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Una nueva mirada sobre
Miró
Las equívocas o equivocadas interpretaciones
La obra de Joan Miró, uno de los
artistas vanguardistas del siglo XX más populares y
atractivos, tiene, desde hace largas décadas,
equívocas o equivocadas interpretaciones por parte
de especialistas y del público. Así se expresa un
artículo que apareció en la edición del diario La
República el día 9 de Julio, por ser este un aporte
conceptual valioso en el contexto de la exposición
del artista español que se viene exhibiendo en el
MNAVI La ONDA digital lo reproduce.
En el MNAVI. Es
permanente la concurrencia de un público entusiasta.
Es un lugar común señalar la festiva seducción de su
intenso cromatismo hecho de colores planos y puros,
vibrantes rojos, azules y amarillos, serpenteados de
gruesos trazos negros, la aparente espontaneidad del
dibujo, la sencillez de sus garabatos vinculados a
la práctica infantil, las supuestas ráfagas de
jovialidad, el aire casual e improvisado de sus
composiciones, sus connotaciones surrealistas, en
fin. No pasan de ser afirmaciones estereotipadas que
no suponen un gran esfuerzo interpretativo,
repetidas hasta la total saciedad.
La magia de los
sueños es otro título que induce al equívoco de la
muestra de Miró que se exhibe en el Museo Nacional
de Artes Visuales. Menos completa que la realizada
en el mismo lugar en 1996, permite una lectura
diferente porque las obras también son diferentes.
Tienen, en primer lugar, la unidad por pertenecer a
una colección particular y en segundo lugar, por
recorrer un aspecto más intimista de la producción
dibujada y grabada del artista. No siempre las
declaraciones de un creador acompasan el ejercicio
estético y a menudo son contradictorias, pero en
cierta ocasión Miró dejó bien claro que no era
surrealista: "Un español no necesita ser
surrealista, ya es irracional". Debió complementar
el pensamiento que "al dedicarse a la vida secreta
de las cosas" no se sitúa en el surrealismo sino en
el infrarrealismo, en lo que fundamenta la realidad,
como es la tradición española de Goya a Picasso. Por
eso no es la magia de los sueños de los acólitos de
André Bretón, sino el soñar con los ojos abiertos,
de quien a fuerza de tensionar las pulsiones
encuentra un estado de ensimismamiento propicio a la
creación plástica.
Una creación que se
hizo al contacto de amigos, no pintores, sino
fundamentalmente poetas, con quienes tenía mayor
afinidad. Sus obras están más cercanas a la poesía
visual que a la pintura en sentido estricto. Y
aunque encontró familiaridad con el arte oriental,
no son ideogramas los que realiza, pues las síntesis
que busca, es condensación de cosas vistas no de
ideas. Captura sensaciones en una atmósfera especial
del taller en una suerte de estado hipnagógico, ese
que que circula entre la vigilia y el sueño. No,
nada que ver con los sueños congelados del
surrealismo ni con la práctica del automatismo,
liberado de los condicionamientos de la razón.
Su espontaneidad es
calculada, dominada por la estricta economía de los
medios utilizados (pocos colores, pocos trazos) y
sus garabatos nada tienen que ver con los de los
niños, atrapados por el sentimiento, sino que
provienen de una voluntad de forma, de una
arquitectura mental que finalmente decanta en
estilo, su estilo. Y si se escapa el humor, es
involuntario. Se observa en esta exposición, surcada
de sostenido dramatismo. El expresionismo es la
tónica dominante y, como buen individualista
español, trasluce un mundo localizado y acotado, el
de su entorno. Si es cierta la existencia de un
microcosmos que intenta fundirse con el macrocosmos
de las constelaciones y figuraciones astronómicas de
su estancia en Normandía y Mallorca, lo que
introduce, quizá sin saberlo o decirlo, son los
fundamentos de la antroposofía de Rudorf Steiner, el
filósofo de moda en los años en que Miró vivió en
París y que impregnó el pensamiento de Kandinsky,
Mondrian, Torres García y Xul Solar, con el sistema
de signos que anotó en el pizarrón durante sus
conferencias, recién descubierto en 1992 y
divulgados por el mundo (incluso en Buenos Aires en
2000) que asombraron a los especialistas por las
sutiles, sorprendentes relaciones entre el arte
abstracto y el pensamiento antroposófico al entender
que la espiritualidad del mundo podía aprehenderse a
través de las facultades más altas del conocimiento,
independiente de los sentidos, en una red de textos,
dibujos, diagramas que desencadenan asociaciones
infinitas de color, forma y escritura.
Si se tiene en cuenta
la cultura epocal, el París de los años veinte,
crisol de todas las vanguardias posibles, se
entenderá mejor a muchos de los artistas citados y
también a Joan Miró, más esotérico y críptico, más
trágico y agónico que el presunto humor que se
impone a primera vista. Las 63 obras aquí exhibidas,
de pequeño y mediano formato, cargadas de manchas
grises explosivas, de puntos disparados en todos los
sentidos, con dominantes trazos negros torturados,
líneas que se abren y recorren temblorosas e
incabadas la superficie, tensiones vitales y
enérgicas del dibujo y del color en contrapunto
inquietante y perturbador, en su distraída seducción
de regocijo (en total oposición a Matisse que tanto
admiró y siguió) se advierte el pasaje de una hojita
de afeitar deslizándose entre los labios.
LA
ONDA®
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