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El pensar es un hacer
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy
A
Rosario:
porque en todo callejón existe una salida.
Uno intenta pensar
toda vez que puede que, en realidad, estriba en
darse tiempo para sí apagando los ruidos interiores
y exteriores.
Y en esto del pensar
y me refiero, en tal distinción, al pensar
reflexivo, complemento del pensar calculador,
práctico, el que recorremos toda vez que es
necesario ir en busca de soluciones específicas a
asuntos del cotidiano vivir-, todo lo que haga al
modo que nosotros tengamos de pararnos ante la vida,
resulta crucial.
En nuestro presente
donde el consumismo y la voracidad por las cosas es
cada vez mayor, no deja de ser estratégicamente
vital, el darnos tiempo, regalárnoslo, para dejar ir
a nuestra mente sin otra premisa que el cielo
abierto a alcanzar.
Así, poco a poco,
iremos despejando nuestra mirada, la interior, para
hallarnos en las tierras donde las grandes
cuestiones que de común permanece -como dijera
Nietzsche en su Aurora- tiradas en la calle,
puedan ser levantadas por nosotros y así, miradas de
cerca, volvamos con una proyección no digo que nueva
pero sí de mayor compromiso y acercamiento con
aquellos asuntos que permanecen sin ser abordados
críticamente, resueltamente.
Y esto es de vital
importancia y no, no vayan a pensarlo, no por favor,
apenas una trivialidad de seres que buscar descollar
por vía de una aparente cualidad intelectual. Se
trata, ciertamente, de nuestra opción de vida: si
queremos ser o dejar que sean por nosotros. Ni más,
ni menos.
Consiste,
convengamos, en asumir nuestro lugar en el mundo y
así, conscientes de nuestra unicidad, de nuestra
singularidad, hacer valer, por vía del meditar
reflexivo, un hacer que, a partir de un pensamiento
que se hace carne en la vida cotidiana de un ser que
además de saberse singular, quizá por razón de ello,
determina que la solidaridad para con el otro,
esencialmente para con el diferente, para con el
desconocido, hombre o mujer, se completa y
complementa con la vida viviente.
Luego, vida viviente
y vida inteligente se amalgaman en una alquímica
fórmula que depara, así uno lo espera, un devenir no
digo exitoso, que eso es una presea de los necios,
pero sí venturoso en saberse que, junto al otro,
codo con codo, nos movemos por la senda de la vida,
erguidos y sonrientes, cara al viento, frente en
alto, prefigurando horizontes.
Sabida es nuestra
afición al pensar de uno de los grandes maestros no
sólo del filosofar sino y especialmente, del deber
ser: Don José Ortega y Gasset.
Quiero ahora visitar
a un colega y admirador de don José, me refiero al
profesor Manuel García Morente, quien en un curso
sobre Introducción a la Metafísica que dictara en
Buenos Aires, allá por el año de 1934.[i]
Y decía, García
Morente, justamente lo que aquí nos ocupa y que
obviamente está inspirado en gran medida en sus
claros a la vez que profundos conceptos: Nuestra
vida es un constante hacerse a sí misma, aduciendo
con esto que la hacemos nosotros, prefigurándola,
asumiéndola, es decir asumiéndonos, ubicándonos así
en el espacio y tiempo de nuestra circunstancia. Sí,
me refiero evidentemente a nuestra circunstancia
orteguiana, la que dice de nuestra relación
ineludible con el mundo cercano a nuestra vida.
Luego, somos en mayor
o en menor medida, según qué herramientas utilicemos
para el moldeado de nuestro carácter, de nuestro
hacer, somos constructores de nosotros mismos y así,
junto a los otros, de la realidad que nos circunda.
Ahora bien, García
Morente no se queda en esa primer y superior
observación sino que se adentra en la comprensión,
que es su aprehensión, del contenido vital que la
nutre. Por eso es que alega lo siguiente: Nuestro
ser propio es más bien el que queremos ser que el
que somos. El ser más auténtico del hombre es su
futuro, su ilusión, lo que quiere, lo que sueña. Ese
querer ser es el resorte más poderoso de la
energía vital. Por eso cuando falta o se aminora en
un hombre su capacidad de ensueño y de ilusión,
cuando llega el momento en que el hombre ya no ve
ante sí su vida como un programa apetitoso,
atractivo, entonces ha comenzado su labor de muerte.
Lentamente la muerte se apodera de nosotros por
reducción de los horizontes en que se dibuja el
futuro.
¿Pero de qué muerte
es de la que nos habla García Morente? Ah, yo creo
que la muerte de la humanidad que, potencialmente,
llevamos en nosotros. Potencialidad ésta que si no
la recreamos, alimentamos y configuramos a base de
espíritu crítico, de asunción de nuestra propia
identidad en ese proceso largo y por cierto
doloroso, aunque a la vez dador de plenitud-, de
mirar de frente a nuestro primer horizonte, buscando
el más allá de las cosas que nos rodean y a veces
pretenden taparnos la visual del alma-, en todo ese
proyectarnos es que la vida humana se despliegue. Y,
por contraposición, en ausencia de tal actitud, la
muerte de lo humano, recrea una animalidad
creciente, un estado de situación en que más nos
convertimos en cosas, quizá y primeramente por vía
del consumismo ante la renuncia a descubrirnos, es
decir, nos cosificamos.
Porque siempre cuando
hablo de horizonte, preveo uno en el que el otro
esté considerado. No me refiero a una huida
solitaria y docta sino a la asunción de nuestra
vida, caminando hacia delante, en busca de nuestro
complemento, dando paso a nuestra solidaridad, que
nunca deberá ser concebida como caridad, sino un
darnos y así recrearnos, haciéndonos, volviéndonos,
humanos. Seres completos. Testigos y hacedores de
este instante de vida que, para nosotros, desde un
hacer crítico, configura el sentido mismo de
eternidad. Porque en el aquí y en el ahora de
nuestro instante de vida, al ser conscientes y
responsables, lo haremos ser, viviéndolo a corazón
abierto, nuestro propio edén sobre esta tierra negra
que pisamos.
En fin, que conocer
y estimar, pensar lo que las cosas sean y preferir
lo que en ellas valga son, pues, actividades
radicales de nuestra vida.
Un par de años
después, allá por marzo del año de 1936, el colega,
amigo y entusiasta seguidor del Maestro José Ortega
y Gasset, publicaba en el famoso diario El Sol, y a
pedido de sus alumnos y amigos, una carta a su
querido maestro en las bodas de plata de Ortega y
Gasset, como profesor de la Universidad de Madrid.
De la misma, extraeré un
pensamiento vital o, en la terminología orteguiana,
radical, inserto en uno de los párrafos de un
texto que vale la pena ser leído en su totalidad y
sin prisas de ninguna especie[ii].
Dice así García
Morente: (...) El pensar es un hacer, es algo que
yo, viviendo, hago; precisamente porque vivo y para
vivir. El pensamiento no es, pues, lo primario, sino
la actuación de algo más hondo todavía. Ese algo más
hondo es el vivir mismo. Así, desde sus primeros
ensayos filosóficos percibía ya Ortega con claridad
que el pensamiento es una actitud de la vida, que
es, como él decía entonces, razón vital.
Por tanto, podemos
convenir varias y no menores cosas:
Que la vida bien
vivida arranca desde un ser que se sabe, se conoce y
así, va en busca, solidaria, activa y desde un plano
igualitario, del otro, desconocido, diferente, que
lo interpela y convoca a ser y complementarse,
humanamente, socialmente, con la vida y su destino.
Que este hacer que es
el pensar, requiere de una compenetración serena y
total con la vida y las cosas, buscando ir en pos de
la realidad que está detrás de la realidad primera,
esto es, una suerte de comprensión que, con
serenidad, hondura y tiempo, llegue a la esencia de
las cuestiones vitales que nos ocupan en esta vida,
la única y total vida que, como sujeto consciente
tendré.
Que, en definitiva,
esto del pensar es una faena y jamás, repito, jamás,
una tarea de elegidos sino de sujetos, hombres y
mujeres, determinados a ser que es decir, a querer
ser, en conocimiento y estima, hombres y mujeres
que, en lo humano, practican su mejores momentos de
vida.
Adviértase una
lección más dentro de la lección: García Morente,
grande entre los grandes, cita a su maestro como
tal, como maestro, esto es, un hombre del pensar,
antes que llamarse intelectual apela desde la
cultura a referirse a un superior, para dar desde
aquél y a partir de sí mismo, lección de vida, de
vida humana. Desde la faena del pensar.
Que no habrá callejón
sin salida, toda vez que, sorprendidos y
estupefactos, al cabo de un tiempo, el que fuere,
despertemos a la vida y a sus colores. Y así, nos
determinemos a ser, que es decir, a querer ser. Y
serlo. Intentarlo siempre y con serena alegría, pero
crítica y porfiadamente, aunque muy posiblemente
imperfectos en los logros, humanos en nuestra
actitud de vida.
En suma, que tras el
muro que cae, aparecerá la salida que será, siempre,
el regreso a lo prefigurado, es decir, nuestro
complemento, en un horizonte un día soñado a ojos
abiertos, cara al cielo, pisando suelo sin salirnos
de la senda de vida.
[i]
García Morente, Manuel, Estudios y ensayos,
Editorial Losada, Buenos Aires, año 2005,
Pág. 144-5.
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