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Discurso completo del Poeta
Juan Gelman, al recibir
el Premio Cervantes
El poeta argentino Juan Gelman al recibir el 22 de
abril último el Premio Cervantes de las letras 2007.
Ante los reyes de España, Juan Carlos y Sofía, y del
presidente del gobierno, José Luís Rodríguez
Zapatero, el también escritor y periodista recordó
en su discurso de agradecimiento a las víctimas de
las dictaduras militares.
Las heridas ocasionadas por esos regímenes aún no
están cerradas, alertó. Ya no vivimos en la Grecia
del siglo V antes de Cristo en que los ciudadanos
eran obligados a olvidar por decreto. Esa clase de
olvido es imposible. Bien lo sabemos en nuestro Cono
Sur, insistió.
Gelman es el cuarto argentino en ganar un Premio
Cervantes. Los anteriores fueron Ernesto Sábato en
1979, Jorge Luis Borges en 1984 y Adolfo Bioy
Casares en 1990. Además ya cuenta en su haber con
los premios Nacional de Poesía de Argentina, el
Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, el de
Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo y
el Reina Sofía de Poesía Latinoamericana, entre
otros, en la ceremonia de entrega del premio Gelman
estuvo acompañado por familiares ente estos sus
nietos Jorge y Macarena, esta última hija de Marcelo
su hijo, que fue asesinado, al igual que su esposa,
durante las dictaduras Argentina y uruguayas
Macarena, a quien encontró en Uruguay en el año
2000 tras una larga búsqueda.

"Esas invenciones laten en las
entrañas de la lengua y traen balbuceos y brisas de
la infancia como memoria de la palabra que de afuera
vino, tocó al infante en su cuna y le abrió una
herida que nunca ha de cerrar. Esas palabras nuevas,
¿no son acaso una victoria contra los límites del
lenguaje? ¿Acaso el aire no nos sigue hablando? ¿Y
el mar, la lluvia, no tienen muchas voces? ¿Cuántas
palabras aún desconocidas guardan en sus silencios?
Hay millones de espacios sin nombrar y la poesía
trabaja y nombra lo que no tiene nombre
todavía".(Premio Cervantes. España).
Majestades, Señor Presidente
del Gobierno, Señor Ministro de Cultura, Señor
Rector de la Universidad de Alcalá de Henares,
autoridades estatales, autonómicas, locales y
académicas, amigas, amigos, señoras y señores:
Deseo, ante todo, expresar mi
agradecimiento al jurado del Premio de Literatura en
Lengua Castellana Miguel de Cervantes, a la alta
investidura que lo patrocina y a las instituciones
que hacen posible esta honrosísima distinción, la
más preciada de la lengua, que hoy se me otorga. Mi
gratitud es profunda y desborda lo meramente
personal. En el año 2006 se galardonó con este
Premio al gran poeta español Antonio Gamoneda y en
el 2007 lo recibe también un poeta, esta vez de
Iberoamérica. Se premia a la poesía entonces, "que
es como una doncella tierna y de poca edad y en todo
extremo hermosa" para don Quijote, doncella que,
dice Cervantes en "Viaje del Parnaso",
"puede pintar en la mitad del
día
la noche, y en la noche más
escura
el alba bella que las perlas
crían...
Es de ingenio tan vivo y
admirable
que a veces toca en puntos que
suspenden,
por tener no se qué de
inescrutable".
A la poesía hoy se premia, como
fuera premiada ayer y aun antes en este histórico
Paraninfo donde voces muy altas resuenan todavía. Y
es algo verdaderamente admirable en estos "Dürftiger
Zeite", estos tiempos mezquinos, estos tiempos de
penuria, como los calificaba Hölderin preguntándose
"Wozu Dichter", para qué poetas. ¿Qué hubiera dicho
hoy, en un mundo en el que cada tres segundos y
medio un niño menor de cinco años muere de
enfermedades curables, de hambre, de pobreza? Me
pregunto cuántos habrán fallecido desde que comencé
a decir estas palabras. Pero ahí está la poesía: de
pie contra la muerte.
Safo habló del bello huerto en
el que "un agua fresca rumorea entre las ramas de
los manzanos, todo el lugar sombreado por las rosas
y del ramaje tembloroso el sueño descendía",
Mallarmé conoció la desnudez de los sueños
dispersos, Santa Teresa recogía las imágenes y los
fantasmas de los objetos que mueven apetitos, San
Juan bebió el vino de amor que sólo una copa sirve,
Cavalcanti vio a la mujer que hacía temblar de
claridad el aire, Hildegarda de Bingen lloró las
suaves lágrimas de la compunción, y tanta belleza
cargada de más vida causa el temblor de todo el ser.
¿No será la palabra poética el sueño de otro sueño?
Santa Teresa y San Juan de la
Cruz tuvieron para mí un significado muy particular
en el exilio al que me condenó la dictadura militar
argentina. Su lectura desde otro lugar me reunió con
lo que yo mismo sentía, es decir, la presencia
ausente de lo amado, Dios para ellos, el país del
que fui expulsado para mí. Y cuánta compañía de
imposible me brindaron. Ese es un destino "que no es
sino morir muchas veces", comprobaba Teresa de Avila.
Y yo moría muchas veces y más con cada noticia de un
amigo o compañero asesinado o desaparecido que
agrandaba la pérdida de lo amado. La dictadura
militar argentina desapareció a 30.000 personas y
cabe señalar que la palabra "desaparecido" es una
sola, pero encierra cuatro conceptos: el secuestro
de ciudadanas y ciudadanos inermes, su tortura, su
asesinato y la desaparición de sus restos en el
fuego, en el mar o en suelo ignoto. El Quijote me
abría entonces manantiales de consuelo.
Lo leí por primera vez en mi
adolescencia y con placer extremo después de cruzar,
no sin esfuerzo, la barrera de las imposiciones
escolares. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo habrá
sido el hombre, don Miguel? Conocía su vida de
pobreza y sufrimiento, sus cárceles, su cautiverio
en Argel, su Lepanto, los intentos fallidos de
mejorar su suerte. Pero él, ¿quién era? Releía el
autorretrato que trazó en el prólogo de las Novelas
Ejemplares: "Este que veis aquí, de rostro aguileño,
de cabello castaño, frente lisa y desembarazada",
que nada me decía, salvo la mención de sus "alegres
ojos". Comprendí entonces que él era en su
escritura. Me interno en ella y aún hoy creo a veces
escuchar sus carcajadas cuando acostaba al Caballero
de la Triste Figura en el papel. Sólo quien, desde
el dolor, ha escrito con verdadero goce puede dar a
sus lectores un gozo semejante. Cómico es el rostro
de la tragedia cuando se mira a sí misma.
Declaro que, en verdad. quise
recorrer ante ustedes, con ustedes, los trabajos de
Persiles y Sigismunda, o la locura quebradiza del
licenciado Vidriera, o compartir la nueva admiración
y la nueva maravilla del coloquio de los perros, o
el combate verdaderamente ejemplar entre los poetas
malos y los buenos que tiene lugar en "Viaje del
Parnaso" y en el que cualquier buen poeta podía caer
herido por un pésimo soneto bien arrojado. Pero tal
como la lámpara alimentada a querosén que los
campesinos de mi país encienden a la noche y
alrededor de la cual se sientan a cenar, cuando hay,
y luego a leer, cuando hay y cuando hay ganas, y a
la que mosquitos y otros seres alados acuden ciegos
de luz y la calor los mata, así yo, encandilado por
don Alonso Quijano, no puedo sustraerme a su fulgor.
Muchas plumas hondas y
brillantes han explorado los rincones del gran
libro. Por eso, parafraseando al autor, declaro sin
ironía alguna que, con seguridad, este discurso
carece de invención, es menguado de estilo, pobre de
conceptos, falto de toda erudición y doctrina. Sólo
hablo como lector devoto de Cervantes, pero quién
puede describir los territorios del asombro. Con
mucha suerte y perspicacia, es posible apenas
sentarse a la sombra de lo que siempre calla.
Cervantes se instala en un
supuesto pasado de nobleza e hidalguía para criticar
las injusticias de su época, que son las mismas de
hoy: la pobreza, la opresión, la corrupción arriba y
la impotencia abajo, la imposibilidad de mejorar los
tiempos de penuria que Hölderlin nombró. Se burla de
ese intento de cambio y se burla de esa burla porque
sabe que jamás será posible terminar con la utopía,
recortar la capacidad de sueño y de deseo de los
seres humanos. Cervantes inventó la primera novela
moderna, que contiene y es madre de todas las
novedades posteriores, de Kafka a Joyce. Y cuando en
pleno siglo XX Michel Foucault encuentra en Raymond
Roussel las características de la novela moderna,
éstas: "el espacio, el vacío, la muerte, la
transgresión, la distancia, el delirio, el doble, la
locura, el simulacro, la fractura del sujeto", uno
se pregunta ¿qué? ¿No existe todo eso, y más, en la
escritura de Cervantes?
Su modernidad no se limita a un
singular universo literario. La más humana es un
espejo en el que podemos aún mirarnos sin
deformaciones en este siglo XXI. Dice Don Quijote:
"Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron
de la espantable furia de aquellos endemoniados
instrumentos de la artillería a cuyo inventor tengo
para mí que en el infierno se le está dando el
premio de su diabólica invención, con la cual dio
causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a
un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por
dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y
anima a los valientes pechos, llega una desmandada
bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del
resplandor que hizo el fuego al disparar la maldita
máquina) y corta y acaba en un instante los
pensamientos y la vida de quien la merecía gozar
luengos siglos".
Desde el lugar de presunto
caballero andante quejoso de que las armas de fuego
hayan sustituido a las espadas, y que una bala
lejana torne inútil el combate cuerpo a cuerpo, Don
Quijote destaca un hecho que ha modificado por
completo la concepción de la muerte en Occidente: es
la aparición de la muerte a distancia, cada vez más
segura para el que mata, cada vez más terrible para
el que muere. Pasaron al olvido las ceremonias
públicas y organizadas que presidía el mismo
agonizante en su lecho: la despedida de los
familiares, los amigos, los vecinos, el dictado del
testamento ante los deudos. La muerte hospitalizada
llega hoy con un cortejo de silencios y mentiras.
Y qué decir de los 200.000
civiles de Hiroshima que el coronel Paul Tobbets
aniquiló desde la altura apretando un simple botón.
Piloteaba un aparato que bautizó con el nombre de su
madre, arrojó la bomba atómica y después durmió
tranquilo todas las noches, dijo. Pocos conocen el
nombre de las víctimas cuya vida el coronel había
segado. La muerte se ha vuelto anónima y hay algo
peor: hoy mismo centenares de miles de seres humanos
son privados de la muerte propia. Así se da en Irak.
Creo, sin embargo, como el
historiador y filósofo Juan Carlos Rodríguez, que el
Quijote es una gran novela de amor. Del amor
imposible. En el amor se da lo que no se tiene y se
recibe lo que no se da y ahí está la presencia del
ser amado nunca visto, el amor a un mundo más humano
nunca visto y torpemente entrevisto, el amor a una
mujer que no es y a una justicia para todos que no
es. Son amores diferentes pero se juntan en un haz
de fuego. ¿Y acaso no quisimos hacer quijotadas en
alguna ocasión, ayudar a los flacos y menesterosos?
¿Luchando contra molinos de aspas de acero, que ya
no de madera? ¿Despanzurrando odres de vino en vez
de enfrentar a los dueños del dolor ajeno? ¿"En este
valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos
-dice Sancho-, donde apenas se halla cosa que esté
sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería?
He celebrado hace dos años, con
ocasión de la entrega del Premio Reina Sofía de
Poesía Iberoamericana, mi llegada a una España que
no acepta las aventuras bélicas y que rompe
clausuras sociales que hieren la intimidad de las
personas. Hoy celebro nuevamente a una España
empeñada en rescatar su memoria histórica, único
camino para construir una conciencia cívica sólida
que abra las puertas al futuro. Ya no vivimos en la
Grecia del siglo V antes de Cristo en que los
ciudadanos eran obligados a olvidar por decreto. Esa
clase de olvido es imposible. Bien lo sabemos en
nuestro Cono Sur.
Para San Agustín, la memoria es
un santuario vasto, sin límite, en el que se llama a
los recuerdos que a uno se le antojan. Pero hay
recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre
están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el
rostro de los seres amados que las dictaduras
militares desaparecieron. Pesan en el interior de
cada familiar, de cada amigo, de cada compañero de
trabajo, alimentan preguntas incesantes: ¿cómo
murieron? ¿Quiénes lo mataron? ¿Por qué? ¿Dónde
están sus restos para recuperarlos y darles un lugar
de homenaje y de memoria? ¿Dónde está la verdad, su
verdad? La nuestra es la verdad del sufrimiento. La
de los asesinos, la cobardía del silencio. Así
prolongan la impunidad de sus crímenes y la
convierten en impunidad dos veces.
Enterrar a sus muertos es una
ley no escrita, dice Antígona, una ley fija siempre,
inmutable, que no es una ley de hoy sino una ley
eterna que nadie sabe cuándo comenzó a regir. "¡Iba
yo a pisotear esas leyes venerables, impuestas por
los dioses, ante la antojadiza voluntad de un
hombre, fuera el que fuera!", exclama. Así habla de
y con los familiares de desaparecidos bajo las
dictaduras militares que devastaron nuestros países.
Y los hombres no han logrado aún lo que Medea pedía:
curar el infortunio con el canto.
Hay quienes vilipendian este
esfuerzo de memoria. Dicen que no hay que remover el
pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que
hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en
reabrir viejas heridas. Están perfectamente
equivocados. Las heridas aún no están cerradas.
Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer
sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y
luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido
verdadero. La memoria es memoria si es presente y
así como Don Quijote limpiaba sus armas, hay que
limpiar el pasado para que entre en su pasado. Y
sospecho que no pocos de quienes preconizan la
destitución del pasado en general, en realidad
quieren la destitución de su pasado en particular.
Pero volviendo a algunos
párrafos atrás: hay tanto que decir de Cervantes, de
este hombre tan fuera del uso de los otros. De sus
neologismos, por ejemplo. Salvo él, nadie vio a una
persona caminar asnalmente. O llevar en la cabeza un
baciyelmo. O bachillear. Don Quijote aprueba la
creación de palabras nuevas, porque "esto es
enriquecer la lengua, sobre quien tienen poder el
vulgo y el uso". Hace unos años ciertos poetas
lanzaron una advertencia en tono casi legislativo:
no hay que lastimar al lenguaje, como si éste fuera
río coagulado, como si los pueblos no vinieran
"lastimándolo" desde que empezaron a nombrar. Cuando
Lope dice "siempre mañana y nunca mañanamos" agranda
el lenguaje y muestra que el castellano vive, porque
sólo no cambian las lenguas que están muertas. La
lengua expande el lenguaje para hablar mejor consigo
misma.
Esas invenciones laten en las
entrañas de la lengua y traen balbuceos y brisas de
la infancia como memoria de la palabra que de afuera
vino, tocó al infante en su cuna y le abrió una
herida que nunca ha de cerrar. Esas palabras nuevas,
¿no son acaso una victoria contra los límites del
lenguaje? ¿Acaso el aire no nos sigue hablando? ¿Y
el mar, la lluvia, no tienen muchas voces? ¿Cuántas
palabras aún desconocidas guardan en sus silencios?
Hay millones de espacios sin nombrar y la poesía
trabaja y nombra lo que no tiene nombre todavía.
Esto exige que el poeta despeje
en sí caminos que no recorrió antes, que desbroce
las malezas de su subjetividad, que no escuche el
estrépito de la palabra impuesta, que explore los
mil rostros que la vivencia abre en la imaginación,
que encuentre la expresión que les dé rostro en la
escritura. El internarse en sí mismo del poeta es un
atrevimiento que lo expone a la intemperie. Aunque
bien decía Rilke: "[...] lo que finalmente nos
resguarda/es nuestra desprotección". Ese
atrevimiento conduce al poeta a un más adentro de sí
que lo trasciende como ser. Es un trascender hacia
sí mismo que se dirige a la verdad del corazón y a
la verdad del mundo. Marina Tsvetaeva, la gran poeta
rusa aniquilada por el estalinismo, recordó alguna
vez que el poeta no vive para escribir. Escribe para
vivir.
Fuente (Infolatam)
LA
ONDA®
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