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¿Los Juegos Olímpicos son
un movimiento de paz?
por John Hoberman*
El día 8 de agosto, se inician
la XXIX edición de los Juegos Olímpicos en China, lo
que sigue es un análisis del proceso histórico del
catedrático norteamericano
John Hoberman.
Se iniciaron para tender
puentes entre culturas y promover la paz. Pero, a
menudo, encubren violaciones de los derechos
humanos, apenas impulsan cambios políticos y
confieren legitimidad a regímenes indeseables. Lo
peor es que los de Pekín podrían ser los más
polémicos de la historia.

No son políticos
Sí lo son.
En marzo, el presidente del Comité Olímpico
Internacional (COI), Jacques Rogge, afirmó: No
tomamos decisiones políticas porque, si lo
hiciéramos, sería el final de la universalidad de
los Juegos. Dos semanas después, dijo indignado:
La política se ha metido en el deporte sin que
nadie la invitase, nosotros no la llamamos. Pero,
tras 75 años viendo cómo estas competiciones se
manipulan y explotan políticamente, ¿alguien puede
creerse eso? Convertido en rehén de su grandioso
objetivo de abrazar a toda la familia humana, el
COI ha claudicado en repetidas ocasiones y ha
adjudicado su organización a Estados policiales
decididos a montar festivales espectaculares para
reforzar su autoridad. El ejemplo más conocido son
los Juegos de Berlín de 1936, promovidos por una red
de agentes nazis que operó dentro y fuera del COI.
Pierre de Coubertin, el fundador del movimiento
olímpico moderno, dijo que los Juegos de Hitler eran
la culminación del trabajo de toda su vida. Como
recompensa, el III Reich le propuso para el Nobel de
la Paz. Pero el historial de colaboración del COI
con regímenes indeseables no acaba en la Segunda
Guerra Mundial. Los Juegos de 1968 fueron concedidos
a México, entonces un Estado con un sistema
unipartidista pseudodemocrático. Hubo protestas
multitudinarias contra el Gobierno como ahora
contra Pekín, que culminaron con la matanza de 300
manifestantes en la plaza de Tlatelolco. La URSS se
llevó la llama a Moscú en 1980, sólo gracias a que
en 1974 amenazó con abandonar la familia olímpica.
Los de 1988 fueron concedidos a Seúl en 1981, un año
después de que el Gobierno militar aplastase una
revuelta con un saldo de, al menos, 200 muertos y
mil heridos. La política es parte de los Juegos. El
problema es que el COI parece no tener ni idea de
cómo afrontarlo. No previó las proporciones de las
protestas contra China y, como carece de influencia
real, ha vuelto a recurrir a viejos clichés sobre la
diplomacia olímpica y sobre la idea de que su misión
no es política.
Promueven los derechos
humanos
Falso.
Cuando en 2001 el COI eligió a Pekín, aseguró que no
pecaba de ingenuo. Prometió que, en último término,
habría debates sobre la situación de los derechos
humanos en el gigante asiático. Al parecer, tenía la
esperanza de que fomentasen cierta apertura
política. En primavera, mientras las tropas chinas
entraban en Lhasa (Tíbet), afirmaba que los Juegos
habían puesto en primer plano el tema de los
derechos humanos, al hacer que los antecedentes de
China saliesen en las portadas de todo el mundo. Lo
que no dijo es que habría preferido que le ahorrasen
toda esa atención. Y tampoco ha querido exigir a
Pekín que se comporte mejor. El presidente del COI
prefiere condenar la violencia de cualquier bando.
En realidad, lo que promueven
es un universalismo amoral, en el que todos los
países tienen derecho a participar sin importar la
brutalidad de sus gobernantes. Hay quienes alegan
que Naciones Unidas funciona del mismo modo. Pero no
nos dejemos engañar. Cuando la ONU tiene un día
bueno, puede influir en el equilibrio entre la
guerra y la paz. El COI no puede ni en su mejor día.
Sólo ofrece un espectáculo deportivo altamente
comercial de proporciones mundiales. Resultó muy
revelador escuchar alusiones a la familia olímpica
en abril, mientras el COI y el Comité de EE UU
discutían qué parte de los ingresos se iba a quedar
cada uno. La diplomacia olímpica siempre ha tenido
una doble moral que explota el apego sentimental al
espíritu de los Juegos. A falta de valores de
referencia, la pompa y el esplendor reemplazan la
verdadera preocupación por los derechos humanos. El
núcleo de esta política es una retórica tímida y
eufemística que transforma las protestas violentas y
las matanzas patrocinadas por los gobiernos en
discusiones. Desde hace tiempo, esta mezcla de
grandiosidad e ignorancia de la realidad ha
caracterizado la actitud complaciente del COI hacia
los países organizadores. Incluso en la actualidad,
el Comité ha retomado su vieja costumbre de decir
que es apolítico y, al mismo tiempo, políticamente
eficaz. El comité no es una organización política,
pero afirma promover los derechos humanos. Por
desgracia, ninguna de las dos cosas es cierta.
Impulsan el cambio
Demuéstrelo.
Una forma de evaluar si logran cambios es ver qué
ocurre con la vida de los habitantes de la ciudad
anfitriona cuando llegan los Juegos. Si es un
régimen autoritario, es tradición que haya represión
preolímpica. Pregunte a los judíos exiliados y a los
antinazis perseguidos en Berlín en 1936. Las
autoridades del Reich cumplieron la petición del COI
de que los carteles antisemitas fuesen retirados de
ciertos lugares públicos, si bien la persecución
continuó con la misma brutalidad. El Comité
justificó la entrega de los Juegos de 1980 a Moscú
como una oportunidad única para que los visitantes
provocasen la apertura de una sociedad totalitaria.
Pero un periodista que cubrió el evento la recordó
más tarde como una ciudad desprovista de vida y de
gente normal. Los únicos cambios que parecen poder
provocar son los estéticos. Durante los de Seúl, en
1988, las autoridades trasladaron los tradicionales
restaurantes donde se sirve sopa de perro a
callejones escondidos para que no hiriesen la
sensibilidad extranjera. Ahora, Pekín está echando a
los mendigos. Parece que más de un millón de
trabajadores inmigrantes, sin los cuales habría sido
imposible construir las instalaciones olímpicas,
están siendo trasladados fuera de la ciudad. Se han
clausurado las tiendas de DVD piratas, y más de
cincuenta disidentes han sido encarcelados de forma
preventiva.
Igual que les ocurrió a los
directivos del COI en 1936, que creyeron poder hacer
cambiar a Hitler, los actuales piensan que influirán
sobre los autócratas comunistas. En abril, Rogge
dijo que la presencia de los medios en China no
tendría precedentes, que sería una revolución.
Pero las autoridades del país ya habían anunciado
que durante los Juegos no habrá retransmisiones en
directo desde Tiananmen. Rogge afirmó con tono
lastimero: No tenemos ejército; no tenemos policía.
Nuestra única fuerza son los valores. Sólo podemos
luchar con los valores. Pero para pelear por unos
ideales hace falta estar dispuesto a sacrificarse en
el combate. El problema del COI es que concede la
misma importancia a los ideales que a la pompa y a
la solemnidad, y eso no deja lugar para el tipo de
sacrificios que dan credibilidad moral a un
activista.
Son una máquina de hacer
dinero
Sí, pero,
¿para quién? En sus comienzos, los Juegos Olímpicos
eran una competición atlética entre países. En la
actualidad son, más que nada, una gigantesca
herramienta comercial para grandes multinacionales y
multimillonarios promotores. El COI hace de
productor del espectáculo y disfruta del capital
político que le otorga el hecho de que lo tomen en
serio como organización internacional.
Por lo visto, bajo la
presidencia de Rogge, el COI ha obtenido más de
4.000 millones de dólares (unos 2.583 millones de
euros) en ingresos de los Juegos de 2002 y 2004.
Gran parte proviene de los patrocinios y de los
derechos de retransmisión. La cadena estadounidense
NBC, por ejemplo, le ha pagado 894 millones de
dólares por la emisión en EE UU de la cita de 2008.
Otras multinacionales desembolsan millones sólo para
que su nombre quede asociado a los Juegos.
Coca-Cola, McDonalds, General Electric y otras
nueve grandes empresas han invertido cada una un
promedio de 74 millones de dólares para patrocinar
los de Pekín. A cambio, logran acceso a una
audiencia televisiva de 4.000 millones de personas y
cientos de millones de consumidores chinos. Aún así,
ya en mayo algunos analistas financieros advirtieron
de que patrocinar la edición de Pekín era tirar el
dinero.
Los gobiernos se gastan miles
de millones de los contribuyentes en la
organización, con la esperanza de potenciar el
turismo y las infraestructuras. Pero es una
inversión llena de riesgos. Los Juegos de 1976 en
Montreal dejaron un agujero de 1.500 millones de
dólares que tardó décadas en pagarse. En Canadá
llamaron a este fiasco la gran deuda. Se considera
que los de 1984 en Los Ángeles fueron los primeros
rentables desde 1932. Se estima que hubo un
beneficio de entre 200 y 250 millones de dólares.
Pero esos cálculos no tienen en cuenta la inversión
pública, el coste de las infraestructuras y los
gastos de seguridad. Un informe del Servicio de
Contabilidad del Gobierno de EE UU afirma que los
estadounidenses se gastaron unos 75 millones de
dólares en aquel evento. Los Juegos de Invierno de
2002, en Salt Lake City, costaron a los
contribuyentes de EE UU al menos 342 millones de
dólares. Las ingentes cantidades de dinero que los
países están dispuestos a gastarse están alcanzando
niveles sin precedentes. Los Juegos Olímpicos de
2012 en Londres van a costar a los contribuyentes
británicos más de 20.000 millones de dólares. Pero
eso es sólo la mitad de lo que los chinos están
desembolsando en el festival de la paz de Pekín.
Es poco probable que el
ciudadano común llegue a ver alguna vez mejoras
tangibles que compensen estas inversiones. Pero el
régimen autoritario celebrará los Juegos como un
logro nacional que justifica cualquier gasto, por
elevado que sea.
Los Juegos de Pekín son los
más polémicos de la historia
Depende.
Las controversias olímpicas se pueden englobar en
dos categorías. La primera comprende los boicots
celebrados en países democráticos, como el que, en
1976, realizaron 22 países africanos contra los
Juegos de Montreal después de que Nueva Zelanda
enviase un equipo de rugby a jugar en la Suráfrica
del apartheid. En realidad, el objetivo no era el
país organizador. Más tarde, los soviéticos
boicotearon los de 1984 (Los Ángeles) como
represalia contra la Administración de Jimmy Carter,
que había hecho lo mismo en los de Moscú, en 1980.
La segunda categoría es aún más
polémica, pues afecta a los Juegos organizados por
dictaduras en colaboración con el COI. Tanto los de
1936 en Berlín como los de 1980 en Moscú despertaron
protestas políticas. En 1935 y 1936 hubo una agria
polémica en EE UU en torno a la participación en los
Juegos nazis. Organizaciones católicas y judías,
junto con sindicatos y sectores contrarios al III
Reich de las principales federaciones deportivas,
lucharon con ahínco para evitar que los atletas
estadounidenses fueran a Alemania, pero no lo
consiguieron. El boicot de EE UU en Moscú fue un
acto de protesta contra la invasión rusa de
Afganistán, la persecución a los disidentes y la
restricción de las libertades. Del mismo modo, las
protestas frente a los Juegos de Pekín se dirigen
contra la brutalidad china en Tíbet, los acuerdos
energéticos que ha firmado con Sudán y Myanmar
(antigua Birmania) y otras formas de represión
interna.
Pero lo que les diferencia de
polémicas anteriores es la gran influencia política
internacional del gigante asiático. El peso del
régimen nazi en 1936 ni se aproximaba al que tiene
Pekín en la actualidad, y en 1980 la economía de la
URSS era un cadáver andante. De lo que podemos estar
seguros es de que la implicación emocional del mundo
entero en los Juegos garantiza una explosión de
indignación si los grupos políticos que protestan
fuera de los estadios llegan a amenazar el
espectáculo. Eso significa que las polémicas más
acaloradas probablemente están aún por llegar.
El COI es corrupto
Más de lo que se piensa.
La corrupción alcanzó su punto álgido durante la
presidencia de Juan Antonio Samaranch, un fascista
español recalcitrante [que fue procurador en las
Cortes franquistas y nombrado delegado nacional de
Deportes en 1967 por el general Franco] que dirigió
el COI de 1980 a 2001. Trajo consigo un estilo
autoritario que facilitó la compra de votos,
destruyó cualquier posibilidad de acabar con el
dopaje y engendró una generación de miembros del
Comité que nunca osaron oponerse a él. Samaranch,
que insistía en que le tratasen de excelencia,
llenó el COI de personajes como el agente de
inteligencia surcoreano Kim Un Yong o el magnate
indonesio de la madera Bob Hasan. Ambos han cumplido
penas de cárcel por corrupción. También están Lee
Kun Hee, presidente de Samsung Electronics
(condenado por soborno en 1996), o Francis Nyangweso,
comandante en jefe del Ejército ugandés durante la
dictadura de Idi Amin, en los 70. En la actualidad,
Nyangweso sigue en la dirección del COI. ¿Por qué se
eligió a esta colección de granujas para formar
parte de una organización dedicada a la paz y los
derechos humanos? Es un misterio.
Aunque, para ser justos, hay
que reconocer algunas mejoras en su funcionamiento.
A raíz del escándalo de sobornos de 1999, cuando se
compró a miembros del Comité para que apoyasen la
candidatura de Salt Lake City a los Juegos de
Invierno de 2002, el COI creó una comisión técnica
integrada por unos pocos miembros de comprobada
honradez, encargados de supervisar el proceso de
selección de la ciudad organizadora, con lo que se
reduce el riesgo de que otros colegas no tan fiables
sean sobornados. Sin embargo, el único asunto que no
tratará es si constituye una buena idea realizar los
Juegos en países con gobiernos represivos. El año
pasado, el COI concedió los Juegos de Invierno de
2014 a una pseudodemocracia como Rusia. En abril,
hubo gente que se manifestó durante la visita del
Comité al país. Fueron golpeados por la policía.
Son una gloriosa tradición
No.
Pero eso es lo que el COI y su presidente quieren
que se piense. Tan espectacular es para Jacques
Rogge la experiencia de los Juegos que cuando se los
concedieron a China dijo: No podemos negar a una
quinta parte de la humanidad las ventajas del
olimpismo. Nadie duda que el movimiento olímpico ha
entretenido a miles de millones de personas con
campeonatos atléticos a escala mundial. Pero,
¿de verdad ha cumplido las expectativas de su
fundador, Pierre de Coubertin, que los ideó como un
movimiento de paz? Cualquier relación de
causa-efecto entre los Juegos y la ausencia de
conflictos armados es, como mínimo, dudosa. El siglo
olímpico que comenzó en 1896 acabó siendo el más
sangriento de la historia (aunque ello no impidió
que el COI intentase que le concediesen un premio
Nobel de la Paz).
La auténtica virtud del Comité
es su capacidad para crear y mantener el mito de que
promueve la paz. En realidad, es un tinglado que ha
proporcionado a la élite dirigente del COI una serie
de pequeños lujos y una efímera notoriedad que muy
pocos de ellos habrían logrado por sí solos. La
organización ha dado cobijo a una larga serie de
personajes mediocres que sólo se preocupaban por sus
intereses. Muchos se metieron en las federaciones
deportivas nacionales e internacionales para ir
ascendiendo hasta llegar a la élite olímpica.
Samaranch, por ejemplo, comenzó en la Federación
Española de Hockey sobre Patines.
Sus admiradores podrán mostrar
el éxito de la internacionalización del espectáculo,
que ha sobrevivido a una vida accidentada. Podría
argumentarse que una institución tan resistente debe
de tener algo valioso. Este año, quizá interprete un
papel protagonista en la celebración de la increíble
historia del triunfo económico de China. Pero no
pregunte qué pasa con los derechos humanos.
Fuente
Centro FRIDE.
John
Hoberman es catedrático de Estudios Germánicos de la
Universidad de Texas (EE UU)
Lecturas
vinculantes:
La Villa Olímpica
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LA
ONDA®
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