Reflexiones:
ser humano

por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

El infierno del malvado es ser reducido a vivir

sólo consigo mismo;

ese es precisamente el paraíso del hombre de bien,

y no hay para él espectáculo más agradable que el

de su propia conciencia.

 

Jean-Jacques Rousseau,

 “Las ensoñaciones del paseante solitario”,

Alianza Editorial, Madrid, año 1998, pág. 171.

 

Permitámonos hacer un alto en nuestro camino. Descontraer nuestros músculos faciales, aligerar la tensión reinante en nuestros brazos, aspirar una buena bocanada de aire –aunque sea con bufanda mediante, al menos en el Cono Sur-, y mirar hacia nuestros adentros, en procura de un acercamiento al centro mismo de nuestra esencialidad, a la luz que imana de la partícula de vida que promueve nuestro ser, que lo torna posible. Y pensemos, sin más; tan sólo démonos permiso para una breve reflexión interior.

 

Hoy en día – en un “día” que lleva demasiado tiempo sin querer cambiar de aspecto -, las consideraciones respecto de lo sensible, de los valores, las más de las veces parecen estar en el orden de lo intrascendente, de lo no-serio.


Es que la eficacia y eficiencia para huir de las cuestiones caras a lo humano de la persona, en aras de obtener mayores cosas de esas que alienta a obtener la ideología del presente, nos mueve, en más o en menos, pero nos mueve a todos, a una cosificación de la cual difícil es salir si no mantenemos encendida la llama interior de nuestra conciencia crítica.

 

Y para ello, mal que nos pese, hay que pensar. Pero desde un pensar reflexivo, de esos que, desde mi lugar de vida – Montevideo -, uno “encuentra” al preparar un mate, al ordenar las cosas de la casa, modo subalterno de “sentirnos” que “hacemos algo” por el “bien de la familia”. En fin, son esos pequeños pero incomparablemente maravillosos momentos en que nos adueñamos del tiempo, al ignorarlo, traduciendo el instante en un tiempo mayor, extenso, libre de premuras, tensiones y incitaciones a ser efectivos.

 

En todo caso, y como bien decía el siempre vital y crítico pensador francés Maurice Merleau-Ponty, en su obra Humanismo y Terror: “(...) Sea cual fuere la filosofía que se profese, y aun si es teológica, una sociedad no es el templo de los valores-ídolos que figuran al frente de sus monumentos o en sus textos constitucionales; una sociedad vale lo que valen en ella las relaciones del hombre con el hombre.”

 

Y convengo con él en que es así; en que estructuralmente la cuestión pasa por cómo y por cuánto tiempo me doy con el otro, con la otra y así vivo en sociedad, socializándome, correspondiéndome con la otra persona. O, si de alienarnos se trata, cómo y durante qué lapso descreo del otro, encasillándolo, estigmatizándolo y así, poco a poco, esa otra persona pasa a ser sustancia y sentido de mi anatema, objeto del deseo más bajo que pueda yo manifestar: resentimiento social, enajenación de lo humano. Odiar. Evadirnos de nuestro centro al querer ocupar el del otro, al intentar quitarlo del mismo para ser nosotros, ambos.

 

Es por esto, según creo entreverlo, que el propio Merleau-Ponty en otro momento de su pensar, plasmado en la obra intitulada Elogio de la filosofía, manifiesta lo que sigue, entre otras consideraciones: “El odio es una virtud de retaguardia. Obedecer a ojos cerrados es el comienzo del pánico, y elegir contra lo que se comprende es el comienzo del escepticismo. Hay que ser capaz de retroceder para ser capaz de un compromiso verdadero, que es siempre, también, un compromiso con la verdad.”

 

Este pensamiento del francés, lo hemos colocado a resultas de nuestra propia línea argumental, en el sentido de que creemos que quien se aviene a odiar, a malquerer, luego a no respetar al otro en su diferencia con uno mismo, se apresta a responder cada vez más ciega y obtusamente, a los designios de un líder en el que depositamos, cual fetiche que nos exorciza de la vacuidad en la que comenzamos a chapotear, de nuestra responsabilidad personal e intransferible por atender, con propiedad, con resolución en integridad, luego, las cuestiones de este mundo.

 

Este compañero de camino reflexivo que hoy hemos elegido, dice en otra de sus obras, algo que viene en apoyo de lo que pretendemos sea aquí tratado. Y lo dice en los siguientes términos, desde su obra Las aventuras de la dialéctica, con estas palabras: “(...) Hoy, del mismo modo que hace cien años, y que hace treinta y ocho años, sigue siendo verdad que nadie es sujeto y es libre solo, que las libertades se contrarían entre sí y se exigen unas a las otras, que la historia es la historia de sus debates, que este debate está inscripto y es visible en las instituciones, en las civilizaciones, en la estela de las grandes acciones históricas, que hay medios para comprenderlo, para situarlo, si no en un sistema de acuerdo con una jerarquía exacta y definitiva y en la perspectiva de una sociedad verdadera, homogénea, última, al menos como distintos episodios de una sola vida, de la cual cada uno es una experiencia y puede trasmitirse a los que siguen...”

 

Y agrega: “No es la dialéctica lo que está caduco, sino la pretensión de darle término en un fin de la historia o en una revolución permanente, en un régimen que, por ser la negación de sí mismo, no tenga necesidad de ser negado desde el exterior, y en una palabra, que no tenga más exterior.”

 

Que nada o todo de lo humano nos es o nos será ajeno, si renunciamos a nuestra propia asunción de lo que ser humano es para una persona, luego para un ser comprometido con su tiempo y con sus gentes o, caso contrario, imbuirnos de ese espíritu tan gélido como idiotizante de que la cuestión no pasa por nosotros, que “sepamos tomar de la vida lo que podemos sacar como beneficio de la misma”, que “seamos prácticos”, que “conservemos la ilusión de ser algo ilustrados” (y tan mediocres...). En suma: que renunciemos a comprendernos con los otros, con las otras, con LO diverso.

 

No ser humano es ser también rebelde. De una rebeldía que dice relación con el no aceptar a tapas cerradas lo que se nos da como verdadero, de no querer comprarnos una realidad que no es la que nuestros ojos ven y menos aun la que nuestra conciencia, si es que –lo repito- hay permanencia en nosotros de una reflexión moral, además de la necesaria reflexión calculadora.

 

Que tenemos que soltar algunos improperios en silencio. Que debemos pensar cómo diablos se puede reformar esto o aquello e intentarlo, desde nuestra esfera de acción intentarlo. No caer, y esto vale para los que, como yo, supuestamente estamos en la “faena del pensar”, no caer, repito, ni en el profetismo, ni en el ensayismo. Y para que esto no suceda, además de discurrir, de escribir, hacerlo, siéndolo. En el día a día de nuestras vidas, en lo interno de nuestras moradas y en lo externo de nuestras arenas públicas.

 

Y así buscar construir, desde el presente, un porvenir de mayor dignidad, corresponsablemente.

 

La sensibilidad no se prueba por nuestros gustos sino por nuestras acciones. Esas mismas acciones que denotan que una persona avanza en humanidad cuando ni la prisa ni la obsecuencia son obstáculos insalvables a la hora de intentar, con esfuerzo creciente, comprender a ese otro hombre, a esa otra mujer, como así también a eso otro que en un primer momento nos suena chocante y que en vez de rechazarlo, buscaremos, siquiera, entenderlo y así poder convivir. Convivir no es convalidar sino, en la esfera de las normas que la comunidad que nos congrega se ha dado a sí misma para regular sus relaciones, en lo macro, aprender a aprehender eso diverso tan diferente a nuestra concepción del mundo y de las cosas pero que también integra la vida.

 

En resumidas cuentas, que meditar de vez en vez sobre las cuestiones más caras al ser humano, las del sentir, las del vivir una vida digna, luego con sentido, nunca debe ser ajena a nuestra intención y dedicación.

 

Ahora sí, continuemos nuestra marcha. El cotidiano vivir nos espera; asumámoslo, pues.

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