Están doblando
las campanas
por Jose Luís Fiori

Si fuese posible jerarquizar los sueños, la creación de la Unión Europea estaría entre los más importantes del siglo XX. Después de un milenio de guerras continuas, los estados europeos decidieron despojarse de sus soberanías nacionales, para crear una comunidad económica y política, inclusiva, pacífica, armoniosa, sin fronteras, sin discriminaciones y sin hegemonías.

 

 Un verdadero milagro, para un continente que se transformó en el centro del mundo, gracias a su capacidad de expandirse y dominar a los otros pueblos, de forma casi siempre violenta, y muchas veces predadora. Después de 50 años del Tratado de Roma, el proyecto inicial de unificación europea duplicó su tamaño, nació una moneda única, y el PBI comunitario superó al de los EEUU, con una renta media alta y confortable. Y, sin embargo, las perspectivas de integración y unificación europea son cada vez peores, porque la expansión de la comunidad trajo aparejado un comportamiento social y político, cada vez más  xenófobo y competitivo. 

 

La “tercera vía”, propuesta por el laborismo inglés, en la década del 90, se definió y ya fue olvidada; el socialismo y la social-democracia del continente es hoy un fantasma del pasado, sin ninguna identidad propia, y en un estado de total embelesamiento intelectual, mientras crece por todos lados, el nacionalismo de derecha y el fascismo, bajo las más diferentes formas de manifestación. Las poblaciones se encierran en sí mismas, y se multiplican las políticas de exclusión y de demonización de lo extranjero.

 

El propio Consejo de la Unión Europea legitimó recientemente, la creación de los Centros de Internación de Extranjeros, verdaderos campos de concentración, donde los inmigrantes pueden quedar detenidos hasta 18 meses, por una simple decisión administrativa, sin que hayan cometido ningún delito, y sin que exista un control externo o judicial. En Francia e Italia, de la derecha grotesca, de  Berlusconi y Sarkozy, pero también en España, del socialismo bien educado, de José Luis Rodríguez Zapatero.

 

En el medio de este marco desastroso, cayó como una bomba, esta última semana, el resultado del referendo irlandés, que rechazó el “Tratado de Lisboa”, que ya había sido aprobado por 18 países, y cuyo principal objetivo es acelerar la centralización constitucional del poder, y la transformación de la Unión Europea en una potencia global, con una presidencia permanente, y una política externa unificada.

 

 Este proceso de discusión comenzó en 2002, con la elaboración del primer proyecto de Constitución, para Europa, que quedó pronto a mediados de 2003, fue aprobado por el Consejo de la Unión Europea, en 2004, y fue encajonado en 2005, después de su rechazo plebiscitario, por parte de Francia y Holanda.

 

Este mismo proyecto constitucional fue retomado un año después, fue condensado, y fue transformado en un simple “tratado comunitario”, que así mismo, acaba de ser rechazado por los irlandeses. Creando un problema grave, para la Unión Europea, porque el Tratado de Lisboa sólo puede transformarse en ley, si fuese aprobado por todos los 27 miembros de la UE. Frente a esta nueva crisis, existen tres propuestas, sobre la mesa, para su discusión por parte del Consejo de la Unión Europea, que se reunirá en Bruselas, en los próximos días 19 y 20 de junio: la exclusión temporaria de Irlanda; la formación de una Europa con  dos velocidades diferentes, liderada por un “club de los pocos”, más favorables a la creación de un  poder centralizado europeo; y, finalmente, la propuesta de congelamiento, por algunos años, del tratado, o del propio proceso constitucional.

 

Alemania y Francia apoyan el alejamiento temporal de Irlanda, y simpatizan con la propuesta de las “dos velocidades”, del primer ministro de Luxemburgo, Jean –Claude Juncker.  Pero Irlanda forma parte de la “zona del euro”, lo que dificulta su exclusión, y más allá de esto, Gran Bretaña se opone a las dos primeras alternativas, con el apoyo de Suecia y la República Checa entre otros. Con esto, lo más probable  es que se mantenga el impasse, a pesar de acuerdos puntuales, y se acabe postergando, en la práctica, el debate constitucional. Porque por detrás de este impasse, existe un problema mucho más grave: el hecho de que la Unión Europea sea prisionera, hace mucho tiempo, de una trampa circular.

 

Ella precisa de un poder centralizado, pero sus principales estados impiden este proceso de centralización, porque, en el fondo, Europa está cada vez más dividida, entre los proyectos estratégicos de sus tres principales socios, Francia, Alemania e Inglaterra.

 

Después del fin de la Guerra Fría y de la reunificación de Alemania, ella se transformó en la mayor potencia demográfica y económica del continente, y pasó a tener una política externa independiente, centrada en sus propios intereses nacionales, que incluyen el fortalecimiento de sus lazos económicos y financieros con Europa Central, y con Rusia. Este comportamiento alemán acentuó la decadencia de Francia, que tiene cada vez menos importancia internacional, y favoreció el fortalecimiento del “euroceticismo” británico, reencendiendo la competencia y la lucha hegemónica dentro de la Unión Europea, y trayendo de vuelta viejas fracturas y divisiones que estuvieron presentes, en sus interminables guerras seculares.

 

Mientras esto ocurre, la Unión Europea sigue sin un poder central unificado capaz de definir e imponer objetivos y prioridades estratégicas, a sus estados-miembros. Una situación agravada por su sumisión militar a los EE.UU., que impuso la expansión apresurada de la UE, en dirección al este,  para “ocupar” los estados que habían pertenecido al Pacto de Varsovia, y habían estado bajo el control soviético, hasta 1991. Como consecuencia, la Unión Europea se transformó en un “ente político” débil, con una moneda falsamente “fuerte”, y con muy poca capacidad de iniciativa autónoma, dentro del sistema mundial. 

 

Y, del punto de vista global - al contrario de lo que muchos analistas piensan – quedó como una carta fuera del mazo, de la nueva geopolítica mundial, de este inicio del siglo XXI, donde aparecen apenas, con alguna relevancia y de forma independiente, sus principales estados. Pero a pesar de todo esto, en este momento, el “no” de los irlandeses está sonando de forma tan dolorosa y melancólica, por otra razón: son las campanas que doblan por la muerte del sueño europeo, de la inclusión y de la civilidad, de la sociedad pacífica y sin hegemonías, y de un mundo sin nuevos campos de concentración.

 

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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