Los filibusteros* de la
Sobremodernidad
por Héctor Valle

Los filibusteros de la sobremodernidad son aquellos que además de lucir durante el día  camisas y trajes de afamadas marcas e exclusivos sastres, y  por la noche cubrir sus cabezas con gorros de lana y sus torsos con buzos -donde es dable ver figuras de cangrejos, merluzas como de marcas famosas, que suelen introducirse al amparo de venales, por laxos, controles-, llevan la duplicidad no sólo en sus máscaras sino también y especialmente en su propia interioridad.


Entre esos seres, los filibusteros, hay algunos que gustan también -cuando la luz del sol parece otorgarles un aire humanista a la vez que de aparatosa responsabilidad planetaria-, escribir talenteando respecto de cuestiones históricas y de cómo, bajo su verbo cargado de un supuesto saber, debe entendérselas.

 

De esta manera, entonces, es que debe entendérseles en su bifronte actitud ante la vida cuando les cupo en suerte, laborada desde la traición como desde la mentira, haber ejercido importantes funciones públicas en sus respectivas sociedades de este nuestro mundo globalizado.

 

Estos autoproclamados integrantes del Olimpo donde supuestamente moran los guías del mundo globalizado: los escribas que dan letra a los parias que presumen de gobernarlo -haciendo abstracción de todo ejercicio de conciencia crítica-, olvidan su hacer nocturno cuando se trata de juzgar al otro, por ejemplo a los que supuestamente perdieron batallas ideológicas.

 

Por otro lado, bueno es el entender lo que nos presenta el antropólogo francés Marc Auge, al hablarnos respecto de la sobremodernidad.

 

Sobremodernidad

Auge nos propone que a través del neologismo “sobremodernidad” intentemos pensar conjuntamente, nos dice, los dos términos de una paradoja, a saber: la coexistencia de las corrientes de uniformización y de los particularismos.

 

Dice Auge, seguidamente: “La situación sobremoderna amplía y diversifica el movimiento de la modernidad: es signo de una lógica del exceso y, por mi parte, estaría tentado a mesurarla a partir de tres excesos: el exceso de información, el exceso de imágenes y el exceso de individualismo, por lo demás, cada uno de estos excesos está vinculado a los otros dos.”

 

Pero dice más, robusteciendo en el sentido de dar mayor soporte de credibilidad a esta lectura crítica de una faceta más pero nada menor de lo que nosotros entendemos por “ideología del presente”, lo que sería casi igual a decir: “ausencia de visión histórica”.

 

Agrega, entonces, Marc Auge estas palabras: “El exceso de información nos da la sensación de que la historia se acelera. Cada día somos informados de lo que pasa en los cuatro rincones del mundo. Naturalmente esta información siempre es parcial y quizá tendenciosa: pero, junto a la evidencia de que un acontecimiento lejano puede tener consecuencias para nosotros, nos refuerza cada día el sentimiento de estar dentro de la historia, o más exactamente, de tenerla pisándonos los talones, para volver a ser alcanzados por ella durante el noticiero de las ocho o durante las noticias de la mañana.”

 

Habla Auge, creo yo, de la tribiliazación de la información, desde el emisor hasta el propio receptor de la misma. Lo que es casi como decir que en el mundo, día a día o, si me permiten, noticia a noticia, los humanos vamos dejando jirones de criticidad, de conciencia reflexiva, crítica y por tanto, moral, en aras de colocar nuestros ojos y nuestros oídos en los receptáculos que emiten informaciones, y así permitimos que se nos convierta en consumidores-usuarios, abstrayéndonos, es decir, renunciando, a permanecer como seres humanos responsables, sea de nuestra comunidad, como así también del mundo del que todos, ciertamente todos, somos corresponsables.

 

A los fines de esta exposición, terminaré la cita del antropólogo francés, con estas palabras, que siguen a las anteriores: “El corolario a esta superabundancia de información es evidentemente nuestra capacidad de olvidar, necesaria sin duda para nuestra salud y para evitar los efectos de saturación que hasta los ordenadores conocen, pero que da como resultado un ritmo sincopado a la historia.”

 

El filibustero sobremoderno

Con esta, o desde esta, escenografía del mundo actual, los filibusteros se regodean y actúan prescindiendo de todo análisis histórico al asumir como propia, por conveniente, la ideología del presente.

 

Con ellos, y por ello, sus ayudantes permanecen sumisos operando en mérito a lo que el patrón del lugar, el filibustero y sus medios operativos y lucrativos, les deja consumir en mendrugos o migajas y así aquellos, noticia a noticia, robo a robo, continúan su movilidad de estar erguidos a terminar movilizándose en cuatro patas.

 

El asunto es permanecer a la sombra de aquel y en beneficio de uno mismo. Aunque así vayan feneciendo como seres humanos a la vez que perdiendo día a día toda posibilidad de obtener una independencia tanto operativa como especulativa en sus vidas como en las de los suyos.

 

Ser un colaborador de filibustero tiene este aciago destino: el que llega un punto en el que su horizonte es el adoquín de la acera de enfrente. Han perdido toda posibilidad de ser humanos y libres.

 

En tanto que los filibusteros, ellos y sus hijos, continúan con su angurria de poder cosificador, simulando no tener mayores bienes y poderes, luego así el dotar a sus existencias de una aparatosa discreción –con el permiso del creador de la expresión: Jorge Luis Borges-, esconden de día el poder que les da el medrar por la noche.

 

Son las mismas alimañas que a lo largo de la historia van dejando a su paso la sola y penosa estela de la baba que, en su sinuoso reptar, el corpus innoble de su eticidad va lastrando en el camino que recorren.

 

¿Éxito o Fracaso?

¿Qué y hasta dónde se comprende y mide el éxito? ¿Qué es, por contrapartida, y desde dónde o cuándo, lo que se entiende por fracaso?

 

Luego: ¿qué temporalidad damos o nos damos para mensurar tales extremos?

 

O sea, ¿Es posible medir, con visos de certidumbre, un éxito o un fracaso en el orden cronológico de una vida –por caso la nuestra-, o debe inferirse que, para bien definirlo, debiera dársele una temporalidad del orden de un tiempo social, digamos superior a, por lo menos, 35 años?

 

En cuyo caso, si tomamos por ejemplo el Mayo Francés de 1968, ¿a qué conclusión podríamos arribar hoy a 40 años de tales sucesos?


El Mayo Francés del 68

Resulta pasmoso el observar cómo y con qué descaro, estas alimañas que tanto daño hicieron y tanto delito promueven desde sus ámbitos o feudos de poder –donde las oscuridades de la propia maleza burocrática, en sus estamentos como en sus despliegues normativos, alienta por dejar claros que aquellos utilizan, logrando así ampararse en las groseras ausencias de controles operativos-, se atreven alegremente a pontificar, pluma en mano, en pro de lo que entienden justo y noble para el mundo.

 

Ellos: los hacedores de detritus humanos; cosificadores de una razón que por tal accionar se vuelve patológica, casi esquizoide, hasta podríamos presuponer.

 

Sucede, también, que en algún caso por lustros, como en otros por decenios, merced a la servidumbre voluntaria evidenciada por actores políticos y sociales, muchas veces también, huelga decirlo, nosotros: los mismos ciudadanos, se les ha ido cediendo; les hemos ido cediendo, parcelas y parcelas de poder, comenzando por nuestra propia y personal responsabilidad social.

 

Por esta razón, pues, es que los filibusteros se han visto robustecidos por “giladas” (modo en que alguno de ellos denominaba a sus huestes) que los apoyaron –los apoyamos- por tales períodos increíblemente extensos de tiempo cronológico como social -si lo medimos en el tiempo dado por las gentes, por nosotros, a partidos políticos en el ámbito de la democracia electoral-, sin cobrarles responsabilidades en tanto tampoco supimos reasumir, a tiempo y en tiempo, las nuestras.

 

Hora es, creo yo, no sólo necesario el reconocerlo, como lo hemos hecho; no sólo de dar cada quien un paso al frente, en el sentido crítico y literal del término, sino que también ahora y mañana, denunciemos tamaña tropelía de quienes escudados por feudos de poder fáctico, operativo, por cadena de complicidades, no sólo continúan robando y medrando en la noche moral de los suyos sino que -¡OH, descaro!- se atreven a pontificar.


Que lo hagan, entonces, pero nosotros les estaremos apuntando con nuestro dedo índice, cada quien desde su esfera de acción.

 

Hay quienes también para ampararse desde su supuesto saber en la respetabilidad de otros, utilizan a celebridades tales como el famoso y excelente escritor y poeta mexicano Octavio Paz, ese estupendo literato que, lamentablemente, también estuvo demasiado tiempo a la vera de los poderosos de su país, por más que en determinadas ocasiones, como en el año de 1968 y ante una masacre perpetrada por el gobierno mexicano de entonces, tuviera Paz la digna actitud de renunciar al cargo de Embajador en la India.

 

Que ser escritor y a la vez ser un intelectual crítico, un intelectual orgánico, vamos, a veces no es, necesariamente, la misma cosa, aunque aquel, el escritor haya tenido como tuvo el magnífico Octavio Paz, además de una pluma de oro, actitudes puntuales de dignidad republicana.

 

Un intelectual orgánico es, en todo tiempo y en todo lugar, un ser éticamente comprometido con el diferente, con los de a pie y por ello, en una relación tensa y severa con el poder de turno. Así éste sea también crítico.

 

Ejemplos hay, vaya si los habrá, en nuestra circunstancia sudamericana. Por ejemplo, podemos citar a nuestro José Enrique Rodó, como a Carlos Vaz Ferreira, Arturo Ardao y el propio Carlos Quijano, como asimismo a Raymundo Faoro y tantos otros y otras.

 

Respecto del Mayo Francés del 68, quizá sea prudente rescatar parte del pensamiento del sociólogo italiano Giovanni Arrighi que no sólo habla al respecto sino que lo emparenta con lo que el éxito o el fracaso significan e implican, dependiendo desde dónde y a partir de qué bases temporales se lo circunscriba, como arriba indicáramos.

 

Dice Arrighi, por ejemplo: “Tan sólo ha habido dos revoluciones mundiales. La primera se produjo en 1848. La segunda en 1968. Ambas constituyeron un fracaso histórico. Ambas transformaron el mundo. El hecho de que ninguna de las dos estuviese planeada y fueran espontáneas en el sentido profundo del término, explica ambas circunstancias: el hecho de que fracasaran y el hecho de que transformaran el mundo. Celebramos el 14 de julio de 1789, o al menos algunos lo celebran. Celebramos el 7 de noviembre de 1917, o al menos algunos lo celebran. No celebramos 1848 o 1968. Y, sin embargo, puede afirmarse que esas fechas son tan significativas, e incluso más, que las dos mencionadas y que suscitan tanta atención.”

 

Para agregar, a continuación, lo siguiente: “1848 fue una revolución a favor de la soberanía popular, tanto en el interior de la nación (sometida a la autocracia) como de las naciones (autodeterminación, la Volkerfruhling [la primavera de los pueblos]). 1848 fue la revolución contra la contrarrevolución de 1815 (la Restauración, el Concierto de Europa). Fue una revolución "nacida al menos tanto de las esperanzas como del descontento" (Namier: 1944, 4). No fue ciertamente la segunda edición de la Revolución francesa. Representó, por el contrario, un intento de cumplir sus esperanzas originales y de superar sus limitaciones; 1848 fue, en un sentido hegeliano, la superación (Aufhebung) de 1789.

 

Lo mismo puede afirmarse de 1968. Nació también de las esperanzas tanto como del descontento. Fue una revolución contra la contrarrevolución representada por la organización estadounidense de la hegemonía mundial a partir de 1945. Constituyó también un intento de cumplir los objetivos originales de la Revolución rusa y, por ende, un esfuerzo por superar sus limitaciones. Fue también, por tanto, una superación, una superación esta vez de 1917.”

 

En fin, que tan sólo agregaré, del estupendo ensayo del italiano, estas otras expresiones: “"Los legados de 1968: En este sentido podemos distinguir cuatro grandes cambios. Primero: aunque el equilibrio militar entre el mundo occidental y el bloque del Este no cambió de modo apreciable desde 1968, la capacidad de uno u otro bloque de vigilar e intervenir en el Sur se ha visto limitada. (...)”


”Segundo: los cambios que se produjeron en las relaciones de poder entre los grupos de estatus (los grupos de edad, de género y las minorías "étnicas"), lo cual fue una de las consecuencias más importantes de la revolución de 1968, han demostrado ser más duraderos que los movimientos que hicieron que se convirtiesen en objeto de atención mundial. Estos cambios se registran básicamente en los espacios ocultos de la vida cotidiana y, por tanto, son menos fáciles de discernir que los que se han producido en las relaciones de poder interestatales.(...)”


”Tercero: hay que afirmar, lo cual se halla estrechamente vinculado con el punto anterior, que las relaciones entre el capital y la clase obrera no han logrado restablecerse en los términos vigentes antes de 1968. (...)”

 

“Finalmente, en las décadas de los años setenta y ochenta, la sociedad civil se ha mostrado a grandes rasgos mucho menos receptiva a las órdenes de los detentadores (o potenciales detentadores) del poder del Estado de lo que lo era antes de 1968."

 

En suma, y respecto del 68, podemos asentir en mucho de lo arriba indicado como disentir en la definición misma de revolución.

 

Lo que no podemos, por impropio intelectual e históricamente, es ser ligeros y roturar de “fracaso” al mayo francés del 68, como si no hubiera traído consigo ninguna resultancia social, cultural y política consigo.

 

Vayan, pues, estas expresiones del italiano Arrighi, en apoyo a visiones históricas tan serias como ajustadas a la geocultura del mundo y sus variaciones.


Renunciar a reconocer la repercusión social del 68 en el mundo entero, sólo puede hacerlo quien ofende la razón y promueve el oscurantismo.

 

La arena de lo público y nuestra América del Sur

Por tanto, debemos ser sumamente cuidadosos al indicar como éxito o fracaso tal o cual evento social e histórico.

 

No podemos ser tan livianos como para resumir cual si fuera un partido de fútbol, resultados y conclusiones que hacen a un entramado de acciones políticas, sociales y culturales de profunda y vasta proyección histórica.

 

A fin de cuentas, sólo los filibusteros, con los arcabuces de la ignominia, pueden alentar escribir una historia que, convengamos sin hesitarnos, les será esquiva en reconocimientos y laudatoria en su condena que sólo podrán hallarse en pequeño tipo de letra y a pie de página.

 

Dejémoslos que recarguen sus mosquetes y gasten los últimos perdigones en el descampado donde moran los seres huecos.

 

Ocupémonos de la construcción de un mundo nuevo, por mejor y más solidario, porque no sólo es posible sino que su imaginación y forja nos es ineludible.

 

Observemos, así, la importancia que tiene para la democracia real, por participativa y dadora de sentido, el contar con hombres y mujeres, ciudadanos y ciudadanos que expresándose políticamente, den sí su apoyo a líderes y partidos.

 

Apoyo éste que deberá ser crítico, luego pasible de cambio toda vez que quien lo otorga, puesto que al darlo la persona no regresa al interior de su pequeña morada sino que permanece en la arena de lo público levantando sus brazos desnudos, no en busca de maná sino de justicia; de justicia social.

 

Al tiempo que también buscamos encontrar todas las vías constitucionales, legales y normativas para eliminar los resquicios donde los filibusteros sobremodernos, de ayer y de hoy, operan, evitando así que otros lo hagan a su vez el día de mañana.

 

Finalmente, debemos ofrecer, especialmente, nuestro concurso personal desde una militancia en la que se privilegie el acuerdo con el otro, al que deberá buscarse y encontrar, respetándole en su singularidad y así juntos laborar en pro de un porvenir para nuestras respectivas sociedades y naciones. Construcción ésta que, en democracia y desde esta latitud, refiere a su vez a una circunstancia mayor: nuestra América del Sur.

* Sinónimos: pirata, bucanero, corsario, contrabandista, forajido.

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