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Donde vive aún el marxismo
por Jorge Majfud
Parte
I: El fracaso del marxismo
Recientemente un
grupo de investigadores españoles llegó a la
concusión que la extinción de los neandertales hace
más de veinte mil años esos gnomos y enanitos
narigones que pululan en los cuentos tradicionales
de Europa se debió a una inferioridad fundamental
con respecto a los cromagnones. Según José Carrión
de la Universidad de Murcia, nuestros antepasados
homo sapiens poseían una mayor capacidad simbólica,
mientras los neandertales eran más realistas y por
lo tanto inferiores como sociedad. Nadie creería hoy
en los mitos de aquellos abuelos nuestros, no
obstante su utilidad se parece a la del geocentrismo
ptolomeico que en su época sirvió para predecir
eclipses.
Según una primitiva
visión darwiniana propia de los neoconservadores
antidarwinianos, el mundo sigue siendo una
competencia entre neandertales y cromagnones. Sólo
sirve ganar, porque nuestros valores son
superiores, ya que son los valores de Dios. Otros
pensamos lo contrario: este tipo de dinámica no
podría llevar al éxito de los cromagnones sino a la
extinción de ambos contendientes bajo la lógica
arbitraria de Superman, según la cual los buenos
somos nosotros y por eso debemos aniquilar a los
malos. Hay una diferencia con nuestros tiempos: no
estamos totalmente en aquella prehistoria y, si
suscribimos mínimamente un posible progreso de la
historia según los valores del humanismo, podemos
interpretar que estas leyes darwinianas no se
aplican en crudo en la especie humana o la cultura
de cooperación y solidaridad es parte de la misma
selección natural que ha superado el estado
cavernícola.
No obstante todavía
quedan en pié algunos principios de aquella época.
Por ejemplo, la fortaleza que confiere una creencia
sólida, sin importar su veracidad. Así se levantaron
todos los imperios como el romano, el islámico y los
subsiguientes europeos y americanos. Alguno de ellos
tenía que estar teológicamente equivocado, pero
todos tuvieron éxito gracias a algún tipo de
fanatismo mesiánico. Así también se hundieron.
Si los antiguos mitos
totémicos favorecieron a unas tribus sobre las
otras, los modernos mitos sociales discriminan de
forma más compleja favoreciendo a clases sociales,
grupos o sectas financieras, intereses nacionales y
a veces raciales, etc.
Veamos un ejemplo
contemporáneo. No hace mucho alguien me señalaba con
inconmovible obviedad la derrota del marxismo en el
mundo.
¿Por qué piensa
usted que el marxismo ha fracasado? pregunté.
Basta con ver lo que
ocurrió en la Unión Soviética y en los países
socialistas y con terroristas como Che Guevara.
Este señor nunca
había leído un solo texto de Marx o de sus
continuadores, pero había visto mucha televisión y,
sobre todo, había recibido algunos cursos sobre
lucha antisubersiva, así que estaba dotado de una
docena de lugares comunes sazonados con la
elocuencia de la repetición.
En realidad, sacar a
un país analfabeto de la periferia y convertirlo por
varias décadas en potencia mundial no parece un gran
fracaso comenté de puro contra, a pesar de mi
profundo desprecio por los tiempos de Stalin y sus
consecuentes.
La lucha de clases,
por ejemplo, es un acto criminal.
Del todo de acuerdo.
Sobre todo porque existe. Aunque ahora no se trate
de princesas de sangre azul y campesinos criminales
con cara de sapo.
Claro que ver a la
Unión Soviética como el marxismo puesto en práctica
es una arbitrariedad de propios y ajenos. De haber
vivido Marx por entonces y en aquella tierra,
igualmente hubiese sido exiliado a Inglaterra. No
porque Inglaterra fuese un imperio bondadoso sino
porque era un imperio arrogante, como todo imperio,
que nunca se sintió amenazado por los intelectuales.
Lo cual era una considerable ventaja para alguien
que debía escribir un análisis histórico como El
Capital para ser leído y discutido por los
siglos por venir, aún cuando la Unión Soviética y el
Imperio Británico hubiesen desaparecido.
Pero aún si
asumiésemos que el marxismo ha fracasado como
organización política eso no quiere decir que el
marxismo haya fracasado como corriente de
pensamiento y de acción social. Paradójicamente,
donde más vivo está hoy en día el marxismo es en las
universidades norteamericanas, donde, de una forma o
de otra, se lo usa como uno de los más recurrentes
instrumentos de análisis de la realidad. De esa
realidad que no quieren ver los realistas
neandertales. Y no se puede decir que estos centros
viven en las nubes porque, aún medido según los
valores tradicionales de los pragmáticos hombres de
negocios, son estas universidades a través de sus
diferentes rubros los centros económicos que directa
e indirectamente dejan al país astronómicas
ganancias económicas, sin contar cada uno de los
inventos, sistemas e instrumentos contemporáneos que
se usan en los rincones más remotos del planeta,
para bien y para mal.
Dejando de lado este
detalle, bastaría con situarse en el siglo XVIII o
en el XIX para darse cuenta que eso que llaman
marxismo no ha fracasado sino todo lo contrario.
(Claro que el marxismo inspiró barbaridades. Pero
los bárbaros y genocidas se inspiran de cualquier
cosa. Si no pregúntenle a cualquier religión si en
su historia no tienen toneladas de perseguidos,
torturados y masacrados en nombre de Dios y la
Moral.) Sin la herencia del marxismo, el pensamiento
actual, aún el antimarxista, se encontraría desnudo
y perdido en el mundo del siglo XXI. Y no sólo le
pensamiento. Una buena parte de los logros y del
reconocimiento de las igualdades de los oprimidos
de la humanidad oprimida fueron acelerados por
esta corriente radical, desde las exitosas luchas
sociales en el siglo XIX por los derechos de los
obreros, por el combate de la esclavitud en América
y la de campesinos en las venenosas factorías de la
Revolución Industrial en Europa, por los derechos
igualitarios de la mujer hasta la rebelión de los
pueblos colonizados en el siglo XX. Todas revisiones
y reivindicaciones que se continuaron con éxito
relativo y siempre precario en el siglo XXI hasta
olvidar que en su momento fueron combatidas como
propias del Demonio o de subversivos resentidos, no
pocas veces condenados por esa voz del pueblo
hecha por el sermón a medida del interés de una
minoría en el poder.
Algunos intelectuales
de derecha han publicado que todos esos progresos
humanistas se lograron gracias al buen corazón de
los hombres y mujeres de fe religiosa. No obstante,
sus iglesias e instituciones no sólo estuvieron
históricamente allí, condenando estas luchas de
liberación como corrupciones inmorales del
progreso, justificando represiones y matanzas
durante los tiempos de barbarie sino que además sus
esferas de acción casi siempre tenían sus centros en
el poder mismo, no para criticarlo sino para
legitimarlo. Lo cual no es una condición natural de
ninguna iglesia en particular, sino una de esas
plagas que transmiten los humanos en cualquier otra
esfera social, tal como lo revelan los pocos
Evangelios que nos quedaron.
Por otro lado, el
rechazo epidérmico a la tradición del pensamiento
marxista tampoco se debe únicamente a un aparente
ateísmo, ya que los Teólogos de la liberación
demostraron que se puede creer en Dios, ser
cristiano y al mismo tiempo suscribir con coherencia
un pensamiento marxista o, al menos, progresista de
la historia. De hecho podemos entender el
cristianismo primitivo como un humanismo radical,
opuesto a las estructuras jerárquicas y políticas
del cristianismo posterior, surgido bajo la
bendición y a la medida política del emperador
Constantino.
Hasta ese momento, el
cristianismo nacido de un subversivo condenado a
muerte, llevaba tres siglos de derrotas y
persecución por parte del Imperio. Pero también tres
de sus mejores siglos, antes del espectacular
éxito político del año 313.
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