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La opresión de la mujer: ¿una
asignatura
pendiente en el
Manifiesto Comunista?
por el Dr. C. Elsie Plain Rad-Cliff
No
son pocos los autores, incluidos los
marxistas1, que consideran lamentable el
silencio que se aprecia en el Manifiesto
Comunista sobre el tema de la explotación de
la mujer. Uno de los múltiples razonamientos
invocados es el de que ya por la época en
que fue escrito (1848), se observaban
comportamientos que evidenciaban la activa
participación femenina en la vida pública, ya
fuera como integrante de la fuerza laboral o
como participante en las luchas económicas y
políticas de la época.
Tal afirmación se apoya en
argumentos aportados por intelectuales como la
feminista británica, Mary Wallstonecraft, quien en
su obra A Vindication of the Rights of Woman,
escrita en 1793, ya se había pronunciado en
torno a que la inferiorización de la mujer
era una construcción social, producto de la
dependencia y pasividad que la dominación
patriarcal le había inculcado durante siglos
2. Igualmente se hace referencia a la
Declaración de los derechos de la mujer y
de la ciudadanía de Olympe de Gouges,
publicada en septiembre de 1792, proclama en
la que esta francesa denunciaba las flagrantes
contradicciones que la Revolución Francesa le
planteaba a la mujer, al privarla de los más
elementales derechos civiles y políticos. Gouges
reclamaba para las mujeres los mismos derechos y
deberes que se les reconocían a los hombres,
alegando, entre otras cosas, que si una mujer podía
subir al cadalso, también podía ascender a la
Tribuna3.
Si bien es cierto que en el
Manifiesto no se narra en detalle la opresión a la
que está sometida la mujer en la sociedad
capitalista, quien es objeto de la desigualdad
social, no solo como integrante del proletariado,
sino por razón de su sexo, en virtud de lo cual se
halla supeditada al hombre tanto a nivel de la
sociedad como al interior de la familia, en mi
opinión, ello no se debe a que Marx y Engels fueron
víctimas de la mistificación del capitalismo, en
cuanto a su capacidad de velar los mecanismos de
la opresión y la explotación4, ni a que
el notable sentido crítico que ambos
evidenciaron en relación con otros temas no
resultó suficiente para horadar los prejuicios
y las convenciones sociales de la época5, como
afirma Atilio Boron.
Un análisis profundo del
tema, carente de la deificación que se
atribuye a quienes trataron de sacralizar las
figuras de Marx y Engels, exige inexorablemente una
adecuada ponderación del rigor científico de las
ideas expuestas, no solo en el Manifiesto, sino en
las obras fundamentales donde se resumen las tesis
esenciales de su concepción materialista de la
historia, así como una valoración contextualizada de
las peculiaridades de ese documento y los objetivos
que lo animaban.
Ante todo ha de tenerse
en cuenta el carácter propagandístico,
movilizativo y programático del Manifiesto6,
cuyo objetivo fundamental se centraba en la
labor educativa de la clase obrera, mediante su
desarrollo intelectual a través de la acción
conjunta y de la discusión de las principales tesis
contenidas en ese Manifiesto, el cual, según
palabras del propio Engels, se propuso como
tarea proclamar la desaparición próxima e inevitable
de la moderna propiedad burguesa7. Se partía del
criterio de que la emancipación de la clase obrera
debía ser obra de la clase obrera misma, lo cual
requería de la unión de todos los
trabajadores8, y a la cual se les convocaba
mediante la consigna con que finaliza el
Manifiesto: ¡proletarios de todos los países, uníos¡
Y ¿cuál es su conceptuación de
proletarios? La respuesta nos la da Engels cuando
señala que por tales se comprende a la clase de los
trabajadores asalariados modernos, que privados de
medios de producción propios, se ven obligados
a vender su fuerza de trabajo para poder
existir9, de los cuales no se excluye a la
mujer. En este sentido, se describe la forma
en que el trabajo de los hombres es suplantado,
en la industria moderna, por el de las mujeres y los
niños, y se concluye con la siguiente afirmación:
Por lo que respecta a la clase obrera, las
diferencias de edad y sexo pierden toda
significación social. No hay más que instrumentos de
trabajo, cuyo coste varía según la edad y el sexo
Asimismo, al responder a las
acusaciones que se hacen en cuanto a las
pretensiones del comunismo de querer abolir la
familia y de establecer la comunidad de las
mujeres, se plantea que para el burgués, su
mujer no es otra cosa que un instrumento de
producción razón por la cual teme que las mujeres
también corran la misma suerte de la socialización.
De ahí que reclamar del
Manifiesto un tratamiento particularizado sobre el
problema de la opresión de la mujer, al estilo
y exigencias de las posiciones feministas,
puede constituir un intento de restarle la
identidad y sustantividad que merece el problema,
dentro de las relaciones esenciales que peculiarizan
al capitalismo, así como la prioridad que tiene el
enfoque clasista y la importancia de la lucha de
clases. Tal como ha señalado Ellen Meiksins, este
sistema social puede admitir y promover el
florecimiento de la sociedad civil y las más
irrestrictas expresiones de la otredad o lo
diferente, pero hay una desigualdad que es un
tabú intocable, y que no se puede atacar:
la desigualdad de clases.
En cuanto a Marx y Engels, no
se puede obviar que ellos apreciaron la necesidad de
develar que la explotación capitalista no radica en
la esfera del comercio o la distribución, como se
afirmaba hasta entonces, sino en la condición
del propio trabajo asalariado, capaz de crear
valores superiores al costo de la fuerza de
trabajo, que es lo que realmente vende el
trabajador. Por tanto, si aquí radica la causa de
toda explotación y la fuente de obtención de
plusvalía de los burgueses, es lógico que ellos se
concentraran en la argumentación de dicha tesis y no
se detuvieran a enfatizar sobre la situación
particular de la mujer, que no fue ignorada en
absoluto en el Manifiesto ni en el resto de su obra,
en la cual se hallan abundantes referencias a este
problema.
Conviene recordar que en
La Ideología Alemana, escrita antes de
1848, ambos científicos al referirse a la primera
forma de propiedad, la tribal, señalaron que su
primer germen, su forma inicial se manifestó en
el seno de la propia familia, donde la
esclavitud ya latente en ella, aunque
rudimentaria, implicaba una forma de propiedad, en
tanto suponía la esclavitud de la mujer y los hijos
hacia el marido, quien como dueño de aquellos podía
disponer de su fuerza de trabajo y de sus propias
vidas.13
Con posterioridad, Engels
también aludiría al tema de la supeditación de la
mujer al hombre, sobre todo en El origen de la
familia, la propiedad privada y el Estado, donde
pueden hallarse múltiples referencias a dicho
problema: desde su apreciación sobre la derrota
histórica que significó para la mujer la sustitución
del derecho hereditario materno por el del derecho
hereditario del hombre14 y la privatización del
cuidado del hogar, que al perder su carácter
público la convirtió en la criada principal de
la casa15, hasta sus planteamientos en torno al
conflicto entre los sexos que significó el
surgimiento de la monogamia, donde el primer
antagonismo de clase que se apreció en la sociedad,
fue el que tuvo lugar entre los sexos al interior de
la familia, y por lo tanto, la primera forma de
explotación la del sexo femenino por el masculino.
Igualmente, en 1880 Engels
califica de magistral la crítica que hace
Fourier acerca de la forma burguesa de las
relaciones entre los sexos y de la posición de la
mujer en la sociedad burguesa, a lo cual agrega:
El es el primero que proclama que el grado
de emancipación de la mujer en una sociedad es
la medida de la emancipación general17. Valoración
que evidencia la importancia que concedía Engels
al tema de la opresión femenina y la
significación de su eliminación como condición
para la desaparición de toda explotación.
Marx y Engels se movieron
en el plano de las esencias y a la
demostración de la esencia explotadora del
capitalismo dedicaron mucho tiempo y espacio
de sus vidas. El Manifiesto Comunista es uno de
los ejemplos, donde quedaron expuestas las tesis
fundamentales que desde el punto de vista
teórico debían orientar y conducir las
acciones del proletariado en pos de su
emancipación definitiva. Esencia explotadora que no
se ha modificado, aunque el modo en que se
manifieste puede asumir nuevas formas y los sujetos
empíricos muestren diferencias de acuerdo a la
coyuntura y lugar históricos de que se trate, lo
cual incluye las existentes entre los sexos,
etnias, culturas, y otras características similares.
Respeto el criterio de quienes
consideran necesario privilegiar la ponderación de
la inequidad que sufre la mujer, por cuanto ella
puede subsistir aun cuando se logre la igualdad
social y de derechos. Sin embargo, no es menos
cierto que sin la igualdad social, no es
posible aspirar a eliminar la inequidad, la cual
solo se alcanzará cuando desaparezca la explotación
del trabajo asalariado y se establezcan relaciones
económicas basadas en la distribución comunista, es
decir, donde cada cual aporte según su capacidad y
reciba según su necesidad.
Muchos años después, en su
Crítica del Programa de Gotha, Marx argumentaba
que la sociedad que brotaría de la sociedad
capitalista, tras un largo y doloroso alumbramiento,
habría de padecer todavía los defectos inevitables
de la injusta distribución acorde al trabajo
realizado, sin tener en cuenta las diferencias
individuales. Tal sociedad presentaría todavía en
todos sus aspectos, en el económico, en el moral y
en el intelectual, el sello de la vieja sociedad de
cuya entraña procede18, lo cual, por supuesto,
también atañe a la supeditación de la mujer al
hombre.
Por supuesto, ello no quiere
decir que nos crucemos de brazos y no tratemos de
luchar por eliminar tales inequidades, aun cuando no
hayamos arribado a ese estadio de la sociedad;
batalla que siempre favorecerá a la mujer, quien,
además, no puede dejar de ser su protagonista
principal. Pero coincido con García Pastor, en
cuanto al peligro de privilegiar el enfoque
de género en la lucha por la liberación de la
mujer, haciendo abstracción de la lucha de clases
contra aquellas que detentan el poder económico y
político en la sociedad capitalista, verdaderas
responsables de la explotación, la exclusión y la
llamada feminización de la pobreza19
Si bien la opresión de la
mujer constituye un problema de medular
importancia que no debe obviarse en los
análisis filosóficos, sociológicos,
políticos o de cualquiera de los saberes
humanísticos, acerca de la desigualdad
social, considero que en dependencia del
nivel de generalidad y de la perspectiva desde la
que se aborde, así como de los objetivos que se
persigan, ocupará mayor o menor espacio y
constituirá o no el objeto central de su
ponderación. Tal vez esto pudiera ser válido a
la hora de enjuiciar no solo el Manifiesto
Comunista, sino otros programas revolucionarios
que no se han detenido en la exposición detallada de
la situación de la mujer o de otras formas de
desigualdad e inequidad. O ¿habrá que someter
también a esta crítica a La Historia me Absolverá
y reclamarle a Fidel Castro porque no se refirió de
manera especial a la eliminación de las
condiciones desfavorables de las mujeres
cubanas entre los objetivos esenciales de su
programa de lucha?
Por supuesto que yo no lo
considero así, porque entre otras cosas, aprecio,
hoy más que nunca, la vigencia y actualidad del
principio táctico enunciado por Marx al criticar
el Programa de Gotha, cuando afirmara en
1875: Cada paso de movimiento real vale mas
que una docena de programas20.
1 Ver, entre
otros, Boron, Atilio, (2003) Tras el Búho de
Minerva, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana,
P. 40-47. Belluci, Mabel y Vivian Norman (1998) Un
fantasma recorre El Manifiesto. Es el fantasma del
feminismo, Buenos Aires, mimeo; Rowbotham, Sheila
(1998) Dear Mr. Marx.
A Letter from a
Socialist Feminist, en The Communist Manifesto Now.
The Socialist Register, Londres, Merlin Press;
Sasoon (1996),
One Hundred Years
of Socialism, Nueva York, The New Press, P.
407-412.
2
Wollstonecraft, Mary (1975), A Vindication of the
Rights of Woman, Nueva York y Londres, Norton &
Co., citado por Atilio Boron, (2003) en Tras el
Búho de Minerva, Ciencias Sociales, La Habana,
P.42.
3 Gouges, Olympe
de, Declaration des droits de la femme et de la
citoyenne, reprinted in Akuclert, Hubertine
(1908) Le vote des
femmes, V. Girard and E. Briere, París, citado por
Andrea Nye, (1988) Feminist Theory and the
Philosoophies of Man, Routledge, New York, London,
P.9- 11.
4 Boron, Atilio
(2003), Obra citada, P. 44
5 Ibídem, P. 40
6 El
Manifiesto es simplemente una declaración pública de
un programa político, una urgente y dramática
convocatoria a la acción en un momento, como la
crítica coyuntura de 1848, en que las perspectivas
de una revolución mundial lograron perfilarse como
nunca antes y como nunca después, Meiksins Wood,
Ellen
(1998), The
Comunist Manifesto 150 Years Later, New York,
Monthly Review Press, P. 89, Citado por
Boron, Atilio,
Obra citada, P.48.
7 Engels,
Federico, (1973) Prefacio a la segunda edición rusa
de 1882 del Manifiesto Comunista, en Marx, Carlos y
Engels, Federico, O. E., Tomo I, Progreso, Moscú, P.
101.
8 Engels,
Federico (1973) Del prefacio de F. Engels a la
edición alemana del Manifiesto Comunista, Obra
citada, P. 105
9 Engels,
Federico (1973) Nota de F. Engels a la edición
inglesa del Manifiesto Comunista de 1888. Obra
citada, P. 111 (Aparece en nota al pie de página)
Pero en el propio Manifiesto, Marx afirma: La
burguesía ha despojado de su aureola a todas las
profesiones que hasta entonces se tenían por
venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico,
al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al hombre
de ciencia, los ha convertido en sus servidores
asalariados. Ibídem, P. 113.
10 Marx, Carlos
y Engels, Federico (1973) Manifiesto Comunista, O.
E., T. I, Progreso, Moscú, P. 117-118.
11 Ibídem, P.
126.
12 Meiksins Wood,
Ellen (1995) Democracy Against Capitalism. Renewing
Historical Materialism, Cambridge, Cambridge
University Press.
Citado por
Atilio Borón, Obra citada, P. 46.
13 la
propiedad, cuyo primer germen, cuya forma inicial se
contiene ya en la familia, donde la mujer y los
hijos son los esclavos del marido. La esclavitud
todavía muy rudimentaria, ciertamente, latente en la
familia, es la primera forma de propiedad, que, por
lo demás ya aquí corresponde perfectamente a la
definición de los modernos economistas, según la
cual es el derecho a disponer de la fuerza de
trabajo de otros, Carlos Marx y Federico Engels
(1973), La Ideología Alemana, Obra citada, P. 31.
14 Engels,
Federico, (1973) ) El origen de la familia, la
propiedad privada y el Estado, O. E., Tomo III,
246-247
15 En el
antiguo hogar comunista, que comprendía numerosas
parejas conyugales con sus hijos, la dirección del
hogar, confiada a las mujeres, era también una
industria socialmente tan necesaria como el cuidado
de proporcionar los víveres, cuidado que se confió a
los hombres. Las cosas cambiaron con la familia
patriarcal y aún más con la familia individual
monogámica. El gobierno del hogar perdió su carácter
público. La sociedad ya no tuvo nada que ver con
ello. El gobierno del hogar se transformó en
servicio privado; la mujer se convirtió en la criada
principal, sin tomar ya parte en la producción
social , Ibídem, P.
261
16 Ibídem, P.
253-254
17 Engels,
Federico, (1973) Del socialismo utópico al
socialismo científico, Obra citada, P. 128.
18 Marx, Carlos
(1973) Crítica del programa de Gotha, O. E. T. III,
Progreso, Moscú, P. 14.
19 García
Brigos, Jesús (2004) Movimientos sociales y
representación política. Una reflexión. Revista
Pasado y Presente, Siglo XXI, México. Citado por
Regla M. Aguila, en Comportamiento político del
movimiento indígena en Ecuador (2000-2005), Tesis en
opción al título de Máster en Ciencia Política,
marzo del 2008.
20 Marx, Carlos
(1973) Carta a W. Bracke, O. E. T. III, Ibídem, P.
8.
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