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Nación,
nacionalismo, Estado
por el vice-canciller Samuel
Pinheiro Guimarães
A continuacion un analisis ezautivo
sobre
Nación,
Nacionalismo, Estado, del embajador
Samuel Pinheiro Guimarães, vice-canciller de Brasil,
ganador del importante Trofeo Juca Pato, como
Intelectual del Año 2006, por la Unión Brasileña de
Escritores (UBE). En
los países de la periferia, ex-colonias, o
ex-semicolonias, el nacionalismo tiene una
naturaleza radicalmente distinta de los movimientos
nacionalistas que se desarrollaron en Europa afirma
Pinheiro Guimarães.
Definiciones
Nación, en su sentido
político moderno, es una comunidad de individuos que
reconocen la existencia de un pasado común, aunque
discrepen sobre aspectos de este pasado; que tiene
una visión de futuro en común; y que creen que este
futuro será mejor si se mantuvieren unidos que si se
separaran, aunque algunos aspiren a modificar la
organización social de la nación y su sistema
político, el Estado.
En este sentido, es
posible hablar de una nación brasileña, de una
nación mexicana, de una nación hindú, de una nación
americana y así sucesivamente aunque grupos sociales
dentro de estas naciones puedan tener
interpretaciones diferentes de su pasado y
aspiraciones distintas para su futuro en común, sin
que, todavía, ningún grupo significativo llegue a
desear y a luchar por la secesión.
Nacionalismo es el
sentimiento de considerar la nación a la que se
pertenece, por una razón o por otra, mejor que las
demás naciones y, por lo tanto, con más derechos,
siendo manifestaciones extremas de este sentimiento
la xenofobia, el racismo y la arrogancia imperial.
Nacionalismo es,
también, el deseo de afirmación y de independencia
política frente a un Estado extranjero opresor o,
cuando el Estado ya se tornó independiente, el deseo
de asegurar en su territorio un tratamiento por
parte del Estado mejor, o por lo menos igual, al
tratamiento concedido al extranjero, sea éste
persona física o jurídica. Los movimientos
nacionalistas significativos del punto de vista
político, cuyas manifestaciones históricas más
simples devienen de la identidad étnica, lingüística
o de pertenencia a una organización política
histórica, tiene como su principal objetivo el
establecimiento de un Estado o la modificación de
las políticas de Estado para defender o privilegiar
intereses de los que integran aquel movimiento.
Nacionalismo
El preconcepto de
considerar su nación mejor que las demás tiene su
origen en la idea de que las divinidades habrían
escogido a un pueblo, una cierta nación, como
elegida i.e. la nación como un conjunto de
individuos que adoraban a una cierta divinidad. El
caso del pueblo judío, el llamado pueblo elegido, es
clásico y esta convicción tiene consecuencias
políticas hasta el día de hoy, siendo tal vez el
Oriente Próximo el principal y más complejo foco de
tensión en el mundo. Japón es otro caso interesante
en la medida en que el Emperador era considerado
Hijo del Sol y como tal simbolizaba el vínculo
concreto entre el pueblo japonés y la divinidad
suprema. China, tradicionalmente, se consideraba tan
superior a los pueblos vecinos e incluso a pueblos
distantes que siquiera admitía mantener relaciones
políticas en nivel de Estados soberanos con otros
Estados. Estos podían, como máximo, ofrecer tributos
al Imperio del Medio, centro de la civilización,
cuyos emperadores se creía que estaban directamente
vinculados a las divinidades celestiales.
El caso de los
Estados Unidos, civilización más reciente que la
china, la judía y la japonesa (e incluso la
francesa, la alemana y la rusa), es distinto pero
las raíces del nacionalismo americano pueden ser
encontradas en la religión protestante. Ésta
considera que el éxito material es una señal de
aprobación divina, de la propia salvación, de algo
predestinado. Desde un punto de vista colectivo, el
éxito material de la sociedad americana significaría
una señal de aprobación divina, de que la sociedad
americana sería elegida por el Señor y que, por esta
razón, no sólo podría sino que debería asumir el
papel de líder y de modelo para todas las sociedades
y Estados.
Esta
misión salvadora de los Estados Unidos se encuentra
claramente expresa en los documentos de política
externa de los Estados Unidos. La declaración del
Presidente George W. Bush de que habría,
literalmente, hablado con Dios, la presencia
creciente y la enorme influencia del fundamentalismo
religioso, extremadamente conservador, belicoso y
nacionalista son aspectos, hechos reveladores de
esta convicción de pueblo, de nación elegida y,
por lo tanto, de superioridad en relación a las
demás naciones. Las elites
dirigentes tienden a ver los Estados Unidos como la
Nueva Jerusalén.
Uno de los
principales movimientos nacionalistas se
desarrollaría en Alemania basados en la superioridad
de una supuesta raza aria, germánica y pura que
vendría a redundar en la toma del Estado por el
Partido Nacional Socialista, con terribles
consecuencias para el mundo y, en especial, para
aquellos que consideraba como integrantes de las
razas inferiores, en especial los judíos, víctimas
de una política de eliminación física, el
Holocausto.
El nacionalismo en
los países desarrollados, en especial en las
Grandes Potencias y su pretensión de superioridad
nacional redundó fácilmente en políticas
expansionistas y agresivas, tanto en el continente
europeo como también en la formación de los imperios
coloniales, con la noción explícita de inferioridad
de los pueblos y de las culturas locales e incluso,
eventualmente, la idea de que serían seres humanos
distintos y hasta inferiores. En un ejemplo
descarnado de esta pretensión, el General
Westmoreland, entonces comandante en jefe de las
fuerzas americanas en Vietnam, se refirió
públicamente a los vietnamitas como seres diferentes
de nosotros, para justificar ciertas acciones de
las tropas americanas.
Así, la
característica central del sistema internacional en
los últimos quinientos años desde el descubrimiento
de las Américas ha sido el imperialismo y el
colonialismo, cuyo fundamento de dominación, más
allá de la fuerza, fue la ideología de superioridad
racial y civilizadora en relación a las colonias y a
sus pueblos y la agresión a los sistemas políticos,
sociales y culturales de naciones dominadas, por la
fuerza, por las metrópolis europeas (lo que también
ocurrió en el proceso de creación de los imperios
continentales como en la expansión territorial de
los Estados Unidos rumbo al Oeste y de Rusia rumbo
al Este y al Sur). La esclavitud fue la expresión
máxima de esta dominación y los esclavos eran
considerados seres inferiores, sin alma, y por lo
tanto naturalmente sujetos al yugo y al arbitrio de
sus señores. Lord Acton, en un artículo publicado en
1862, afirmaba que los Estados más perfectos son
aquellos que como el Imperio Británico y el Imperio
Austríaco incluían varias nacionalidades distintas
sin oprimirlas porque las razas inferiores se
elevan al vivir en unión política con razas
intelectualmente superiores.
En los países de la
periferia, ex-colonias, o ex-semicolonias, el
nacionalismo tiene una naturaleza radicalmente
distinta de los movimientos nacionalistas que se
desarrollaron en Europa los cuales tuvieron su
reputación definitivamente manchada por el
nazi-fascismo, el cual tenía además seguidores y
simpatizantes ardientes en varios otros países
europeos, más allá de Alemania e Italia. Dígase de
paso que los actuales cosmopolitas utilizan muchas
veces una identificación errónea entre el
nacionalismo europeo y el de la periferia para
depreciar los movimientos anti-colonialistas, anti-imperialistas
y hoy anti-globalización acusándolos de
nacionalistas (a lo que en general agregan el
término populista). Los movimientos nacionalistas en
las diversas colonias, con la variación natural de
tiempo y espacio, fueron movimientos de afirmación
de la nacionalidad, de recuperación de tradiciones,
de idioma, de autonomía política y de independencia,
en relación inicialmente a las metrópolis
coloniales europeas, y más tarde, se transformaron
en movimientos de afirmación política y de
desarrollo económico independiente de Estados que se
originaron en las ex-colonias.
Nación
Con el fin del
Imperio Romano, las invasiones de las tribus
bárbaras que vendrían a ocupar las provincias
romanas y a establecer los feudos, territorios en
que los diversos líderes tribales tenían reconocida
su soberanía política y militar, aunque más o menos
limitada, establecen por primera vez, por la
diferenciación de idiomas y de razas en la fusión
con los habitantes, las lenguas locales y el latín
popular, las semillas de las naciones y de los
Estados modernos. La Iglesia en este proceso tuvo
una especial relevancia en la medida en que estos
señores feudales se irían convirtiendo al
cristianismo y reconocían la autoridad de Roma.
Estos sistemas
feudales, débilmente sometidos a un poder central,
en general el señor de un feudo más grande del punto
de vista territorial y poblacional, correspondían a
un conjunto de feudos, territorios pequeños que por
fuerza de los diversos sistemas de herencia política
(que además era también patrimonial), del régimen de
primogénito y de casamientos vendrían a agregarse
progresivamente. Las divergencias sobre derechos
hereditarios, las guerras de conquista y la relación
personal patrimonial de los señores feudales con sus
territorios harían que periódica y eventualmente
poblaciones de distintos orígenes pasasen a estar
sometidas a la soberanía de distintos señores.
Así, se formaron los
Estados nacionales europeos, los cuales en realidad
no correspondían a naciones homogéneas sino que
agrupaban poblaciones de distintos orígenes étnicos,
con diferentes grados de penetración, con distintas
tradiciones, a veces religiones y en las cuales
vigilaban regímenes absolutistas cuyo fundamento era
la doctrina del derecho divino de los reyes sobre
todos sus súbditos (inclusive los descendientes de
los señores feudales), monarcas que se apoyaban
mutuamente en esta pretensión y que tenían el apoyo
ideológico de Roma, hasta que el protestantismo vino
a oponerse ferozmente en guerras sangrientas a
algunos de estos Estados absolutos, que continuaban,
todavía, creyendo y defendiendo la doctrina del
derecho divino de los reyes.
La idea de que el
Estado nace con la nación no corresponde a la
realidad en la mayor parte de los casos pues la
nación sería de hecho una construcción ideológica
posterior, habiendo sido muchas veces la nación
construida por el Estado. La emergencia natural de
las naciones habría sido en realidad imposible
debido a la ignorancia de las masas, a la diversidad
de etnias y de religiones, a la ausencia de
tradiciones reales, efectivas, a la tardía fijación
de las lenguas, a las difusas tradiciones orales y,
por lo tanto, la emergencia de una nación habría
sido solamente posible luego de la organización de
la administración central del Estado, y como
consecuencia de los programas de educación pública,
del servicio militar y de la voluntad de los
dirigentes de unificar las poblaciones. Aún, si esto
ocurre i.e. si las naciones fueron construidas por
los Estados se torna necesario procurar esclarecer
como surgieron los Estados.
Así, Nación y
nacionalismo a pesar de ser conceptos difusos
corresponden a realidades que tuvieron y tienen un
fuerte impacto sobre la realidad política y se
encuentran estrechamente vinculadas a otro concepto
que, más allá de concepto, es el hecho más concreto
de la realidad cotidiana de todos los individuos,
que es el Estado. Todas las cuestiones teóricas y
prácticas relativas a la nación y al nacionalismo
como, por ejemplo, en qué medida a cada nación
debería corresponder un Estado; si las naciones para
ser consideradas como tal deberían ser étnica,
idiomática o religiosamente homogéneas; si el
nacionalismo sería siempre una manifestación
política perversa y peligrosa; si el nacionalismo
tiende al nazismo y así sucesivamente, pasan a tener
un interés especial cuando son examinados a la luz
de la noción y de la realidad del Estado.
La formación
primitiva de los Estados
A pesar de las
diferencias importantes en el proceso de formación y
de evolución de los actuales Estados, una
descripción general un tanto o cuanto esquemática de
su formación puede ser hecha, la cual tendría que
ajustarse y ser calificada, con los cambios
necesarios, a cada circunstancia histórica y
geográfica de Estados específicos, pero cuya
dinámica general podría ser considerada como
razonablemente válida para todos.
La diversificación de
las actividades productivas y de las funciones
sociales acarreaba, incluso en las sociedades más
primitivas, conflictos de intereses que tornaban
necesaria la existencia de normas que disciplinasen
las relaciones entre individuos y grupos y que,
siendo aceptadas, o impuestas, como válidas por
todos, permitían su convivencia social pacífica sin
que fuese necesario recurrir permanentemente a la
fuerza y a la violencia para garantizar su
obediencia.
La lucha por la
hegemonía (i.e. por el derecho de extraer riquezas
naturales en cierto territorio y de organizar en él
el trabajo humano) llevaba a la sujeción de unas
comunidades por otras y a la definición de
territorios y de sus fronteras, dentro de las cuales
esa hegemonía se ejercía en la práctica por la
definición de normas y por la capacidad de hacerlas
aceptar si es necesario por la fuerza. Los grupos
hegemónicos en cada sociedad definían así, a través
de procesos más o menos formales, las reglas que
tendrían que ser obedecidas en un determinado
territorio que controlaban y que, en caso de ser
desobedecidas, serían impuestas por la fuerza.
Naturalmente, los
grupos hegemónicos en cada sociedad procuraban
justificar y explicar su hegemonía a través de sus
supuestos vínculos con las divinidades protectoras
de aquellas comunidades a las cuales les conferían
el derecho de gobernarlas y, por lo tanto, de
elaborar las normas de conducta y de celar por su
cumplimiento.
Las fronteras
separaban territorios geográficos dominados por
distintos grupos hegemónicos cuyos líderes
procuraban acentuar las diferencias que existían en
términos de cultura, idioma, tradiciones y prácticas
religiosas entre las comunidades separadas por
fronteras y así incentivaban la rivalidad y las
nociones de superioridad, que caracterizan a los
nacionalismos.
Las fronteras definen
los límites físicos del ejercicio de hegemonía (de
soberanía) de los grupos y se establecieron en el
pasado como resultado de procesos de lucha que
vinieron a fijarse en obstáculos naturales al
ejercicio eficaz de la fuerza, tales como mares,
lagos, ríos y cadenas de montañas.
En la medida en que
las sociedades se tornaban más populosas surgía la
necesidad de organizar instituciones permanentes,
encargadas de elaborar las normas de conducta, de
asegurar la obediencia a ellas y de financiar su
funcionamiento, a través de la recaudación de
tributos. En las comunidades primitivas y menores,
todos los individuos podían participar de la
elaboración de normas sociales y todos podían, en
principio, participar de los organismos sociales
encargados de velar por la obediencia a estas
normas.
A medida que las
comunidades crecían en población y que se
diversificaban las actividades productivas los
individuos dejaban de poder participar directamente
de los procesos de elaboración y de ejecución de
normas y de solución de conflictos. Se tornaba
necesario elegir representantes, para gobernar las
sociedades a través de sistemas cuyas diferencias
derivaban, como definió Aristóteles en la política,
de un juicio apriorístico sobre la naturaleza
humana. La cuestión básica, según Aristóteles, sería
la de saber si todos los individuos serían
esencialmente iguales o desiguales; y, en caso de
ser desiguales, si una familia podría ser
considerada mejor que las demás; o si algunos
individuos serían considerados esencialmente mejores
que los demás. Dependiendo de la naturaleza de esta
convicción apriorística, los regímenes políticos
posibles serían la democracia, la monarquía y la
oligarquía, con sus variantes. Es obvio, incluso,
que nunca hubo un debate teórico sobre la naturaleza
humana previo a la definición de los regimenes
políticos de las comunidades humanas, primitivas o
no, los cuales se definieron, esto sí, a partir del
intenso conflicto de intereses dentro de cada
comunidad y de la lucha de los diversos grupos por
la hegemonía.
De todas formas, aún
en la monarquía absoluta y en los regímenes
autoritarios el rey o el dictador no gobierna solo,
no elabora las normas de conducta solo ni solo
garantiza la obediencia a ellas. Él tiene que
valerse de auxiliares, nobles, ministros,
apparatchiks o el nombre que tengan, a los cuales
delega el ejercicio de parte de sus funciones y
prerrogativas y de cuyo apoyo político y militar
necesita para mantenerse en el poder. Es posible
imaginar que, en el inicio, la elección de estos
individuos se hacía principalmente en el seno de
aquellas familias de los grupos hegemónicos que
organizaron inicialmente la comunidad y sus sistemas
de producción y de defensa contra otras comunidades.
Los distintos
regímenes políticos, formas de gobierno, son apenas
distintos sistemas de selección de los
representantes de una comunidad para ejercer las
funciones públicas y de la forma de financiar el
ejercicio de estas funciones, que son legislar,
ejecutar y juzgar. El conjunto de instituciones que
ejercen estas funciones de legislar, ejecutar y
juzgar en nombre del conjunto de los ciudadanos de
una sociedad se llama Estado. Una función esencial y
preliminar del Estado es la organización de su
defensa en relación a las pretensiones territoriales
de otros Estados y así garantizar su soberanía sobre
su territorio y la población que en él habita. El
Estado, aunque en sus formas primitivas y de alcance
poco incluyente, es, por lo tanto, esencial para la
convivencia pacífica de los diversos grupos de
individuos que habitan un determinado territorio y
para la defensa de sus intereses enfrentados con
otras comunidades organizadas bajo la forma de
Estado. Naturalmente que los sistemas religiosos,
con sus normas de conducta social y con el poderoso
instrumento de su sanción divina, formaban parte
integrante de los Estados.
El Estado moderno
detenta el monopolio del uso de la fuerza que es su
prerrogativa esencial e indispensable para el
mantenimiento eficiente de un sistema de normas y de
gobierno.
La evolución
histórica de las comunidades primitivas a través de
guerras, de la consecuente incorporación de
territorios y de sujeción de la población en ellos
existente llevó eventualmente a la constitución de
los Estados modernos. En aquellas circunstancias en
que esta incorporación de territorio y de población
no fue aceptada se verifican hoy las
reivindicaciones más o menos violentas por autonomía
o independencia, tales como ocurren en España, en
China, en Yugoslavia, en la ex-URSS, en Canadá, en
Bélgica y en tantos otros países.
Esta evolución
histórica de las comunidades y naciones llevó a la
constitución y a la definición de los territorios
dentro de los cuales se ejerce la soberanía de cada
uno de los 192 Estados actuales miembros de la
Organización de las Naciones Unidas, cuya
convivencia pacífica solamente se puede dar con
obediencia a los principios de los Artículos 1 y 2
de la Carta: solución pacífica de controversias;
derechos iguales y autodeterminación; respeto por
los derechos humanos y libertades fundamentales;
igualdad soberana; abstención de amenazas o uso de
la fuerza contra la integridad territorial y la
independencia política de cualquier Estado.
La Revolución
Francesa en 1789, la Revolución Rusa en 1917 y la
Revolución China en 1949, fueron tres grandes
tentativas de modificación del sistema social y de
la organización del Estado, con enormes reflejos en
la historia de la humanidad: la primera desencadenó
el proceso de eliminación de los derechos feudales y
de transformación de las monarquías absolutas en
Europa (y de sus imperios coloniales, en especial en
América Latina) al afirmar que cada pueblo es
independiente y soberano; la segunda inició la
primera experiencia de un modelo social y político
alternativo al capitalismo y al liberalismo y
reforzó, en competencia con los Estados Unidos, que
la defendía solamente para los europeos, la idea de
autodeterminación de los pueblos; y la tercera
inició el proceso de transformación del Estado y de
la economía china con las consecuencias que hoy
hacen que China, al crecer en un promedio del 10% al
año en los últimos veinte años, se haya transformado
en la segunda mayor potencia económica del mundo.
La visión del Estado
a comienzos del siglo XXI
La sociedad actual se
caracteriza por la concentración de riqueza y de
poder, por la transformación tecnológica acelerada,
por la inestabilidad social, por la ansiedad y
frustración individual, por el fundamentalismo
religioso y por el consumo de productos que alteran
la conciencia, tales como el alcohol, la cocaína, el
éxtasis y otros narcóticos.
En esta sociedad
moderna, ya sea altamente desarrollada o sub-desarrollada,
el control del Estado, esto es, el control del
sistema de normas y de instituciones que definen y
garantizan las características fundamentales del
sistema de producción y que, no importa la razón,
consagra ciertos privilegios, es esencial para las
clases dominantes.
Aún, en el sistema
democrático moderno, que es el resultado de una
historia de luchas y de conquistas de los sectores
oprimidos de la sociedad, a cada ciudadano, concepto
éste que viene siendo definido de formas diferentes
a través del tiempo y del espacio, cabe un voto en
el proceso de elección de los dirigentes del Estado.
Por otro lado, en el capitalismo a cada unidad
monetaria corresponde un voto en el mercado y, por
lo tanto, las decisiones sociales sobre lo qué
producir, cómo producir, cómo consumir y los
beneficios que derivan de estas decisiones se
encuentran altamente concentradas en las manos de
las mega-empresas, esto es de sus
accionistas-propietarios y de sus delegados, o mejor
empleados, los llamados ejecutivos.
El gran y permanente
desafío que tienen que enfrentar los que detentan el
poder económico en la sociedad moderna de régimen
democrático en el que a cada ciudadano le
corresponde un voto, consiste en como transformar el
poder económico en poder político. Esta
transformación es esencial para garantizar la
supervivencia de las normas fundamentales del
sistema económico y social y, eventualmente, para
promover, en la medida en que esto se torna
necesario, su modificación controlada, reformista y
no-revolucionaria, i.e. sin alterar las relaciones
fundamentales de propiedad. En los orígenes de la
democracia liberal tal desafío aún no se ubicaba
pues el régimen era censurante, pues los individuos
solamente eran ciudadanos en la medida en que tenían
cierta renta, o propiedad, o pagaban impuestos.
La primera meta, por
lo tanto, en el proceso de transformar el poder
económico en poder político, debe alejarse de la
masa de ciudadanos de las actividades del Estado y
de la política, la cual es la actividad por la cual
se controla el Estado, o reducir al mínimo y
controlar la participación de esta masa en la
política y en el Estado. así, es necesario difundir
una imagen negativa del Estado y de la política en
el seno de la masa de la sociedad pero, seguramente,
no entre los que componen sus elites.
La imagen del Estado
que se difunde en la sociedad actual, en la que
predominan los valores individualistas, exaltados
por la prensa, por el sistema educativo y hasta por
las religiones, es que el Estado es el moderno
Leviathan, la fuente de todo Mal.
De acuerdo con esta
visión, el cobro de impuestos extorsivos (por
menores que sean en realidad) para alimentar una
burocracia parasitaria, que se complace en elaborar
millares de regulaciones inútiles y confusas, que
estimulan la corrupción y obstaculizan la libertad
y la creatividad del individuo, puro y feliz
originalmente, deviene de la existencia de un Estado
que todos los días infringe la libertad individual y
entorpece el desarrollo de la sociedad. Esta visión,
que persiste a través de los siglos, se origina en
la crítica a las prácticas arbitrarias de las
monarquías absolutas del Renacimiento y del
Iluminismo contra las cuales la burguesía naciente y
sus representantes políticos lucharon para poder
implantar el capitalismo y el liberalismo como
formas de organización económica y política, en una
época anterior a la revolución industrial y a la
revolución tecnológica.
En este Estado
Leviathan del siglo XXI, reinaría maléficamente el
político, el hombre de Estado, el hombre del Mal.
Incompetente, es incapaz de enfrentar los males que
afligen a la sociedad; mentiroso, ilusiona a los
ciudadanos a quienes periódicamente traiciona;
xenófobo, estimula los conflictos y corrupto,
defiende los intereses extranjeros, o los intereses
de los poderosos o los intereses de los
incompetentes sociales que fracasaron en la lucha
individualista por el éxito, mientras se aprovechan
de las ventajas de los cargos que ocupan.
El desprecio y hasta
el horror por la política (y por los políticos) es
sistemática y cotidianamente estimulado por los
medios de comunicación masivos, que procuran hacer
creer a los integrantes de las clases medias y
trabajadoras que la actividad política no es digna
de un hombre de bien, que éste debe dedicarse
exclusivamente a su actividad profesional ya sea un
obrero, un empleado, un técnico o un profesional
liberal, bajo el riesgo de corromperse.
En la estrategia de
estimular este horror y desprecio (con el objetivo
de apartar a las clases inferiores de la tentación
de gobernar la sociedad) es necesario desmovilizar a
estas clases, desviar y distraer su atención, lo
que es tanto más importante cuanto más desigual y
excluyente sea la sociedad y, por lo tanto, cuanto
mayor sea la ostentación de riqueza y más ominosa la
miseria.
La distracción de la
atención de las grandes masas trabajadoras y de las
clases medias se hace por la creación de nuevos
cultos y de la promoción de los héroes de estos
nuevos cultos. La promoción de estos nuevos cultos y
la promoción de estos nuevos héroes es hecha a
través de los medios masivos de comunicación, en
especial la televisión, y por el grueso de la oferta
de entretenimiento banal audiovisual, de los
espectáculos musicales, de los folletines, de los
espectáculos deportivos, de los anuncios
publicitarios. La sociedad es la sociedad del
espectáculo, donde todo se transforma en
espectáculo, inclusive la política.
El principal de estos
nuevos cultos es el culto del cuerpo, que se realiza
a través del body building, de la ingeniería
plástica y de las dietas correctas de alimentación
(la dieta de la sopa, de las frutas, de las
proteínas, del tipo sanguíneo, de las vitaminas...)
y sus héroes son los atletas, los artistas y las
modelos de moda, mientras se deprecia el espíritu y
la cultura, más por la omisión que por el ataque
directo.
El segundo culto es
el culto del dinero en que el empresario se presenta
como el gran héroe, dinámico, astuto, trabajador
incansable en busca del éxito personal, y se procura
convencer a todos que todos pueden tornarse
empresarios exitosos y ricos, bastando con seguir
las estrategias descriptas en los títulos de la
literatura de auto-ayuda empresarial: las mujeres
ricas, el Tao de Warren Buffet, Sun Tzu y el
Ejecutivo etc. El empresario es así el héroe que
enfrenta al político villano, es víctima y
adversario del Estado, da empleo a las masas, está a
favor de la paz. Los héroes de estos dos nuevos
cultos son los modelos para los jóvenes y el
escarnio de los ancianos que ya no pueden ser
atletas ni empresarios, fracasados por no ser ricos
y cuya experiencia no tiene valor en la sociedad de
lo nuevo y de la obsolescencia programada.
El mundo ideal, para
los individuos de la nueva sociedad del siglo XXI,
de donde se ahuyentan las utopías, ridiculizadas
siempre que proponen enfrentar las desigualdades
sociales y modificar las estructuras de poder que
las originan y mantienen, sería un mundo sin
gobiernos, sin violencia, sin drogas, sin políticos,
sin normas, sin impuestos, donde todos serían física
y financieramente exitosos, atletas y empresarios,
un mundo en el que, por encima de todo, el Estado no
existiría.
El mundo real del
siglo XXI
En el mundo real del
siglo XXI, existen 192 Estados y un número aún mayor
de naciones, y, por lo tanto, se trata de un mundo
en el que proliferan los conflictos y las
divergencias dentro y entre los Estados, y en que la
elaboración permanente de normas y la actividad
política incesante son realidades inexorables.
No sólo existen hoy
192 Estados, sino que el número de Estados viene
creciendo desde que, en 1946, la Carta de las
Naciones Unidas fue suscrita por sus Estados
miembros, fundadores. Los Estados miembros de la ONU
de 51 en 1946, pasaron a 152 en 1980 y a 192 en
2008, y, en la medida en que los nacionalismos se
agudizan, estimulados o naturales, otros Estados
pueden surgir, como fue el caso reciente de Kosovo,
Estado de gran inviabilidad, pero que abre un
importante precedente, que afecta los intereses más
estratégicos de los Estados Unidos. El estímulo a
los nacionalismos locales en Europa debilita al
nuevo nacionalismo europeo que se concretaría en la
ciudadanía europea, al tornar más difícil la
acción política de la Unión Europea, mientras que el
estimulo a los nacionalismos en la periferia tiene
el efecto de debilitar a los grandes Estados como
China, India y Rusia. políticamente, se fortalecen
los nacionalismos lo que debilita a los grandes
competidores; económicamente, esto perjudica el
proceso de globalización al multiplicar el número de
Estados.
Los conflictos
armados durante el siglo XX fueron los más
sangrientos y destructivos de toda la Historia de la
humanidad y el fin de los regímenes comunistas, a
cuya existencia y acción se atribuían los conflictos
entre Estados, no redujo ni el número ni la
intensidad de estos conflictos.
El aumento del número
de Estados derivó seguramente de la vitalidad y del
éxito de los movimientos nacionalistas en su lucha
contra la dominación de los imperios coloniales y
contra los Estados bajo cuya dominación se
encontraban grupos nacionales insurrectos, como
ocurría en Checoslovaquia, Yugoslavia y en la Unión
Soviética.
La formación de los
Estados fue seguramente distinta en Europa, en
América Latina, en África y en Asia. Los Estados
actuales, en especial en América Latina, donde las
instituciones de las poblaciones locales existentes
en la época de la conquista o fueron totalmente
eliminadas como en el caso de México y de Perú o
eran frágiles, como en el caso de Brasil, son el
resultado muchas veces de la evolución del
transplante de instituciones europeas hecho por las
metrópolis para sus colonias. El caso de Bolivia es
de gran interés, y tal vez inédito, por ser un
intento de recuperar instituciones originales
indígenas. En África, un siglo y medio más tarde,
las colonias tuvieron fronteras arbitrariamente
trazadas que más tarde sobrevivieron al proceso de
descolonización, separando etnias, idiomas y
tradiciones y dando una razón para los conflictos
que todavía, muchas veces, tienen su verdadero
origen en disputas por la explotación de recursos
naturales. En Asia, la colonización europea se hizo
de forma más indirecta y encontró sistemas políticos
y administrativos mucho más sofisticados a los
cuales se superpuso.
Hoy aquellas formas
anteriores de organización, o por lo menos su
espíritu, sobrevivieron en las organizaciones
políticas del Estado asiático. Por otro lado, el
actual proceso de integración europea no es un
proceso de eliminación del Estado y de sus
características fundamentales sino sí un proceso de
unificación gradual de Estados independientes que
ceden parte de su ciudadanía a los órganos supra-nacionales
de la Unión Europea. Este es un fenómeno similar al
que ocurrió en el pasado en Alemania y en Italia y
no tiene nada que ver con alguna supuesta tendencia
histórica al fin de las fronteras pero sí
corresponde a un rediseño de fronteras y de
ciudadanía. Se trata en realidad de la formación
gradual de un nuevo (y enorme) Estado en un proceso
similar, pero de ninguna forma igual (pues los
Estados en la Unión Europea aún conservan un número
mucho mayor de prerrogativas soberanas) al que
sucedió en la formación de los Estados Unidos, de
Alemania y de Italia.
El capitalismo y la
campaña por el fin del Estado
El capitalismo
moderno tiene como fundamento la propiedad privada
de los medios de producción y como objetivo
principal el lucro. Este objetivo supremo torna
indispensable la permanente expansión de la
producción la cual depende, por su parte, de la
división del trabajo y, por lo tanto, de la
extensión del mercado.
Cuanto mayor la
extensión del mercado mayor es la posibilidad de
división del trabajo, mayor la productividad, mayor
la producción, mayor el consumo, mayor el lucro y
mayor la felicidad humana, ya que, según argumentó
Jeremy Bentham, sería imposible medir el grado de
felicidad humana y así se podría considerar que
cuanto más bienes el individuo (y la comunidad)
puedan consumir mayor su felicidad. De ahí la
alegría con la que se saludan los incrementos del
PBI, mientras se constata el alto grado de
insatisfacción del individuo común, incluso en
aquellos países más desarrollados. Claro está que,
para las masas de excluidos, el aumento de su
felicidad solamente podrá darse cuando consigan
alcanzar plataformas mínimas y dignas de consumo de
bienes físicos y culturales.
Así, el capitalismo,
como forma de organización de la producción, de la
distribución y del consumo de bienes, desde sus
orígenes procuró ampliar los mercados a través de la
incorporación de una forma pacífica o violenta de
poblaciones y de territorios a su sistema de
producción y asegurar la existencia de sistemas
políticos de elaboración y de ejecución de normas
que garanticen su expansión y su funcionamiento
pacífico.
Este proceso de
formación de mercados, en principio locales, en
seguida regionales, después nacionales,
posteriormente continentales y, finalmente, globales
fue interrumpido en el período que transcurrió entre
1914 y 1989, en que se verificaron las dos Guerras
Mundiales, la Gran Depresión de 1929 y la
Revolución Bolchevique de 1917 que implantó el
régimen socialista en Rusia y que se expandiría
hacia Europa Oriental, China y Asia. El proceso de
descolonización, por su parte, llevaría, en muchos
Estados de independencia reciente, a la
organización de sistemas de producción de economía
mixta con alto grado de participación del Estado,
habiendo ocurrido lo mismo en América Latina. Estos
eventos fragmentaron de diversas formas la economía
mundial, interrumpiendo el proceso de globalización
de mercados y de integración de la economía mundial
y llegaron a parecer a muchos analistas como el
preanuncio de una eventual, pero segura, derrota del
capitalismo frente al comunismo.
La caída del Muro de
Berlín, la retirada de las tropas soviéticas de
Europa Oriental y de Afganistán, la desintegración
de la Unión Soviética en quince Estados
independientes, la adhesión al capitalismo de los
antiguos regímenes comunistas europeos, la nueva
política económica en China, la reorganización de
las economías de las ex-colonias de la periferia a
través de las condiciones vinculadas al proceso de
renegociación de sus deudas externas, creó la
oportunidad para que el proceso de globalización,
i.e. de formación de mercados globales fuese
retomado con todo el vigor ideológico y práctico, a
través de la incorporación de estos nuevos
territorios.
El proceso de
globalización, a comienzos del siglo XXI, que
corresponde a la expansión del capitalismo y a su
permanente transformación tecnológica, para ser
eficiente (maximizar el lucro) requiere la
uniformidad de las normas que regulan la actividad
económica en los distintos territorios soberanos.
Exige también, retirar de la arena de la política la
cuestión económica, estableciendo como verdad
absoluta e intocable la política neo-liberal en sus
preceptos fundamentales de propiedad privada y de
libre juego de las fuerzas de mercado que exigen, en
consecuencia, programas de privatización (que llega
hasta a la seguridad y a los presidios), de
desregulación y de apertura comercial y financiera,
de reducción de impuestos sobre el capital y de
no-discriminación entre capital nacional y capital
extranjero.
Para colaborar de
forma poderosa con esta uniformidad de normas, nada
más útil que la elaboración de teorías que aboguen
por el fin de los Estados nacionales (y de los
nacionalismos), el fin de las fronteras, los
beneficios del Estado-mínimo, acompañados de la
negociación de normas internacionales que lleven a
la adopción por parte de los Estados soberanos (en
la imposibilidad de su sujeción política por parte
de la fuerza) de aquellas políticas neoliberales,
tornando ilegales, e incluso absurdas, cualesquier
políticas diferentes y, finalmente, la idea de que
la globalización económica para ser eficiente
depende de una gobernabilidad política global que
asegure su funcionamiento e impida tentativas
nacionales de reversión y de limitación de los
derechos de acción de las mega-empresas
multinacionales. Todavía, paradójicamente, el propio
proceso de globalización, en la medida en que no
existe un Estado mundial, necesita de Estados
nacionales para internalizar las normas negociadas
internacionalmente y garantizar su vigencia.
En la periferia del
sistema económico y político mundial, donde se
encuentran los Estados que son ex-colonias tales
como Brasil, las disparidades de renta y de poder
son extraordinarias dentro de sus territorios así
como entre estas ex-colonias y los países que
integran el centro desarrollado y poderoso del
sistema internacional. Las crecientes disparidades
de poder entre el centro y la periferia del sistema,
que pueden ser constatadas por la creciente brecha
de la renta per-cápita y de acumulación de la
capacidad militar entre Estados desarrollados y
Estados en desarrollo, hacen que los Estados, única
entidad en la periferia capaz de enfrentar el poder
de las mega-empresas multinacionales, de las
agencias internacionales y de los Estados
desarrollados, estén obligados, a mantener la
convivencia pacífica entre los sectores de la
población alcanzados por las políticas neo-liberales
dentro de sus territorios a procurar ejecutar
políticas de desarrollo y de combate a la pobreza
que, muchas veces, significan restricciones al
proceso de formación de mercados globales y al libre
juego de las fuerzas de mercado.
Tales políticas son
llamadas de nacionalistas y populistas y sus
defensores son acusados, criticados y ridiculizados
por la prensa la cual, hoy en la práctica, es
constituida por empresas multinacionales de
entretenimiento e información y se encuentran
íntimamente vinculadas a las mega-empresas
multinacionales y dependientes de ellas, en
consecuencia, no sólo de sus intereses ideológicos
comunes, en la calidad de empresas privadas que son,
sino por el sistema de anuncios.
Los desequilibrios de
población , territorio, producto, fuerzas armadas y
desarrollo tecnológico entre los países del centro y
los países de la periferia tornan, en la práctica,
imposible y utópica la idea de gobierno mundial la
cual es convenientemente sustituida por la idea de
gobernabilidad global, la cual en la práctica pasa a
ser ejercida por los organismos internacionales que
fueron creados luego de la II Guerra Mundial para
asegurar la paz, la seguridad política y la
estabilidad económica o, cuando estos organismos por
una razón u otra se verifican insuficientes o se
tornan inconvenientes, por nuevas agencias
internacionales, o multinacionales, a ser creadas.
Las tentativas
permanentes de los Estados en el centro del sistema
de imponer sus políticas económicas y sociales, las
crecientes asimetrías de riqueza y de poder entre
las sociedades del centro y las de la periferia, la
creciente brecha entre ellas, y la tentativa de los
Estados del centro de imponer a la periferia, por la
violencia o por la presión económica, cambios en el
régimen político y económico, hacen resurgir con más
fuerza los movimientos anti-globalización y los
nacionalismos.
Los atentados del 11
de septiembre de 2001 así como los movimientos
migratorios constantes, provenientes de la
diferencia de oportunidades para los individuos
entre la periferia y el centro, a la que se suman
olas migratorias periódicas derivadas de conflictos
y de catástrofes naturales, hicieron resurgir en los
países altamente desarrollados, los nacionalismos
xenófobos. Por otro lado, el desarrollo económico en
China y en India agregó una fuerte demanda por
energía, alimentos y minerales lo que llevó a la
acumulación de enormes reservas por parte de los
países exportadores de petróleo, de gas, de
minerales y de commodities agrícolas. La decisión de
estos países de invertir tales recursos (de los
fondos soberanos) en empresas de los países del
centro del sistema mundial, ha provocado un
movimiento inédito que procura imponer restricciones
a los flujos de capital extranjero que se dirigen en
los países centrales, cuyos dirigentes y analistas
argumentan que estas restricciones son necesarias
por razones políticas estratégicas.
Esta rápida expansión
de la demanda por energía, por minerales, por
alimentos por parte de países como China e India,
que resultó de su legítima aspiración de alcanzar
niveles de consumo dignos para sus poblaciones que
corresponden, sumadas, a cerca de un tercio de la
población mundial, agregada a la demanda de las
sociedades occidentales, tiene un enorme impacto
sobre el medio ambiente, en especial sobre el cambio
climático, cuyos efectos, para ser evitados,
tornarían casi imprescindible una mayor intervención
del Estado en la economía, lo que afectaría el
dínamo físico e ideológico del capitalismo.
Todavía, la academia,
los organismos internacionales, la prensa y los
gobiernos de los países altamente desarrollados
siguen convencidos de que, para los países de la
periferia, el nacionalismo, que es lo opuesto del
cosmopolitismo globalizador, y el populismo, que
es lo opuesto del liberalismo radical, son dos males
gemelos a ser atacados y erradicados a cualquier
precio. Para estos países sub-desarrollados lo
mejor, para su bien (o mal) sería entregarse a los
caprichos de las vacantes violentas de la
globalización radical y salvaje, cuyos méritos son
alabados día y noche a pesar de las crisis
económicas provenientes de la desregulación, de la
especulación de los mercados financieros, de la
creciente brecha económica y social entre el centro
y la periferia del sistema y del renacer en los
países centrales del nacionalismo económico y del
nacionalismo xenófobo contra los inmigrantes de la
periferia. Periferia siempre vista como inferior por
ser negra, india o amarilla, bárbara, infiel y
turbulenta.
Traducido para LA ONDA digital por
Cristina Iriarte
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