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Breve historia
de Barack Obama
Atípico. Más allá del color de su
piel, que lo convierte en el primer aspirante
presidencial negro en la historia de Estados Unidos,
Barack Obama tiene un pasado nada convencional. Pero
en su historia siempre prevaleció lo que es, para
muchos, su principal virtud: la audacia.
Unos 20 años atrás, en una aldea al
oeste de Nairobi, en Kenia, Sarah Obama, con su
falda floreada y un pañuelo en la cabeza, recibió
entre lágrimas a aquel nieto pródigo
al que no había visto jamás
Hoy, Barack Obama
recuerda la intensidad de su abuela, sus ojos
sonrientes y sus poderosos abrazos, capaces de
tumbar al suelo a cualquiera. A él le tendió la mano
y prefirió saludarlo a la americana: Halo !. Él
ya tenía preparado su saludo en la lengua de los
Luo, la tribu a la que pertenecen los antepasados de
Barack en Kenia. ¡ Musawa !, exclamó el nieto,
antes de entrar en la casa, ubicada en los suburbios
de Kogelo, al final de una polvorienta calle con
árboles de mango.
Para entonces, Barack
Obama andaba en los 26 años y ya había empezado a
trazar la senda de éxitos académicos que lo llevó a
graduarse con honores, como abogado, en la
Universidad de Harvard. Su visita a Kenia, la tierra
que vio nacer a su padre, había sido un sueño y a la
vez una tarea ineludible pospuesta una y otra vez,
hasta que llegó el día y el ansiado encuentro con su
abuela Sarah.
Hoy, ella tiene 85
años, sigue viviendo en la misma aldea y se ha
convertido en toda una celebridad en ese país ante
la posibilidad de que su nieto llegue a ser uno de
los hombres más importantes del planeta.
Parte de esta
historia se inició en 1959, cuando el padre de
Barack Obama llegó a Nueva York en un vuelo charter
como parte del primer grupo de kenianos que viajaba
a Estados Unidos gracias a una beca de estudios.
Solo dos años
después, Obama padre estaba casado y vio nacer a su
primogénito el 4 de agosto de 1961 en Honolulu,
Hawai, donde el progenitor cursaba estudios por
aquel entonces. Su madre, Ann Dunham, era una
estadounidense oriunda de Wichita, Kansas.
Pero la vida en
familia fue corta. Cuando Obama cumplió 2 años, su
padre lo abandonó para ir a estudiar Economía en
Harvard. Regresó a verlo una única vez, ocho años
después. Más tarde, retornó a Kenia a trabajar para
el gobierno del país africano.
Desde entonces, la
vida de Obama se convirtió en un ir y venir entre
Estados Unidos e Indonesia, donde vivió gran parte
de su infancia después de que su madre rehizo su
vida y se casó con un administrador de petróleo de
ese país, Lolo Soetoro, un ex estudiante
universitario que su mamá conoció en Hawai. En
Indonesia, Obama experimentó las duras realidades de
la pobreza del Tercer Mundo.
El abandono paterno
empezó a causar mella con más fuerza durante la
adolescencia de Barack en Hawai, la que estuvo
marcada por una destacada trayectoria escolar pero,
a la vez, por años de rebeldía y escarceos con las
drogas que él mismo ha reconocido.
Tras estos
antecedentes, quizá sea más fácil entender el
propósito de aquel viaje, dos décadas atrás, en el
que Barack Hussein Obama Barry para los amigos
llegó a rastrear las huellas esquivas de su padre:
era la manera de conjurar el fantasma del Viejo
Hombre, como suele llamarlo.
Tras la muerte de su
padre, quien falleció en un accidente de tránsito
(su madre también murió , víctima de un cáncer),
Barack sintió más que nunca el urgente llamado de la
sangre, la necesidad de saber más de su familia
paterna, encabezada por Sarah, tan cercana y tan
lejana a la vez.
Hasta que la abuela
Sarah no le contó toda la historia, y hasta que no
lloró ante la tumba paterna, no acabó de cerrarse el
círculo. Obama lo cuenta a corazón abierto en Sueños
de mi padre , el libro que lo consagró como escritor
antes que como político.
Un joven como
cualquiera
Su aventajada
inteligencia le confirió el derecho de estudiar con
becas en la Punahou School, una renombrada academia
privada de Honolulu.
Así, el niñito
regordete que coleccionaba historietas del Hombre
Araña y de Conan el Bárbaro se transformó en un
adolescente que escuchaba a Earth , Wind & Fire y al
saxofonista de jazz Groover Washington Junior; se
movilizaba en un viejo Ford Granada, jugaba golf y
póker, cantaba en un coro y colaboraba con el
periódico literario de su colegio.
Le encantaba el
basquetbol e integró el equipo que ganó el
campeonato en su último año en la secundaria.
Pero también tenía un
lado reflexivo que trataba de conciliar sus orígenes
raciales.
Su grupo de amistades
era muy diverso y él junto a otros dos estudiantes
negros se reunían semanalmente en lo que se conoció
como el rincón étnico de Punahou. Queríamos
compartir nuestras experiencias y aprender el uno
del otro. Además, era el único lugar donde nos
sentíamos seguros, dijo Tony Peterson, uno de los
integrantes del trío. Hablaban de las relaciones con
las muchachas de otras razas, de los estudios y,
probablemente, de si veríamos un presidente negro
algún día.
Peterson y otros
amigos de esa época dicen que Obama nunca habló de
los conflictos internos que reveló más adelante en
el libro dedicado a su padre, en el que profundizó
sobre los problemas relacionados con su identidad
racial y confesó el uso de drogas, incluidas
marihuana y cocaína, para tratar de olvidarme de
las interrogantes acerca de quién era realmente yo.
Una vez concluida la
secundaria, Obama cursó estudios en el Occidental
College de Los Angeles y en Columbia University de
Nueva York. Se graduó y desempeñó algunos oficios,
entre ellos uno como redactor de una publicación
financiera. Luego encontró un trabajo en otra
ciudad, donde cambiaría su vida.
Idealista en Chicago
Obama llegó a Chicago
en 1985 con un mapa de la ciudad y un empleo como
organizador comunitario. Tenía un sueldo modesto de
poco más de $10.000 anuales y dinero para comprarse
un Honda desvencijado.
El haber vivido en el
exterior lo ayudó a adaptarse al nuevo medio y a
solidarizarse con los desposeídos, según contó a la
agencia AP Gerald Kellman, la persona que lo
contrató para trabajar en un proyecto de desarrollo
comunal. Su misión fue organizar las parroquias
negras del South Side, un barrio sacudido por la
pobreza.
No tenía problema en
enfrentarse con los poderosos y en discutir sobre
cualquier tema, expresó Kellman. Cuando hablaba
con alguien en persona, se comportaba con mucha
corrección. Era muy bueno tratando de buscar
soluciones a conflictos.
Era brillante, pero
no lo abrumaba a uno con sus conocimientos,
recuerda Loretta Augustine-Herron, quien participó
con él en el proyecto comunitario. Explicaba las
cosas de modo que nadie se sintiera ofendido.
Obama comenzó a
escribir cuentos cortos basados en sus experiencias
en Chicago. Se los mostró a Kruglik, a quien le
impresionó la forma en que captaba el sentir de la
gente. No sé de dónde sacaba el tiempo y la energía
para eso, manifestó a AP.
En esos tres años
como activista comunitario, se hizo más pragmático y
fue cuando los pensamientos sobre su padre se
acrecentaron.
Pensaba que su padre
era muy idealista y que no había conseguido lo que
quería, narró Kellman. (Obama escribió luego, en su
libro, que su padre había sido un hombre
amargado).
Tras ser aceptado en
la Facultad de Leyes de Harvard, Obama se fue de
Chicago. Pero prometió que volvería.
Boston: la escalada
En Harvard era mayor
que el grueso de sus compañeros y entró en contacto
con una institución que forma a los miembros de la
élite del país: futuros jueces de la Corte Suprema,
magnates, senadores y presidentes.
Excompañeros y
profesores lo recuerdan como alguien de muy buen
juicio, un conciliador que podía ver los dos lados
de cualquier tema.
No era competitivo,
como la mayoría de los estudiantes, según uno de sus
profesores, Laurence Tribe, quien lo contrató como
asistente de investigación. No buscaba
reconocimientos sino resultados. A menudo dejaba que
otros se llevaran el mérito de algo que había hecho
él, contó.
Hubo dos momentos
claves en la vida de Obama en la universidad: cuando
conoció a otra estudiante, Michelle Robinson, con la
que más adelante se casaría y quien le daría dos
hijas, Malia y Sasha, y cuando fue elegido el primer
presidente negro del Harvard Law Review ,
probablemente la publicación legal más prestigiosa
del país.
No se vanaglorió en
ningún momento, afirmó Earl Martin Phalen, un
compañero de estudios, quien también es negro.
Estaba consciente del valor histórico y de que ese
nombramiento conllevaba responsabilidades. Tras
completar sus estudios, le llovieron ofrecimientos
de trabajos bien remunerados. Pero Obama tomó otra
dirección.
En la
senda política
Ingresó a la política
por el peldaño más bajo. Como militante de base,
peleó por preservar los trabajos en la deprimida
industria metalúrgica, por mejorar los servicios
públicos y por todo aquello que elevara el nivel de
vida de los pobres. Dirigió una campaña para enrolar
gente en las elecciones y dio disertaciones en la
Facultad de Leyes de Chicago.
Este joven que
golpeaba puertas y trataba de difundir su mensaje,
es quien hoy está haciendo historia como el primer
candidato negro a la presidencia por un partido
grande.
Es un paso gigante en
un recorrido que lo llevó desde exóticos rincones de
Hawai e Indonesia a un mundo privilegiado en
Cambridge, Massachusetts, a los barrios pobres de
Chicago y, finalmente, a los corredores del poder en
el Congreso.
Fue en Chicago donde
Obama aprendió a formar coaliciones, comprendió el
valor de negociar y la necesidad de superar
diferencias, factores que, asegura, lo ayudarán en
la Casa Blanca.
En 1996 fue elegido
senador estatal y se granjeó fama de persona
pragmática, capaz de llegar a acuerdos con otros
sectores.
Algunos legisladores
lo consideraron un tanto arrogante. Y su estilo
irritó a otros, ya que no usa la retórica típica de
los políticos negros. No faltó quien cuestionara su
identidad racial y dijera que no era lo
suficientemente negro.
Con tres años de
experiencia en la legislatura estatal, intentó
arrebatarle su banca al representante nacional
republicano Bobby Rush y sufrió una gran derrota en
el año 2000. Cuatro años después llegó al Senado
nacional, impulsado por la popularidad que le dio un
conmovedor discurso en la convención nacional
demócrata de ese año.
Parecía que todo lo
que tocaba se convertía en oro: publicó dos libros
muy vendidos, recibió dos condecoraciones por las
versiones grabadas de esos libros, apareció en las
portadas de revistas y fue invitado a numerosos
programas de televisión.
En febrero del 2007
se fijó otra meta ambiciosa: la candidatura
demócrata a la presidencia, que resultó una batalla
intensa de 16 meses agotadores, durante los que
movilizó a multitudes, recaudó $265 millones (una
suma sin precedentes), y venció a la ex-Primera Dama
Hillary Rodham Clinton, quien había arrancado como
la favorita.
Entretanto, al otro
lado del mundo, desde la humilde aldea de Kogelo,
entre las plantaciones de papaya, gallinas que
corretean por calles polvorientas y niños que
deambulan descalzos, la abuela Sarah había comentado
poco antes de que Obama se impusiera ante la
ex-Primera Dama: Puede que gane el mejor hombre o
puede que gane la mujer, admitió la anciana, quien
desde entonces según la prensa local sabía
muchísimo sobre Hillary Clinton. Pero mi nieto sabe
escuchar, y si le dan la oportunidad, créanme que
trabajará duro por Estados Unidos.
Y es que la abuela
hizo campaña a su manera, abriendo las puertas de su
pequeña casa a los medios estadounidenses, mostrando
las paredes repletas de fotos de la última y
multitudinaria visita de Obama en el 2006, y
sirviendo a las visitas botellas de Senador, la
cerveza local, en homenaje al lejano héroe.
A estas alturas, la
abuela Sarah se ha atrevido a ejercer de asesora de
campaña a distancia: Le he pedido a Barack que
recuerde sus orígenes, que tenga siempre presente a
la gente pobre. Le he dicho que debe ser generoso
con sus votantes y que nunca caiga en la corrupción
de los políticos de Kenia.
Fuentes: La Nacioncom (Yuri Lorena Jiménez)
LA
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