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No soplen más
por El Perro Gil
elperrogil@gmail.com
Los precios suben y suben
a eso llaman inflación;
y a mí, me da comezón
saber que están por las nubes.
Los huesos que antes yo tuve
ahora me son tan lejanos.
¡Basta de inflar, que es insano
para esta perruna vida!!
No jueguen con la comida
¡Paren un poco la mano!!
En
estos días la escalada de números y porcentajes
apabulla al más dormido, mientras soplan y resoplan
insuflando el ambiente con términos y ecuaciones
económicas. Que el combustible, que los alimentos,
que las tarifas de UTE, y un montón de ítems que no
recuerdo por miedo a deprimirme aún más. Fenómeno
inflacionario que obedece según los entendidos- al
empuje de los precios internacionales de los cuales
nuestro país es tomador. Dicho así no más, sin
anestesia, me vengo a desayunar que el Uruguay es un
bebedor conocido preferible, es cierto, a ser
alcohólico anónimo- pero justo en tiempos de
campañas instando a no consumir alcohol ni otras
milongas, parece inoportuno.
Los otros días hice
feria y asistí al espectáculo aireador que
nos aqueja y les juro que mete miedo ver los
pizarrones en los puestos, dentro de poco nos
van a dar los precios por hora dijo doña
María mientras le pesaban un kilo de papas a un
precio y se lo cobraban a otro.
No será para
tanto doña! comentó don José, y entonces paré
la oreja pues resulta que ni tanto ni tan poco. Es
cierto que la plata cada vez alcanza menos, y los
esfuerzos que hace el gobierno por contener los
precios son múltiples pero si esos frentes son
varios, hay uno solo pa contenerlos. Y no le basta
con ser amplio, tiene que ser también efectivo.
Por otra parte
tendremos que asumir la parte que nos toca en cuanto
a aprender a regular esa escalada desde el consumo;
es decir, aprender a consumir con conciencia del
poder que tenemos al momento de ir de compras. Usted
cuando saca los morlacos del monedero o la billetera
para adquirir tal o cual producto, es dueño de un
poder invisible pero contante y sonante por el cual
los intermediarios y/o comerciantes se desvelan por
obtener. Ergo: aprendamos a contener el impulso
consumista y hagámoslo inteligentemente, de manera
de poder controlar, como parte fundamental del
mercado interno, a esa escalada incontenible de
precios que ocupa tantas páginas de prensa. Es
cierto que la panza avisa y uno tiene que comer,
pero no hay porque ingerir solamente aquello que
está por las nubes, justo en tiempos en que nuestros
commodities se pagan tan bien.
Tenemos que organizarnos-
dijo entonces doña Josefa, mientras devolvía la
bolsa de tomates y se convencía de hacer ensalada de
lechuga, solamente. Y es así, cuando nos quieran
cobrar un disparate, no compremos, y la bendita ley
de mercado se encargará de regular el precio justo,
para un mercado interno que se menosprecia cuando
las exportaciones convienen pero al que se recurre
cuando los mercados cierran. A golpes se aprende y
ese toque de oportunidad lo debemos dar los propios
consumidores cuando quienes producen se olvidan de
guardar esa porción que nos merecemos por estar
siempre a la orden cuando nos necesitan. Eso es
también construir solidaridad, y de a poco se irán
tejiendo estructuras en tal sentido como el fondo
lechero, que reserva una porción del precio para
contrarrestar disparadas. O sino llegar a una
solución de fondo como la de regular las
exportaciones de manera de asegurar primero el
abasto interno, todo sin llegar a extremos no
deseados, apelando a la consideración de los
productores. Nos alcanza contemplar el panorama
allende el Plata para no pensar en soluciones
parecidas.
Si bien los
consumidores son responsables de administrar sus
ingresos haciendo rendir más cada peso, también la
contraparte -que hoy está mejor- deberá contribuir
solidariamente a que ello sea posible. De paso, uno
también se aprovecha y le cambian el hueso pelado
por uno con algo más de carne, ¡que joder!
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