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El nacionalismo en el centro
y en la periferia del capitalismo
por Luiz Carlos Bresser-Pereira
Ideología,
Nación, Nacionalismo, Globalización.
El nacionalismo es
una ideología particularista y no universal, y
cuando asume un carácter radical, sus consecuencias
son terribles más violentas que las resultantes de
la radicalización de las otras grandes ideologías
del capitalismo. Por esto y también porque no
interesa a los países ricos su existencia en los
países en desarrollo -, el nacionalismo es una
ideología siempre bajo sospecha. Mientras tanto,
como el nacionalismo es la ideología que legitima
las naciones, y dado el hecho de que la sociedad
moderna está organizada territorialmente en
estados-nación, el nacionalismo es una ideología
fuerte y omnipresente. Otras ideologías son también
importantes, pero como la competencia entre los
estados-nación es el factor económico y político más
inclusivo en el capitalismo global, el nacionalismo,
aunque muchas veces disfrazado, negado, tiene
siempre un papel central.
Durante la guerra
fría, el conflicto ideológico principal parecía ser
entre liberalismo y socialismo; pero en cuanto la
Unión Soviética entró en colapso, quedó claro que
aún el conflicto entre los Estados Unidos y la Unión
Soviética era el conflicto de dos nacionalismos.
Más allá de esto, cuando vemos la experiencia más
extraordinaria de ingeniería política de la historia
(la construcción de la Unión Europea) podemos
interpretarla como una negación del nacionalismo y
de hecho lo es en la medida en que resultó de la
decisión de Francia y de Alemania de limitar sus
nacionalismos y de no hacerse más la guerra. Pero
podemos también pensar la Unión Europea como el
proceso de creación de una nación más amplia,
multiétnica y multilingüista la nación europea
por medio de la formación de un estado-nación más
amplio, al mismo tiempo que se preserva la identidad
nacional de sus varios componentes. El nacionalismo
continúa, por lo tanto, teniendo un papel decisivo
en la vida política de la humanidad.
Según observó
Benedict Anderson (1991, p.3), el fin de la era del
nacionalismo', tan insistentemente profetizada, no
está siquiera remotamente a la vista. De hecho, el
sentimiento de pertenencia a una nación es el valor
más universalmente legitimado de la vida política de
nuestro tiempo.
El nacionalismo es
fruto de la revolución capitalista que, más allá de
él, dio origen a otra ideología de origen burguesa,
el liberalismo, y a tres ideologías el socialismo,
el eficientismo y el ambientalismo cuyos orígenes
son, respectivamente, la clase trabajadora, la clase
media profesional y las clases medias en general.
El liberalismo es la ideología de la libertad de
pensamiento y expresión y de la libertad económica;
es tanto el sistema de valores y creencias que
justifica los derechos civiles como la tesis no
necesariamente radical del laissez-faire o de
la mano invisible. Originalmente una ideología
revolucionaria contra el Estado absoluto y el
mercantilismo, se tornó después en una de las bases
del conservadorismo moderno. No obstante, el
liberalismo continúa siendo una conquista
fundamental de la humanidad como afirmación de los
derechos civiles o del estado de derecho.
Ya el nacionalismo es
la ideología que une la nación, es el sentimiento de
destino común que garantiza la cohesión necesaria a
la nación para que ella se asegure de un territorio,
organice un Estado y forme, así, un estado-nación.
Es la ideología de la autonomía, de la seguridad y
del desarrollo económico nacional. La nación, por
su parte, es el grupo social razonablemente
homogéneo que comparte un destino común y dispone o
tiene condiciones de constituirse en un
estado-nación la unidad político territorial en
que está dividida políticamente la humanidad en el
capitalismo. El nacionalismo es una ideología
originalmente burguesa, pero con una connotación
popular, ya que sólo tiene sentido cuando
capitalistas, trabajadores y clase profesional
superan de alguna forma sus conflictos internos,
comparten un destino común y se solidarizan en la
competencia con las demás naciones.
El socialismo, por su
parte, es la ideología de la justicia social. Marx
lo definió como un modo de producción, pero esta
forma de organización de la sociedad no se concretó
y no hay perspectivas de que esto suceda en un
horizonte previsible. En compensación, un gran
número de valores socialistas tendiendo a la
igualdad sustantiva entre los seres humanos, fue
incorporado a los sistemas jurídicos de los
estados-nación modernos formando parte del
patrimonio común de las sociedades modernas. Es la
ideología de los derechos sociales que atienden
primariamente a las minorías o a los oprimidos, a
los pobres, a los trabajadores, a las mujeres, a las
minorías étnicas.
El eficientismo o
ideología de la eficiencia, si preferimos evitar
este neologismo es la ideología de la racionalidad
instrumental, de la definición del medio más
adecuado o menos costoso para alcanzar el fin
perseguido, por lo tanto, de la eficiencia o de la
productividad. Es una ideología originalmente
tecno-burocrática o profesional que emergió a
comienzos del siglo XX, a partir del momento en que
las unidades fundamentales de producción dejaron de
ser familiares para ser organizaciones burocráticas,
y que una nueva clase de profesionales o técnicos
pasó a desempeñar un papel decisivo en la sociedad
porque tiene o pretende tener el monopolio del nuevo
factor estratégico de producción: el conocimiento
tanto administrativo como técnico y comunicativo.
Finalmente, el
ambientalismo nace en el último cuarto del siglo XX,
cuando la humanidad, al final, se da cuenta de que
las sociedades industriales estaban destruyendo la
naturaleza. Es originalmente una ideología de las
clases medias tanto burguesas como profesionales,
pero, como ocurrió con las otras cuatro ideologías,
es hoy compartida en diferentes intensidades por
todas las clases.
Estas cinco
ideologías corresponden, aproximadamente, a los
cinco grandes objetivos políticos de las sociedades
modernas: la seguridad, la libertad, la autonomía y
el desarrollo económico, la justicia social, y la
protección del medio ambiente. Cuando estas
ideologías se radicalizan, se transforman en
fundamentalismos anti-democráticos e inhumanos.
Esto es verdad con relación al liberalismo que se
transforma en neoliberalismo, al socialismo que
degenera en estatismo, al eficientismo que reduce el
progreso al crecimiento económico, y al
ambientalismo que se transforma en negación del
progreso. Pero es especialmente verdad con relación
al nacionalismo que, cuando se radicaliza, se define
en términos étnicos, deja de definirse como elemento
de competencia internacional, se vuelve internamente
contra los compatriotas de otras razas o religiones,
y se transforma en racismo. Por esto, las
sociedades democráticas del siglo XXI hacen
compromisos entre sus objetivos políticos para, así,
evitar que las ideologías se radicalicen y se
perviertan. Por esto, con relación al nacionalismo,
es frecuente que se establezca una distinción entre
un nacionalismo étnico de uno político. Aunque la
nación pueda tener como una de sus bases la misma
etnia, la radicalización nacionalista de este tipo
colisiona frontalmente con los valores universales
que las sociedades modernas desarrollaron y
acordaron en la Declaración Universal de los
Derechos Humanos en 1948.
Liberalismo,
nacionalismo y eficientismo, socialismo y
ambientalismo, corresponden, respectivamente, a los
objetivos de libertad, seguridad y desarrollo
económico, justicia social y protección de la
naturaleza. Como estos cinco objetivos son
políticos, la sociedad busca alcanzarlos por medio
de la política y, por lo tanto, del Estado. Como
son objetivos no siempre coherentes entre sí, la
política, que es el arte del compromiso y de la
persuasión, trata de combinarlos de manera
razonable. Las sociedades capitalistas y
democráticas más avanzadas son sociedades
nacionalistas, lo que no les impide ser también
liberales, sociales y ambientalistas. Según observa
Neil MacCormick (1999, p.67), existe un lugar
importante en el mundo contemporáneo para un
nacionalismo liberal, como también existe un lugar
para un nacionalismo social y ambientalista. No
tiene sentido, por lo tanto, definir nacionalismo
como lo hizo Miroslav Hroch (2000, p.88), como
nacionalismo stricto senso es la visión que
confiere absoluta prioridad a los valores de la
nación frente a cualesquier otros valores o
intereses. Esta es una definición del nacionalismo
fundamentalista.
El nacionalismo es la
fuerza unificadora de los estados-nación modernos, o
sea, de la unidad político-territorial constituida
de una nación, de un Estado, y de un territorio en
que está organizada la humanidad. En el
estado-nación, país o Estado Nacional, la nación es
la sociedad nacional, mientras el Estado es el
sistema constitucional-legal y la organización que
lo garantiza. En esta condición, el Estado, dotado
por definición del poder de coerción para garantizar
el imperio de la ley, es el instrumento
institucional por excelencia de acción colectiva de
la nación.
Mientras en los
sistemas pre-capitalistas avanzados el Imperio era
la unidad político-territorial, en el capitalismo
este papel pasa a ser ejercido por los
estados-nación que, hoy, cubren todo el globo
terrestre. En los imperios, el Estado antiguo tenía
un único objetivo, la seguridad; los otros cuatro
objetivos políticos surgen a partir de la revolución
capitalista y de la separación. Es a partir de ahí
que ocurre la separación entre lo público y lo
privado, entre el Estado y la sociedad nacional,
asumiendo ésta otra connotación de nación ahora de
sociedad civil. Por esto, nación y nacionalismo
son, respectivamente una forma de sociedad y una
ideología del capitalismo; por esto que Ernest
Gellner (1983), Bendict Anderson (1991) y Anthony D.
Smith (2003), no obstante sus diferentes lenguajes
teóricos, relacionan las naciones con la modernidad,
o sea, con la revolución capitalista y el desarrollo
económico. Sólo así podemos explicar la fuerza
ideológica del nacionalismo en el capitalismo.
Monserrat Guibernau
(1997) ofrece otras dos perspectivas para entender
el nacionalismo una esencialista, según la cual el
nacionalismo derivaría del carácter antiguo e
inmutable de la nación; la otra, psicológica, que lo
relaciona con la necesidad de auto-identificación,
pero la primera es simplemente una tesis equivocada,
mientras la segunda, una consecuencia del
nacionalismo y de la constitución de las naciones.
La necesidad de pertenecer a grupos deriva del
carácter esencialmente social del ser humano, pero
esta necesidad asumió, durante siglos, formas que
nada tienen que ver con el fenómeno del
nacionalismo. Tanto la nación como la sociedad
civil son la sociedad políticamente organizada que
comienza a surgir a partir de la revolución
capitalista y de la formación del Estado moderno.
Mientras la nación es la forma por medio de la cual
las sociedades modernas se organizan políticamente
para buscar el desarrollo económico, la sociedad
civil es la manera por la cual se organizan para
lograr la libertad y la justicia social. En los dos
casos, la sociedad políticamente organizada se
distingue del pueblo aquí entendido como el
conjunto de ciudadanos con derechos iguales porque
tanto en la nación como en la sociedad civil los
poderes individuales están ponderados por la
capacidad de organización, por el conocimiento y por
el capital. Las naciones, aunque identificadas o
unificadas por el nacionalismo, son constituidas por
clases sociales en relación de conflicto.
En las sociedades
antiguas, la única clase social capaz de organizarse
era la oligarquía propietaria de tierras y de armas,
que se confundía con el propio Estado. Entre tanto,
con el capitalismo y el surgimiento de una nueva
clase rica y poderosa, pero sin el poder directo
sobre el Estado, como fue la burguesía, la sociedad
se separaba del Estado, al mismo tiempo que la
sociedad, ahora políticamente organizada, asumía la
forma de sociedad civil o de nación. Fue Hegel que
se dio cuenta de la separación que estaba ocurriendo
entre sociedad y Estado y denominó a la sociedad
políticamente organizada, sociedad civil, o,
significativamente, sociedad burguesa.
Al mismo tiempo, otra
expresión nación era utilizada para identificar
también a la sociedad políticamente organizada.
Mientras la sociedad civil es un concepto
históricamente asociado a los objetivos universales
de libertad, justicia y protección de la naturaleza,
los objetivos políticos que la nación busca alcanzar
son la autonomía nacional y el desarrollo económico
nacional. Para organizarse políticamente y realizar
estos objetivos, la nación requiere un Estado como
su instrumento de acción colectiva, y precisa
dominar un territorio, de forma de poder así
constituirse en estado-nación. Por esto, sólo
existe realmente una nación cuando un pueblo posee
un Estado o está luchando por él y tiene posibilidad
de obtenerlo.
En esta concepción,
el Estado es siempre la expresión de la sociedad; es
la institución que la sociedad crea para que regule
el comportamiento de cada uno, y así asegure la
consecución de sus objetivos políticos. Si la
sociedad es autoritaria, con diferencias muy grandes
de poderes entre la elite y el pueblo, el Estado
será autoritario; en la medida en que las
diferencias en la sociedad disminuyen, también el
Estado se democratiza. Cuanto menores sean las
diferencias del poder derivado del dinero y del
conocimiento, y cuanto más armónicas sean tanto la
nación como la sociedad civil, más democrático y más
fuerte será el Estado más capaz, por lo tanto, de
desempeñar su papel de instrumento de acción
colectiva de la sociedad.
Traducido para LA ONDA digital
por Cristina Iriarte
LA
ONDA®
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