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Las cuatro
interrogantes de Haití
por Mariano Aguirre y Amélie Gauthier
La posible designación de la economista Michèle
Pierre-Louis como Primera Ministra podría
desbloquear la situación de parálisis que vive Haití
desde abril pasado, cuando la crisis originada por
el aumento de los precios de la alimentación derribó
al entonces primer ministro Jacques Edouard Alexis.
Haití enfrenta desafíos políticos y económicos,
mientras que la comunidad internacional debate sobre
cuál es la mejor vía para ayudar al desarrollo e
institucionalización de este país
La
parálisis política se manifiesta en un creciente
descontento de todos los sectores que desean que se
avance en una visión estratégica y un plan a largo
plazo del gobierno para el país, se active la
economía y se inicie una lucha contra la pobreza y
la exclusión. La situación de Haití en este momento
está marcada por cuatro factores: la crisis
política, la incógnita sobre el futuro de la Misión
de las Naciones Unidas para la Estabilización de
Haití (MINUSTAH), la reforma del poder judicial y el
impacto de la crisis económica.
Desde abril se han presentado
dos candidatos al puesto de Primer Ministro, y han
sido vetados por la Concertación de los
Parlamentarios Progresistas (CPP) grupo de diputados
con suficiente peso para bloquear cualquier
iniciativa de estabilizar el proceso político.
Los miembros del CPP están
entre el interés en el caos para defender sus
intereses ilícitos y la obediencia al jefe del
Estado. El Presidente René Préval, que fue elegido
en 2006 en elecciones organizadas con la asistencia
de MINUSTAH, es visto como un político pasivo que no
toma iniciativas y que está tardando demasiado en
promocionar proyectos imprescindibles para regenerar
la economía o el Estado. Sin embargo, se le reconoce
la virtud de haber cambiado el modelo de política
sectaria que ha tenido Haití durante décadas. "Préval
ha practicado el consenso, ha permitido que surja la
disidencia sin reprimir, ha incluido opositores en
su gobierno y esto ha modificado positivamente el
camino hacia la democracia", indica un analista
político. Sin embargo, sus críticos le acusan de no
ir en contra de políticos que tienen relaciones
estrechas con los narcotraficantes y de proteger a
líderes de bandas armadas.
Haití no es un país de consumo
sino de tránsito de droga, especialmente hacia
Estados Unidos. Los narcos haitianos tienen vínculos
con algunos diputados y senadores, y financian a
funcionarios del Estado mal pagados y corruptos.
"Pero Préval, indica un empresario favorable al
proceso democrático, se ha distanciado de esos
amigos y base electoral del pasado e inclusive ha
permitido que MINUSTAH actúe contra ellos".
Las medias verdades
El mayor problema con el
Presidente es que no se sabe si hace política sin
hacerla o si su pasividad es una forma de acción. No
en vano en Haití se dice que las cosas no son como
se ven y que los extranjeros no entienden esa otra
realidad. "La mentira es parte de la cultura de una
sociedad de esclavos que se vio obligada a mentir
para sobrevivir", explica un funcionario de la ONU
con varios años en el país. La realidad parece estar
en algún punto intermedio entre diversas visiones,
juego de espejos que parece haber contagiado a la
comunidad internacional de donantes presente en el
país.
Los esclavos africanos y sus
descendientes generaron una cultura religiosa y una
visión del mundo, el vudú, que practicaron y siguen
practicando de forma paralela a la religión católica
de los colonizadores franceses, y que ha dado
notables expresiones artísticas. Los esclavos que
huían mentían sobre a quién pertenecían y siempre
desconfiaron del poder blanco, mestizo, negro
asimilado y sobre todo del Estado. Así nació la
práctica del marronage una forma de dar información
sin decir la verdad que rige parte de las relaciones
sociales de Haití y que es un quebradero de cabeza
para los extranjeros.
Por ejemplo, cuando en abril
subieron los precios del arroz y otros productos de
la alimentación básica y hubo manifestaciones
violentas frente al Palacio presidencial. Desde
fuera se interpretó como una rebelión contra el
hambre, pero dentro muchos piensan que a pesar de
que hay hambre, aumentos de precios y de que hubo
manifestaciones, en realidad, todo fue otra cosa. La
gente habría salido a la calle con fines diferentes.
Así, unos analistas creen que el primer mandatario
tardó una semana en decir públicamente lo poco que
dijo para promover la caída del entonces primer
ministro Alexis.
"Mantuvo una neutralidad
inquietante", nos dice un periodista y se pregunta
si desde Presidencia no se promovió la caída de
Alexis, posible candidato a Presidente en las
elecciones de 2011. En círculos de MINUSTAH creen,
en cambio, que fueron los sectores que no quieren la
estabilidad del país los que provocaron al Gobierno
y a las fuerzas internacionales a que adoptaran
medidas impopulares de fuerza.
Políticos de otro mundo
La política haitiana ha estado
dominada por Préval o por el ex presidente Aristide,
y por sucesivas misiones internacionales, durante
las últimas dos décadas. Préval ya fue Presidente
entre 1996 y 2001 y Primer Ministro en 1991. Las
elecciones de 2011 ya están en juego y es
posiblemente la mayor incógnita para Haití. Será una
nueva oportunidad de un liderazgo diferente cuyos
representantes aceptasen gobernar algo más para el
país y no para sus intereses. También, si la
sociedad empieza a confiar en los políticos y si se
va pasando del caudillismo presidencial a concebir
las elecciones como forma de participación
legislativa y municipal.
"Los políticos haitianos
practican una política florentina, como si el país
fuese rico y no tuviese problemas; viven en otro
mundo", afirma un embajador europeo. De hecho, una
visita a las calles de Port au Prince, a cualquiera
de sus barrios más marginados, o una salida de la
capital confirma que la política está en un sitio,
la realidad del 98% de la población en otro, y el
Estado casi en ningún sitio.
La gente de Haití dice que el
Aeropuerto Toussaint Louverture (nombre del líder de
la independencia en 1801) tiene dos puertas: una al
paraíso, si se va a salir del país, y otra al
infierno si se está llegando. La situación
deplorable de las calles, la falta de un sistema de
enseñanza pública, 85% de analfabetismo, carencia
casi total de sistema de salud, desprotección de la
infancia, violencia masiva contra la mujer, la falta
de justicia para la mayoría de los ciudadanos, la
pobreza profunda de cientos de miles de personas que
ganan menos de 2 dólares al día en un país con
precios similares a Europa, son algunos datos de
esta realidad.
La mayor parte de los
políticos, diputados y senadores del país, sin
embargo, están más preocupados por mantener sus
puestos y privilegios que por estas cuestiones.
"Estamos aprendiendo", nos dice un diputado que, sin
embargo, ya sabe lo esencial: "el Parlamento
necesita más poder e independencia". Hay políticos
que afirman abiertamente que quieren legislaciones
que faciliten sus negocios. "Les cuesta entender,
afirma un funcionario internacional, que si antes
obtenían nueve de cada diez contratos del Estado,
ahora quizá sólo obtengan seis". Haití está entre
los cinco países más corruptos del mundo. Pero
además de la corrupción, otro problema grave es la
inercia.
Una idea muy extendida es que
la sociedad haitiana, y en particular sus políticos,
se han acostumbrado a vivir de la ayuda
internacional y a que se tomen las decisiones desde
fuera. El flujo masivo de fondos internacionales no
ayuda en este sentido a frenar esa tendencia y
algunos cooperantes oficiales y no gubernamentales
se preguntan mientras dialogamos si tanta ayuda ha
servido para algo. "Décadas de ayuda internacional,
de venir aquí con nuestros modelos y recetas, pero
cuando miro por la ventana veo que la pobreza, la
miseria, la corrupción, todo ha empeorado".
Huyendo hacia arriba
Frente a la corrupción, la
inercia y la ineficacia, hay movimientos de la
sociedad civil y organizaciones que trabajan por una
recuperación de la política comprometida con los
problemas reales. Diversos funcionarios
internacionales reconocen la inmensa dificultad pero
consideran que hay avances institucionales y
sociales aunque lentos y a veces imperceptibles
dentro de un proceso de largo plazo. Uno de los
terrenos en que empezaría a haber un cambio es en
las élites.
Si un abismo existe entre los
políticos y los ciudadanos, el otro es entre la
minoría rica y el resto del país. En Haití no hay
una burguesía inversora y productora de bienes. La
mayor parte de la élite es comerciante: importa
comida, coches (legal e ilegalmente en el marco del
extendido mercado del robo) y otros bienes, y los
distribuye en un pequeño mercado formal y en un
inmenso mercado informal que está en cientos de
miles de personas que venden de todo en las calles
de las ciudades.
Después de la inestabilidad en
los años 90 y principios de siglo más el boicot
internacional hasta 2004, muchas empresas se fueron
pero quedan algunas fábricas que aprovechan una mano
de obra muy barata para producir ropa que requiere
poca elaboración y que se vende en Estados Unidos y
Europa.
"Pero estamos cambiando", nos
dice un miembro del Grupo 184, una coalición de
empresarios y sociedad civil que promovió la caída
de Aristide en 2004. Cada vez hay más empresarios,
banqueros, controladores del comercio que empiezan a
ver que es mejor pagar impuestos, actuar dentro del
marco de un Estado constituido y ser actores legales
en la globalización. Son todavía pocos y desconfían
del poder político nuevo y de MINUSTAH. "Se sienten
excluidos del proceso", dice un funcionario del
Banco Mundial con la mayor seriedad.
La élite vive en las montañas
que rodean Port au Prince, detrás de muros y sistema
de seguridad, temerosos de aproximadamente 40
secuestros al mes. Como nos cuenta un embajador,
"muchos de los miembros de la élite te miran a los
ojos y te dicen que en Haití no hay pobreza". Cuando
se enferman suben a una helicóptero o un avión y se
van a Miami. De hecho, desde tan arriba en las
montañas es difícil ver que la masa gris de casas
carece de infraestructura esencial. "¿Hasta dónde
van a llegar?", nos dice un funcionario que conoce
muy bien el país: ¿"Hasta el cielo, huyendo de la
miseria de las chabolas?" En efecto, cada mes, cada
año, la ciudad crece de abajo hacia arriba en los
montes, y los pobres llevan consigo la miseria.
La ciudad del sol (Cité Soleil)
Una parte de Port au Prince que
está muy abajo, cerca del mar, es Cité Soleil:
aproximadamente 300.000 personas hacinadas en casas
sin baños ni agua potable, ni escuelas ni sistemas
de salud. Este ha sido el reino de varias bandas
armadas que controlaban desde el robo de pobres
contra pobres hasta la violencia contra las mujeres
y, dado que el Estado no lo hace, la protección y la
provisión de algunos servicios. Algunas de esas
bandas tenían, a la vez, conexiones con
representantes del depuesto presidente Aristide.
En 2006 el entonces
Representante Especial del Secretario General de la
ONU, Edmond Mulet, decidió acabar con las bandas.
MINUSTAH asistió a la Policia Nacional Haitiana,
entró, se enfrentó, mató a unos líderes mafiosos y
encarceló a otros. Se llevó a cabo un limitado
proceso de desarme pero la ciudad del sol se calmó.
"¿Qué pasó con las armas?", le preguntamos a un
líder de una organización local que trabaja con
jóvenes para la reducción de la violencia.
"Duermen", nos contesta mientras pasamos frente a un
edificio agujereado por las balas del armamento
pesado que se disparó en 2006.
"En Haití hay varias Cité
Soleil", dice un investigador del Instituto
Interuniversitario que coordina el proyecto contra
la violencia. "En Carrefour y Martissant se hacinan
cerca de un millón de personas, y ahí no entraba
nadie. Inclusive MINUSTAH, pasaba por los
laterales".
La fuerza internacional
Entre MINUSTAH, el sistema de
la ONU y otros donantes, la presencia internacional
es muy fuerte en Haití. Después de varias misiones
de la ONU, la OEA y Estados Unidos con mandatos
limitados, en 2004 Francia y Estados Unidos forzaron
la salida del presidente Aristide. Este había pasado
en una década de ser un político que inspiraba a
casi toda la sociedad a un líder populista
autoritario que se apoyó en bandas violentas y que
dividió más a la sociedad. El país se fragmentó, con
varios grupos armados controlando zonas o queriendo
tomar el Palacio Nacional, al tiempo que colapsó
económicamente debido al boicot económico
internacional liderado por Estados Unidos y el caos
interno.
Desde 2004 Brasil lidera los
7.200 militares de la MINUSTAH. El mandato de la
misión es crecientemente amplio: proveer estabilidad
y seguridad, asistencia al gobierno en fortalecer
las instituciones del Estado (con especial atención
al Estado de Derecho) y controlar fronteras, y
coordinar el sistema de Naciones Unidas. MINUSTAH
actúa de forma paralela, en coordinación y también
en tensión, con las agencias del sistema de Naciones
Unidas, como el PNUD y la decena de agencias
presente en el país.
Por las calles de
Port-au-Prince y otras ciudades transitan centenares
de coches blancos con el logo UN y decenas de
tanquetas y blindados con soldados de diversas
nacionalidades armados. Estos cascos azules no
pueden usar la fuerza,salvo si son atacados. Pero
los 7.500 efectivos de la Policía Nacional Haitiana
no son suficientes para controlar un país de
aproximadamente 9 millones de habitantes y MINUSTAH
actúa como una fuerza simbólica de disuasión en dos
direcciones: evitar que vuelvan a formarse bandas
armadas, y garantizar la seguridad del Gobierno, el
Parlamento y la policía.
Para algunos sectores dentro y
fuera de Haití, la misión de la ONU es una fuerza de
ocupación, que está haciendo el trabajo a Estados
Unidos y Francia. Pero muy diversos sectores dentro
del país consideran que su presencia ha sido clave
para disolver las bandas y es necesaria para
garantizar la transición hacia una democracia y una
institucionalización más permanente. El problema no
es si MINUSTAH debe estar en Haití, según otros
actores internacionales, sino cómo está. Un
funcionario europeo nos dice que la misión es "como
un pulpo" que está en todo, y que eso debilita la
capacidad del Estado en vez de fortalecerlo.
Para este y otros críticos la
Misión debe proveer seguridad y dejar a otros
organismos que se ocupen de desarrollo. En realidad,
ese es el mensaje que da Hédi Annabi el actual
Representante Especial del Secretario General, quien
considera que la MINUSTAH debe proveer seguridad
pero que es fundamental generar desarrollo. Después
de las elecciones de 2011 la Misión deberá
revisarse, y es posible que se reduzca su componente
militar y aumente el policial.
Dormir de pie
Uno de los sectores claves que
se ocupa MINUSTAH es la policía y quiere, con el
apoyo de diversos donantes, que en 2011 haya 14.000
efectivos. El problema no es sólo tener una fuerza
policial efectiva y no corrupta sino que detrás haya
un sistema judicial efectivo. Casi no hay cárceles y
las que hay son el infierno. La penitenciaría de
Port au Prince tiene siete veces más presos que su
capacidad y carece de servicios mínimos, o espacio
para que los presos no tengan que dormir de pie. El
97% de los detenidos no están acusados de nada y
algunos llevan años esperando que se les procese o
cumplen penas más allá de sus condenas. UNICEF
calcula que alrededor de 200 detenidos sin proceso
son menores de edad.
Pero los donantes
internacionales no tienen mucho entusiasmo por
financiar prisiones, pese a la importancia crucial
que ello tiene, y salvo Noruega, y ahora España,
ninguno quiere ser visto en este campo de la ayuda.
El problema se agudiza porque Estados Unidos, y en
menor medida Canadá, están repatriando a criminales
haitianos desde esos países. Cada mes llegan desde
Nueva York, Miami o Montreal unos 200 delincuentes a
Haití, algunos de ellos descendientes de haitianos
que no hablan francés ni créole, e ingresan la
delincuencia y el crimen en las calles. Dado que
MINUSTAH está formando 600 policías al año, la
carrera entre seguridad pública y crimen es
altamente desigual.
¿Quién quiere reformar la
Justicia?
Con un sistema judicial cerrado
en sí mismo y corrupto, y ante la presión
carcelaria, los policías tienen que actuar como
jueces locales de paz, solucionando disputas y
tolerando la mayor parte de los delitos. Una de las
prioridades de MINUSTAH, de UNDP y de muchos
donantes es reformar el sistema de Justicia.
Cuando preguntamos quiénes son
los actores haitianos que quieren esa reforma, la
lista es muy corta, pero lo peor es que casi ningún
juez la quiere. "Llegamos y les decimos que venimos
a colaborar para que sean honestos y nos miran con
sorna y con asombro", dice un funcionario
internacional. De hecho, la mayoría de los que han
estudiado abogacía y han entrado a la magistratura
lo han hecho para obtener grandes beneficios y no
para ser honestos.
La justicia es algo que para la
mayoría de los haitianos no existe ni tiene un
contenido concreto. Durante dos siglos las leyes se
han escrito en francés, pero la gente habla y
escribe en creóle una síntesis de lenguas africanas,
francés y otras que, como casi todo, se parece pero
no es. La justicia ha sido un instrumento de
relación entre los miembros de la élite y una
herramienta de opresión para los pobres. "El
problema de la justicia tiene que ver especialmente
con la exclusión social de la mayoría", dice Hérold
Jean-François en la sede de la Radio 98.5 FM.
MINUSTAH ha impulsado que se
voten en el parlamento tres importantes leyes: crear
el Consejo Superior del Poder Judicial, fundar la
Escuela de la Magistratura, e instaurar un Estatuto
de la Magistratura. A partir de ahí el Tribunal
Superior del Poder Judicial llevará a cabo un
proceso de certificación que garantice que los
aproximadamente 600 magistrados no son corruptos,
algo difícil de probar en varios casos.
Algunos analistas consideran
que estas medidas son importantes pero que hasta que
sean efectivas -"no se forma un juez en seis meses",
repiten-- deben buscarse fórmulas intermedias de
justicia, por ejemplo, contando con los consejos de
ancianos en los pueblos o asistencia legal con
laboratorios de paz que combinen juristas
internacionales y nacionales. Esto no es fácil, sin
embargo, porque en nombre del orgullo nacional los
jueces haitianos no quieren que venga un magistrado
francés o de Québec a indicarle cómo impartir
justicia.
El futuro
Todos coinciden en que hay que
relanzar el sector de la agricultura, potenciar el
turismo y empezar a tomar medidas concretas para que
el Estado sea un proveedor de servicios, desde salud
y educación hasta recogida de basura. También hay
una fuerte coincidencia en que los actores centrales
tienen que ser los haitianos. "Tienen un Estado,
como si fuese un coche, dice el embajador de la
Unión Europea, que precisa apoyo y reparación".
Pero para otros donantes Haití
es un estado fallido, que prácticamente precisa ser
construido desde cero. La diferencia no es menor.
Para el embajador se trata de cooperar en sectores
claves como la gobernabilidad, la capacidad estatal
de proveer servicios públicos y el Estado de
Derecho, pero no se trata de una misión integrada
que debe hacerse cargo de un país.
Estado más o menos débil, la
cuestión es que los precios de la alimentación, el
transporte y el petróleo siguen subiendo y el Estado
haitiano tiene un limitado margen de acción porque
hay escasa capacidad de producción interna de
comida. Puede entrar más arroz de la ayuda
internacional pero, ¿hasta cuándo? Las posibilidades
de desestabilización son muy grandes.
Un funcionario de MINUSTAH cree
que se precisa un acuerdo de emergencia para los
próximos doce meses entre los donantes y el nuevo
gobierno haitiano. Ese plan, unido a la designación
de un nuevo gobierno, permitiría llegar hasta las
elecciones de 2011. Pero no es sencillo, porque hay
desacuerdos entre los donantes sobre las prioridades
y cómo implementarlas, porque se teme que Préval
siga sin ejercer su Presidencia por el momento
imprescindible y porque es muy probable que la
situación económica social se deteriore. "Estamos
sentados sobre un polvorín", dice el general
brasileño Alberto Dos Santos Cruz, comandante de
MINUSTAH.
Con mucho descontento y un poco
de dinero es fácil despertar las armas y manipular
una vez más a las poblaciones marginadas de Cité
Soleil y otros barrios. O sea que, si no se toman
las medidas adecuadas entre el largo plazo y la
urgencia de las necesidades crecerá la desconfianza
hacia el proceso político, hacia la presencia
internacional, podría romperse el frágil consenso
político y Haití volvería una vez más sobre sus
pasos a una mayor destrucción.
Fuentes: Nederland Wereldomroep - FRIDE
LA
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