Brasil y el sistema-mundo:
la era de Lula
III – Actores y Autores: Celso Luiz
Nunes Amorim. Segunda parte
.
por Héctor Valle

Hemos dejado pasar demasiado tiempo imaginándonos el mundo desde el lugar de los colonizadores de otrora, como si aquel fuese el Olimpo y éste su submundo.

 

Debemos dar paso al imperativo lanzado por nuestro Milton Santos: pensar el mundo desde los pobres; pensarlo desde nuestra circunstancia. Y en tal sentido, no nos cansaremos de repetirlo cuantas veces juzguemos necesario hacerlo.

 

No hubo en la mente y en el hacer del geógrafo brasileño, como no lo hay en nosotros, el desplegar tal actitud de vida desde una refracción al otro, allende nuestra circunstancia. No la hubo puesto que, de haberla, sería una mezquindad de la que pretendemos no sólo no imbuirnos sino bregar por su erradicación.

 

Pensemos el mundo desde la asunción vital de nuestra circunstancia acrisolada, la sudamericana, en abierto al resto de la Humanidad, en respeto y compromiso de vida.

 

Por ello, este capítulo sobre “autores y actores”, lleva por finalidad, antes que una actitud de vasallaje, de genuflexión para con cada una de las personalidades que aquí damos cuenta –actitud innoble y ramplona-, el atestiguar, el inventariar, con fines históricos, un paso grande y noble.

 

Paso humano también con sus imperfecciones y contradicciones pero en el que priman, de manera creciente y abierta, las acciones de sujetos de derecho que desde sus diferentes ubicaciones, construyen un nuevo y mejor Estado-Nación que a su vez piensa y lleva a que una región tenga frente a sí la posibilidad fáctica de erguirse y dar sentido de vida buena a todos los suyos, esto es, a la acrisolada base social de nuestros pueblos: la América del Sur.

 

Por lo tanto, la acción de personas como el diplomático Celso Amorim, son sustantivas una vez que su hacer se deja sentir, cada vez más, en tanto en cuanto se produce en el contexto de un accionar democrático claro de su gobierno, que va profundizándose en planes, acciones y revisiones.

 

Así, este actor junto otros, logra una mejor y más significativa performance en un accionar que resulta claramente histórico y sin duda comparable a los mejores ejemplos de la tradición diplomática brasileña.

 

Que esta es una historia, una forja, convengamos, que está en construcción y consiguientemente, va fraguándose entre metales de diversa pureza, primando los más nobles.

 

De énfasis e intensidades

En entrevista concedida al diario brasileño O Estado de São Paulo, de fecha 16 de marzo de 2008, el canciller Amorim, al ser consultado sobre en qué había variado la política externa desde el anterior Presidente brasileño a la fecha, dijo lo siguiente: “Los principios básicos son los mismos. Cambiaron los énfasis y las intensidades con que ciertos temas son tratados. Cuando yo era embajador en la ONU, el Brasil siempre tuvo proximidad con los africanos. No se puede decir, por lo tanto, que la buena relación con el África es una invención del gobierno actual. Ahora, vaya a comparar la intensidad de esa relación antes y después.  Los países árabes eran antes una cosa distante. Ahora somos invitados para la Conferencia de Annapolis sobre Oriente Medio. No me consta que en el pasado eso ocurriese. En el segundo gobierno de Lula, se creó el foro India-Brasil-África del Sur (IBAS). No es coincidencia que, a excepción de aquellos directamente implicados en la problemática de la región, los únicos tres países invitados luego del inicio para Annapolis hayan sido justamente la India, el Brasil y África del Sur. Eso tiene un impacto en toda la política internacional. Con excepción de un único año, fuimos llamados a participar de todas las reuniones del G-8. Tales cambios son tan grandes que tal vez se pueda decir que las únicas cosas que permanecen iguales (al gobierno de FHC) fueron los principios.”

 

Podemos así percibir el seguimiento de un Brasil abierto al mundo, sino y especialmente, a un Brasil dando un énfasis con intensidades crecientes, en el abordaje de las relaciones Sur-Sur, por citar un ejemplo.

 

En la misma entrevista, el periodista Fred Melo Paiva, consulta al diplomático brasileño respecto cuál considera él resulta ser una marca de la política internacional bajo la gestión del Presidente Luiz Inácio Lula da Silva, a lo que Amorim  responde:

 

 “Entre otros puntos, la multipolaridad. El Brasil ha trabajado activamente por ella. El gran diferencial es que dejamos de lado la vieja dicotomía que habitaba la cabeza de las personas: mejoramos nuestras articulaciones con África, China, India, sin hostilizar a los Estados Unidos y a la Unión Europea, que han tenido para con nosotros un diálogo muy privilegiado.”

 

“Note que no fue el Brasil que propuso a la UE la creación de una asociación estratégica. La propuesta partió de ellos. Por otro lado, no preciso mirar para EUA y Europa para entrever el Oriente Medio y el África. Claro que eso no por causa de este gobierno.  No habría como pensar en el IBAS sin que tuviéramos una democracia consolidada y una economía estabilizada. Ahora, la apuesta en las nuevas oportunidades, sin preconceptos, es algo que el gobierno Lula ayudó mucho a hacer.”

 

“Cuando él, Lula, fue a Siria, a Libia, la prensa lo criticó duramente. Dos meses después, fue Aznar (entonces primer ministro de España). Seis meses después, lo fue Tony Blair. Lula no tiene que pedir permiso. Papá, ¿puedo ir? Mamá, ¿puedo ir? Si queda preguntando demasiado, va a escuchar lo siguiente: “No vaya no, déjelo para mí”. Todo eso, mientras tanto, sin ningún espíritu de confrontación. Yo fui diplomático durante el régimen militar. Vejo hoy un diálogo mucho más fluido con los EUA  que en cualquier otro momento.”

 

De tal modo que este protagonista del gran cambio brasileño, subraya los énfasis, profundidades y modos a través de los cuales aquel se va procesando y dando, a ojos vistas, en el día a día no ya de su país en sí y para sí, sino del Brasil que se recrea a sí mismo en armonía con su región y en abierto al mundo, preferentemente al Sur.

 

Casi al terminar dicha entrevista, es el propio Amorim quien, preguntado respecto de sueños aun no alcanzados en su carrera, se explaya no sobre un utópico mañana de un individuo aislado, sino desde y para un hoy en construcción, haciendo hincapié en lo social de un hombre con responsabilidad social.

 

Dice el canciller: “Una de las cosas que necesitamos es la renovación de Itamaraty. Es preciso gente joven. No da más para que usted sea embajador en el servicio al mediodía y abriendo los trabajos leyendo el Times. El mundo cambió. Tenemos hoy un programa de bolsa para afro descendientes –que, seamos justos, comenzó en el gobierno anterior. No es hecho para ayudar al afro descendiente, son al propio Itamaraty. Cuando vamos a conferencias internacionales a discutir sobre racismo, mismo que seamos la segunda población negra del mundo, siempre nos preguntamos: ¿pero dónde es que están los negros aquí entre nosotros? Itamaraty tiene que ser representativo de la sociedad brasileña. Por eso tenemos que facilitar el acceso, sin que por ello se pierda la excelencia. En el pasado, las pruebas para el Instituto Río Branco preguntaban para qué lado estaba vuelto el pico del pelícano en la edición princeps de Los Lusíadas. ¿Usted encuentra que eso ayuda a defender los intereses nacionales fuera del Brasil?”.

 

Así, pues, a los grados, modos, abarcaciones y profundidades de la acción en política externa y en relaciones internacionales que vamos dando cuenta, se le suma o, mejor dicho, se le adensa la condición de alteridad superior de una nación que, además de decirse democrática, lo sea en su espíritu, en su letra y, por consiguiente, en la prosecución del entramado de acciones que, desde el gobierno del Estado, ella recorre en mérito al mejor despliegue humano del hombre y la mujer de a pie que la comprende.

 

Dice Hegel, en este sentido, que el valor de los individuos descansa en que sean conformes al espíritu de su pueblo, en que sean representantes de este espíritu, perteneciendo a una clase, en los negocios del conjunto.

 

Aduce el gran filósofo alemán que para que haya libertad en el Estado es preciso que esto dependa del albedrío del individuo, y que no sea una división en castas la que determine a qué menester ha de consagrarse cada cual[i].

 

Loa, pues, a aquellos hombres y aquellas mujeres que, aun pudiendo regodearse desde un supuesto saber (o no tan supuesto, pero no tomándolo como base para una separación con los otros), se avienen a trabajar codo a codo con un equipo, ciertamente de elite, como todo gobierno tiene, o debiera tener, y trabajar así en pro de la mejor vida, en dignidad, de los que tienen por techo el cielo y por piso la negra tierra.

 

Esta es una tarea, la de vernos y apreciarnos, que nos debemos permitir, nosotros sudamericanos, visitar y desplegar toda vez que hay asidero y proyección a destacar. Porque para los buenos ejemplos, válidos son tanto los de afuera como los de adentro y así, con estas categorías espaciales, saber apreciar cuando una gran obra está gestándose y podemos no sólo saber de ella sino, y especialmente, en tanto le asista sentido social y general, hacer lo propio en nuestros propios lugares de vida, dentro de la gran circunstancia sudamericana.

 

Y digo esto, pues en lo que a nuestra América del Sur se refiere, hay antes que una refracción, una “complementariedad dialéctica” entre lo que originariamente era la mirada hispana y la lusitana, y hoy es, en resumidas cuentas, la mirada más soñadora que concreta de los unos, junto a la mirada, más pragmática y abarcadora de los otros. Juntos, unos y otros, es – y lo digo en presente, puesto que la vamos construyendo- que conformamos la visión sudamericana del mundo y de las cosas.

 

Asimismo, y de regreso a la consideración de Itamaraty y por tanto, de lo que una elite es o representa, el tema, o uno de ellos, no es o deja de ser si es válido o no la existencia de elites, sino qué fin tienen y para qué se promueven y accionan.

 

Y en cuanto al hacer del hombre que es protagonista de su hora y su circunstancia, vale el volver a Hegel, en una reflexión inmediata a la citada más arriba, en la que dice lo siguiente: “El hombre que realiza algo grande, pone toda su energía en ello. No tiene la mezquindad de querer esto o aquello; no se disipa en tantos y cuantos fines, sino que está entregado totalmente a su verdadero gran fin. La pasión es la energía de este fin y la determinante de esta voluntad. Hay una especie de impulso, casi animal, en el hecho de que el hombre ponga así su energía en una cosa.”

 

Traído este pasaje a cuenta del protagonista que venimos estudiando, pero abriéndolo al angular de su ámbito profesional, podemos aducir que el diplomático brasileño es en general -y éste, Celso Amorim, su gran representante en particular- una persona dotada de atributos tales que le permitirán un desempeño importante en la acción de su carrera.

 

Asimismo, y desde la atmósfera democrática y fermental, desde este momento brasileño, el diplomático encuentra una caja de resonancia propicia al mejor despliegue de sus reconocidas capacidades. Como tiene también, el integrante de toda elite, pero de la diplomática en especial, un tremendo enemigo: la vanidad y así el ceder a la tentación de subirse a una nube y, desde ella, recrear una jerga, un modo de ser que sólo permita emparentarse, relacionarse, con integrantes de otras elites, de otras cosmovisiones tan doctas como vanas de esas que, lamentablemente, pululan tanto en el mundo y que el Brasil, por consiguiente, no es para nada ajeno a las mismas.

 

Pero toda elite que se precie de tal, en el sentido de promover un hacer crítico que permita a sus generaciones avanzar en la construcción de una nación con trascendencia social, tiene en Itamaraty, testigos y custodios de la mejor tradición humanista que, por más que a veces hayan trastabillado al darse contra paredes de vanidades ajenas, siempre retoman la senda, constituyéndose ellos, en sí misma, la propia Casa –como también es llamado “Itamaraty”- en un reservorio cívico humanista de gran valía tanto para su país cuanto para con el mundo.

 

Y como resultado de esto, hubo grandes representantes, sea por su inteligencia, sea también, y particularmente, por su entrega a la mejor causa de un demócrata ilustrado: la mejora de vida del otro hombre, de la otra mujer.

 

Amorim, en este sentido, no es una excepción, lo reitero, si bien le caben especificidades y atributos que lo distinguen y destacan aun por encima de las mismas, en la larga cosecha intelectual y estratégica de la diplomacia brasileña.

 

Sí lo es, convengamos, sí se levanta entre sus pares, en su mirar al mundo, ya no en la resolución –o, no tan sólo- de problemas de fronteras, sino de apertura plena al mundo, comenzando por el Sur y abriéndose en grandes ángulos hasta su plena abarcación en acuerdo con las directrices de su Gobierno.

 

Amorim, convengamos también, tiene desde su hacer cultural, esa mirada cinematográfica, de paneo, podríamos de ser, de realidades y diferentes situaciones complejas de nuestro mundo, un modo democrático, culto y específico en lo diplomático, que le ha permitido junto a su talante de hombre de equipo, fiel seguidor de su Presidente, llevar a Itamaraty, y así al Brasil, junto al Primer Mandatario y al resto de los artífices del Brasil que se abre hoy al mundo, a instancias de realización, formidables.

 

Formidable es una Nación que, desde las mayores iniquidades, o sea las que hacen a la negación de vastas franjas de sus gentes, se permite y logra ir creciendo, que es comenzar a erguirse, lenta pero sostenidamente, dando lugar a que aquellas personas antes vilmente discriminadas, comiencen a ser no sólo respetadas sino también, o especialmente, merecedoras de un mejor destino desde un hoy donde tienen o van teniendo en grado creciente, posibilidades de crecer en todo sentido.

 

En cuanto a quienes obraron en pro de este Brasil, vale recordarlo, han quedado mujeres y hombres que ofrendaron sus vidas, como otros y otras sus pequeñas historias por el servicio dado a su pueblo, en aras de una mejor y gran historia: la de su pueblo que, junto al resto de las naciones sudamericanas, construye hoy un destino de dignidad que tan sólo un lustro atrás era casi impensable de ver realizado tan pronto y tan bien, pese a todos los pesares.

 

Falta mucho, eso es evidente. Pero más evidente y digno de mención es lo primero: se está en el camino verdadero.

 

Hay un pequeño libro, de autor anónimo, que siempre llevo conmigo y en donde una simple frase me seduce toda vez que la leo y pienso. Dice así: “Es la hora de empezar”.

 

El Brasil ha “empezado”. Es hora que nosotros, desde nuestras singularidades como culturas, como naciones-Estado, lo hagamos también. Y sin preconceptos. Ir en busca del otro. De eso se trata, y este hombre llamado Celso Luiz Nunes Amorim, lo sabe. Y lo aplica.

 
[i] Hegel, Georg Wilhelm Friedrich, “Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal”, editorial Tecnos, Madrid, año 2005, Págs. 158.

LA ONDA® DIGITAL

© Copyright 
Revista
LA ONDA digital