Bob Dylan en Buenos Aires
A lo largo de la atalaya
por Martín Bentancor

Como parte de su extensa gira Never Ending Tour, el pasado 15 de marzo, el legendario Bob Dylan se presentó en Buenos Aires ejecutando un representativo repertorio de su obra. Con una solvente banda secundándolo, una voz desgarrada por el camino y el tiempo y una presencia imponente sobre el escenario, el cantautor de 66 años demostró por qué su nombre ocupa un sitial destacado en la música popular norteamericana.

 

¿Qué motiva a un veterano y respetado músico, cercano a los setenta años, a embarcarse en una extensa gira alrededor del mundo? ¿Qué lo lleva a presentarse ante multitudes expectantes y a ejecutar un set de canciones que, con ligeras variaciones, se repite a lo largo de las escalas, desde Inglaterra a Japón, desde México a Uruguay? Las respuestas a éstas preguntas sólo las posee el mismísimo Robert Allen Zimmerman, alias Jack Frost, alias Jack Fate, alias Sergei Petrov, alias Lucky Wilbury o, su heterónimo más conocido: Bob Dylan. Claro que, la posesión de la clave para entender su motivación con la Ending Never Tour, no arrojaría mayor luz sobre la carrera de un artista que no ha hecho de la confesión y la exposición de sus intenciones, un estandarte. O, mejor dicho, es en las propias canciones donde debe encontrarse esa clave intraducible, esa palpitación que lo lleva a hundirse en las raíces del blues primigenio y del más clásico rock and roll, para contar su historia: desde las canciones de aquel veinteañero que soñaba con conocer al legendario cantante folk Woodie Guthrie hasta el hombre maduro de sombrero negro y fino bigote que canta

 

Honest with me.

Su presentación en el estadio de Vélez Sarfield, en la ciudad de Buenos Aires, congregó a un público ecléctico, desde viejos hippies y seguidores de primera hora a adolescentes preocupados por captar la actuación de la Leyenda con la cámara de su celular. La calurosa noche porteña sirvió de marco para que Bob Dylan y su banda – los guitarristas Stu Kimball y Denny Freeman, el poliintrumentista Donnie Herron, el bajista Tony Garnier y el baterista Georges Receli – se deslizaran a lo largo de un repertorio que revisitó varias etapas de su carrera deparando, además, varias sorpresas.

 

La apertura con Rainy day women, proveniente de su clásico disco Blonde on Blonde (1966), fue particularmente demoledora y sirvió como presentación de la lograda conjunción de Dylan con sus músicos. La contundencia de Receli en la batería marcó esa suerte de marcha blusera como fondo para una voz que, si bien aparecía desgastada e imposibilitada de alcanzar algunos registros, se las ingenió para romper el fuego y lograr la primer ovación cerrada de la noche. Lay lady lay, en cambio, mutó sensiblemente sobre el original  y demostró los estragos del paso del tiempo. Luego de entonar éste tema, Dylan abandonó la guitarra y se colocó detrás del teclado (desde donde no saldría en el resto del show). A partir de ahí, versiones de canciones de su último disco – el complejo Modern Times de 2006 – se mezclaron con verdaderos mojones de su carrera como Highway 61 revisited y Just like a woman.

 

Sus nuevas canciones – Spirit on the water, The levee´s gonna break, Workingman s Blues #2 – fueron las que sonaron más fieles a los originales. En Like a rolling stone, en cambio, Dylan se valió de un arreglo que si bien intensificó el costado rockero de la canción, le permitió un manejo vocal muy diferente al que grabara originalmente en 1965. Una grata sorpresa fue la inclusión de Master of wars, un prototipo de la canción de protesta que, pese a su lejana gestación en 1962, suena particularmente actual. Cuando la música cesó, dando un falso final al espectáculo, Bob Dylan volvió a emerger desde el escenario y encaró un bis compuesto por un díptico particularmente contundente: una fulminante versión de Stuck Inside Of Mobile With The Memphis Blues Again y una revisión del All along the watchtower que sonó mucho más oscura y estremecedora. Tras ese nuevo falso cierre y cuando aún no se habían acabado los extensos aplausos y otras expresiones de satisfacción y reconocimiento, Dylan volvió a plantarse ante el micrófono y desgranar una versión sin mayores novedades de su clásico Blowin in the wind, una canción versionada y utilizada hasta el cansancio en millones de bandas de sonidos, manifestaciones y, signo de los tiempos, en costosas publicidades que recorren el mundo.

 

Cuando las luces del escenario se apagaron definitivamente, quedó en el aire la constatación de que la mística que Bob Dylan fue elaborando a lo largo de su carrera, a base de puro talento, está más vivo que nunca. El derrotero sudamericano de la Ending Never Tour terminó, sorpresivamente, en Uruguay, concretamente en el Hotel Conrad de Punta del Este, el pasado jueves 20.

 

La extrañeza que a algunos pudo generarle su presencia en un lugar tan chic, en un escenario por el que han desfilado desde Roberto Giordano a Sandra Mihanovich y Patito Feo, no es más que otra postal dylaniana en que debe leerse, a la forma de un criptógrafía, una realidad compleja, imposible de abarcar desde un solo frente. A lo largo de la atalaya, Bob Dylan contempla al mundo, se inclina el ala del sombrero sobre la frente y adopta su mejor rostro de poker.

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