En Mundo Jurásico
Dinosaurios en el Prado

por Martín Bentancor

Por arte de la tecnología y el negocio del entretenimiento, los dinosaurios volvieron a cobrar vida pero, esta vez, limitando su dominio a un par de galpones de la Rural de Prado. A continuación, la crónica de alguien que visitó Mundo Jurásico y volvió para contarlo.

 

Un pequeño pasillo conduce al visitante hacia la enmarañada selva donde las bestias que poblaron la tierra hace millones de años han vuelto a cobrar vida por arte de la electrónica. Al principio, confunde la presencia de una gigantesca pantalla sobre uno de los extremos del galpón de bovinos de la Rural. Al entrar, el esqueleto de un dinosaurio verdadero es olímpicamente ignorado por las centenas de niños que, ávidos de acción, siguen los bramidos que se oyen allá adentro. Un tenue juego de luces va marcando el camino y, junto a cada dinosaurio, encontraremos el consabido cartel con la información de cada ejemplar.  Los movimientos de las bestias repiten la misma rutina pero eso no impide que despierten la fascinación en la primera visión. La rotación de los cuellos imponentes, el proceso de masticación y hasta el constante parpadeo han sido logrados con incuestionable éxito. Junto a cada animal, una breve reconstrucción de lo que se supone fue su hábitat (plantas, rocas y arena), ofrece un contexto acorde a la representación. Avanzando por la exposición, y sorteando a los insistentes vendedores de unas barras luminosas (suerte de remedo de la espada de Luke Skywalker) y  los omnipresentes carteles de una conocida red de pagos, el visitante podrá asombrarse e informarse sobre los habitantes de un mundo tan lejano como fascinante.

 

El primer plato fuerte del derrotero lo constituye el paquicefalosaurio (pachycephalosaurus wyominguensis), una bestia con una cabeza gigantesca que habitó el Cretácico superior, hace aproximadamente, 67 millones de años. A modo de casco, la cabeza está recubierta por unas púas gigantescas que le permitían defenderse de sus enemigos y, eventualmente, atacar a sus víctimas. Pese a su porte agresivo, el paquicefalosaurio se alimentaba de semillas e insectos.

 

El braquiosaurio (brachiosaurus altithorax) poseía un cuello extremadamente largo, con una constitución similar a la de las jirafas aunque con un peso notoriamente mayor: entre 35 y 70 toneladas.  La dentadura de esta bestia constituye una rareza dentro de la historia comparada de las piezas dentales: previo a la trituración del alimento, los dientes del braquiosaurio raspaban el árbol que escogían como almuerzo, formaban con las hojas y corteza una bola y, posteriormente, masticaban y tragaban. Mucho más pequeño pero alarmante en su constitución, es el anquilosaurio (ankylosaurus magniventris), una especie de antecesor del lagarto y la salamandra, recubierto por una piel escamosa y con una cola en forma de maza. El anquilosaurio pobló la actual región de Norteamérica hace unos 65 millones de años. La ubicación de su réplica en la Rural es una de las más inquietantes: dispuesto sobre una curva en el camino, el visitante desprevenido se topa con él y, si su llegada coincide con el movimiento de elevación de su cabeza, el efecto aumenta la peligrosidad.

 

La recreación jurásica no se priva del gore y para ello escenifica el ataque de un triceratops (triceratops horridus), bañado en la sangre de su víctima que, ya entregada, asiste a la estocada final que acabará con su vida. El triceratops posee dos largos y macizos cuernos, acabados en afiladísimas puntas, encima de los ojos. Un tercer cuerno, mucho más pequeño, está dispuesto sobre el hocico. Tanta bravura no se justifica con su alimentación diaria: plantas y arbustos.

 

Tras el encuentro con alosaurios, deinonicos, dilofosaurios y demás ejemplares, el visitante se topará con el punto culminante de la muestra: el tiranosaurio (tyrannosaurus rex). Imponente en su constitución (6 metros de alto), está considerado como el animal carnívoro terrestre más grande, capaz de desgarrar a sus presas en un solo bocado. Hay varias bibliotecas sobre la velocidad de su desplazamiento pero, la más fidedigna, asegura que lo hacía entre 18 kilómetros por hora (cuando avanzaba lentamente) y 72 km/h cuando corría. Por fortuna, los visitantes de Mundo Jurásico no deben dirimir el tema aunque sí pueden asistir al amenazador movimiento de su cuello, cabeza y fauces guardando prudencial distancia.

 

Al salir de la jungla instalada en la Rural del Prado, y como colofón al viaje hacia el pasado que propone la exposición, el viajante se topa con la más cercana, cercana realidad: el merchandising. Peluches-dinosaurios, golosinas-dinosaurios, juguetes-dinosaurios, a precios nada antidiluvianos. Como una suerte de making off que, en cierta forma, conspira contra el misterio y el asombro de lo que se dejó atrás, asistimos, a la salida, a la explicación de todo aquello. Despojado de su piel, vemos el modelo de un robot dinosaurio con los mandos y dispositivos que permiten su movimiento. Para mayor credulidad (como si aún no fuera suficiente), el viajante puede acercarse y guiar por su cuenta al falso dinosaurio jugando a ser Dios o Steven Spielberg. Después, a la calle y a volver a caminar sobre una tierra que no nos pertenece, sabiendo que los habitantes originales yacen allá abajo, muy lejos, en el frío, frío suelo de la oscuridad y el misterio.

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