Torres García y
su fantasma
en el Circular

por José Luis Olascuaga
Reporte gráfico: Rosario Martínez

Cuando Ernesto Vila llegó al taller Torres García para integrarse a él como discípulo, en los sótanos del Ateneo, donde hoy está la sala 2 del teatro Circular, era una tarde de lluvia durante las mayores inundaciones de la historia del país, 1959.

 

Habían pasado diez años desde la muerte de Torres García. Los profesores eran Guillermo Fernández y José Gurvitch. El aura y la disciplina de aquella vanguardia empecinada todavía permanecían. Ernesto se sintió un monje o un masón cuando se puso por primera vez la túnica marrón que todos vestían encerrados entre las paredes del sótano, forradas de arpillera.

 

Primero lo agarró Guillermo Fernández y lo tuvo un año y medio trabajando cinco centímetros cuadrados por semana. Después le tocó el que parecía más bueno, más liberal, más flexible, y en cierto modo lo era. Pero sólo en cierto modo. Una madrugada, golpes a la puerta de la pieza de pensión, sobresaltaron en la cama a Ernesto y a su pareja de entonces, Gladys. Eran las tres de la mañana. Ernesto fue a ver quién era y se encontró con José Gurvich. El maestro se les aparecía a cualquier hora a controlarles los trabajos, porque decía que si les avisaba, le escondían los trabajos malos. Era un método de enseñanza que había empleado con él Joaquín Torres García.

 

Gladys quedó en la cama, mientras Gurvich le marcaba a Ernesto cada detalle de cada lámina, durante dos horas, a la manera en que lo hacía el viejo Torres, el de las apariciones sorpresivas.

 

El dinero no contaba para nada en el taller de Torres. Mattos y otros tenían guita, pero valían lo mismo que Ernesto y varios obreros que iban al taller a la salida de la fábrica. “El Taller Torres García quedaba afuera del mundo”, dice Ernesto Vila, pero encerrado entre las arpilleras del sótano del Ateneo como un templo encritptado.

 

“El viejo Torres había formado escuela,  había producido un canon y creado epígonos. Varios le seguían ortodoxamente. Pero era imposible chuparle rueda. El viejo estaba perdido en su propio paisaje, parado en los pedales y puteando (era un hombre colérico, capaz de romperle la oficina a patadas a un decorador de París, porque dijo que no le gustaba El Greco)”, me contó Vila. Era un hombre que juzgaba, laudaba y se metía de prepo si se tocaba su nervio allí donde lo suyo estuviera en juego, el arte.

 

En 1931, Torres García había vuelto de Europa con toda su vanguardia y sus polémicas a cuestas. Hoy está en los billetes, en las tarjetas de crédito y en los ministerios. Pero cuando murió, en el 49, la irradiación de su rebeldía duró décadas y fue rebelde y fantasmal como un panfleto indómito.

 

“Fue una suerte de ideologización de la enseñanza que entró en decadencia, cayó en el manierismo y al final ingresó al CTI –explica Vila–. Pero, sin embargo, produjo resultados”.

 

 

Dice Ernesto que en el arte todo es inocente menos el resultado. “Y produjo talentos críticos que se abrieron del canon. Casi todos se fueron del Uruguay. La mayoría murió en Estados Unidos, uno murió en España. ¿Qué quedó de todo eso? –se pregunta Vila–. Una memoria ajena. No es poco”. Pero quedó algo más, un verdadero fantasma.

 

Al Teatro Circular lo habita el fantasma de Joaquín Torres García en pequeña la sala 2, que ocupa el sótano donde funcionaba el taller del más  importante, conocido y actualmente también el más popular de nuestros pintores.

 

El fantasma de Torres se aparece dos por tres en los ensayos con un sombrero de ala ancha, apoyado en la baranda de la platea alta y así como aparece desaparece, pero nunca sin entrometerse en el resultado de la obra de arte.

 

Durante una función de Rococo Kitsh, dirigida por Roberto Suárez, una espectadora se fijó en su programa de mano cuál era el actor que hacía el personaje del hombre de rostro embozado, mirada centelleante, alto, de gabardina y sombrero alado, que no  hablaba durante toda la obra pero aparecía en varias escenas. Al no encontrar en el programa ninguna referencia a ese personaje ni tampoco al actor que lo representaba, al terminar la función, esta espectadora fue al camarín a preguntar quién era ese actor, por qué no figuraba en el programa y qué significaba ese personaje.

 

–!¿Qué actor?¡” “¡¿Qué personaje?!” –le preguntó Suárez, pensando que la espectadora había alucinado. Pero el actor Angel Medina y Pablo Caballero, iluminador, también lo habían visto, en dos momentos, en un  rincón del escenario, sin hablar.

 

Natalia Acosta dice que el fantasma es bueno, que los ayuda con su energía y que en varias ocasiones les salvó la vida. A Natalia un spot le hubiese partido la cabeza si cuando, accidentalmente, el “tacho” cayó desde su colocación, exactamente cenital sobre la cabeza de la actriz, un repentino e inexplicable viento no lo hubiese desviado tal como ocurrió. Hugo Leao, el diseñador de luces del teatro, vio como milagrosamente se desviaba la trayectoria del aparato en su caída. Todo este relato resulta aún más inverosímil si se agrega que estaban representando una obra para niños llamada  “Pluf, el fantasmita”. Pero ellos lo consideraron simplemente una piadosa humorada del fantasma de Torres García. Porque estos vientos aparentemente inmotivados llegaron a hacer explotar el vidrio de una puerta ante el estupor de la actriz Berta Moreno, que apenas lo había tocado. Otra noche, el elenco estaba discutiendo una obra que proponía el director Gabriel Calderón. Discutían airadamente, luego de un breve ensayo y de pronto todos los bolsos y mochilas que habían dejado sobre una mesa volaron y cayeron al piso. La reacción inmediata fue dejar el ensayo, levantar los bolsos, retirarse de sala y cerrar el teatro. Algo de lo que dijeron ofendió al fantasma y los echó.

 

El operador de luces del Circular, Pablo Caballero, es el más habituado a la compañía del fantasma de Torres García. Dice que Torres suele observarlo colocar las luces y que aprueba o desaprueba su trabajo con gestos elocuentes durante sus fugaces apariciones.

 

También en la sala de clase, el mismo fantasma se les ha aparecido a los alumnos y a la profesora Alicia Restrepo, mostrando su especial interés por la enseñanza.

 

Una actriz boliviana que llegó a Montevideo para hacer una serie de funciones en la sala 2, suspendió la obra tras la primera función porque sintió al actuar que alguien la movía en el escenario.

 

También han tenido distinto trato con el fantasma, según mis informes, Cecilia Baranda,  Margarita Musto, Horacio Buscaglia, Helena Saavedra y Enrique Berger, quién en una caída desde la platea alta sobre una rueda metálica, sintió que alguien lo sostenía de los pantalones. Enrique pensó que era algún compañero quien lo había salvado, hasta que vio que estaba solo y logró reincorporarse.

 

Cierta vez vinieron a alquilar la sala para un Congreso de Mediums. Cuando los mediums ingresaron al teatro notaron que su energía era demasiada y al entrar a Sala 2, definitivamente desistieron de realizar allí el Congreso.

 

Durante la filmación de Morir o no, el fantasma se instaló entre los dos camarógrafos y todos los actores lo vieron y pudieron describirlo con precisión. Pilar González, artista plástica que conocía bien a Torres, dictaminó, por las descripciones, que el fantasma alto, delgado, anguloso, de mirada penetrante, no es otro que el maestro fundador del taller que allí había.

 

Muchos actores han visto a Torres, a quien reconocen por su iconografía pero con rostro embozado, pasar tras ellos en los espejos del camarín o quedarse mirándolos y cuando se dan vuelta y lo buscan, no hay nadie.

 

Yo nunca había oído hablar del fantasma de Torres García hasta que empecé a investigar para esta nota. Pero mi primer libro lo presenté ahí, en la sala 2. Su tapa es el sombrero alado de un rostro irreconocible y empieza con la llegada al Teatro Circular de un hombre de gabardina, con ese sombrero, que se sienta en la platea mientras se está ensayando una obra.

 

La noche de la presentación del libro apareció en la sala, aunque yo no había podido invitarla, la persona que en el libro se daba por desaparecida.

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