Aníbal Sampayo y el canon
Aproximación al cantor
del Río Uruguay
por Martín Bentancor

En la secuencia más conmovedora de la película Hit (Claudia Abend y Adriana Loeff), Aníbal Sampayo intenta evocar la letra de su canción “Río de los pájaros”. El esfuerzo es titánico para alguien que padece el mal de Alzheimer  y que pretende abordar su propia obra con el esmero que, desde los discos y los escenarios, supo dedicarle a sus composiciones. ¿Cuál es el lugar que ocupa Aníbal Sampayo dentro de la música uruguaya? ¿Integra el canon pretendidamente oficial que conforma el cancionero nacional? A continuación, una aproximación al cantor del río Uruguay.

 

“Río de los pájaros” no es, como pretende uno de los hermanos Ibarbourou en la película Hit, “una canción sobre unos piches que viven al lado del río”. Si su conocimiento de la historia musical del Uruguay fuera un poco más amplio, sabría que Anibal Sampayo se valió de la paterna imagen del río para cantar un conjunto de realidades locales que, por su propia cercanía, se convierten en universales. Sabría también, si hubiera escuchado atentamente los versos, que “Río...” se vale de una amplia gama de recursos poéticos y musicales que vuelven pequeños a algunos riffs de guitarra pretendidamente innovadores.

 

En su canción más conocida, Aníbal Sampayo utilizó el marco natural de la corriente que separa geográficamente a Uruguay y Argentina, para contar una historia mínima, compuesta de una sucesión de imágenes: la muchacha que lava ropa en la orilla, la madre que cocina la más suculenta comida de los pobres y el padre que remonta el río en procura de pesca. La onomatopeya del estribillo (“Chua, chua, chua, ja-ja-ja...”) funciona como un significante abierto en espera de una variedad de significados: el llanto del personaje, el trino de un pájaro, el murmullo de la propia corriente, etc. En el plano musical, Sampayo se vale de un formato canción que tiene puntos de contacto con la chamarrita (género que supo abordar en varias ocasiones) y que emplea un ritmo ligeramente sincopado como introducción a cada estrofa. ¡Cuánto aprenderían algunos jóvenes músicos locales si abrieran algo más sus oídos a ciertas canciones!

 

Aníbal Sampayo falleció el 10 de mayo de 2007, en su natal ciudad de Paysandú. Los obituarios que circularon por esos días hicieron referencia a su mítica canción y dispararon datos dispares de su biografía, en un intento por definir la imagen del cantor dentro del panorama de la música nacional. En el apuro del cierre de edición, algunos órganos recurrieron a la omnipresente Wikipedia y reprodujeron, con ligeras variaciones, el artículo que resume, a nivel escolar, una vida musical de varias décadas. Como muchísimos artistas, Aníbal Sampayo murió olvidado y mereció, tras su muerte, comentarios y homenajes que suenan a huecos desde su propia enunciación. Su pertenencia al Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, le valió casi nueve años de cárcel y, tras recuperar la libertad, en 1980, su asentamiento en Suecia le permitió continuar cantando a las injusticias que se vivían en su país. En el 2001, le contaba al escritor Carlos Caillabet: “Cuando salí de la cárcel seguí haciendo giras para defender a los presos. Recuerdo que fui a España y allí decían en esa época que en Uruguay podía haber una apertura democrática. Apertura de cráneos, les decía yo. En mi país se seguía torturando a los presos y los podían matar en cualquier momento. Había que hacer algo por ellos. No era cuestión de salir y a otra cosa”. Ese “hacer algo” fue el medio del que se valió Sampayo para seguir componiendo, cantando y actuando en diversos sitios, conformando su autodefinición de “un luchador social con guitarra”

 

Aníbal Sampayo no llegó a participar en el, a esta altura, bizarro debate sobre la contaminación del río Uruguay ni tampoco para ver su canción “Río de los pájaros”, compuesta cincuenta y tres años atrás, integrando el arbitrario canon que proponen las cineastas Abend y Loeff en Hit. Su memoria se fue apagando poco a poco y sus últimos años de vida lo encontraron alejado de los escenarios y los medios de comunicación. Su aporte al cancionero uruguayo (me niego a utilizar el peligroso término “nacional”) es incuestionable y puede ser comprobado repasando el repertorio de artistas locales y argentinos, escuchando la programación de emisoras radiales que difunden folklore (otro término peligroso si los hay) y hasta leyendo los artesanales programas de las fiestas de fin de curso de muchas escuelas primarias a lo largo del país. Como ese “cielo azul que viaja”, la obra de Aníbal Sampayo sigue viviendo más allá de sordos oídos y del propio, indefinible, canon.

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