparecer como una verdad sospechosa para luego
convertirse en una verdad inverosímil y finalmente
terminar en la violencia de la verdad, que se
distingue en poco de la violencia de la mentira.
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