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El horror de la guerra
según el arte de Goya
por Gabriela Esquivada
En el Museo de aquel lunes por la tarde los
crímenes de los invasores franceses contra los
defensores españoles en 1808 se transfiguraron
también en las matanzas aluvionales de Gengis Kan y
de la conquista de América; en los crímenes de Pol
Pot y de Vietnam; en los espantos concentracionarios
de los nazis, en los holocaustos ordenados por
Stalin y por los asesinos tribales de Ruanda, en las
víctimas de la revolución cultural china y de las
incontables dictaduras latinoamericanas, en los
millones que perecieron durante el genocidio de
Armenia, en las guerras de religión, en Hiroshima y
Nagasaki por las bombas atómicas, en Iraq ahora.
(Tomás
Eloy Martínez)

Con el titulo Desastres de la
guerra, el Museo del Prado, en Madrid, exhibe
centenares de obras del genial pintor Francisco de
Goya sobre el horror de la guerra de invasión
francesa a España. Los trabajos se corresponden a
los realizados por el artista entre los años 1810 y
1812. Lo que se puede leer a continuación es lo
escrito por Gabriela Esquivada para argentina
Crítica, sobre este gran evento cultural.
Hace doscientos años que los
españoles se levantaron contra la invasión francesa
y en Madrid casi cien eventos lo evocan en estos
días: teatro, danza, música, cine, corrida de toros.
Libros nuevos y reediciones llenan mesas en las
librerías: La Guerra de la Independencia; Los
afrancesados; 2 de mayo: el grito de una nación.
En esa mezcla de patriotismo y
fascinación por el número redondo, sin embargo, el
homenaje más importante desentona. La exposición
Goya en tiempos de guerra, en el Museo del Prado, no
alaba el fervor de los resistentes: muestra
ahorcados, violadas, huérfanos, españoles empalados
y franceses hachados, burgueses desnudos y pobres
mendicantes. Ésa es la cara de la guerra, dice
Francisco de Goya y Lucientes, inclusive la de
guerras tan nobles como la independentista.
Lo sintetiza en el título una
de las aguafuertes expuestas: ¡Grande hazaña! ¡Con
muertos!
Goya retrata la barbarie de
ambos lados que presenció en Zaragoza. Lo había
invitado el futuro duque José de Palafox, brigadier
de las Reales Guardias de Corps, que encabezó la
resistencia de la ciudad sitiada, para que
documentara los esfuerzos de la valiente población.
Goya se quedó menos tiempo del que había calculado,
por el asedio francés, pero durante su estadía vio
lo suficiente.
Nada le gustó. Los invasores,
desde luego. Pero tampoco los patriotas. Las
aguafuertes y los dibujos a tiza que integran sus
Desastres de la Guerra, filtran su pesimismo. Lo
dijo luego la filósofa Simone Weil cuando se refirió
a la espada como emblema de la violencia: El frío
del acero es igualmente mortal en la empuñadura como
en la punta.
Goya no publicó en vida esta
serie acumulativa de atrocidades. Nadie iba a
comprar grabados de violencia explícita para colgar
en la sala de recibo. Los cobres de las aguafuertes
quedaron en su última casa, la Quinta del Sordo,
cuyas paredes decoró con sus famosas Pinturas
Negras. Goya ejecutó sus Desastres para él mismo,
testigo del mismo horror que alcanza por ejemplo a
los despedazados de Irak, los niños quemados, las
pilas de cadáveres en las morgues. Yo lo vi se llama
una de las obras. Con Goya, el visitante también lo
ve, ve eso que como se titula otra de las obras No
se puede mirar.
La exposición presenta salas
enteras donde se suceden las fosas comunes, los
estaqueos, los descuartizamientos, los árboles
regados con sangre sin una interrupción como La
duquesa de Alba de blanco, con todo y perrito
blanco; sin un conde de Fernán Núñez con su mirada
en lontananza. Las penas se acumulan y la secuencia
pesa cada vez más en el espectador porque Goya no
intenta embellecer la tragedia. La cuenta, también
en los títulos: Muchos han acabado así, Y no hay
remedio, Esto es peor, Lo merecía, Enterrar y
callar, Lo mismo en otras partes, Lo peor es pedir,
¡Madre infeliz!, Contra el bien general.
Quizá la idea central de los
Desastres se resuma en el diálogo entre Con razón o
sin ella y Lo mismo. En el primer grabado, dos
españoles sin armas, apenas con calzado, chorreada
de sangre la cara de uno, se enfrentan a un pelotón
de soldados franceses vestidos hasta con sombrero,
los sables pendientes a un lado y los fusiles con
bayonetas alzados. En el segundo, un español de
expresión desquiciada, de pie sobre un revoltijo de
soldados muertos, agita el hacha con la que está
punto de partir la cabeza de un francés que le
implora con la mano que se detenga.
Escribió en el catálogo el
experto en los Desastres, José Manuel Matilla: A
diferencia de las estampas contemporáneas que
representaron acontecimientos bélicos de un modo en
el que los protagonistas aparecían inscritos en un
espacio urbano representado con verismo, Goya
suprime aquí toda referencia espacial concreta y
aproxima los protagonistas a un destacado primer
plano. El público queda a solas con los heridos que
serán curados para volver a combatir (Aún podrán
servir); con las mujeres que no quieren (Ni por
esas) ser violadas y dejar a sus hijos sin madre;
con el español asesinado, desnudado y empalado (Esto
es peor); con los franceses desmembrados cuyos
pedazos cuelgan de una rama (¡Grande hazaña! ¡Con
muertos!) igual que la ropa lavada cuelga de una
soga.
La actuación política de Goya
durante la invasión francesa sufre todavía de
sospechas. Era pintor de Carlos IV mientras el
príncipe Fernando desestabilizaba a su padre y al
ministro Manuel Godoy y al fin asumía el trono. Su
posición tembló como la vida institucional española
cuando el 20 de abril de 1808 Fernando VII fue a
Bayona para ser reconocido por Napoleón sin saber
que comenzaba un exilio de seis años. En América
Latina esa detención permitió que se acelerasen los
procesos de independencia, como la Revolución de
Mayo en el Virreinato del Río de la Plata. En España
comenzaron el reinado de José I, el hermano de
Napoleón Bonaparte, y los problemas para el pintor
real.
Goya no hizo casi nada en 1809,
salvo la temeridad de reclamar el pago por un
retrato de Fernando VII. Volvió a la luz cuando los
ingleses entraron en Madrid en agosto de 1812 y
esbozó retratos del duque de Wellington. Pero en el
medio, en septiembre de 1810, le habían encargado la
selección de cincuenta obras de arte españolas para
enviar al museo napoleónico en París. A gusto de
José I, Goya se había hecho el tonto de más. Asumió
el compromiso, que venía incluido en las ventajas de
su contratación en la corte. Su resistencia pacífica
consistió en trabajar muy lentamente, tanto que la
faena terminó por recaer en un ministro.
En 1814 Fernando VII regresaba
a España al tiempo que Goya escribía al Consejo de
Regencia para pedir fondos que le permitieran
perpetuar por medio del pincel las más notables y
heroicas acciones o escenas de nuestra gloriosa
insurrección contra el tirano de Europa. Las obras,
que ningún visitante del Prado pasa por alto, son El
2 de mayo de 1808 y El 3 de mayo de 1808.
El 2 ofrece una escena de
mañana, cuando se produjeron los primeros
enfrentamientos cerca del Palacio Real. El suelo
está lleno de sangre; hay cadáveres que pisa un
caballo asustado del que cuelga otro muerto. El
fondo está lleno de espadas, dagas y sables curvos
que parecen trazar un círculo de apuñalamientos del
que no saldrá vivo francés o defensor alguno. En El
Tres, acaso el más famoso de este dúo inseparable,
la escena es nocturna y representa las consecuencias
del levantamiento: los españoles son fusilados. No
queda fragor, nada se mueve porque el terror congela
a las víctimas y la determinación a los verdugos.
Ambas obras, de dos metros y
medio por tres y medio, conocieron la guerra en tela
propia. En 1936, por el levantamiento falangista
contra la República Española, dejaron el Museo del
Prado ante la posibilidad de daños. En marzo de
1938, cuando volvían a huir desde Valencia a Gerona,
el camión que las transportaba chocó en Benicarló y
sufrieron cortes horizontales y pérdida de
fragmentos. Las distintas reparaciones desde el cese
de la Guerra Civil, en 1939, también dejaron huellas
en El 2... y El 3..., como barnices que amarillearon
y ahora se han removido.
La nueva restauración, que se
conoce por primera vez en esta muestra, devuelve a
la carnicería el esplendor con que Goya la pintó.
Doscientas obras
imprescindibles
Goya en tiempos de guerra reúne
doscientas obras de ese período, casi la mitad de
las cuales proviene de otros museos e instituciones
privadas de España y el mundo, y muchas de ellas
nunca habían sido expuestas en el país del artista.
Por seis euros gratis de 18 a
20 y hasta el 13 de julio se pueden observar
materiales tan diversos, en ideas y en soportes, que
indican por qué Goya resultó tan inasible en su
tiempo. Pinturas de todos los géneros, dibujos,
estampas; las escenas de Tauromaquia se mezclan con
La familia de Carlos IV; la Cabeza de cordero y
costillares con la Casa de locos; La maja desnuda
con Vuelo de brujas; Salvajes descuartizando a sus
víctimas con su Autorretrato de 1815.
La editora del catálogo,
Manuela B. Mena Marqués, arriesgó: Goya se
convirtió a partir de 1794 en un enigma difícil de
explicar, para lo que algunos recurrieron a la
leyenda y otros, incluso, a la locura. Decidió
pintar con independencia de la clientela, a cuyo
servicio el capricho y la invención no tienen
ensanche, según sus palabras. La muestra se divide
en cuatro partes que comienzan precisamente luego de
esa fecha: Goya: primer pintor de Cámara
(1795-1800); Goya ante el nuevo siglo (1800-1808);
Goya en los años de la guerra de la independencia
(1808-1814), y Fatales consecuencias de la
sangrienta guerra de España (1814-1820).
LA
ONDA®
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