“El tren de las 3 y 10 a Yuma”,
singular renovación de un género
por Oribe Irigoyen

El estreno en Montevideo de “El tren de las 3 y 10 a Yuma” de James Mangold ( “Tierra de policías”, “Johnny y June” ), una “remake” ( volver a hacer ) basada en el mítico film del mismo nombre rodado en 1957 por Delmer Daves, suscita una reflexión adicional por el contenido de las imágenes y por la calidad de las mismas.

Una primera aclaración debe apuntar a que se trata de una película de cowboys.

 

 

El western como género

Aunque disputa con la comedia musical y el policial “negro”, su carácter de producto inédito de Hollywood, poseedor de una  identidad estadounidense imposible de alcanzar por las cinematografías rivales, el género del western o película de cowboys es considerado con toda justicia como el más genuino del cine norteamericano. Lo es porque su carné de identidad se concreta en un épica de leyenda o de realidad desmitificadora, en continua oscilación de uno al otro extremo del mito y la verdad histórica, a través de las cuales la sociedad estadounidense se ve reflejada a sí misma, en lo que es proceso fundacional de una nación, los Estados Unidos.

 

Es que el western configura los grandes temas del nacimiento de una nación, la fiebre del oro, la conquista del Salvaje Oeste, el trazado de las comunicaciones ( correo, telégrafo, ferrocarril ), la Guerra de Secesión, la lucha contra los indios, la legalidad y el crimen ( sheriffs, marshalls, pistoleros, tahures, prostitución ), la religión ( sacerdotes, misioneros, párrocos ), gente de paz que puede luchar entre sí ( ganaderos versus ovejeros, terratenientes contra granjeros con sus alambrados ), la piqueta fatal de progreso, etc.

 

Todos esos temas recorrieron el western y la producción fílmica del siglo XX en Hollywood para que el público compatriota se viera reflejado, para también para fascinar y conquistar al espectador internacional con miles de películas de toda laya y duración. Pero la fascinación también alcanzó a los propios cineastas. Desde la maestría creadora del lenguaje cinematográfico del pionero D.W. Griffiths con “El nacimiento de una nación” ( 1915 ), casi no existió cineasta afincado en Beverly Hills que no fuera tentado por el género. El más grande de todos ellos, se presentaba a sí mismo diciendo: “Me llamo John Ford y hago westerns”, y obras maestras debió agregar como lo confirman “La diligencia”, “La pasión de los fuertes”, “Sangre de héroes”, “Más corazón que odio”, “Caravana de valientes”, entre otras. El mismo Ford que en su película “El hombre que mató a Liberty Balance” ( Un tiro en la noche, 1962 ), ante el dilema entre mito y verdad, hace decir a un personaje: “Prefiero la leyenda”, como una consigna fordiana, y que, sin embargo, dos años más tarde rueda “El ocaso de los cheyenes” , en la cual la verdad revisionista o desmitificadora desplaza al mito. Junto con él y a lo largo de las décadas, otros maestros y artesanos llevan al género a lo ancho y profundo de la dura existencia fronteriza, a la vez que no pocas veces lo elevan al nivel de culminaciones cinematográficas, con tesituras estilísticas diversas que van desde el relato clásico de arquetipos fuertemente codificados, a la dominante psicologista en el tratamiento de personajes y situaciones, incluso de impronta freudiana ( “Johnny Guitar” ), a la concepción revisionista frente al tema indio, al de biografías o retratos de sheriffs y pistoleros célebres ( Wyatt Earp, Billy the Kid, Pat Garret, Jesse y Frank James, etc. ). Entre las culminaciones del género puede citarse la obra de especialistas de películas de cowboys o títulos de quienes acceden con escasa frecuencia al misma o una sola vez. Con un criterio no taxativo, sino relacionado con la presente “remake” ( más adelante se verá por qué ) y con la certeza de olvidos injustos pueden mencionarse a Howard Hawks con su “Río Rojo” y “Río Bravo”, Robert Altman ( “Oro y barro” ), Anthony Mann ( “El hombre de Laramie”, “Winchester 73 “ ), George Stevens ( “El desconocido” ), Willam Wyler ( “El caballero del desierto” ), los revisionistas Sam Peckinpah ( “La pandilla salvaje” ), Arthur Penn ( “Pequeño Gran Hombre” ), Fred Zinnemann ( “ A la hora señalada” ), Delmer Daves ( “La flecha rota”, “Cowboy” ). Esta lista no es vanidosa, sino que atiende a la propia “remake” en lo que ésta porta como cita o referencia cinéfila o por lo menos el escriba trata de mencionarlas si la memoria se portó bien. Porque, por cierto, Delmer Daves es el autor de esa culminación fílmica que fuera “El tren de las 3 y 10 a Yuma” en su versión original.

 

El tren mítico

El tren de Delmer Daves también es mítico, pero como película. Es hoy en el DVD o video y fue en su estreno una obra maestra no del género western, sino “tout court” o sencillamente como cine. Película de bajo presupuesto en blanco y negro, constituía un relato conciso y concentrado, con un excelente manejo de los tiempos dramáticos y también del tiempo real de duración del metraje en materia de acción, tensiones y suspensos. Su tema contraponía lo esencial de dos estilos de vida, de conducta y de código ético en un profundo retrato de la ruda existencia del Oeste, en el cual se enfrentaban dos arquetipos: el célebre pistolero y el pacífico granjero. Con el consiguiente duelo actoral de dos grandes intérpretes que cargan con el gran peso temático de las secuencias, muestra a un sonado criminal seductor y perverso ( Glenn Ford ), que intenta sobornar, seducir, convencer o atemorizar al honrado granjero ( Van Heflin )  que lo custodia, mientras ambos esperan en un cuarto de hotel a la llegada del tren a la estación próxima, que conducirá al pistolero, en su calabozo con su guardia, hasta la prisión de Yuma, si custodio y preso logran superar el cerco de la pandilla del segundo que los acosa. El film se convirtió en un clásico referente y ahora se volvió filmar.

 

Un compendio fílmico

El realizador James Mangold y sus guionistas Halsted Welles, Michael Brandt y Derek Haas, hacen una “remake” de aquel clásico que no es estrictamente tal, sino otra película. El resultado no llega a empatar el nivel del original, aunque renueva y vitaliza a un alto nivel ese género hoy dejado bastante en desuso. Parte del mismo núcleo temático: el enfrentamiento del hombre pacífico y honrado con el criminal cínico y despiadado. Pero esta vez se trata de una superproducción en pantalla ancha y colores, cosa que no es lo que importa, la cual construye un relato complejo y detallado que se arboriza en numerosos subtemas, situaciones y personajes, los cuales en su conjunto  configuran una verdadera síntesis, compendio o catálogo de la mayoría de los grandes temas y subtemas representativos de la vida en el oeste de Estados Unidos, de su historia y sobre todo del correspondiente tratamiento en imágenes que el western vertiera a la pantalla a lo largo de muchas décadas. Así aparecen los temas, y las respectivas referencias o citas cinéfilas de películas que trataron a los mismos, de la vida familiar granjera, la oposición entre ganaderos sin alambradas y granjeros con alambradas, el clásico asalto a la diligencia, los cazabandidos de la famosa agencia Pinkerton, un ataque de indios defendiendo su territorio, la construcción de las grandes líneas ferroviarias con obreros chinos, resonancias de la Guerra de Secesión, los cuatreros asolando poblados, el duelo en un corral, las abundantes persecuciones y balaceras. Está casi todo.

 

Lo bueno y muy bueno del caso es que toda esa disparidad está hilvanada con precisión a través de los personajes testigos o actores del honrado granjero y  el perverso criminal – núcleo temático esencial – por un guión de gran solidez e inteligencia que arma el rompecabezas sin grietas de fluidez o hilos sueltos de convicción. Por su parte, James Mangold propone una realización muy realista y detallada ( escenarios exteriores, reconstrucción de época al milímetro, excelencias de escenarios interiores, vestuario, etc. ), de ritmo muy fluido y pulso siempre tenso para el interés del espectador, para acentuar hacia el final la confrontación humana central con un duelo actoral de dos excelentes intérpretes: Christian Bale, el granjero con mujer e hijos, veterano cojo de la Guerra de Secesión, que acepta la odisea de participar con otros en la detención y conducción de un peligroso criminal, lo hace por dinero, acuciado por la sequía, las deudas y la amenazante posibilidad de que un terrateniente se apodere de sus tierras, por también lo hace por el orgullo ante su familia de mostrarse útil, hasta quedarse solo como único custodio por el temor de los restantes custodios o por la muerte de éstos. Frente a él, un asesino seductor, cínico e incluso admirado por la integridad del otro, que intenta sobornarlo para que lo deje libre, creado con enorme vigor juguetón e ironía agridulce por Russell Crowe.

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