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¿Quo Vadis, Europa?
por Héctor Valle
Es
un lugar común el manifestar que la identidad de
europea tiene como característica distintiva a la
variedad. Sea ésta tomada por sus raíces, por sus
lenguas e incluso por sus manifestaciones
religiosas, a Europa la signa lo mosaico. A pesar de
algunos, pero a resguardo de una lectura profunda,
atenta y abarcadora de sus fuentes, no hay cómo
eludir algo tan evidente como lo diverso en relación
directa con lo europeo. Hasta ahora, claro está.
En estos días en que
promedia el octavo año del siglo XXI, Europa, a
partir de sus funcionarios más encumbrados, procura
desatender la Razón, luego la historia, hacer caso
omiso de su propia Ilustración, en sus diversas
manifestaciones y momentos, renegando de la
Comunidad de Naciones para ir, triste y
desalmadamente, en procura de la Europa
Administrada.
¿Quién recuerda hoy a
Max Horkheimer y Theodor W. Adorno cuando
teorizaban, con dolorosa convicción, respecto del
mundo instrumentado, administrado, que veían venir
por delante?
Tres frentes han
abierto las falanges de los parias absolutistas de
lo Administrado:
-
Individuo versus Persona;
-
Europa Administrada versus
Comunidad de Naciones;
-
Nosotros versus Los
otros.
Y lo hacen a resultas
de tres instrumentos o modos de una sola política
con variadas manifestaciones operativas:
-
Tratado de Lisboa;
-
Trabajo;
-
Inmigración.
Así, hemos visto que
en los últimos días, en una perversa secuencia, se
ha buscado, con variado resultado, imponer tales
medidas.
Irlanda ayer, como
Francia y Holanda antes, ha rechazado un nuevo
Tratado europeo, que va apagando el factor
ciudadanía, a través de las innumerables y por pocos
conocidas determinaciones operativas que figuran en
un texto farragoso de difícil abarcación, en lectura
comprensiva y temporalmente apropiada para poder
expedirse sobre el mismo.
Y, al apagar al
ciudadano, lenta pero firmemente, ilumina al
usuario. Es como la lección que nos legara Martin
Buber, en su magistral Yo-Tú, ahora nos la hicieran
conocer como la concreción de un triste y cosificado
binomio Yo-Ello.
Así, mientras que un
ciudadano europeo ve mermar su papel en la
corresponsabilidad de dirigir los destinos de su
continente, así también los llegados a su suelo
pasan a ser potenciales criminales,
extranjeros-bárbaros pasibles de ser arrestados,
confinados y, a su debido tiempo, deportados.
No contentos con
esto, los representantes del nuevo estamento, esto
es: el alto funcionariado europeo, van por una
retrógrada imposición laboral: la posibilidad de que
la semana laboral tenga hasta 65 horas, dando por
tierra con su modelo social, so pretexto de ser
competitiva, en una muestra más de la
sobremodernidad de la que nos habla el
antropólogo francés Marc Auge.
Una sobremodernidad
que, basada en el ultraindividualismo, va por más al
alegar una pretendida competitividad empresarial que
lo que busca es una maximización del lucro y no de
la redistribución de las ganancias, menos de los
ingresos.
Europa, pues, se
brutaliza, por querer esconder, en primer lugar, su
origen mestizo y, luego, reconocer la vejentud de
sus poblaciones como así también la cristalización
de su sentir humanista, desde sus máximos
funcionarios, quede bien entendido, que no de las
bases.
Las bases europeas,
las ciudadanías, entendámonos, no quieren ser
consultadas por los administradores del estamento
feliz.
Así, y por ejemplo,
vemos cómo Inglaterra pone ahora un nuevo signo de
interrogación al Tratado de Lisboa, al haber
cuestionamientos presentados por ciudadanos ante la
Justicia inglesa, respecto de la necesidad de que el
pueblo se exprese sobre aquel.
Asimismo, una
encuesta da a conocer que el 51% de los ingleses
son contrarios a su ratificación, en tanto un 65%
reconocen que el actual Primer Ministro faltó a su
palabra dada en el año 2005, respecto de que una
instancia como ésta no podía dejar de ser llevada a
consulta popular.
Dice bien el filósofo
y catedrático español Josep Ramoneda cuando alega
que Europa está en plena regresión; dicen poco y
tibiamente Jacques Delors y Michel Rocard, cuando
manifiestan, en carta pública, que Europa debe
respetar los derechos esenciales de los sin
papeles.
Aduce, a mi criterio
con razón, el irlandés Declan Ganley, empresario que
bregó por el rechazo al Tratado de Lisboa, que éste
es antidemocrático, al tiempo que reclama se detenga
la transferencia de poderes del ciudadano a un
administrador innominado.
Es penoso el observar
cómo Europa va perdiendo los referentes de lo que
debe centrar la vida de las naciones: la dimensión
existencial de las gentes, de todas las personas
humanas, pero especialmente sus ciudadanos. Y que
las cuestiones de sus naciones y así también de la
Comunidad de Naciones, aquella que, junto con otros
creara el genial Jean Monnet, tiene en el hombre y
en la mujer de a pie, su meta y sentido.
Es nuestro deseo que,
también en Europa, como en nuestra América del Sur,
progrese nuevamente la Razón Sensible y decaiga,
finalmente, la Razón Instrumental. Quizá Europa
nunca terminó de purgar esta patología de la razón
que tuvo en Hitler, Mussolini y Franco sus más
preclaros exponentes, pero que siempre es criterioso
el recordar que estos fueron aupados al poder, y
sostenidos en el usufructo del mismo, por grupos y
corporaciones que, en muchos casos, jamás fueron
llamadas a reflexión y, menos aun, a escarmiento.
Que una cosa es tener
y presentar contrastes y muy otra el que uno de los
rostros de Jano, el siniestro, tome el centro de la
escena y así, se proyecte al mundo.
LA
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