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La reforma tributaria:
un debate ideológico
por Héctor Acosta
Concluyendo apenas el primer mes de su mandato, el
gobierno de “Coincidencia” del Dr. Lacalle promulgó
la primera de las leyes fundamentales de su
propuesta política: la Ley de Ajuste Fiscal.
Por ella
elevó la tasa del IVA del 21% al 22%, aumentó las
aportaciones a la Seguridad Social y elevó hasta el
7,5% las tasas del I.R.P., engendro creado por el Cr.
Valentín Arismendi en 1982, sin contemplación de
mínimos no imponibles, sin partidas deducibles y sin
consideraciones acerca de la composición del hogar
del contribuyente.
¿Cuáles
fueron las razones argumentadas para ello?
Al
presentar la ley, el gobierno justificaba las
razones de este “gran esfuerzo” reclamado al país:
“Con este ajuste fiscal, empezamos a cambiar el
rumbo del país. Con el equilibrio de las cuentas
públicas habrá mayores oportunidades de empleo,
mejores salarios y se podrá distribuir mejor lo que
produzcamos.”
“Se
podrá, asimismo, contrarrestar los efectos nocivos
de la “herencia maldita” derivada de la anterior
administración”, y que hace a “las consecuencias de
la reforma constitucional aprobada en el plebiscito
del año pasado, relativa al ajuste de las
pasividades, que involucra un incremento sustancial
del gasto y por tanto un relevante efecto de
acrecentamiento del ya elevado déficit fiscal.”
Coincidiendo con la visión de la dictadura, el
gobierno hizo recaer en la Seguridad Social -
“agujero negro y polo de atracción de nuestra
crisis” - la responsabilidad por la crisis del país
y utilizó a los jubilados como justificativo del
mazazo impositivo que descargó sobre los salario
dependientes.
No faltó
incluso algún “ideólogo” de aquel equipo que
promoviera ir retrasando mes a mes los pagos de la
jubilaciones, a efectos de que al final del año
”sólo se pagaran once prestaciones en vez de las
doce correspondientes.”
Al
disponer por ley de la facultad exclusiva en la
fijación del S.M.N - variable a la que estaban
atadas las franjas del I.R.P - el gobierno del Dr.
Lacalle y el Partido Nacional comprimió el valor del
indicador para que quienes tributaran en los límites
superiores de cada franja, se vieran desplazados
hacia la inmediata superior, pagando una tasa mayor
de I.R.P.
Sólo
durante la gestión de ese gobierno, el S.M.N. perdió
un 66% de valor respecto del IPC, motivando que más
de las dos terceras partes de los trabajadores
asalariados del país finalizaran el período
aportando en la franja inmediata superior del
tributo.
Las
previsiones de recaudación fueron totalmente
desbordadas, alcanzándose una recaudación superior a
los u$s 730 millones; la incidencia en el total de
los recursos fiscales creció de 3,9% al 5,9%, con un
pico de 8,3% en el año 1991.
Esta
política expresamente perversa estrenada por el
gobierno del Dr. Lacalle, fue la plataforma de
lanzamiento del modelo de ajuste fiscal permanente
que el país sufrió desde entonces, hasta la asunción
del gobierno actual.
Fue así
que el Dr. Sanguinetti para “afrontar el déficit
fiscal” generado por el “carnaval electoral” del
gobierno del Dr. Lacalle, insistió con nuevos
aumentos de las tasas del IVA, con la reimplantación
“transitoria” del I.R.P. y con la utilización del
S.M.N. como variable de ajuste permanente.
A su
vez, el Dr. Batlle – que en su discurso electoral
proclamaba a los cuatro vientos “un ajuste fiscal al
revés, eliminando impuestos porque la ciudadanía no
está en condiciones de pagar más tributos” – impuso
tres ajustes fiscales, creó más de 16 nuevos
impuestos, agregó nuevas franjas al I.R.P, ensanchó
su base de aplicación y elevó sus tasas a niveles de
hasta el 20%.
Hoy,
cuando un nuevo gobierno, sobre nuevas bases y
nuevas visiones socio económicas ensaya una reforma
tributaria “en serio”, “integral”, que implica a la
estructura impositiva, a los organismos de
recaudación, a la filosofía del modelo, que deja sin
efecto impuestos ineficientes, que rebaja las tasas
del IVA, que deroga por fin el I.R.P., que pone fin
a situaciones de privilegio tributario
injustificadas, y que sienta las bases de un nuevo
paradigma – “que pague más, quien tiene más” –
aparecen las voces y las actitudes de quienes desde
la jefatura del poder político de turno impulsaron
la situación anterior, presentándose como los
“abanderados” en la defensa de los intereses de los
jubilados, de las capas medias, de los asalariados.
¡Cuánta
hipocresía! ¡Cuánta “deshonestidad intelectual”!
Es que
el Impuesto a la Renta representa el comienzo del
fin del modelo conservador de los privilegios y las
evasiones que ellos han apadrinado y sobre el que
asentaron su esquema de poder, que hoy se desploma
con el ascenso del Frente Amplio al gobierno. Es el
inicio de una nueva línea filosófica en materia de
tributación, asentada en la justicia y la
solidaridad, por oposición a la concentradora,
egoísta y regresiva del modelo neoliberal. Es el
triunfo de la justicia social, por sobre el
paradigma de “la cultura del éxito”.
El
debate está planteado en esa perspectiva, en esa
confrontación ideológica.
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