Son amores en
el Teatro El Circular
por José Luis Olascuaga

Me contó Larreta que este otoño, filmando La Ventana de Carlos Sorín, en Bahía Blanca, compartió escenas con Carla Peterson,  quien se le presentó como una actriz que recién ahora, por La Lola, es conocida.

 

–Es bien conocida desde antes –protesté y le expliqué a Taco que desde hace ya bastantes años la Peterson es la comediante más interesante que nos traen las telenovelas argentinas. Le hablé de sus trabajos en Cabecita y en Son Amores.

 

Como todas las telenovelas, aquella Son amores tenía una trama más frondosa que el árbol semiológico de Eco. Había de todo. Y entre todo, brillaba la villana desaforada y en el fondo simpática, rendidamente tierna, que componía Carla Peterson.

 

Lo que jamás creí es que una trama tan frondosa como esa, y sobre el mismo multicolor tema de los amores, pudiera resumirse en una hora y media de teatro. Es la hazaña que logra el dramaturgo brasileño Domingos de Oliveira en Amores, la obra que ha puesto en sala 2 el Circular. El principal protagonista es un escritor de telenovelas, devenido en consultor de la Red O Globo por su veteranía. ¿En eso puede estar la explicación?

 

La comedia que Alfredo Goldstein dirige es ya un acontecimiento de la temporada, principalmente porque su protagónico Vieira (un alter ego de Oliveira), está hecho por el mejor trabajo de Juan Graña en su larga carrera, desde “Esperando la Carroza”, “Babilonia” y “El Herrero y la Muerte”, hasta hoy.

 

Pero también, porque el ritmo que le imprime Goldstein a la comedia es el adecuado y no hay ningún punto débil en las actuaciones. El funcionamiento de la obra con el público es inmejorable y la música de Chico Buarque, que apunta más que a acompaña las escenas, fue elegida con total precisión.

 

Paola Benditto, ya en su madurez actoral, sostiene el otro personaje sobre el que el autor carga la mayor parte de la trama. Es fantástico cómo Oliveira logra deslizar por la historia de los amores de dos amigos, toda la variedad de temas que hacen al amor sin que ninguno quede descolgado. La obra abre, se desarrolla, desenlaza y cierra a la perfección. Con una estructura muy original, además. Porque en pleno desenlace el autor coloca a todos sus actores de cara al público y con breves racontos de cada uno de ellos, termina de atar los cabos sueltos. Luego retoma el ritmo vertiginoso de comedia, de la que no están exentos los toques melodramáticos que realmente llegan a emocionar.

 

No se la pierdan. Es una caricia para el alma y una especie de vodeville muy divertido.

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