Nación,
nacionalismo, Estado
por el vice-canciller Samuel Pinheiro Guimarães

A continuacion un analisis ezautivo sobre Nación,

Nacionalismo, Estado, del embajador Samuel Pinheiro Guimarães, vice-canciller de Brasil, ganador del  importante Trofeo Juca Pato, como Intelectual del Año 2006, por la Unión Brasileña de Escritores (UBE). “En los países de la periferia, ex-colonias, o ex-semicolonias, el nacionalismo tiene una naturaleza radicalmente distinta de los movimientos nacionalistas que se desarrollaron en Europa” afirma Pinheiro Guimarães.

Definiciones

Nación, en su sentido político moderno, es una comunidad de individuos que reconocen la existencia de un pasado común, aunque discrepen sobre aspectos de este pasado; que tiene una visión de futuro en común; y que creen que este futuro será mejor si se mantuvieren unidos que si se separaran, aunque algunos aspiren a modificar la organización  social de la nación y su sistema político, el Estado.

 

En este sentido, es posible hablar de una nación  brasileña, de una nación  mexicana, de una nación hindú, de una nación americana y así sucesivamente aunque grupos sociales dentro de estas naciones puedan tener interpretaciones diferentes de su pasado y aspiraciones distintas para su futuro en común, sin que, todavía, ningún grupo significativo llegue a desear y a luchar por la secesión.

 

Nacionalismo es el sentimiento de considerar la nación a la que se pertenece, por una razón o por otra, mejor que las demás naciones y, por lo tanto, con más derechos, siendo manifestaciones extremas de este sentimiento la xenofobia, el racismo y la arrogancia imperial.

 

Nacionalismo es, también, el deseo de afirmación  y de independencia política frente a un Estado extranjero opresor o, cuando el Estado ya se tornó independiente, el deseo de asegurar en su territorio un tratamiento por parte del Estado mejor, o por lo menos igual, al tratamiento concedido al extranjero, sea éste persona física o jurídica. Los movimientos nacionalistas significativos del punto de vista político, cuyas manifestaciones históricas más simples devienen de la identidad étnica, lingüística o de pertenencia a una organización política histórica, tiene como su principal objetivo el establecimiento de un Estado o la modificación  de las políticas de Estado para defender o privilegiar intereses de los que integran aquel movimiento.

 

Nacionalismo

El preconcepto de considerar su nación mejor que las demás tiene su origen en la idea de que las divinidades habrían escogido a un pueblo, una cierta nación, como elegida i.e. la nación como un conjunto de individuos que adoraban a una cierta divinidad. El caso del pueblo judío, el llamado pueblo elegido, es clásico y esta convicción tiene consecuencias políticas hasta el día de hoy, siendo tal vez el Oriente Próximo el principal y más complejo foco de tensión en el mundo. Japón es otro caso interesante en la medida en que el Emperador era considerado Hijo del Sol y como tal simbolizaba el vínculo concreto entre el pueblo japonés y la divinidad suprema. China, tradicionalmente, se consideraba tan superior a los pueblos vecinos e incluso a pueblos distantes que siquiera admitía mantener relaciones políticas en nivel de Estados soberanos con otros Estados. Estos podían, como máximo, ofrecer tributos al Imperio del Medio, centro de la civilización, cuyos emperadores se creía que estaban directamente vinculados a las divinidades celestiales.

 

El caso de los Estados Unidos, civilización más reciente que la china, la judía y la japonesa (e incluso la francesa, la alemana y la rusa), es distinto pero las raíces del nacionalismo americano pueden ser encontradas en la religión protestante. Ésta considera que el éxito material es una señal de aprobación divina, de la propia salvación, de algo predestinado. Desde un punto de vista colectivo, el éxito material de la sociedad americana significaría una señal de aprobación divina, de que la sociedad americana sería elegida por el Señor y que, por esta razón, no sólo podría sino que debería asumir el papel de líder y de modelo para todas las sociedades y Estados.

 

Esta misión salvadora de los Estados Unidos se encuentra claramente expresa en los documentos de política externa de los Estados Unidos. La declaración del Presidente George W. Bush de que habría, literalmente, hablado con Dios, la presencia creciente y la enorme influencia del fundamentalismo religioso, extremadamente conservador, belicoso y nacionalista son aspectos, hechos reveladores de esta convicción  de pueblo, de nación  elegida y, por lo tanto, de superioridad en relación a las demás naciones. Las elites dirigentes tienden a ver los Estados Unidos como la Nueva Jerusalén.

 

Uno de los principales movimientos nacionalistas se desarrollaría en Alemania basados en la superioridad de una supuesta raza aria, germánica y pura que vendría a redundar en la toma del Estado por el Partido Nacional Socialista, con terribles consecuencias para el mundo y, en especial, para aquellos que consideraba como integrantes de las razas inferiores, en especial los judíos, víctimas de una política de eliminación física, el Holocausto.

 

El nacionalismo en los  países desarrollados, en especial en las Grandes Potencias y su pretensión de superioridad nacional redundó fácilmente en políticas expansionistas y agresivas, tanto en el continente europeo como también en la formación de los imperios coloniales, con la noción explícita de inferioridad de los pueblos y de las culturas locales e incluso, eventualmente, la idea de que serían seres humanos distintos y hasta inferiores. En un ejemplo descarnado de esta pretensión, el General Westmoreland, entonces comandante en jefe de las fuerzas americanas en Vietnam, se refirió públicamente a los vietnamitas como seres diferentes “de nosotros”, para justificar ciertas acciones de las tropas americanas.

 

Así, la característica central del sistema internacional en los últimos quinientos años desde el descubrimiento de las Américas ha sido el imperialismo y el colonialismo, cuyo fundamento de dominación, más allá de la fuerza, fue la ideología de superioridad racial y civilizadora en relación a las colonias y a sus pueblos y la agresión a los sistemas políticos, sociales y culturales de naciones dominadas, por la fuerza, por las metrópolis europeas (lo que también ocurrió en el proceso de creación  de los “imperios continentales” como en la expansión territorial de los Estados Unidos rumbo al Oeste y de Rusia rumbo al Este y al Sur). La esclavitud fue la expresión máxima de esta dominación y los esclavos eran considerados seres inferiores, sin alma, y por lo tanto naturalmente sujetos al yugo y al arbitrio de sus señores. Lord Acton, en un artículo publicado en 1862, afirmaba que los Estados más perfectos son aquellos que como el Imperio Británico y el Imperio Austríaco incluían varias nacionalidades distintas sin oprimirlas porque “las razas inferiores se elevan al vivir en unión política con razas intelectualmente superiores”.

 

En los países de la periferia, ex-colonias, o ex-semicolonias, el nacionalismo tiene una naturaleza radicalmente distinta de los movimientos nacionalistas que se desarrollaron en Europa los cuales tuvieron su reputación definitivamente manchada por el nazi-fascismo, el cual tenía además seguidores y simpatizantes ardientes en varios otros países europeos, más allá de Alemania e Italia. Dígase de paso que los actuales “cosmopolitas” utilizan muchas veces una identificación errónea entre el nacionalismo europeo y el de la periferia para depreciar los movimientos anti-colonialistas, anti-imperialistas y hoy anti-globalización acusándolos de “nacionalistas” (a lo que en general agregan el término populista). Los movimientos nacionalistas en las diversas colonias, con la variación natural de tiempo y espacio, fueron movimientos de afirmación de la nacionalidad, de recuperación de tradiciones, de idioma, de autonomía política y de independencia, en relación  inicialmente a las metrópolis coloniales europeas, y más  tarde, se transformaron en movimientos de afirmación  política y de desarrollo económico independiente de Estados que se originaron en las ex-colonias.

 

Nación

Con el fin del Imperio Romano, las invasiones de las tribus bárbaras que vendrían a ocupar las provincias romanas y a establecer los feudos, territorios en que los diversos líderes tribales tenían reconocida su soberanía política y militar, aunque más o menos limitada, establecen por primera vez, por la diferenciación de idiomas y de razas en la fusión con los habitantes, las lenguas locales y el latín popular, las semillas de las naciones y de los Estados modernos. La Iglesia en este proceso tuvo una especial relevancia en la medida en que estos señores feudales se irían convirtiendo al cristianismo y reconocían la autoridad de Roma.

 

Estos sistemas feudales, débilmente sometidos a un poder central, en general el señor de un feudo más grande del punto de vista territorial y poblacional, correspondían a un conjunto de feudos, territorios pequeños que por fuerza de los diversos sistemas de herencia política (que además era también patrimonial), del régimen de primogénito y de casamientos vendrían a agregarse progresivamente. Las divergencias sobre derechos hereditarios, las guerras de conquista y la relación personal patrimonial de los señores feudales con sus territorios harían que periódica y eventualmente poblaciones de distintos orígenes pasasen a estar sometidas a la soberanía de distintos señores.

 

Así, se formaron los Estados nacionales europeos, los cuales en realidad no correspondían a naciones homogéneas sino que agrupaban poblaciones de distintos orígenes étnicos, con diferentes grados de penetración, con distintas tradiciones, a veces religiones y en las cuales vigilaban regímenes absolutistas cuyo fundamento era la doctrina del derecho divino de los reyes sobre todos sus súbditos (inclusive los descendientes de los señores  feudales), monarcas que se apoyaban mutuamente en esta pretensión y que tenían el apoyo ideológico de Roma, hasta que el protestantismo vino a oponerse ferozmente en guerras sangrientas a algunos de estos Estados absolutos, que continuaban, todavía, creyendo y defendiendo la doctrina del derecho divino de los reyes.

 

La idea de que el Estado nace con la nación  no corresponde a la realidad en la mayor parte de los casos pues la nación sería de hecho una construcción  ideológica posterior, habiendo sido muchas veces la nación “construida” por el Estado. La emergencia natural de las naciones habría sido en realidad imposible debido a la ignorancia de las masas, a la diversidad de etnias y de religiones, a la ausencia de tradiciones reales, efectivas, a la tardía fijación de las lenguas, a las difusas tradiciones orales y, por lo tanto, la emergencia de una nación  habría sido solamente posible luego de la organización de la administración central del Estado, y como consecuencia de los programas de educación pública, del servicio militar y de la voluntad de los dirigentes de unificar las poblaciones. Aún, si esto ocurre i.e. si las naciones fueron construidas por los Estados se torna necesario procurar esclarecer como surgieron los Estados.

 

Así, Nación  y nacionalismo a pesar de ser conceptos difusos corresponden a realidades que tuvieron y tienen un fuerte impacto sobre la realidad política y se encuentran estrechamente vinculadas a otro concepto que, más allá de concepto, es el hecho más concreto de la realidad cotidiana de todos los individuos, que es el Estado. Todas las cuestiones teóricas y prácticas relativas a la nación y al nacionalismo como, por ejemplo, en qué medida a cada nación debería corresponder un Estado; si las naciones para ser consideradas como tal deberían ser étnica, idiomática o religiosamente homogéneas; si el nacionalismo sería siempre una manifestación política perversa y peligrosa; si el nacionalismo tiende al nazismo y así sucesivamente, pasan a tener un interés especial cuando son examinados a la luz de la noción y de la realidad del Estado.

 

La formación  primitiva de los Estados

A pesar de las diferencias importantes en el proceso de formación y de evolución de los actuales Estados, una descripción general un tanto o cuanto esquemática de su formación  puede ser hecha, la cual tendría que ajustarse y ser calificada, con los cambios necesarios, a cada circunstancia histórica y geográfica de Estados específicos, pero cuya dinámica general podría ser considerada como razonablemente válida para todos.

 

La diversificación de las actividades productivas y de las funciones sociales acarreaba, incluso en las sociedades más primitivas, conflictos de intereses que tornaban necesaria la existencia de normas que disciplinasen las relaciones entre individuos y grupos y que, siendo aceptadas, o impuestas, como válidas por todos, permitían su convivencia social pacífica sin que fuese necesario recurrir permanentemente a la fuerza y a la violencia para garantizar su obediencia.

 

La lucha por la hegemonía (i.e. por el derecho de extraer riquezas naturales en cierto territorio y de organizar en él el trabajo humano) llevaba a la sujeción de unas comunidades por otras y a la definición de territorios y de sus fronteras, dentro de las cuales esa hegemonía se ejercía en la práctica por la definición de normas y por la capacidad de hacerlas aceptar si es necesario por la fuerza. Los grupos hegemónicos en cada sociedad definían así, a través de procesos más o menos formales, las reglas que tendrían que ser obedecidas en un determinado territorio que controlaban y que, en caso de ser desobedecidas, serían impuestas por la fuerza.

 

Naturalmente, los grupos hegemónicos en cada sociedad procuraban justificar y explicar su hegemonía a través de sus supuestos vínculos con las divinidades protectoras de aquellas comunidades a las cuales les conferían el derecho de gobernarlas y, por lo tanto, de elaborar las normas de conducta y de celar por su cumplimiento.

 

Las fronteras separaban territorios geográficos dominados por distintos grupos hegemónicos cuyos líderes procuraban acentuar las diferencias que existían en términos de cultura, idioma, tradiciones y prácticas religiosas entre las comunidades separadas por fronteras y así incentivaban la rivalidad y las nociones de superioridad, que caracterizan a los nacionalismos.

 

Las fronteras definen los límites físicos del ejercicio de hegemonía (de soberanía) de los grupos y se establecieron en el pasado como resultado de procesos de lucha que vinieron a fijarse en obstáculos naturales al ejercicio eficaz de la fuerza, tales como mares, lagos, ríos y cadenas de montañas.

 

En la medida en que las sociedades se tornaban más populosas surgía la necesidad de organizar instituciones permanentes, encargadas de elaborar las normas de conducta, de asegurar la obediencia a ellas y de financiar su funcionamiento, a través de la recaudación de tributos. En las comunidades primitivas y menores, todos los individuos podían participar de la elaboración  de normas sociales y todos podían, en principio, participar de los organismos sociales encargados de velar por la obediencia a estas normas.

 

A medida que las comunidades crecían en población y que se diversificaban las actividades productivas los individuos dejaban de poder participar directamente de los procesos de elaboración y de ejecución de normas y de solución de conflictos. Se tornaba necesario elegir representantes, para gobernar las sociedades a través de sistemas cuyas diferencias derivaban, como definió Aristóteles en la política, de un juicio apriorístico sobre la naturaleza humana. La cuestión básica, según Aristóteles, sería la de saber si todos los individuos serían esencialmente iguales o desiguales; y, en caso de ser desiguales, si una familia podría ser considerada mejor que las demás; o si algunos individuos serían considerados esencialmente mejores que los demás. Dependiendo de la naturaleza de esta convicción apriorística, los regímenes políticos posibles serían la democracia, la monarquía y la oligarquía, con sus variantes. Es obvio, incluso, que nunca hubo un debate teórico sobre la naturaleza humana previo a la definición de los regimenes políticos de las comunidades humanas, primitivas o no, los cuales se definieron, esto sí, a partir del intenso conflicto de intereses dentro de cada comunidad y de la lucha de los diversos grupos por la hegemonía.

 

De todas formas, aún en la monarquía absoluta y en los regímenes autoritarios el rey o el dictador no gobierna solo, no elabora las normas de conducta solo ni solo garantiza la obediencia a ellas. Él tiene que valerse de auxiliares, nobles, ministros, apparatchiks o el nombre que tengan, a los cuales delega el ejercicio de parte de sus funciones y prerrogativas y de cuyo apoyo político y militar necesita para mantenerse en el poder. Es posible imaginar que, en el inicio, la elección de estos individuos se hacía principalmente en el seno de aquellas familias de los grupos hegemónicos que organizaron inicialmente la comunidad y sus sistemas de producción y de defensa contra otras comunidades.

 

Los distintos regímenes políticos, formas de gobierno, son apenas distintos sistemas de selección de los representantes de una comunidad para ejercer las funciones públicas y de la forma de financiar el ejercicio de estas funciones, que son legislar, ejecutar y juzgar. El conjunto de instituciones que ejercen estas funciones de legislar, ejecutar y juzgar en nombre del conjunto de los ciudadanos de una sociedad se llama Estado. Una función esencial y preliminar del Estado es la organización  de su defensa en relación a las pretensiones territoriales de otros Estados y así garantizar su soberanía sobre su territorio y la población que en él habita. El Estado, aunque en sus formas primitivas y de alcance poco incluyente, es, por lo tanto, esencial para la convivencia pacífica de los diversos grupos de individuos que habitan un determinado territorio y para la defensa de sus intereses enfrentados con otras comunidades organizadas bajo la forma de Estado. Naturalmente que los sistemas religiosos, con sus normas de conducta social y con el poderoso instrumento de su sanción divina, formaban parte integrante de los Estados.

 

El Estado moderno detenta el monopolio del uso de la fuerza que es su prerrogativa esencial e indispensable para el mantenimiento eficiente de un sistema de normas y de gobierno.

 

La evolución histórica de las comunidades primitivas a través de guerras, de la consecuente incorporación  de territorios y de sujeción de la población en ellos existente llevó eventualmente a la constitución de los Estados modernos. En aquellas circunstancias en que esta incorporación de territorio y de población no fue aceptada se verifican hoy las reivindicaciones más o menos violentas por autonomía o independencia, tales como ocurren en España, en China, en Yugoslavia, en la ex-URSS, en Canadá, en Bélgica y en tantos otros países.

 

Esta evolución  histórica de las comunidades y naciones llevó a la constitución  y a la definición de los territorios dentro de los cuales se ejerce la soberanía de cada uno de los 192 Estados actuales miembros de la Organización de las Naciones Unidas, cuya convivencia pacífica solamente se puede dar con obediencia a los principios de los Artículos 1 y 2 de la Carta: solución pacífica de controversias; derechos iguales y autodeterminación; respeto por los derechos humanos y libertades fundamentales; igualdad soberana; abstención de amenazas o uso de la fuerza contra la integridad territorial y la independencia política de cualquier Estado.

 

La Revolución Francesa en 1789, la Revolución Rusa en 1917 y la Revolución  China en 1949, fueron tres grandes tentativas de modificación del sistema social y de la organización del Estado, con enormes reflejos en la historia de la humanidad: la primera desencadenó el proceso de eliminación de los derechos feudales y de transformación de las monarquías absolutas en Europa (y de sus imperios coloniales, en especial en América Latina) al afirmar que “cada pueblo es independiente y soberano”; la segunda inició la primera experiencia de un modelo social y político alternativo al capitalismo y al liberalismo y reforzó, en competencia  con los Estados Unidos, que la defendía solamente para los europeos, la idea de autodeterminación de los pueblos; y la tercera inició el proceso de transformación  del Estado y de la economía china con las consecuencias que hoy hacen que China, al crecer en un promedio del 10% al año en los últimos veinte años, se haya transformado en la segunda mayor potencia económica del mundo.

 

La visión del Estado a comienzos del siglo XXI

La sociedad actual se caracteriza por la concentración de riqueza y de poder, por la transformación tecnológica acelerada, por la inestabilidad social, por la ansiedad y frustración individual, por el fundamentalismo religioso y por el consumo de productos que alteran la conciencia, tales como el alcohol, la cocaína, el éxtasis y otros narcóticos.

 

En esta sociedad moderna, ya sea altamente desarrollada o sub-desarrollada, el control del Estado, esto es, el control del sistema de normas y de instituciones que definen y garantizan las características fundamentales del sistema de producción  y que, no importa la razón, consagra ciertos privilegios, es esencial para las clases dominantes.

 

Aún, en el sistema democrático moderno, que es el resultado de una historia de luchas y de conquistas de los sectores oprimidos de la sociedad, a cada ciudadano, concepto éste que viene siendo definido de formas diferentes a través del tiempo y del espacio, cabe un voto en el proceso de elección de los dirigentes del Estado. Por otro lado, en el capitalismo a cada unidad monetaria corresponde un “voto” en el mercado y, por lo tanto, las decisiones sociales sobre lo qué producir, cómo producir, cómo consumir y los beneficios que derivan de estas decisiones se encuentran altamente concentradas en las manos de las mega-empresas, esto es de sus accionistas-propietarios y de sus delegados, o mejor empleados, los llamados ejecutivos.

 

El gran y permanente desafío que tienen que enfrentar los que detentan el poder económico en la sociedad moderna de régimen democrático en el que a cada ciudadano le corresponde un voto, consiste en como transformar el poder económico en poder político. Esta transformación es esencial para garantizar la supervivencia de las normas fundamentales del sistema económico y social y, eventualmente, para promover, en la medida en que esto se torna necesario, su modificación  controlada, reformista y no-revolucionaria, i.e. sin alterar las relaciones fundamentales de propiedad. En los orígenes de la democracia liberal tal desafío aún no se ubicaba pues el régimen era censurante, pues los individuos solamente eran ciudadanos en la medida en que tenían cierta renta, o propiedad, o pagaban impuestos.

 

La primera meta, por lo tanto, en el proceso de transformar el poder económico en poder político, debe alejarse de la masa de ciudadanos de las actividades del Estado y de la política, la cual es la actividad por la cual se controla el Estado, o reducir al mínimo y controlar la participación de esta masa en la política y en el Estado. así, es necesario difundir una imagen negativa del Estado y de la política en el seno de la masa de la sociedad pero, seguramente, no entre los que componen sus elites.

 

La imagen del Estado que se difunde en la sociedad actual, en la que predominan los valores individualistas, exaltados por la prensa, por el sistema educativo y hasta por las religiones, es que el Estado es el moderno Leviathan, la fuente de todo Mal.

 

De acuerdo con esta visión, el cobro de impuestos extorsivos (por menores que sean en realidad) para alimentar una burocracia parasitaria, que se complace en elaborar millares de regulaciones inútiles y confusas, que estimulan la corrupción  y obstaculizan la libertad y la creatividad del individuo, puro y feliz originalmente, deviene de la existencia de un Estado que todos los días infringe la libertad individual y entorpece el desarrollo de la sociedad. Esta visión, que persiste a través de los siglos, se origina en la crítica a las prácticas arbitrarias de las monarquías absolutas del Renacimiento y del Iluminismo contra las cuales la burguesía naciente y sus representantes políticos lucharon para poder implantar el capitalismo y el liberalismo como formas de organización económica y política, en una época anterior a la revolución industrial y a la revolución  tecnológica.

 

En este Estado Leviathan del siglo XXI, reinaría maléficamente el político, el hombre de Estado, el hombre del Mal. Incompetente, es incapaz de enfrentar los males que afligen a la sociedad; mentiroso, ilusiona a los ciudadanos a quienes periódicamente traiciona; xenófobo, estimula los conflictos y corrupto, defiende los intereses extranjeros, o los intereses de los poderosos o los intereses de los incompetentes sociales que fracasaron en la lucha individualista por el éxito, mientras se aprovechan de las “ventajas” de los cargos que ocupan.

 

El desprecio y hasta el horror por la política (y por los políticos) es sistemática y cotidianamente estimulado por los medios de comunicación masivos, que procuran hacer creer a los integrantes de las clases medias y trabajadoras que la actividad política no es digna de un “hombre de bien”, que éste debe dedicarse exclusivamente a su actividad profesional ya sea un obrero, un empleado, un técnico o un profesional liberal, bajo el riesgo de corromperse.

 

En la estrategia de estimular este horror y desprecio (con el objetivo de apartar a las “clases inferiores” de la tentación de gobernar la sociedad) es necesario desmovilizar a estas “clases”, desviar y distraer su atención, lo que es tanto más importante cuanto más desigual y excluyente sea la sociedad y, por lo tanto, cuanto mayor sea la ostentación de riqueza y más ominosa la miseria.

 

La distracción de la atención de las grandes masas trabajadoras y de las clases medias se hace por la creación de nuevos cultos y de la promoción de los héroes de estos nuevos cultos. La promoción de estos nuevos cultos y la promoción  de estos nuevos héroes es hecha a través de los medios masivos de comunicación, en especial la televisión, y por el grueso de la oferta de entretenimiento banal audiovisual, de los espectáculos musicales, de los folletines, de los espectáculos deportivos, de los anuncios publicitarios. La sociedad es la sociedad del espectáculo, donde todo se transforma en espectáculo, inclusive la política.

 

El principal de estos nuevos cultos es el culto del cuerpo, que se realiza a través del “body building”, de la ingeniería plástica y de las dietas correctas de alimentación  (la dieta de la sopa, de las frutas, de las proteínas, del tipo sanguíneo, de las vitaminas...) y sus héroes son los atletas, los artistas y las modelos de moda, mientras se deprecia el espíritu y la cultura, más por la omisión que por el ataque directo.

 

El segundo culto es el culto del dinero en que el empresario se presenta como el gran héroe, dinámico, astuto, trabajador incansable en busca del éxito personal, y se procura convencer a todos que todos pueden tornarse empresarios exitosos y ricos, bastando con seguir las estrategias descriptas en los títulos de la literatura de auto-ayuda empresarial: las mujeres ricas, el Tao de Warren Buffet, Sun Tzu y el Ejecutivo etc. El empresario es así el héroe que enfrenta al político villano, es víctima y adversario del Estado, da empleo a las masas, está a favor de la paz. Los héroes de estos dos nuevos cultos son los modelos para los jóvenes y el escarnio de los ancianos que ya no pueden ser atletas ni empresarios, fracasados por no ser ricos y cuya experiencia no tiene valor en la sociedad de lo nuevo y de la obsolescencia programada.

 

El mundo ideal, para los individuos de la nueva sociedad del siglo XXI, de donde se ahuyentan las utopías, ridiculizadas siempre que proponen enfrentar las desigualdades sociales y modificar las estructuras de poder que las originan y mantienen, sería un mundo sin gobiernos, sin violencia, sin drogas, sin políticos, sin normas, sin impuestos, donde todos serían física y financieramente exitosos, atletas y empresarios, un mundo en el que, por encima de todo, el Estado no existiría.

 

El mundo real del siglo XXI

En el mundo real del siglo XXI, existen 192 Estados y un número aún mayor de naciones, y, por lo tanto, se trata de un mundo en el que proliferan los conflictos y las divergencias dentro y entre los Estados, y en que la elaboración permanente de normas y la actividad política incesante son realidades inexorables.

 

No sólo existen hoy 192 Estados, sino que el número de Estados viene creciendo desde que, en 1946, la Carta de las Naciones Unidas fue suscrita por sus Estados miembros, fundadores. Los Estados miembros de la ONU de 51 en 1946, pasaron a 152 en 1980 y a 192 en 2008, y, en la medida en que los nacionalismos se agudizan, estimulados o naturales, otros Estados pueden surgir, como fue el caso reciente de Kosovo, Estado de gran inviabilidad, pero que abre un importante precedente, que afecta los intereses más estratégicos de los Estados Unidos. El estímulo a los nacionalismos locales en Europa debilita al nuevo nacionalismo europeo que se concretaría en la “ciudadanía europea”, al tornar más difícil la acción política de la Unión Europea, mientras que el estimulo a los nacionalismos en la periferia tiene el efecto de debilitar a los grandes Estados como China, India y Rusia. políticamente, se fortalecen los nacionalismos lo que debilita a los grandes competidores; económicamente, esto perjudica el proceso de globalización al multiplicar el número de Estados.

 

Los conflictos armados durante el siglo XX fueron los más sangrientos y destructivos de toda la Historia de la humanidad y el fin de los regímenes comunistas, a cuya existencia y acción se atribuían los conflictos entre Estados, no redujo ni el número ni la intensidad de estos conflictos.

 

El aumento del número de Estados derivó seguramente de la vitalidad y del éxito de los movimientos nacionalistas en su lucha contra la dominación de los imperios coloniales y contra los Estados bajo cuya dominación se encontraban grupos nacionales insurrectos, como ocurría en Checoslovaquia, Yugoslavia y en la Unión Soviética.

 

La formación de los Estados fue seguramente distinta en Europa, en América Latina, en África y en Asia. Los Estados actuales, en especial en América Latina, donde las instituciones de las poblaciones locales existentes en la época de la conquista o fueron totalmente eliminadas como en el caso de México y de Perú o eran frágiles, como en el caso de Brasil, son el resultado muchas veces de la evolución del transplante de instituciones europeas hecho por las metrópolis para sus colonias. El caso de Bolivia es de gran interés, y tal vez inédito, por ser un intento de recuperar instituciones originales indígenas. En África, un siglo y medio más tarde, las colonias tuvieron fronteras arbitrariamente trazadas que más tarde sobrevivieron al proceso de descolonización, separando etnias, idiomas y tradiciones y dando una razón para los conflictos que todavía, muchas veces, tienen su verdadero origen en disputas por la explotación de recursos naturales. En Asia, la colonización  europea se hizo de forma más indirecta y encontró sistemas políticos y administrativos mucho más sofisticados a los cuales se superpuso.

 

Hoy aquellas formas anteriores de organización, o por lo menos su espíritu, sobrevivieron en las organizaciones políticas del Estado asiático. Por otro lado, el actual proceso de integración europea no es un proceso de eliminación del Estado y de sus características fundamentales sino sí un proceso de unificación gradual de Estados independientes que ceden parte de su ciudadanía a los órganos supra-nacionales de la Unión Europea. Este es un fenómeno similar al que ocurrió en el pasado en Alemania y en Italia y no tiene nada que ver con alguna supuesta tendencia histórica al fin de las fronteras pero sí corresponde a un rediseño de fronteras y de ciudadanía. Se trata en realidad de la formación gradual de un nuevo (y enorme) Estado en un proceso similar, pero de ninguna forma igual (pues los Estados en la Unión Europea aún conservan un número mucho mayor de prerrogativas soberanas) al que sucedió  en la formación de los Estados Unidos, de Alemania y de Italia.

 

El capitalismo y la campaña por el fin del Estado

El capitalismo moderno tiene como fundamento la propiedad privada de los medios de producción y como objetivo principal el lucro. Este objetivo supremo torna indispensable la permanente expansión de la producción la cual depende, por su parte, de la división del trabajo y, por lo tanto, de la extensión del mercado.

 

Cuanto mayor la extensión del mercado mayor es la posibilidad de división del trabajo, mayor la productividad, mayor la producción, mayor el consumo, mayor el lucro y mayor la felicidad humana, ya que, según argumentó Jeremy Bentham, sería imposible medir el grado de felicidad humana y así se podría considerar que cuanto más bienes el individuo (y la comunidad) puedan consumir mayor su “felicidad”. De ahí la alegría con la que se saludan los incrementos del PBI, mientras se constata el alto grado de insatisfacción del individuo común, incluso en aquellos países más  desarrollados. Claro está que, para las masas de excluidos, el aumento de su “felicidad” solamente podrá darse cuando consigan alcanzar plataformas mínimas y dignas de consumo de bienes físicos y culturales.

 

Así, el capitalismo, como forma de organización de la producción, de la distribución y del consumo de bienes, desde sus orígenes procuró ampliar los mercados a través de la incorporación de una forma pacífica o violenta de poblaciones y de territorios a su sistema de producción y asegurar la existencia de sistemas políticos de elaboración y de ejecución de normas que garanticen su expansión y su funcionamiento pacífico.

 

Este proceso de formación de mercados, en principio locales, en seguida regionales, después nacionales, posteriormente continentales y, finalmente, globales fue interrumpido en el período que transcurrió entre 1914 y 1989, en que se verificaron las dos Guerras Mundiales, la Gran Depresión de 1929 y la Revolución  Bolchevique de 1917 que implantó el régimen socialista en Rusia y que se expandiría hacia Europa Oriental, China y Asia. El proceso de descolonización, por su parte, llevaría, en muchos Estados de independencia reciente, a la organización  de sistemas de producción de economía mixta con alto grado de participación del Estado, habiendo ocurrido lo mismo en América Latina. Estos eventos fragmentaron de diversas formas la economía mundial, interrumpiendo el proceso de globalización  de mercados y de integración de la economía mundial y llegaron a parecer a muchos analistas como el preanuncio de una eventual, pero segura, derrota del capitalismo frente al comunismo.

 

La caída del Muro de Berlín, la retirada de las tropas soviéticas de Europa Oriental y de Afganistán, la desintegración de la Unión Soviética en quince Estados independientes, la adhesión al capitalismo de los antiguos regímenes comunistas europeos, la nueva política económica en China, la reorganización de las economías de las ex-colonias de la periferia a través de las condiciones vinculadas al proceso de renegociación de sus deudas externas, creó la oportunidad para que el proceso de globalización, i.e. de formación de mercados globales fuese retomado con todo el vigor ideológico y práctico, a través de la incorporación de estos “nuevos” territorios.

 

El proceso de globalización, a comienzos del siglo XXI, que corresponde a la expansión del capitalismo y a su permanente transformación tecnológica, para ser eficiente (maximizar el lucro) requiere la uniformidad de las normas que regulan la actividad económica en los distintos territorios soberanos. Exige también, retirar de la arena de la política la cuestión económica, estableciendo como verdad absoluta e intocable la política neo-liberal en sus preceptos fundamentales de propiedad privada y de libre juego de las fuerzas de mercado que exigen, en consecuencia, programas de privatización (que llega hasta a la seguridad y a los presidios), de desregulación y de apertura comercial y financiera, de reducción de impuestos sobre el capital y de no-discriminación entre capital nacional y capital extranjero.

 

Para colaborar de forma poderosa con esta uniformidad de normas, nada más útil que la elaboración de teorías que aboguen por el fin de los Estados nacionales (y de los nacionalismos), el fin de las fronteras, los beneficios del Estado-mínimo, acompañados de la negociación de normas internacionales que lleven a la adopción  por parte de los Estados soberanos (en la imposibilidad de su sujeción política por parte de la fuerza) de aquellas políticas neoliberales, tornando ilegales, e incluso “absurdas”, cualesquier políticas diferentes y, finalmente, la idea de que la globalización económica para ser eficiente depende de una gobernabilidad política global que asegure su funcionamiento e impida tentativas nacionales de reversión y de limitación de los derechos de acción de las mega-empresas multinacionales. Todavía, paradójicamente, el propio proceso de globalización, en la medida en que no existe un Estado mundial, necesita de Estados nacionales para internalizar las normas negociadas internacionalmente y garantizar su vigencia.

 

En la periferia del sistema económico y político mundial, donde se encuentran los Estados que son ex-colonias tales como Brasil, las disparidades de renta y de poder son extraordinarias dentro de sus territorios así como entre estas ex-colonias y los países que integran el centro desarrollado y poderoso del sistema internacional. Las crecientes disparidades de poder entre el centro y la periferia del sistema, que pueden ser constatadas por la creciente brecha de la renta per-cápita y de acumulación de la capacidad militar entre Estados desarrollados y Estados en desarrollo, hacen que los Estados, única entidad en la periferia capaz de enfrentar el poder de las mega-empresas multinacionales, de las agencias “internacionales” y de los Estados desarrollados, estén obligados, a mantener la convivencia pacífica entre los sectores de la población alcanzados por las políticas neo-liberales dentro de sus territorios a procurar ejecutar políticas de desarrollo y de combate a la pobreza que, muchas veces, significan restricciones al proceso de formación de mercados globales y al libre juego de las fuerzas de mercado.

 

Tales políticas son llamadas de nacionalistas y “populistas” y sus defensores son acusados, criticados y ridiculizados por la prensa la cual, hoy en la práctica, es constituida por empresas multinacionales de entretenimiento e información y se encuentran íntimamente vinculadas a las mega-empresas multinacionales y dependientes de ellas, en consecuencia, no sólo de sus intereses ideológicos comunes, en la calidad de empresas privadas que son, sino por el sistema de anuncios.

 

Los desequilibrios de población , territorio, producto, fuerzas armadas y desarrollo tecnológico entre los países del centro y los países de la periferia tornan, en la práctica, imposible y utópica la idea de gobierno mundial la cual es convenientemente sustituida por la idea de gobernabilidad global, la cual en la práctica pasa a ser ejercida por los organismos internacionales que fueron creados luego de la II Guerra Mundial para asegurar la paz, la seguridad política y la estabilidad económica o, cuando estos organismos por una razón u otra se verifican insuficientes o se tornan inconvenientes, por nuevas agencias internacionales, o multinacionales, a ser creadas.

 

Las tentativas permanentes de los Estados en el centro del sistema de imponer sus políticas económicas y sociales, las crecientes asimetrías de riqueza y de poder entre las sociedades del centro y las de la periferia, la creciente brecha entre ellas, y la tentativa de los Estados del centro de imponer a la periferia, por la violencia o por la presión económica, cambios en el régimen político y económico, hacen resurgir con más fuerza los movimientos anti-globalización y los nacionalismos.

 

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 así como los movimientos migratorios constantes, provenientes de la diferencia de oportunidades para los individuos entre la periferia y el centro, a la que se suman olas migratorias periódicas derivadas de conflictos y de catástrofes naturales, hicieron resurgir en los países altamente desarrollados, los nacionalismos xenófobos. Por otro lado, el desarrollo económico en China y en India agregó una fuerte demanda por energía, alimentos y minerales lo que llevó a la acumulación de enormes reservas por parte de los países exportadores de petróleo, de gas, de minerales y de commodities agrícolas. La decisión de estos países de invertir tales recursos (de los “fondos soberanos”) en empresas de los países del centro del sistema mundial, ha provocado un movimiento inédito que procura imponer restricciones a los flujos de capital extranjero que se dirigen en los  países centrales, cuyos dirigentes y analistas argumentan que estas restricciones son necesarias por razones políticas estratégicas.

 

Esta rápida expansión de la demanda por energía, por minerales, por alimentos por parte de países como China e India, que resultó de su legítima aspiración de alcanzar niveles de consumo dignos para sus poblaciones que corresponden, sumadas, a cerca de un tercio de la población mundial, agregada a la demanda de las sociedades occidentales, tiene un enorme impacto sobre el medio ambiente, en especial sobre el cambio climático, cuyos efectos, para ser evitados, tornarían casi imprescindible una mayor intervención del Estado en la economía, lo que afectaría el dínamo físico e ideológico del capitalismo.

 

Todavía, la academia, los organismos internacionales, la prensa y los gobiernos de los países altamente desarrollados siguen convencidos de que, para los países de la periferia, el nacionalismo, que es lo opuesto del cosmopolitismo globalizador, y el “populismo”, que es lo opuesto del liberalismo radical, son dos males gemelos a ser atacados y erradicados a cualquier precio. Para estos países sub-desarrollados lo mejor, para su bien (o mal) sería entregarse a los caprichos de las vacantes violentas de la globalización radical y salvaje, cuyos méritos son alabados día y noche a pesar de las crisis económicas provenientes de la desregulación, de la especulación de los mercados financieros, de la creciente brecha económica y social entre el centro y la periferia del sistema y del renacer en los países centrales del nacionalismo económico y del nacionalismo xenófobo contra los inmigrantes de la periferia. Periferia siempre vista como inferior por ser negra, india o amarilla, bárbara, infiel y turbulenta. 

Traducido para LA ONDA digital  por Cristina Iriarte

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