Señas de identidad y lucha
por Prof. Lauro Marauda

Además de un argumento interesante, imbricado a partir de una intriga policial (el presunto asesinato o suicidio de un amigo del protagonista) ubicado entre la actualidad “más actual” (año 2007) y 1983, casi al final de los años oscuros para nuestro país y para la Argentina, la novela mantiene en vilo al lector por varios factores.

 

En primer lugar, un firme pulso narrativo, con expresiones coloquiales bien reguladas, a través de la intercalación de diálogos creíbles, con un lenguaje que resulta muy cercano a  cualquier rioplatense, de aquí o del otro lado del charco..

La jerga de la cana, de la lucha contra la última dictadura (que dio lugar a expresiones nuevas y originales como “máquina”, “patovica”, “saltar”, “montear”, etc.) y de las distintas clases y tipos sociales, aparece con versatilidad.

En segundo lugar, la capacidad que muestra José Luis Olascuaga en todos sus escritos de situarse en el vórtice de la realidad más urticante y explosiva, tal vez fruto de su innegable olfato periodístico, que viene ejerciendo desde hace décadas.

 

En este caso, una presunta puja por el poder en la Confederación Sudamericana de Fútbol entre “Paco” Casal y Grondona, y sus posibles derivaciones,  se enmarca en otro panorama más abarcativo e inasible. El tema verdadero, el de los hilos del PODER y sus grandes titiriteros, los lobbys, las compañías petroleras, PEDEVESA, Lula, Chávez, España y las grandes empresas transnacionales, manejan en forma invisible estas piezas de carne y hueso individuales, últimos orejones del tarro, extorsionados, eliminados o perdonados, de acuerdo a sus conveniencias e intereses.

 

Una tercera versión sobre la muerte del General Actis, que se opuso a los chanchullos de  Martínez de Hoz y la entrega de los yacimientos petrolíferos argentinos, resulta peligrosa para los poderosos y de rebote, para quienes poseen el secreto.

 

Se sugiere lo máximo a través de lo mínimo, de la caída voluntaria o involuntaria de un séptimo piso de Romualdo,  de algunas vigilancias mal disimuladas, de algunas amenazas no demasiado veladas al periodista-investigador, de un consejo continuo de “no te metás”, que todos conocemos en este mundo. Y sus alcances...

 

Sin embargo, esos seres cotidianos resultan siempre llenos de contradicciones, defectuosos y queribles. Porque Suárez nunca renegará del “Alexandro” que luchaba en la clandestinidad contra la dictadura y seguirá enamorado de su Ximena, como un Cid Campeador de la posmodernidad.

 

Por su parte, el protagonista se reconciliará con su Laura como un Petrarca anacrónico.. Los mitos se cumplen. En Punta del Este se reacomodan todas las parejas, y ésta no es la excepción.

 

De a poco, y fundamentalmente a través de diálogos (aquí no hay casi grafopeyas; descripciones de rasgos físicos -aunque sea de paisajes- ni etopeyas; descripciones de rasgos psicológicos) emerge lo verdaderamente importante. El entorno se esboza y nada distrae de lo mimético y de la acción. Se abre el espacio narrativo a las más descabelladas conjeturas y  las más recónditas motivaciones de las acciones.

 

Joselo no es un recién venido a la narrativa. Y menos a la de fútbol.

Desde su más conocida pasión,  crea un Mario Bolívar, periodista, hincha de Defensor, en separación con su compañera Laura, en flirteos con una Mireya (no rubia), y movido a la realización de un libro con información peligrosa por las extrañas circunstancias del fallecimiento de un amigo, el Dr. Romualdo Castro Doria.

 

De a poco va vislumbrando e iluminando una trama de corrupción y engranajes de alta política, espías, fuerzas represivas todavía no desarticuladas y fantasmas de la década del 80 que vuelven al tapete, vivos o muertos.

 

A lo largo de la narración, se suceden los nombres de muchos famosos, meritorios y lamentables: Martínez de Hoz, Lacoste, Omar Actis, Menem, Grondona, Corbo, Figueredo, “Paco” Casal, Francescoli, Gutiérrez, el “Profe” De León, Carrasco, entreverados con personajes imaginarios, estereotipos de jugadores de fútbol como “Pipo” Suárez, “un famoso enganche de los 80”, otrora izquierdista  comprometido; con periodistas deportivos como Torrendel y el propio Mario Bolívar, el Ministro de Gendaremía Surraco y otros personajes secundarios, o siluetas, verdaderamente creíbles.

 

El sexo y el amor también juegan módicamente en la novela.

Las contraseñas del título refieren a los famosos “alias” y los mensajes encubiertos, imprescindibles para conservar el anonimato y la vida en la militancia clandestina de hace unos pocos años. Simbolizan, de modo más profundo, los pequeños sobreentendidos y los disfraces que encubren, condimentan y salpican las verdaderas identidades, los más íntimos sentimientos del hombre. Tal vez somos una contraseña, cuando queremos ser una cara descubierta y sin maquillajes, cuando anhelamos un abrazo, una caricia, ser los autores de un gran gol.

 

Porque así como esta democracia no se parece a la que muchos buscaron, la pérdida de la inocencia, de las ilusiones exaltadas también palpitan en esta novela, para bien y para mal.

 

El diálogo entre Mario y un militar nostálgico del período de facto y la explosión de Surraco en el Uni Bar, pidiendo sinceridad a los defensores de un cambio político químicamente puro, alejado de los conflictos reales, parecen los momentos más profundos y logrados de este entretenimiento, en el mejor sentido de la palabra.

 

Porque la novela entretiene sin claudicar. Y no es un mérito menor. No entretiene quien quiere sino quien puede. Entretenido es “Don Quijote...” y fijate qué hondura.

 

Con armas legítimas, con conocimiento desde adentro de lo que ficciona y coraje para ponernos un espejo a nosotros, los de entonces, que “ya no somos los mismos”, Olascuaga patea y convierte otro gol. Esta vez la utopía, el fútbol y la política se dan la mano.

 

Y el amor espera, sonriente, porque no hay  cuatro sin cinco.

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