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Doha: La jugada de Brasil,
fue la posible, la mejor de futuro
por Maristela Basso
Brasil, en un intento por salvar la liberalización
del comercio agrícola, se sintió bien en aceptar la
casi microscópica reducción propuesta por los
Estados Unidos, en un momento de enorme fragilidad
político-institucional de la socia Argentina,
quitando la sustentación del MERCOSUR
como bloque económico.
Perversas
desigualdades
No hace mucho tiempo,
discusiones como las que seguimos en el ámbito de la
OMC (Organización Mundial de Comercio), pasaban
desapercibidas. El espacio en la prensa era
pequeño. Las personas no mostraban interés. No se
veía de qué forma “rondas comerciales
internacionales” podrían interferir en nuestro día a
día, aumentar o disminuir nuestro patrimonio de
derechos y obligaciones, mejorar o empeorar nuestro
padrón de vida, tornar nuestra vida más justa y
equilibrada. Muchos menos se sabía qué parte de
responsabilidad cabría, finalmente, a la sociedad
brasileña – al hombre común. Este tiempo pasó.
Hoy es sabido que las
reglas multilaterales del comercio (del GATT 1947 a
la OMC 1994) pueden ser perversas, especialmente
para los países en desarrollo, llamados
“emergentes”, que se ven obligados a aceptar
acuerdos que, disfrazados de benevolencia,
concesiones y apertura de mercados, en la práctica,
se revelan como instrumentos coercitivos,
políticamente desestabilizadores, inapropiados a las
necesidades del desarrollo sustentable, al acceso a
la tecnología y a la consolidación de un orden
mundial más libre, justo y equilibrado.
La Unión Europea,
especialmente Francia, Italia e Irlanda, quieren un
mayor acceso a los mercados de manufacturas de los
países en desarrollo a cambio de concesiones
agrícolas mínimas. Los Estados Unidos no querían
reducir el volumen de los subsidios que dan a sus
agricultores. De los U$S 15 mil millones
inicialmente ofrecidos, se llegó, por insistencia de
Pascal Lamy, director general de la OMC, a la suma
de U$S 14,5 mil millones. Muchísimo menos que lo
esperado por el mundo emergente. La Unión Europea,
por su parte, se comprometía con un corte del 80%,
restringiendo los subsidios a 24 mil millones de
euros anuales.
Brasil, en un intento
por salvar la liberalización del comercio
agrícola, se sintió bien en aceptar la casi
microscópica reducción propuesta por los Estados
Unidos, en un momento de enorme fragilidad
político-institucional de la socia Argentina,
quitando la sustentación del MERCOSUR como bloque
económico. Como si esto no fuese suficiente, la
aceptación por parte de Brasil trajo serias
consecuencias también para la Alianza IBAS – Brasil,
India y África del Sur – teniendo en cuenta que los
dos últimos no aceptaron la propuesta americana bajo
pena de desestructuración económica interna de sus
países.
Piden a coro, con un
tono de desamparo, India, China y otros países
emergentes que quieren aranceles de importación más
elevados del 15% propuesto por el Director General
de la OMC, debido a que, de lo contrario, no
conseguirán evitar la ola importadora, en sus
países, que en este momento no es deseada y cuyos
perjuicios serían irreversibles.
Uno de los
principales beneficiarios frente a una apertura
agrícola, Brasil, se alejó de socios con quienes
mantiene, en el ámbito de la OMC, alianzas
tradicionales e importantes, uniéndose a los Estados
Unidos, la Unión Europea y Japón. Al distanciarse de
India, China, África del Sur y Argentina, Brasil
intentó salvar la Ronda de Doha, iniciada siete años
atrás. Frente a esta conducta de Itamaraty,
llovieron las críticas de todos lados, la mayor
parte de ellas sustentando que Brasil estuvo de
acuerdo en hacer concesiones que no nos traen
ninguna ventaja.
Mientras tanto, estas
críticas apresuradas no tienen en cuenta que
las negociaciones entre países, sobre todo las
multilaterales de comercio, vienen impregnadas de
la “teoría de los juegos”, y que la búsqueda del
consenso no puede sustentarse en esquemas rígidos
geopolíticos o que sirvieron o sirven en
negociaciones en otros foros de discusiones,
ambientales o humanitarias, por ejemplo. En estos,
las alianzas temáticas pueden mantenerse sin ningún
perjuicio de las negociaciones comerciales.
Las negociaciones
globales son dificilísimas. Se sobreponen a los
intereses de los países, ricos o pobres, a la
continuidad del “Sistema Internacional de Comercio”,
per se, y a su lógica. Hay otra criatura con
vida propia además de aquella de los países que
participan de la negociación. Más allá de los
intereses de los países, muchas veces
contradictorios, es preciso salvar el Sistema, su
régimen y su futuro.
Doha representa una
fase madura de búsqueda de niveles de liberalización
comercial que van más allá de aquellos para los que
los países en desarrollo están preparados, pero que
son deseados por los desarrollados. El resultado no
se obtiene de la suma, multiplicación, sustracción o
división. El razonamiento debe ser táctico y tener
en cuenta conflictos de intereses económicos
diferentes, que no siempre anteponen a ricos y
pobres o al Norte y el Sur. El escenario es mucho
más complejo. El consenso es construido minuto a
minuto, en una atmósfera absurdamente competitiva.
La jugada de Brasil
podría ser diferente, pero fue la posible, fue la
mejor del momento, fue la que examinó el futuro lo
más lejos posible, fue la menos egoísta y la que
buscó lo que era posible y bueno en la salvaguarda
del Sistema Multilateral de Comercio. Lo mejor aún
está por venir. Doha es sólo la primera ronda
de negociación luego de la construcción de la OMC.
Otras están todavía por venir. En éstas, más maduros
y experientes, continuaremos buscando una
globalización más justa, donde los desiguales se
tornen menos desiguales, y el mundo más democrático
y seguro. Hasta ese momento, podemos recurrir a
nuestro buen guardián: el sistema de Solución de
Controversias de la OMC. Él mantiene el equilibrio
de la balanza.
Fuente: “Última
Instancia”
Maristela Basso
es abogada y profesora de Derecho Internacional de
la Facultad de Derecho de la USP.
Traducido para LA ONDA digital por
Cristina Iriarte
LA
ONDA®
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