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¿Sirven de algo las ciencias sociales?
por Alejandro Grimson
(Argentina: Investigador Conicet y Unsam)
El hecho de que hoy haya quienes cuestionan si las
humanidades tienen algún tipo de impacto refleja la
manera cruda y miope en que hoy se mide y se
juzga el valor del conocimiento académico.
Steve Fuller
Las ciencias sociales
han sido acusadas de ser abstractas, pero se parecen
a las brujas: que las usan, las usan. La usa el
Estado para construirse, ofrecer una idea de
totalidad y saber dónde está parado, entre cuánta
gente, de qué edades, sexo, ingresos, origen... Las
usan los políticos, pero sólo para cosas que les
importan: las campañas y la evolución de su imagen
pública. La pregunta es por qué, si usan los
conocimientos sociológicos en esas tareas tan
importantes, no lo hacen también en cuestiones
"menores", como puede ser la elaboración y la
evaluación de políticas públicas.
Hay áreas del Estado
que han avanzado en ese sentido, no sólo en usar a
las ciencias sociales, sino en reconocer su uso,
aunque todavía no en apoyar más claramente su
desarrollo en el país. Pero no es la regla: por eso
cuando altos funcionarios descalifican a las
ciencias sociales, aludiendo al lugar común anti-intelectual,
no se escucha la voz de otros de funcionarios que no
reconocen ese estereotipo.
Algunos colegas
preferirían intervenir en este debate enfatizan-do
la relevancia de la inutilidad del pensamiento
social. La cuestión de la utilidad del conocimiento
plantea un debate acerca de la definición de los
propios fines, mucho antes de establecer qué medios
se corresponden con dichos fines. La primera
definición es que el conocimiento es un fin en sí
mismo. Es el ser humano el que ha hecho las
sociedades y el que necesita, para vivir en ellas,
conocerlas. La pregunta que nos orienta es si las
ciencias sociales, tal como las conocemos hoy,
además de ser un fin en sí mismo son o pueden ser un
medio. Y para qué fines.
Si estuviéramos
frente a un instrumentalista extremo, deberíamos
recordarle que jamás es posible establecer a priori
todas las utilidades potenciales que tendrá en el
presente y en el futuro un nuevo conocimiento.
Ciertamente, las ciencias exactas y naturales
desarrollan una investigación básica cuya potencial
utilidad social es conocida muy parcialmente. Si la
urgencia de la instrumentalidad mandara en cada una
de las situaciones, convertiríamos la investigación
científica en aplicaciones técnicas sin fundamentos
y, en más de un caso, sin parámetro ético alguno. Si
concebimos al desarrollo de la humanidad no sólo
como crecimiento puramente económico, ni siquiera
sólo como distribución justa de ese crecimiento,
sino como crecimiento y desarrollo también cultural,
entonces la respuesta es más sencilla. Bienvenida
cualquier buena aplicabilidad de un conocimiento,
pero acéptese que conocer es un fin en sí mismo.
Habiendo dejado
sentado, entonces, que el paradigma de la
instrumentalidad no puede ser el todopoderoso, me
concentraré aquí en discutir justamente las
definiciones de instrumentalidad vigentes y entonces
retomar a la pregunta del título. Dicho de otro
modo: pretendemos saber si las ciencias sociales
sirven para algo, incluso si ideológicamente sería
necesario defenderlas aunque "no sirvieran para
nada".
Razones ministeriales
Deseo hacer explícito
un contexto social, científico, político que está en
el origen del debate que instaló la creación del
Ministerio de Ciencia y Tecnología. La actividad
científica en la Argentina atraviesa una creciente
jerarquización, expresada en la expansión de la
investigación, del Conicet, y de la Agenda Nacional
de Promoción Científica y Tecnológica. Esto se debe
a decisiones políticas que vienen afianzándose en
los últimos años. Desde las más altas esferas se ha
proclamado que la producción de conocimientos es
condición imprescindible para construir un país
económica y socialmente desarrollado.
Esta importante
transformación, siempre perfectible, ha otorgado
nueva relevancia a antiguos debates. Por ejemplo, se
ha afirmado que jerarquizar la ciencia es apoyar a
las ramas de la física, la química, la biología y
otras disciplinas exactas y naturales capaces de
producir tecnologías que tengan un impacto
productivo directo. Si bien éste es un capitulo
clave del desarrollo científico de un país,
pretender convertir a un solo capítulo en un libro
entero degrada a ambos. Es necesario considerar
también el capítulo de las ciencias sociales, que ha
sido considerado mera especulación, cuando no
crítica política del propio Estado.
El fortalecimiento de
la ciencia es pensado hasta ahora como cuestión de
desarrollo económico y tecnológico. La trampa de una
ideología productivista radica en establecer la
pertinencia o no de un proyecto de investigación en
función de fines que se toman como dados por la
naturaleza, cuando son definidos por valores de
grupos sociales específicos. ¿Contribuye este
proyecto a un incremento de la producción o de la
productividad? Podemos imaginar preguntas que
contrastan brutalmente con esta y que se refieren a
una investigación filosófica y antropológica:
¿deseamos incrementar la producción? ¿por qué? ¿para
quién? ¿qué producción?
El saber técnico
tiende a considerar natural su ideología
productivista, pero esas prioridades han sido
fijadas por agentes sociales en contextos
históricos. La promesa de producción de tecnologías
científicas útiles para incrementar el producto y
especialmente el exportable resulta preferible al
intrincado debate que implicaría abrir la compuerta
de saber qué puede incrementarse de manera social,
cultural, ambientalmente sustentable y con fuertes
efectos redistributivos. Definiciones ideológicas
como que el incremento en sí resulta irrelevante si
no se anuda a su propia redistribución social,
aparecen para el productivismo como intervenciones
interesadas de grupos minoritarios de teólogos
sociales.
¿Un medio autónomo?
Habría que
preguntarle al gobierno de los Estados Unidos si
consideraron muy abstractos los años de estudios de
antropólogos sobre japoneses que culminaron, al
final de la Segunda Guerra, con la recomendación
clave de no destituir ni asesinar al Emperador
nipón. También se podría interrogar a las Naciones
Unidas y a los estados que agrupa acerca de si
podrían construirse sin censos nacionales e
información estadística.
La exigencia de
utilidad a las ciencias sociales no es patrimonio
del Estado, del capitalismo o del neoliberalismo.
También las tradiciones militantes preguntan acerca
de las consecuencias que una aseveración tiene para
la acción. El punto clave es: ¿hay alguna autonomía
entre lo observable, lo analizado y su
instrumentalización? Si. O bien los análisis
sociales nos interpelan para revisar los supuestos
previos o bien se convierten en intervenciones
puramente políticas disfrazadas de otro lenguaje.
La autonomía del
análisis y la construcción de una distancia nada
tiene que ver con la ilusión de unas ciencias
sociales asépticas. Las preguntas que formulamos
hunden sus raíces en preocupaciones normativas,
éticas, políticas, ideológicas. Como dice el
sociólogo Boaventura de Souza Santos, "el malestar,
la indignación y el inconformismo frente a lo que
existe sirven de fuente de inspiración para teorizar
sobre el modo de superar tal estado de cosas". Pero
debemos tener mucho cuidado de contaminar a las
respuestas de nuestros deseos e ilusiones, de
nuestros escepticismos.
Hace algo más que una
década atrás, el vicecanciller argentino les hablaba
a notables historiadores de Brasil y Argentina
diciéndoles que ahora que estábamos embarcados en el
Mercosur resultaba necesario que los académicos
mostraran la larga historia de la integración entre
nuestros países, una tradición integracionista. La
historiadora Hilda Sábato le respondió entonces al
vicecanciller con las palabras que siguen. "Las
preguntas que hacemos al pasado están fuertemente
marcadas por el clima de ideas del momento, que de
alguna manera define la pertinencia de los
interrogantes. Es importante, sin embargo, que ese
clima limite lo menos posible las respuestas, porque
si no nuestro trabajo como historiadores sería
ocioso".
La afirmación de
Sábato es decisiva por razones teórico-metodológicas
y políticas. Las consecuencias teórico metodológicas
son evidentes: si la historia fuera algo puramente
manipulable a piacere, es mejor no hacer
investigación. Cuando se presentan estas
manipulaciones no estamos ante usos de la historia
como disciplina, sino ante usos del pasado. Cumplir
el pedido del vicecanciller de una historia que
invente la integración hubiera debido ocultar que
esa integración no existió porque la Argentina y
Brasil habían elegido otro camino.
Si hay algo que
necesitamos comprender los argentinos son las causas
del fracaso de nuestro país en el siglo XX. Para
ello, necesitamos de las ciencias sociales como el
agua. Por ejemplo, es posible que entre esas causas
haya tenido un papel la soberbia nacional implicada
en las ideas de granero del mundo y de enclave
europeo en América Latina, así como la persistente
concepción dicotómica de la política argentina que
en sus momentos más agudos llevó a guerras civiles
abiertas o lanadas y al terrorismo de Estado.
¿Cómo vamos a
proyectar un futuro diferente sin comprender las
causas de nuestros fracasos? ¿Cómo construir un
horizonte nacional democrático e igualitario
arraigado en imágenes europeizantes del país, en un
antiguo centralismo? ¿Cómo comprender quiénes somos
sin entender nuestra diversidad cultural, las
persistencias de desigualdades sociales, la
fragilidad de nuestras instituciones? De la misma
manera, ¿cómo tomar decisiones sobre pobreza,
desempleo, trabajo en negro si no tenemos datos
confiables en el INDEC?
Piénsese que hace más
de dos mil años Tucídides decía que conocer el
pasado es un fundamento necesario para nuestro
juicio acerca del presente: esta idea aún no se ha
instituido como criterio básico para el desarrollo
de las políticas públicas en Argentina.
Ciencia y poder
Estos problemas lejos
están de derivar sólo del Estado y los políticos.
Las ciencias sociales deben problematizarse y
pensarse a sí mismas. ¿Cómo pensar las relaciones de
las ciencias sociales con el poder? Todo
investigador social que se precie siempre insistirá
en la necesidad de garantizar la autonomía de las
ciencias sociales respecto del poder, especialmente
del Estado. Pero al mismo tiempo prevalece en muchos
investigadores una visión homogénea del Estado, muy
lejana a los matices y contradicciones. Si para algo
sirven las ciencias sociales es para desnaturalizar,
para no analizar "los hechos sociales como cosas",
sino como procesos.
Puede presuponerse
que el Estado siempre recibirá con desagrado y
rechazo los diagnósticos que traen malas noticias.
Sin embargo, sería necio no reconocer que en
diferentes poderes del Estado hay personas que han
producido en el pasado y siguen creyendo en esos
diagnósticos. El Estado, en su historia reciente y
bien conocida, tiene la máxima responsabilidad por
ese hiato con los universitarios. A su vez, las
ciencias sociales evidentemente tenemos
responsabilidad, en la medida en que nuestras
percepciones sesgadas del Estado nos impiden o
dificultan buscar modalidades de intervención.
Tecnocracia y
política
La economía es
considerada habitualmente la ciencia social más útil
y evidentemente vinculada a la política. De hecho,
la construcción de legitimidad de los noventa
fundamentaba el modelo en el saber científico de la
economía. Cuando reclamamos que un saber hacer
político requiere del saber sociológico, es lo
contrario que afirmar que el saber sociológico debe
erigirse en el propio saber político. No sólo el
conocimiento social no debe pretender una sociedad
gobernada por el pleno consenso técnico. Tampoco
sería esto posible: si algo sabemos acerca de las
sociedades es que no existen sociedades sin
diferencias, desigualdades y conflictos. Y esos
conflictos no se saldan a través de la economía ni
de la antropología, sino a través de la política.
¿Estamos diciendo que
las ciencias sociales son objetivas y enuncian
verdades? No nos produce vergüenza la palabra
"verdades": la indigencia es insuficiencia
alimentaria. Según la definición que se use de
"pobreza" o "desocupación" habrá más o menos
personas incluidas. Recientemente hemos escuchado
los ecos de un debate análogo en la astronomía. ¿Es
Plutón un planeta? Depende de la definición de
planeta, qué incluye, qué excluye. Para el astrónomo
hay cosas que dependen de definiciones y otras no
admiten debate. Para nosotros también.
Cuando los ricos son
cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres
no admitimos debate en el diagnóstico de incremento
de la desigualdad social. Inclusive si hay mucho
crecimiento económico. Ahora, es terreno soberano de
la ciudadanía y de quienes los ciudadanos elijan
decidir si quieren una sociedad con menos pobres
aunque haya mayor concentración, o si consideran una
prioridad una mayor distribución.
Teoría y praxis
Si pretendemos un
país con más tecnologías, mejor insertado en la
"sociedad del conocimiento", con mayor capacidad
productiva, las prioridades en software,
biotecnología y nanotecnología definidos por el
nuevo ministerio parecen bien orientados. Pero si
además quisiéramos un país con menos pobreza y
desigualdad, que reconozca cabalmente su diversidad
cultural, con instituciones más sólidas y un Estado
más eficaz, en esas prioridades hay una ausencia
notoria: las ciencias sociales. Resulta clave
generar recursos de todo tipo para que cada día el
país y su producción puedan agregar conocimiento.
Pero hoy la Argentina redama agregar conocimiento a
las políticas que puedan reconocer la diversidad y
reducir drásticamente la pobreza, la indigencia, el
trabajo en negro, la desigualdad. El conocimiento
como valor agregado es un proyecto estratégico, pero
si eso se desconecta de agregar conocimiento social
que se traduzca en el sentido indicado, la Argentina
podrá crecer o no, pero seguro será un país
socialmente injusto.
Fuente: Revista Ñ diario Clarín.com
Alejandro Grimson (Investigador Conicet y Unsam
LA
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