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La ópera, la guerra y la
resurrección rusa
por José Luís Fiori
Lo
recuerdo, porque causó una profunda impresión. Un
montaje ruso, de la ópera La Guerra y la Paz, de
Serguei Prokofiev, en la Bastilla. Era 1998, la
Unión Soviética había desaparecido, y Rusia había
quedado humillada y destruida. La ópera La Guerra y
la Paz, se estrenó en el Teatro Maly, en
Leningrado, el día 12 de junio de 1946, poco
después de la invasión y expulsión de las tropas
alemanas, y de la victoria rusa, en la Segunda
Guerra Mundial, y cuenta la historia de la invasión
y expulsión de las tropas francesas, y de la
victoria rusa, en la guerra con Napoleón
Bonaparte, en 1812. En la última escena, el pueblo
y los soldados rusos cantan juntos, una consigna
apoteótica, proclamando la eternidad del espíritu
ruso. Con una fuerza, una emoción, un
convencimiento, inolvidable. Y, de hecho, después de
la destrucción de 1812, Rusia se reconstruyó y se
transformó en una de las principales potencias
europeas del siglo XIX; y después de 1945, la Unión
Soviética, volvió a levantar y se transformó en la
segunda potencia militar y económica del mundo, en
la segunda mitad del siglo XX. Como ya había
sucedido antes, en 1709, después de la invasión y
de la expulsión de las tropas suecas de Carlos XII,
por Pedro el Grande, cuando Rusia comienza su
fantástica modernización del siglo XVIII. Pero en
1998, parecía imposible que esto pudiese suceder de
nuevo, después de la derrota soviética y de la
destrucción liberal de la economía rusa. Diez años
después, entre tanto, en el momento de la toma de
mando de su tercer presidente republicano, Dimitri
Medvedev, Rusia está de nuevo de pie, y el
espíritu ruso vuelve a asustar a los europeos, y
preocupar al mundo. El diario Financial Times
publicó recientemente un cuaderno especial sobre
Rusia, donde afirma que ni Bruselas ni Washington
están sabiendo como lidiar con Rusia, después de
Vladimir Putin, porque Rusia está cada vez más
dispuesta a retomar su posición en el mundo, en
particular en los países de la antigua Unión
Soviética
En 1991,
inmediatamente después de la disolución de la Unión
Soviética, los Estados Unidos y la Unión Europea, se
ubicaron en el problema, y se atribuyeron la tarea
de administrar el desmontaje del imperio ruso.
Por causa de sus consecuencias económicas, y por
causa del problema geopolítico de Europa Central.
Para los Estados Unidos, el objetivo fundamental era
impedir el surgimiento de una tierra de nadie en
el este europeo, y por esto lideraron la expansión
inmediata de las fronteras de la OTAN, y la
ocupación de las posiciones militares que habían
sido abandonadas por los soviéticos, en Europa
Central. Esta ofensiva estratégica de la OTAN y de
la Unión Europea, y su posterior intervención
militar en los Balcanes, fue una humillación para
los rusos y provocó una reacción inmediata y
defensiva, que comenzó exactamente por la victoria
electoral de Vladimir Putin, en 2000, y la
reconquista por parte de su gobierno, de una
estrategia militar agresiva, después de 2001.
Durante sus dos administraciones, el presidente
Putin, mantuvo la opción por la economía de mercado,
pero re-centralizó el poder, y reconstruyó el
estado y la economía rusa, rehaciendo su complejo
militar-industrial, y nacionalizando sus recursos
energéticos. Rusia todavía detenta el segundo mayor
arsenal atómico del mundo, y el gobierno Putin
aprobó una nueva doctrina militar que autoriza el
uso de armamento nuclear, incluso en el caso de un
ataque convencional a Rusia, en el caso en que
fracasen otros medios para repeler al agresor.
Además de esto, el nuevo gobierno ruso alertó a los
Estados Unidos aún en el año 2000 - hacia la
posibilidad de una carrera nuclear, en caso de que
insistiesen en su proyecto de creación de un escudo
anti-balístico en Europa Central. Lo interesante,
del punto de vista de la historia rusa, es que ahora
de nuevo, como en el pasado, después de 2001,
también la economía rusa se recuperó y volvió a
crecer a una tasa media anual del 7%, empujada por
los precios del petróleo y de las commodities, y
sustentada por un boom de consumo y de inversión
interna. Este crecimiento liderado por las
grandes empresas estatales del sector de energía y
armamentos - multiplicó seis veces el producto
interno de Rusia que ya superó el PBI de Italia, y
debe superar el PBI de Francia, en los próximos dos
años. Diez años después de su moratoria, Rusia
detenta la tercera mayor reserva en moneda
extranjera del mundo, después de China y de Japón, y
sus salarios subieron de un promedio de U$S 80
dólares por mes, en el año 2000, a U$S 640, en el
año 2007, cuando la economía rusa alcanzó su nivel
de actividad anterior a la gran crisis. Y en este
clima de boom económico, el nuevo presidente Dimitri
Medvedev convocó recientemente, a los empresarios
rusos a copiar el modelo chino y adherir a la ola
global de adquisición de empresas extranjeras, para
acelerar aún más la economía rusa, y reducir su
dependencia tecnológica.
O sea, quince años
después de la derrota y del colapso de la Unión
Soviética, el estado ruso retomó el comando de su
economía y de su inserción internacional. Y todo
indica, en este inicio del siglo XXI, que está
recuperando su importancia estratégica, como mayor
estado territorial del mundo, el único con capacidad
de intervención por tierra, a través de sus propias
fronteras, en todo el continente euroasiático. Por
esto, es una rematada tontería hablar de Rusia como
una potencia o una economía emergente, cuando en
verdad se trata de una vieja y gran potencia que
está reocupando su posición tradicional, en Europa,
en Asia Central y en Oriente Medio. Pero ningún
analista internacional consigue prever los caminos
futuros de esta nueva resurrección del espíritu
ruso, incluso porque Rusia siempre fue más
misteriosa e imprevisible que la Unión Soviética.
Hace algunas semanas, Andre Klimov, líder liberal de
la Dumas, afirmó que sería un grave error, en este
momento, que alguien piense que pueda hacer con
Rusia lo que le parezca.
Palabras que son como una advertencia suave, como
quien quisiese recordar a las demás potencias, el
mensaje final de Serguei Prokofiev, en su grandiosa
ópera La Guerra y la Paz: el espíritu ruso es
eterno, y siempre resurgirá de nuevo, y con más
fuerza, siempre que su sagrado territorio sea
invadido, o que el pueblo ruso sea humillado, como
sucedió varias veces, en la historia, y volvió a
suceder, a fines del siglo XX.
Financial Times, Rússia, Special
Report, 18 de abril de 2008, p:3
Traducido para LA ONDA digital
por Cristina Iriarte
LA
ONDA®
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