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Ha dejado de existir Occidente
como realidad y como concepto
por José Carlos García Fajardo*
El silencio que precede
No existe la decadencia de Occidente.
Lo que ha dejado de existir es el Occidente como
realidad y como concepto. No es nuevo el
imperialismo económico que EEUU trata de convertir
en político. Para quienes apostamos por una
mundialización sostenida por una conciencia
planetaria, se vislumbra la luz generadora de un
nuevo amanecer.
Ante los desbarajustes sociales
y económicos, producidos por un modelo de desarrollo
que idolatra al mercado, muchos se preguntan si el
caos no viene precedido por la decadencia de
Occidente. Creo que tal decadencia no existe, lo que
ha dejado de existir es el Occidente como realidad,
y aún como concepto. Todos estamos interrelacionados
y somos responsables unos de otros, y no sólo
dependientes.
No es nuevo el imperialismo
económico que EEUU trata de convertir en político
con su retirada de los Tratados Internacionales y su
violación de los derechos fundamentales para todos
como sistema despreciando la soberanía de los
Estados que arbitrariamente condena como hostiles a
su política.
El arbitrio del Príncipe como
fuente de Ley fue constante en la historia de la
humanidad. Fue la conducta de los sátrapas
orientales, de los emperadores occidentales, de los
Papas autócratas y de todos aquellos que no
consideraron al pueblo como auténtica base de la
soberanía que delegaba el poder temporalmente para
actuar en beneficio de la sociedad.
La política nace en Atenas
cuando Pericles era el alma de Grecia. La
participación de los ciudadanos era la clave del
sistema. Roma decayó moralmente cuando abandonó las
instituciones republicanas para reforzar el poder
del Imperator y ser más eficaces en la conquista del
orbe.
No fue extraño que la
concepción teocrática del poder en que sucumbió el
mensaje cristiano de la fraternidad universal,
degradase las conquistas de la mente reflejadas en
el derecho para equipararse a la política teocrática
de los Califas para extender el Islam. Su concepción
del mundo ha sido el paradigma de los halcones de
Washington: concebían el mundo dividido en dhar al
Islam y dhar al Harb, mundo sometido y mundo para
conquistar. Bush dividió al mundo en Orbe Americano
y Orbe de las demás Tierras (Orbis romanus et Orbis
terrarum).
El concepto de mundialización
es tan antiguo como la razón de la fuerza sobre la
fuerza de la razón. Si pobre es el que codicia
demasiado, bárbaro es el que no tiene noción de la
mesura: desde los bárbaros mongoles o las acometidas
tártaras hasta los imperios que siguieron a la
absurda teoría del derecho divino de los reyes.
El concepto de mundialización,
en cada época se corresponde con su concepción del
mundo y con el alcance de su fuerza apoyada en las
tecnologías del momento para acaparar materias
primas, recursos y más locura en su carrera hacia la
desintegración del sistema, por alienación de los
ciudadanos. Es la desazón de la velocidad dentro de
un laberinto.
Pero el pueblo no sufre
eternamente. Al poderío hegemónico de romanos,
musulmanes, eslavos, germanos, francos, españoles,
turcos, anglos y norteamericanos sucederá una
verdadera convulsión cuyos signos analizan los
estudiosos de la enajenación de los actuales
imperantes. Ante el ensordecedor silencio de sus
ciudadanos embobados por el panis et circenses;
cuando no lo era por el alienante concepto de una
recompensa ultraterrena, más lacerante cuando no iba
apoyada en la justicia, en el amor y en la felicidad
de saberse responsables solidarios unos de otros.
Los auténticos sabios de las
más grandes tradiciones coinciden en que el sentido
del vivir es la plenitud de saberse universo en una
gota de rocío. De ahí el ser nosotros mismos, no
dejar escapar el instante, estar a lo que estamos,
hasta la suprema sabiduría de poder expresar con
nuestra palabra o con nuestro silencio Sancho, yo
sé quién soy.
De ahí que el imperialismo que
padecen miles de millones de seres, no aporte más
novedad que los avances tecnológicos. La enajenación
por el poder del tener sobre la conciencia de ser se
anuncia como una implosión regeneradora, porque ha
alcanzado la linde del no-retorno. Cuando se ha
perdido el sentido de la vida y se entiende que no
hay nada que perder, muchas personas se hacen bomba
que camina y se arrojan en el terror como expresión
de su protesta.
No es el desastroso
imperialismo de los actuales sátrapas que acogotan a
millones de personas con hambre, enfermedad, guerra,
marginación, soledad y desarraigo lo que constituye
la clave de esta bóveda que agobia. Es el nuevo
concepto de Imperio como un magma de poder difuso
cuyo centro está en todas partes, pero su
circunferencia en ninguna.
Para quienes apostamos por otra
mundialización alternativa, sostenida por una
conciencia planetaria, se vislumbra la luz
generadora de un nuevo amanecer, más humano, más
justo y armonioso con la riqueza de convertir el
tiempo en un espacio que definimos con nuestra
presencia. De ahí que la ética mundial exija una
nueva mentalidad, una conciencia planetaria que nos
haga recuperar el sentido de las cosas, de las
personas y de nosotros mismos. La llamaremos
armonía, justicia y solidaridad, dentro de una
experiencia general de libertad.
*
Profesor
Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM)
fajardoccs@solidarios.org.es
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