Bottinelli es el hombre…
apresurado
por Ernesto Piazza

A raíz del procesamiento y prisión de Juan Carlos Bengoa y otros jerarcas frenteamplistas, el politólogo Oscar Bottinelli lanzó la tesis de la “equiparación” del Frente Amplio con los partidos tradicionales en materia de corrupción o comisión de hechos irregulares. Afirma que “esta equiparación (…) es lo que golpea al Frente Amplio” y supone “la pérdida irreparable de la virginidad” (El Observador, 23/12/07). El caso de los ex jerarcas frenteamplistas –sobre los cuales, al final del proceso, deberán recaer las penas judiciales y las sanciones de la fuerza política que correspondan–, le da pie a Bottinelli para relativizar la larga lista de delitos juzgados cometidos por ex autoridades de gobierno y organismos públicos de filiación colorada y blanca.

Mientras tanto, solamente en el año que pasó, dos ex jerarcas del BHU, uno colorado y otro blanco, dos de OSE, también uno de cada partido tradicional, quince ediles de Rivera de ambas coletividades políticas y un ex intendente nacionalista cumplieron penas de prisión por diversos delitos. Tal vez haya algo más, pero esto es lo que recordamos del año transcurrido, donde también, aunque no por ilícitos perpetrados en nuestro país, dos ex legisladores del Partido Colorado y un ex jerarca de gobierno de la misma organización política fueron penados en los estrados judiciales en Centroamérica y por lo menos uno de ellos despidió 2007 en prisión. Si nos remontamos a unos pocos años atrás vendrían a nuestra memoria episodios igualmente desagradables ocurridos, también con protagonistas de los dos partidos históricos, en varios organismos públicos.

La “equiparación” que otorga Bottinelli a partir de un caso que aún no ha finalizado su trámite judicial es, por lo menos, apresurada. Y lo sería aun en el caso de que la Justicia ratifique finalmente el veredicto del juez y sin que ello suponga minimizar la gravedad que tal hecho tendría para el país y para el Frente Amplio.

En otro orden de cosas, el politólogo es igualmente apresurado al evaluar las elecciones de los jóvenes del Partido Colorado. Superando los 14.000 votos era un éxito, sostuvo, y pasar los 20.000 “era el festejo de Maracaná” (En Perspectiva, El Espectador, 07/12/07). Los muchachos alcanzaron 46.559 sufragios según el escrutinio primario, cifra que no difiere mayormente de la que los dirigentes colorados dieron pocas horas después de cerrarse las urnas. Llama la atención que un especialista en temas electorales como Bottinelli –que no fue el único politólogo en dar por buenas las cifras sin hacer referencia a la reglamentación del acto electoral– no se interrogara sobre el procedimiento empleado para chequear tan rápidamente semejante volumen de votos, los cuales, de acuerdo a las normas electorales del país, debieron ser necesariamente observados: cualquiera podría haber votado en más de un lugar, por ejemplo. Bottinelli no hizo la menor referencia a las denuncias públicas sobre irregularidades efectuadas por varios activistas colorados. Una de las más pintorescas fue señalada, sin que se conozcan desmentidos, por un dirigente de Maldonado: en Pueblo Garzón los votantes fueron más que los habitantes de la localidad. Entrando en el terreno de las subjetividades, no debo ser el único montevideano que transitó por la ciudad –y lo tuve que hacer por varios barrios y a distintas horas– sin advertir locales de votación (se supone que hubo 458 mesas en todo el país), puestos de entrega de listas o autos con distintivos durante una jornada electoral en la que debieron movilizarse casi 50 mil personas (12.500 en la capital). Gente del interior me comentó lo mismo. Tampoco se publicó la distribución de votos por barrios o distritos electorales. Eso sí, cada sector se preocupó por dar a conocer su propia performance.

Teniendo en cuenta que el electorado colorado es el que registra menor porcentaje de votos jóvenes desde hace décadas, que las encuestas (entre ellas la que dirige el propio Bottinelli, que cerró después de la elección) ubican al PC en torno al 9 por ciento de la opinión pública y que no se registraron en los últimos tiempos hechos políticos o sociales a nivel juvenil que pudiesen dar indicios sobre semejante avalancha de papeletas, el director de Factum y algunos de sus colegas deberían haber sido más cautelosos a la hora de ponerle calificativos al acontecimiento que comentamos. Tal vez las festividades de esta época nos inducen a los apresuramientos.

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